Comic

El olor se perpetúa inexorable en el mundo. Sobre «Gyo», de Junji Ito

15 septiembre 2015
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Okinawa, Japón. Takashi es un joven que aprovecha sus vacaciones para hacer un viaje romántico con Kaori, su novia, la cual posee la sorprendente cualidad de un olfato particularmente desarrollado; si bien ésto no parece tener más importancia que el hecho de que el primero se irrite cuando la segunda no le deje besarla salvo que se lave los dientes previamente, las cosas se complicaran rápidamente, las cosas se complicarán de forma notoria cuando ella note alguna clase de olor desagradable que nadie más parece poder apreciar. Que dudemos de sus capacidades olfativas es natural: ni la conocemos ni un olfato tan sensible parece plausible ni su novio es capaz de encontrar olor desagradable alguno, es más sencillo considerar que ella ha sufrido alguna clase de pequeño problema sensitivo. A fin de cuentas, nosotros no podemos oler nada a través de las páginas. Cuando por fin se encuentren en la casa un pez con patas mecánicas, descubren que de él emana un espantoso olor a putrefacción: ella tenía razón. A partir de aquí, el horror.

Si existe un nombre que sobresale entre los demás en el manga de terror contemporáneo ese es el de Junji Ito. Aunque el género siempre ha conocido de grandes representantes en el medio, como Hideshi Hino o Kazuo Umezu —teniendo una clara herencia de éste último, a pesar de que sus estilos acabarían estando en las antípodas del otro—, Ito puede jactarse de haber desarrollado un estilo propio que no remite de forma particular a ningún otro autor del género. Su uso asfixiante del entintado, la linea y la viñeta hacen de sus obras un inquietante ejercicio narrativo capaz de aterrarnos incluso cuando no está ocurriendo nada. Su estilo preciosista, preciso hasta lo quirúrgico, le sirve para plasmar inconcebibles historias de pesadillas que se materializan con naturalidad ante nuestros ojos; su mayor mérito es haber parido un estilo tan denso, tan sencillo, que puede hacer verosímil cualquier clase de horror que sea capaz de concebir. Algo necesario dada la naturaleza excesiva de sus creaciones.

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En el conflicto crecemos como individuos. Sobre «Gigantomakhia» de Kentaro Miura

27 julio 2015
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Entre la guerra y la venganza existe una distancia infinita, incluso si consideramos que ambas suelen recurrir a lo sentimental para justificar sus actos. En la guerra existen reglas, condiciones consideradas inviolables a través de las cuales se gana o se pierde; además, no supone necesariamente el exterminio del otro, sino el llevar todo el aparataje de una nación —bélico, político y económico; en resumen, todos sus recursos materiales y humanos— al contexto de un escenario lúdico absoluto. La guerra es convertir la vida cotidiana en un juego extremo. La venganza es otra cosa. En la venganza existe una condición emocional, la necesidad de curar una herida infringida al ego a través del sufrimiento ajeno, que nos aleja necesariamente del juego: herir al otro, matarlo, destruirlo incluso a nuestra propia costa, es la única condición necesaria de la venganza. Y aunque si bien en ocasiones la guerra puede convertirse en venganza, ninguna nación en su totalidad se puede sentir herida en su ego como para desear la completa exterminación de algún otro.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXVI)

20 enero 2015
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Masasumi Kakizaki
2014

Toda obra está cargada de simbolismo. Cuando un autor afirma que su obra no lo está, cuando se pretende estrictamente literal, entonces sabemos que las impresiones arrojadas sobre la obra serán exclusivamente inconscientes; es imposible crear sin símbolos, ya que es imposible hablar de lo real como un relato objetivo. Todo acontecimiento pasa por el juicio, por la interpretación. La diferencia radica en si el autor conoce lo que está contando o, dejándose llevar por un simbolismo heredado culturalmente, impregna su obra de detalles cuyo significado desconoce. Ningún artista lo es desconociendo el simbolismo de su obra, porque sólo desde el conocimiento puede re-interpretarlo. Incluso si el conocimiento sólo lo es subconsciente.

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Je suis Charlie

8 enero 2015
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Ayer murieron doce personas y cuatro más fueron heridas de gravedad. No hubo motivo para ello. Algunos afirman que el motivo era la religión o los límites del humor u otra quimera cualquiera, pero es un error de concepción: no existen límites inviolables, transgresiones intolerables, pensamientos demasiado peligrosos. Por cada uno que maten surgirán otros dos que retomen su trabajo, como expresa el dibujo que Mike Remacha ha dibujado para la ocasión. No cabe decir nada más, porque ahora tenemos tres obligaciones: nunca olvidar lo ocurrido, retomar nuestro trabajo crítico y no dejarnos llevar por el odio recordando que no todos los religiosos son fanáticos; en suma, hacer honor a la memoria de los caídos. Ellos así lo hubieran querido.

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Estigmas sacrificiales de nuestro tiempo. Lista (de listas) del 2014

31 diciembre 2014
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Hoy acaba un año funesto. Podemos recordar lo que dejamos atrás como el año donde nos pisotearon y humillaron, el 2014 que se resume con la palabra «mezquindad», pero no existe sombra que no esconda un rayo de luz, por eso también es el año que descubrimos nuevas formas de dignidad, en ese caso el 2014 se resume en la palabra «comunidad». En ambos casos, lo político cobra un peso especial en la lista de listas de The Sky Was Pink, como ya ocurrió el año pasado. En esta ocasión los nombres propios son la norma, no así las abstracciones, del mismo modo que esos nombres se repiten de forma constante. «Podemos» —grita el pueblo, no sabemos si hablando de sí mismos o de la revelación política de la temporada. No es fácil disociar ambos conceptos. Todo tiempo convulso es siempre interesante, posibilitado al cambio, pero todo cambio es un salto al vacío donde no sabemos dónde acabaremos. Y el 2014 es un año de transición, ¿hacia qué lugar? Mira, justo debajo de nosotros: ahí está el vacío, pero nosotros seguimos volando hacia el progreso. Si el impulso durará o caeremos, seguramente lo empezaremos a vislumbrar dentro de un año exacto.

El año ha sido feminista, trans, obrero. Ha sido todo lo que debía ser, aunque no lo suficiente; ha sido todo lo que no debía ser, siempre demasiado. Es momento de entonar el mea culpa —incluso aquellos quienes no optamos por ello,, no ahora, que nos guardamos las ganas de agitar el puño con Walter Benjamin de la mano para el resto del año—, pero también para celebrar lo que ha ocurrido durante el año. Que lo político nace de lo cultural, no al revés. Tenemos singularidades, instantes, momentos cristalizados en su propia lógica interna. No separamos entre alta y baja cultura, entre el gesto político y artístico, porque ahí radica la virtud de lo que intentamos esgrimir: un pensamiento que lo permite todo, que aglutina todo acontecimiento, que sólo pone como condición la racionalidad de sus presupuestos. Incluso su propia crítica interna. Porque lo que venimos a hacer aquí no es el resumen de los más listos de la clase, sino un intento de diseccionar el zeitgeist de nuestro tiempo. Crítica —subjetiva, falible, atravesada de intereses, ¿qué duda cabe?—, no opinión.

Las últimas palabras del año. Lo que nos depara el 2015 es un misterio, pero que el tiempo se lleve ya al infierno al año funesto en el que descubrimos que éramos más fuertes de lo que nunca creíamos que podríamos llegar a ser; que el tiempo arrase con sus cimientos, que devore toda su presencia horrible, que cuando se levante el viento de la historia se lleve consigo el polvo y no sólo a nosotros. Cuando lo que queden sean ruinas, entonces podremos saber si sólo fue un mal año en lo personal o fue el principio de algo más grande. Lo intuimos, pero no lo sabemos. Porque, como dijo Paul Valéry y nos recordó recientemente Hayao Miyazaki, «el viento se levanta... ¡hay que intentar vivir!».

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La vida es como la pizza. Sobre «Magus» de Mikel Álvarez

14 noviembre 2014
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La vida, como la pizza, es un batiburrillo de ingredientes que se nos antojan antagónicos entre sí, que no pueden funcionar bien juntos o no tienen ninguna relación entre sí, a pesar de conseguir, en último término, conformar un todo armónico. Si la contradicción no es la esencia de la vida, al menos sí lo es la lógica que se nos muestra contraintuitiva. Intentar buscar el sentido de la vida a través de patrones lógicos, como si la vida no se ocultara en los rincones más insospechados, es atentar contra todo aquello que tenemos de humanos; como seres nacidos del absurdo, atrapados por la imposibilidad de racionalizar el sentido de nuestra existencia, abrazar lo insospechado como método para cartografiar el porqué de nuestro ser en el mundo es lo único que podemos hacer. Si la vida es como la pizza, entonces debemos aceptar que los ingredientes que la conforman no siempre son aquellos que nosotros habíamos imaginado como más lógicos para un plato que, de entrada, ni siquiera habíamos elegido.

Magus habla sobre magos para hablar sobre pizza para hablar sobre aquello que nos hace humanos. Intentar disociar cualquiera de los elementos de la ecuación, pretender que los magos o la pizza son superfluos en tanto lo importante es el factor humano —cuando por supeditados a lo humano carece de sentido hacer esa disociación; que hablen sobre otra cosa no implica que no hablen también sobre sí mismo: lo interesante es la lectura cruzada que ocurre sólo en tanto se tienen en cuenta todos sus elementos, la lectura a múltiples niveles que se puede hacer del cómic—, imposibilitaría cualquier posibilidad de interpretar el cómic en su totalidad. En tanto lo humano se basa en la interpretación del mundo, poner orden allá donde antes sólo había caos, no podemos obviar los elementos que lo constituyen.

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Tong-Nou. Una ¿crítica? de mrbd2000

28 octubre 2014
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…en Japón. Oh, Japón, la cumbre absoluta de la civilización desu según los cada vez más frecuentes weeaboos del mundo; una cultura capaz de producir artefactos culturales de lo más interesantes según algunos occidentales cuya estructura mental, diferente a la nipona, siente una atracción especial hacia los estímulos provocados por los mismos; una nación de asesinos fascistas según una gran parte del continente asiático  y un país repleto de roboces y chinos locos xd según la mayoría del resto de mortales con una opinión (a su manera) sobre el tema.

«Pero, ¿qué tiene que ver toda esta charlatanería y mixtura de lenguajes con el especial de Halloween de The Sky Was Pink?», se preguntará el lector aburrido. «Un momento, déjame pensar», le respondería yo, intentando salir del paso con una respuesta que pudiese parecer mínimamente creíble.

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Una (poética) vuelta de tuerca. Sobre «Edgar Allan Poe. La guarida del horror» de Richard Corben

27 octubre 2014
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Toda adaptación es traducción. Cuando estamos trayendo una obra del pasado al presente, cuando pretendemos hacerla nuestra, necesitamos lograr que su voz se oiga como si procediera de un futuro por descubrir; cuando estamos trayendo una obra desde otro medio al nuestro, cuando pretendemos hacerla nuestra, necesitamos lograr que su forma se vea como si procediera desde una concepción nueva. Trascender todo límite impuesto, transgredir las normas con las cuales nos sentimos cómodos, es la esencia básica de cualquier obra que se pretenda hablarnos; el arte habla siempre desde el futuro, desde una mirada que aún no hemos sido capaces de naturalizar como nuestra. Toda adaptación es traducción porque toda obra de arte auténtica es una vuelta de tuerca, un giro insospechado que lleva la forma y el fondo más allá de lo que hasta su llegada considerábamos posible en nuestro tiempo y en su medio. No necesitamos que nos repitan aquello que ya conocemos, aquello que tenemos presente en cada instante de nuestra existencia, sino aquello que nos negamos a ver como posible, como única semilla fértil del presente.

Hablar de Richard Corben es hablar de un clásico del terror en el cómic y hablar de Edgar Allan Poe es hablar de un clásico del terror en la literatura, ¿qué nos cabe esperar entonces cuando los mundos de ambos maestros colisionan en uno sólo? Esperamos la explotación de la riqueza narrativa de Poe desde una perspectiva propia de Corben, sin nunca terminar de mezclarse. Aunque es cierto que tratándose de Corben no se puede esperar menos que una estética sugerente, haciendo uso de un tono lúgubre en blanco y negro que hace de la línea sencilla y la profusión de sombras su mejor baza, incluso tratándose de un maestro adaptando a otro es más fácil caer en el homenaje febril, en la adoración que no se atreve a ejercer de expolio iconoclasta que lleve al original hacia nuevos terrenos, antes que en la adaptación pura del material original.

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