Comic

Manifiesto kagebara. Siete flujos del cuerpo de estómago sombrío

23 julio 2014
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null 1. Aunque la mayoría preferirían poder olvidarlo por pura conveniencia, hubo un tiempo en que el cielo era rosa; no un tiempo pasado, un tiempo donde se podía respirar la noche durante el día. Aunque todos consigan olvidarlo, nosotros no olvidamos; la humanidad puede lanzarse al unísono a las vías del progreso, nosotros aún abrazamos los últimos estertores del día para imbuirnos en el congestionado rosa que aún titila en el mundo. null 2. Amamos la violencia, la destrucción, el movimiento de obliteración. No tenemos cuitas, salvo los ríos de sangre y las vísceras recorriendo las calles; no tenemos órganos, sino cuerpos: no somos zombies, porque no encontramos alimento en la aniquilación ajena. En la autonegación del yo, de la vida, del mundo. Destruimos sólo para volver a crear, herimos sólo para sanar.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XIX)

5 julio 2014
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Orgullo y Satisfacción
¡Caramba!
2014

Supervisar la manera de actuar de los demás supone un gesto desagradable en sociedad; aunque a veces resulta necesario, la mayor parte de las ocasiones sólo sirve para regular el ámbito social según los intereses creados de unos pocos. Aquellos con autoridad como para imponer su cosmovisión. Cabría entender entonces la diferencia entre el censor, aquel que vigila de forma activa que el comportamiento de los demás se pliegue a los intereses del poder, y la figura familiar, aquel que actúa de modo paternal para intentar encauzar comportamientos que pudieran considerarse como perjudiciales o patológicos para el propio interesado. Censura es, por tanto, sólo cuando se pretende eliminar un comportamiento o pensamiento porque no se pliega a los intereses particulares de aquellos que ostentan el poder.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XII)

11 abril 2014
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Fraction (en Fraction)
Shintaro Kago
2013

A veces el foco decide situarse en las periferias de la norma. Quizás por eso Shintaro Kago no sólo haya disfrutado de reciente popularidad en nuestro país, sino que se ha asentado como maestro dentro de su campo: el ero-guro y la experimentación con el lenguaje del cómic. No le faltan honores para serlo. A pesar de que la tradición del ero-guro es desconocida en el país —si excluimos Suehiro Maruo y Edogawa Rampo, a los cuales nunca se les ha dado peso en el ámbito cultural, no se conoce nada—, algo obsceno seduce en su obra para que crítica y público coincidan en las bondades de un autor que cultiva lo que, en teoría, es un manga de nicho.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XI)

31 marzo 2014
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All-New Ghost Rider #001
Felipe Smith y Tradd Moore
2014

Armonía, palabra de belleza. No belleza entendida como la representación de lo hermoso, sino como cualquier concepción estética que cause algún sentimiento hondo, profundo, en el interior de aquello que conocemos por humano; algo hermoso y algo repulsivo pueden ser ambos bellos, que causen profunda impresión en nosotros, y siempre lo serán por armónicos, por poner en comunión fondo y forma. Nada que merezca la pena nace de la disarmonía.

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Aprender a vestir es aprender a vivir. Sobre «Battling Boy» de Paul Pope

15 febrero 2014
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Existen problemas universales que por capricho, o por patriotismo interpretado como revés, solemos asociar de forma unívoca a la patria propia. No hay nada de congénito al país, a España, aunque resulte extraño de pensar, en lo que respecta a la corrupción o la escasa educación de sus habitantes: esa es la norma común en todos lugares, donde siempre destaca lo malo sobre lo bueno. Toda sociedad juzga desde donde más alta suponga su virtud. No es tanto una herencia recibida, como la idea de una herencia recibida. También es cierto que gracias a la neo-lengua y las expectativas discursivas de la política actual resulta incluso peligroso hablar de herencia recibida, concepto envenenado por cargado de ideología mal disimulada, en tanto puede dejarnos en situación de oneroso ridículo al interpretarlo desde el ámbito político. Demos un paso atrás ante el prejuicio: entendamos el concepto libre de «herencia recibida» descargado de interpretación. Como nada más que herencia.

Tomar distancia nos permite leer Battling Boy como aquello que es, como la responsabilidad de la herencia recibida como peso insoportable, en su sentido más literal posible: la de hijos que tienen que vivir bajo la sombra de padres, si bien no autoritarios, sí con la suficiente fuerza personal con respecto del mundo como para que su sombra les arrastre hacia las simas más profundas de la lucha interior. Haciendo de la historia iniciación de Battling Boy y Aurora West, iniciación dada por padres ausentes —con diferentes grados de ausencia, ya que donde uno desaparece para permitirle crecer por sí mismo el otro desaparece en tanto dado por muerto (porque, como sabemos, no hay muerto sin cadáver)—, su interés radica no radica sin embargo por mostrarnos la dificultad de vivir bajo la sombra de un padre, sino por aquello que nos dicen de otra característica más problemática, común y aunada con la infancia: los problemas de crecer, de abandonar la minoría de edad, de tener que enfrentarse al mundo.

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Tengamos mal gusto de hablar el enfermar. Sobre «Agujero negro» de Charles Burns

24 enero 2014
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Pensar es siempre pensar nuestro presente. Pretender pensar a través de las formas pasadas o futuras, o al menos hacerlo de forma univoca —partiendo de que es imposible, ya que un pensamiento futuro aún no está materializado y un pensamiento pasado será siempre una re-construcción desde nuestro sesgado paradigma—, conlleva el absurdo de pretendernos proyectar en formas que nos son ajenas, ajenas en tanto no hemos podido conocerlas: nuestro pensamiento está mediado por aquello que conocemos, por la impronta cultura del presente. Eso no significa que no podamos conocer otros tiempos. Aquello que hemos vivido pero ya no es presente, que es un pasado no-pretérito, sino próximo, podemos retratarlo en tanto se sitúa aún como parte de nuestro presente remoto, remoto porque no es exactamente presente, pero tampoco se puede negar que sea parte constituyente del mismo. Es pasado, aun cuando ejerce como presente. Presente porque permanece vivo en nuestro memoria, definiendo aquello que somos, a pesar de definirse pasado.

Agujero negro trata sobre el mundo de la adolescencia como lugar secreto, secreto incluso de adolescente en adolescente, que obliga a la creación de particulares guetos inaccesibles para los otros; la adolescencia, tiempo de las tribus urbanas —nombre perfecto en tanto atribuye en nominalismo aquellos rasgos que le son más propios sin por ello ser en exceso literal: un grupo de gente aislada en un entorno hostil, con intercambios simbólicos poco o nada frecuentes en otras tribus próximas, que crean cultura personal alrededor de ideas específicas que requieren ritos de iniciación para ser considerado merecedor de integrarse en la tradición tribal—, y por ello de las discrepancias nacidas de diferencias mínimas, superficiales, cuando no inexistentes. Lo que según una visión del mundo es ridículo o esperpéntico para otro puede ser motivo principal de orgullo; no es lo mismo una fan de David Bowie que una de Jefferson Airplane, no al principio de los 70's, cuando ambas formas culturales son mutuamente auto-excluyentes. Las tribus, los espacios culturales autónomos, tienen una serie de vasos comunicantes que las interconectan, su propia condición de culturas adolescentes, que rara vez sirven para transmitir mensajes sin distorsionar su contenido: el otro es El Otro, el enemigo, alguien que no comprende nuestro modo de vida auténtico, por auténtico único, como única es siempre la enfermedad: infecciosa, común para todos, pero sin los mismos efectos sobre dos personas distintas. O sobre dos culturas.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (III)

22 enero 2014
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Black Super Power
Daniel Ausente
2013

Lo negro es bello. Intentar parecer más blanco, más ortodoxo, más normativamente bello, ocurre sólo entre las clases oprimidas; los negros quieren parecer blancos, los blancos negros cuando éstos se hacen raperos ricos, y la mayoría desean ser confundidos con ricos. Se desea parecerse al, por parecer ser, poderoso. Es algo que podemos ver en Black Super Power, historia sobre el super-héroe negro, por los papeles que asumen, de forma constante, la mayoría de los heróicos negros de cómic: comparsas del héroe blanco o copias tiznadas de otros anteriores. Próximos al poder, no parte de él. Quien no es Tio Tom es porque ni cabe bajo consideración (blanca).

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Místicas topografías de un presente oscuro. Lista (de listas) del 2013

31 diciembre 2013
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Es imposible sintetizar el 2013. Ha sido un año terrible en lo político, mágico en lo cultural, revirtiendo así lo que ha venido ocurriendo hasta el momento en los últimos años: la cultura parece alimentarse de la tragedia en mayor medida que del bienestar. Quizás esté bien así. Quizás cuando más necesitemos arrogarnos en el poder de la cultura, del arte, sea cuando nos encontramos más próximos a la catástrofe; cuando el mundo se desmorona, ¿quién es aquel que no necesita asideros para aprehenderlo? Quizás por eso destaca en el año las producciones de tono político. Muchos de los artefactos culturales más importantes tienen evidentes referencias hacia la crisis, económica o social, política o ideológica, que estamos viviendo; así la ficción se alimenta de la realidad, como debe ser, como no puede ser de otro modo, para instituirse como un cierto momento de verdad. No nos engañemos: la única verdad conocida se esconde en su fabulación.

No nos pasemos de mesiánicos. Nos hemos reunido aquí con el propósito de celebrar el año, por lo cual no cabe tampoco especular antes de tiempo: la polifonía de voces e intenciones demuestra la singularidad particular de este año. Hay onerosas repeticiones —que tendrás, Nicolas Winding Refn, que nos enamoras— entre listas, pero cada una se centra en aspectos particulares de la cultura que hemos tenido durante el 2013; en parte, también es una promesa: la mayoría resaltan, si es que no resaltamos, ciertas inercias culturales que parecen cimentarse ya de forma definitiva este año que despedimos.

Tres años. Tres años consecutivos lleva existiendo esta lista, que se merece por derecho propio —disculpen el egotrip: acaba pronto— a ser parte inherente de aquello mismo que contiene; cada año más grande que el anterior, comienza a fugarse hacia sus propias intenciones. Intenciones que nos congratulan. Acabar con otra cosa que no sea felicitando a los que han intervenido, ya sea por primera o segunda o tercera vez, pero especialmente hacia quienes han faltado, muchos que querrían haber participado pero no han podido, y a quienes leen, ustedes, tú, sería saltarnos la tradición clásica de los prólogos innecesarios. Lo haremos. Nada nuevo hay bajo el sol, salvo nuestro espíritu de seguir cada día buscando nuevas joyas ocultas en el mundo: ahora, comprueben nuestros descubrimientos.

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Concesiones al mal. Sobre «Gichi Gichi Kid» de Suehiro Maruo

29 diciembre 2013
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Aquello que mal llamamos «mal», fuerza que depende siempre de la perspectiva desde la que se mire, es una forma tan abstracta, tan inasible, que la pretensión de definirla resulta ridícula. Intentarlo redunda en fracaso. Incluso si acudimos a las tautologías clásicas, donde sí cobra cierta lógica: «el mal es el mal» o «el mal es lo que no es el bien», que tampoco clarifican nada, cualquier pretensión de poder caracterizarlo acaba siempre en el sumidero de nuestra propia imposibilidad lingüística. No hay palabras para hablar del mal. O aunque las haya, no las hay para encerrarlo en ellas. El mal como concepto, como entidad, es algo que se filtra en el discurso como una impresión que debe ser buscada de forma activa, pero sólo se manifiesta como tal en tanto percibida; si se escribe un texto malvado pero nadie lo percibe así, no redunda en mal alguno. El mal como posesión, para el hombre, es una entelequia.

Aunque conocido por excesos, excesos sexuales, excesos sanguinolientos, Suehiro Maruo no sólo conoce de violencia; en al menos una ocasión, ocasión extraña en cualquier caso, alejó sus pasos del camino extremo para sumergirse en constantes poco habituales. Poco habituales como para necesitar allanar el terreno para explicitar cuales: la comedia blanca de tintes sobrenaturales. Partiendo de tal premisa tampoco asusta —o no en tanta medida, si admitimos que siempre es agradable salir de lo trillado— saber que Guichi Guichi Kid acaba ser más juego travieso que ruptura radical son su canon; su búsqueda ya no se da en la belleza o lo maravilloso, los motivos clásicos de Maruo, sino en otra más abstracta: la justicia.

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Todo viaje acaba siempre en el interior. Sobre «Cenizas» de Álvaro Ortiz

20 diciembre 2013
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No existe tópico más extendido que el viaje. Siempre que se ha pretendido mostrar la evolución del auto-descubrimiento del individuo, ya desde La Odisea —sea por búsqueda de heroísmo, sueños o madurez; o por obligación en el partir—, se ha recurrido al viaje; viajando durante kilómetros, encontrándose con otras personas y situaciones, siempre está presente la oportunidad de reflexión. Al estar lejos de casa, cualquier constricción desaparece. Existe libertad. Libertad, en minúscula, en cualquier caso: el viaje libera porque aleja de la cotidianidad, pero también aprisiona en tanto aleja de cualquier otra parte. Ahí fuera es todo desmedido. Un viaje hace tan probable que encontremos lo buscado como que acabemos completamente destruidos.

Esa libertad se explora en Cenizas cimentándose sobre su propio título: cenizas literales y metafóricas, de sueños y de amigos, del pasado y el futuro. Historia de viajes, road movie de cómic, tierno relato con tintes de medida extrañeza realista, pero también algo más: canto a la amistad. Eso no impide que el trío protagonista sea la antítesis de la amistad cordial sostenida a lo largo del tiempo; mientras Polly es la huraña amante de la música y Moho el caradura insoportable que vive de apaños, Piter se nos presenta como alma del grupo: de carácter pacificador, buscando entendimiento, sus esfuerzos dan cohesión a sus diferencias; en cualquier caso, no se unen por ninguna razón desinteresada: al morir Héctor, el cuarto en discordia, deben cumplir su último deseo de esparcir sus cenizas en un lugar lejano. Un último viaje por amor para recuperar la amistad perdida. Amistad que es todo aristas, porque ni siquiera es triángulo —no triángulo por cuadrado: la ausencia de Héctor desestabiliza su configuración básica, ya que deja de existir razón para permanecer unidos; cuando a un cuadrado falta una arista no se torna triángulo, sino linea—; en cada uno de sus extremos están Polly y Moho, sólo unidos por el nudo que supone Piter en esa cuerda imposible de discordialidad.

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