Subcultura y cultura underground a go-gó

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Pensar es siempre pensar nuestro presente. Pretender pensar a través de las formas pasadas o futuras, o al menos hacerlo de forma univoca —partiendo de que es imposible, ya que un pensamiento futuro aún no está materializado y un pensamiento pasado será siempre una re-construcción desde nuestro sesgado paradigma—, conlleva el absurdo de pretendernos proyectar en formas que nos son ajenas, ajenas en tanto no hemos podido conocerlas: nuestro pensamiento está mediado por aquello que conocemos, por la impronta cultura del presente. Eso no significa que no podamos conocer otros tiempos. Aquello que hemos vivido pero ya no es presente, que es un pasado no-pretérito, sino próximo, podemos retratarlo en tanto se sitúa aún como parte de nuestro presente remoto, remoto porque no es exactamente presente, pero tampoco se puede negar que sea parte constituyente del mismo. Es pasado, aun cuando ejerce como presente. Presente porque permanece vivo en nuestro memoria, definiendo aquello que somos, a pesar de definirse pasado.

Agujero negro trata sobre el mundo de la adolescencia como lugar secreto, secreto incluso de adolescente en adolescente, que obliga a la creación de particulares guetos inaccesibles para los otros; la adolescencia, tiempo de las tribus urbanas —nombre perfecto en tanto atribuye en nominalismo aquellos rasgos que le son más propios sin por ello ser en exceso literal: un grupo de gente aislada en un entorno hostil, con intercambios simbólicos poco o nada frecuentes en otras tribus próximas, que crean cultura personal alrededor de ideas específicas que requieren ritos de iniciación para ser considerado merecedor de integrarse en la tradición tribal—, y por ello de las discrepancias nacidas de diferencias mínimas, superficiales, cuando no inexistentes. Lo que según una visión del mundo es ridículo o esperpéntico para otro puede ser motivo principal de orgullo; no es lo mismo una fan de David Bowie que una de Jefferson Airplane, no al principio de los 70's, cuando ambas formas culturales son mutuamente auto-excluyentes. Las tribus, los espacios culturales autónomos, tienen una serie de vasos comunicantes que las interconectan, su propia condición de culturas adolescentes, que rara vez sirven para transmitir mensajes sin distorsionar su contenido: el otro es El Otro, el enemigo, alguien que no comprende nuestro modo de vida auténtico, por auténtico único, como única es siempre la enfermedad: infecciosa, común para todos, pero sin los mismos efectos sobre dos personas distintas. O sobre dos culturas.

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Black Super Power
Daniel Ausente
2013

Lo negro es bello. Intentar parecer más blanco, más ortodoxo, más normativamente bello, ocurre sólo entre las clases oprimidas; los negros quieren parecer blancos, los blancos negros cuando éstos se hacen raperos ricos, y la mayoría desean ser confundidos con ricos. Se desea parecerse al, por parecer ser, poderoso. Es algo que podemos ver en Black Super Power, historia sobre el super-héroe negro, por los papeles que asumen, de forma constante, la mayoría de los heróicos negros de cómic: comparsas del héroe blanco o copias tiznadas de otros anteriores. Próximos al poder, no parte de él. Quien no es Tio Tom es porque ni cabe bajo consideración (blanca).

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Es imposible sintetizar el 2013. Ha sido un año terrible en lo político, mágico en lo cultural, revirtiendo así lo que ha venido ocurriendo hasta el momento en los últimos años: la cultura parece alimentarse de la tragedia en mayor medida que del bienestar. Quizás esté bien así. Quizás cuando más necesitemos arrogarnos en el poder de la cultura, del arte, sea cuando nos encontramos más próximos a la catástrofe; cuando el mundo se desmorona, ¿quién es aquel que no necesita asideros para aprehenderlo? Quizás por eso destaca en el año las producciones de tono político. Muchos de los artefactos culturales más importantes tienen evidentes referencias hacia la crisis, económica o social, política o ideológica, que estamos viviendo; así la ficción se alimenta de la realidad, como debe ser, como no puede ser de otro modo, para instituirse como un cierto momento de verdad. No nos engañemos: la única verdad conocida se esconde en su fabulación.

No nos pasemos de mesiánicos. Nos hemos reunido aquí con el propósito de celebrar el año, por lo cual no cabe tampoco especular antes de tiempo: la polifonía de voces e intenciones demuestra la singularidad particular de este año. Hay onerosas repeticiones —que tendrás, Nicolas Winding Refn, que nos enamoras— entre listas, pero cada una se centra en aspectos particulares de la cultura que hemos tenido durante el 2013; en parte, también es una promesa: la mayoría resaltan, si es que no resaltamos, ciertas inercias culturales que parecen cimentarse ya de forma definitiva este año que despedimos.

Tres años. Tres años consecutivos lleva existiendo esta lista, que se merece por derecho propio —disculpen el egotrip: acaba pronto— a ser parte inherente de aquello mismo que contiene; cada año más grande que el anterior, comienza a fugarse hacia sus propias intenciones. Intenciones que nos congratulan. Acabar con otra cosa que no sea felicitando a los que han intervenido, ya sea por primera o segunda o tercera vez, pero especialmente hacia quienes han faltado, muchos que querrían haber participado pero no han podido, y a quienes leen, ustedes, tú, sería saltarnos la tradición clásica de los prólogos innecesarios. Lo haremos. Nada nuevo hay bajo el sol, salvo nuestro espíritu de seguir cada día buscando nuevas joyas ocultas en el mundo: ahora, comprueben nuestros descubrimientos.

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Aquello que mal llamamos «mal», fuerza que depende siempre de la perspectiva desde la que se mire, es una forma tan abstracta, tan inasible, que la pretensión de definirla resulta ridícula. Intentarlo redunda en fracaso. Incluso si acudimos a las tautologías clásicas, donde sí cobra cierta lógica: «el mal es el mal» o «el mal es lo que no es el bien», que tampoco clarifican nada, cualquier pretensión de poder caracterizarlo acaba siempre en el sumidero de nuestra propia imposibilidad lingüística. No hay palabras para hablar del mal. O aunque las haya, no las hay para encerrarlo en ellas. El mal como concepto, como entidad, es algo que se filtra en el discurso como una impresión que debe ser buscada de forma activa, pero sólo se manifiesta como tal en tanto percibida; si se escribe un texto malvado pero nadie lo percibe así, no redunda en mal alguno. El mal como posesión, para el hombre, es una entelequia.

Aunque conocido por excesos, excesos sexuales, excesos sanguinolientos, Suehiro Maruo no sólo conoce de violencia; en al menos una ocasión, ocasión extraña en cualquier caso, alejó sus pasos del camino extremo para sumergirse en constantes poco habituales. Poco habituales como para necesitar allanar el terreno para explicitar cuales: la comedia blanca de tintes sobrenaturales. Partiendo de tal premisa tampoco asusta —o no en tanta medida, si admitimos que siempre es agradable salir de lo trillado— saber que Guichi Guichi Kid acaba ser más juego travieso que ruptura radical son su canon; su búsqueda ya no se da en la belleza o lo maravilloso, los motivos clásicos de Maruo, sino en otra más abstracta: la justicia.

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No existe tópico más extendido que el viaje. Siempre que se ha pretendido mostrar la evolución del auto-descubrimiento del individuo, ya desde La Odisea —sea por búsqueda de heroísmo, sueños o madurez; o por obligación en el partir—, se ha recurrido al viaje; viajando durante kilómetros, encontrándose con otras personas y situaciones, siempre está presente la oportunidad de reflexión. Al estar lejos de casa, cualquier constricción desaparece. Existe libertad. Libertad, en minúscula, en cualquier caso: el viaje libera porque aleja de la cotidianidad, pero también aprisiona en tanto aleja de cualquier otra parte. Ahí fuera es todo desmedido. Un viaje hace tan probable que encontremos lo buscado como que acabemos completamente destruidos.

Esa libertad se explora en Cenizas cimentándose sobre su propio título: cenizas literales y metafóricas, de sueños y de amigos, del pasado y el futuro. Historia de viajes, road movie de cómic, tierno relato con tintes de medida extrañeza realista, pero también algo más: canto a la amistad. Eso no impide que el trío protagonista sea la antítesis de la amistad cordial sostenida a lo largo del tiempo; mientras Polly es la huraña amante de la música y Moho el caradura insoportable que vive de apaños, Piter se nos presenta como alma del grupo: de carácter pacificador, buscando entendimiento, sus esfuerzos dan cohesión a sus diferencias; en cualquier caso, no se unen por ninguna razón desinteresada: al morir Héctor, el cuarto en discordia, deben cumplir su último deseo de esparcir sus cenizas en un lugar lejano. Un último viaje por amor para recuperar la amistad perdida. Amistad que es todo aristas, porque ni siquiera es triángulo —no triángulo por cuadrado: la ausencia de Héctor desestabiliza su configuración básica, ya que deja de existir razón para permanecer unidos; cuando a un cuadrado falta una arista no se torna triángulo, sino linea—; en cada uno de sus extremos están Polly y Moho, sólo unidos por el nudo que supone Piter en esa cuerda imposible de discordialidad.

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En nuestro tiempo, el conocimiento inmediato de la experiencia mundana ha quedado disuelto. Roto de cualquier concierto. Es así porque ya no se confía en la razón sino procede del conocimiento contrastado; sólo se acepta como válida aquella razón supuesta desde los prefectos de la ciencia. Sólo se admiten explicaciones desde el seno de la imposición. Eso no significa que la ciencia tenga nada malo; la ciencia posee usos útiles que no debemos descartar, pero se muestra inútil para retratar aquello que se escapa del mero vislumbrar: explica razones, no así confiere convicciones. Quizás la ciencia pueda explicar mejor que el conocimiento popular o los mitos por qué morimos, no así por qué morimos; nuestra experiencia de los acontecimientos es también parte de aquello que somos en tanto seres humanos, no sólo el conocimiento científicos de las causas en tanto entes físicos.

Shigeru Mizuki, mangaka además de mitólogo —además porque su papel como dibujante viene prefigurado no sólo por interés genuino por los espíritus, sino por su experiencia vital misma con éstos—, sabe que hay cosas que no se pueden explicar a través del conocimiento científico. Hay cosas que se rigen por experiencias más íntimas. Por eso en NonNonBa narra historias biográficas semi-ficcionadas donde nos muestra su experiencia de aprendizaje a través de personajes singulares: los yōkai. ¿Qué papel asumen los yōkai, espíritus de la mitología japonesa, en su formación? Uno singular, pero común a los entes mitológicos: servir de guía para el joven Shige; en un sentido literal en el caso del azuki hakari, en un sentido metafórico en el caso de las historias que tanto le apasionan. Cada yōkai es un movimiento de la naturaleza, un acto o sentimiento de los hombres; en ese sentido, los espíritus complementan, no sustituyen, la experiencia del mundo: no son una creencia irracional que sólo sirve para engañar a viejas y asustar a niños, sino que tienen un uso simbólico importante: muestran algunas de las veleidades particulares de la existencia.

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No existe concepto absoluto de lo heroico. Aunque es evidente que la definición de héroe cambia con el tiempo y las cultura, ya que el paradigma del mismo siempre variará según la experiencia del momento, no es menos cierto por menos evidente que tampoco se puede comprender su quintaesencia a través de algún entendimiento unívoco e invariable del mismo; si bien qué es un héroe varía, también lo hace el significado de la palabra «héroe». Si Superman, Kanye West y Aquiles son héroes —por erróneo que nos pueda parecer concebir heroísmo en alguno, si es que no en todos—, siendo que no sólo comparten ningún rasgo sino que tampoco puede considerarse que compartan categoría común, entonces debemos poner en cuarentena incluso qué entendemos cuando hablamos de heroísmo. Porque no sólo cambia el contenido del término con el tiempo y el espacio, sino también su forma.

Si hablamos de Beowulf, el relativismo al respecto de lo heroico se hace patente no por el hecho de que no narre hazañas que puedan considerarse dignas de elogio —porque no es así: sus hazañas son heróicas en grado sumo—, sino por su personaje protagonista. Puede ponerse en cuarenta el heroicismo de Beowulf. Éste, que parece más interesado en su propia gloria eterna que en distinguirse como un ser humano, funcionaría al tiempo como paradigma y parodia del arquetipo mismo de héroe: no existe duda sobre su destino, de igual modo que su convicción al respecto del mismo se sostiene por una soberbia que tiene poco de heróica. Beowulf es pura hibris. El interés que se demuestra en presentarlo como un hombre de convicción y honor, haciéndolo más próximo al idealismo trastornado de un super-héroe bravucón que al heroísmo humanizado de las leyendas greco-romanas, consigue presentarnos ya de entrada un hombre que más allá de su heroísmo parece vacío de cualquier sentimiento u objeción ante el destino. Como el popular Caballero del Cisne, parece vivir apartado de toda convicción humana. Parece.

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En el imaginario masculino —o para ser exactos, la de una clase específica de hombres—, se da cierto paradigma mental en el cual se asocian de forma equivalente la música y las mujeres. No existe una separación clara entre como se tratan esos dos conceptos en ese imaginario testosterónico. Quizás añadiendo al alcohol o las drogas al conjunto, quizás incluso los coches, podríamos re-construir una tesis al respecto de qué elemento puede sostener una cierta idea común entre todas esas cosas: la gestión de la economía libidinal. Robert Crumb, y especialmente Mis problemas con las mujeres, entraría dentro de esta etología.

Hablar de «gestión de la economía libidinal» puede sonar a innecesaria boutade con la cual pretender explicar algo sencillo, que los hombres son unos cerdos que se basan en sus privilegios patriarcales para imponer su falocracia —claro que, si ésta es una explicación sencilla, entonces tendríamos que plantearnos nuestras definiciones— o que éstos se dejan llevar constantemente por sus instintos más básicos —ésta, tan simple como la anterior, pero más sencilla. El problema es que no es tan simple. En tanto no somos animales y no podemos hacer lo que deseamos a cada momento, porque de hacerlo se desmoronaría nuestra civilización, existe la imperiosa necesidad de gestionar el deseo; entonces, se hace absurdo no ver el deseo como un proceso económico en el cual existe una producción que debe gestionarse a través del intercambio simbólico: uno gestiona su deseo o bien como compra-venta de bienes y servicios (prostitución, pero también el matrimonio para una inmensa mayoría de personas —hay un intercambio mercantil de afecto y sexualidad exclusiva blindada bajo contrato, con obligaciones sexuales denominadas «maritales»; una gestión libidinal del deseo afectivo-sexual en un contrato de interés mutuo: en el matrimonio se proyecta al otro como objeto amoroso—) o como un gasto sin beneficio (siendo el amor auténtico la forma más obvia de esta forma económica: uno ama sin buscar ser recompensado o ser amado, ama porque proyecta su deseo al otro como sujeto de su amor).

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¿Cómo acabar Halloween si no de la manera más familiar posible? Para ello hemos conseguido que Mikelodigas, un año más, nos haga una de sus maravillosas tiras de Halloween. Si quieren ver más de su trabajo pueden acudir a su blog, Buscando mi lugar, o buscar aquí sus anteriores colaboraciones de Halloween. Fuera como fuere, les dejamos con «¿Qué hacer cuando a tus amigos les gusta Halloween y a ti no?»

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¿Cómo pensar el mundo cuando el umbral del mismo se nos presenta desde la perspectiva más inhóspita de cuantas nos son posibles? No podemos saberlo porque somos alumbrados al mundo, naciendo en contacto piel con piel con aquella persona que nos ha servido como incubadora durante nueve meses hasta que nuestra madurez corporal es suficiente como para sobrevivir a las inclemencias exteriores; nuestra visión del mundo es la del lugar exterior, aquel donde ya nadie nos sirve como hogar donde el cual sólo necesitamos «estar» para «ser»: el exterior es inhóspito porque venimos de la comodidad del interior, pero hemos conocido la comodidad de que todo nos haya sido dado. Si por el contrario en vez de alumbrados hubiéramos sido defecados al mundo, nuestra situación sería otra diferente. En ese caso, sólo nos quedaría la perspectiva de un interior que se nos presentó inhóspito —seríamos afortunados si no nos mutilaran los jugos gástricos, o no viéramos morir a algún hermano presa de ellos— en un dirigirse al exterior igual de inhóspito; quien nace entre mierda, sólo puede configurar su pensamiento a partir de la lógica de la manipulación de heces: todo cuanto acontece son desechos.

God's Child (Kami no Kodomo 神の子供) nos habla de ese joven defecado, que ve como sus hermanos mueren disueltos en jugos gástricos, cuyo único juguete válido es la propia mierda que genera. Mierda con la cual crea ejércitos que decapitar y con la cual siempre estará jugando pase el tiempo que pase: donde al principio decapitaba la mierda que se moldeaba, después decapitará el barro que se moldeó; como el hijo de dios, no existe para diferencia para él entre la mierda como desecho y el barro a través del cual se moldeó al hombre. Si sus hombres de mierda no tienen vida, es porque no sintió ningún interés siquiera en insuflársela. No le duelen prendas a Nishioka Kyoudai a la hora de retratar al que fue acunado en el retrete como un lascivo ente más allá de cualquier consideración moral, pero que tampoco puede considerarse un monstruo: ni disfruta ni padece sus actos: sólo los comete por pura conveniencia práctica.

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