Subcultura y cultura underground a go-gó

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En un momento donde el metal extremo parece ser objeto de vanguardia sus formas más puras saben a extraño néctar imposible. Quizás partiendo de esto alguien crea que la mezcla de todos los géneros extremos al tuntún añadiéndole la manida estética totalitarista puede atraer al fan medio de los géneros. Y así es, otra es que un disco como Witchkrieg de Witchery sea capaz de mantener la atención de nadie.

Entre el trash, el death y el black metal sea sitúa un disco de sonido denso y contundente que, pese a su velocidad, suena increíblemente lento. Los destellos tecnicistas por parte de la guitarra de Patrik Jensen empiezan agradeciéndose como un interesante alivio de la pesadez del disco y acaban siendo una tortura de vacuo sentimiento. Y ese es el problema del disco, esta vació, no tiene alma y es una de las cosas más inmensamente aburridas que uno puede escuchar. Después de las dos, por otra parte notables, primeras canciones uno solo puede escuchar este disco como una fuente de denso ruido con puntuales e irritantes solos de guitarra. La mezcla de géneros, al tuntún, elimina cualquier posibilidad de encontrar una personalidad propia. Tampoco ayuda que el cantante, Erik “Legion” Hagstedt, parezca estancado en un eterno registro para cantar el enésimo Panzer Division Marduk. Por lo demás, su estética totalitarista acaba por resultar desastrosa, no tienen gancho ni continuidad temática de ninguna clase dentro del propio disco, haciendo que sea más un lastre estético que un verdadero punto del disco. Sin duda alguna una áurea mediocridad de un sopor insoportable.

Su propuesta de mezclar todo lo mezclable dentro del caldero de lo extremo solo consigue una sopa irregular, densa, espesa y, lo más grave de todo, sin sabor alguno. Finalmente Witchery se nos presentan como lo que realmente son, un grupo torticero que intentan alcanzar el éxito con las sobras del éxito ajeno. Señores, menos Satán y más personalidad.

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En los 80’s Japón vivió un feliz momento álgido de una economía muy boyante, lo cual propicio una tendencia al exceso que, aun hoy, se mantiene en cierta medida. Todo esto era un caldo de cultivo propicio para que, emulando el éxito de Ziggy Stardust en Occidente, apareciera otro músico de rock & roll intergaláctico que nos hiciera mover el esqueleto al ritmo de su celérica música. Pero no hubo que esperar más allá del año 85 del siglo pasado para encontrarlo: Jaguar había llegado a nuestro planeta.

Prefectura de Chiba, Japón, un extraño alienígena venido del planeta Jaguar de aspecto marcadamente glam aterriza en el lugar y, sin vacilar un solo momento, se aproxima a la sede de la televisión local con unos cuantos yenes y unas extrañas cintas de vídeo caseras. Así nace su propio programa JAGUAR HELLO!, un espacio de 5 minutos semanales donde proyectar sus vídeos musicales. Claro que el no era un alienígena malvado y asumió una forma humana en la que presentarse en la tierra para así propagar su mensaje de paz y amor a través de su programa. Su estilo y pasión, saltando de un género a otro sin problemas siempre dentro de la más estricta de las estéticas más horteras, le llevo a aparecer también en las televisiones de las prefecturas vecinas de Saitama y Kanagawa. Pero todo lo bueno desaparece y en 1993, en plena depresión económica del país debido a los excesos económicos que han vivido durante más de 10 años, desaparece de la parrilla televisiva. Así los japoneses no solo se ven sumergidos en una de las más fuerte y crueles depresiones económicas de la historia, sino que pierden a su héroe de segunda fila, amado como si se tratara de un kami por sus fans, que les ayudaba a seguir adelante.

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Somos una raza de contrastes capaces de lo mejor y de lo peor, de lo más únicamente humano y de lo extremadamente inhumano. Somo, en fin, una raza violenta tendente al amor, lo cual nos lleva a un eterno cambio. Y también nos gusta el esperpento, cosa que saben muy bien Hot Chip.

En su ya celebre I Feel Better nos presentan un tema de reminiscencias lounge que nos recuerda lo que se hacía en Ibiza allá por mediados de los 90’s. Su música y su letra, dulce a la par que melancólica, nos dan un perfecto reflejo del ser humano. Claro que también lo hacen al presentarnos una boyband siendo brutalmente masacrada por un extraño hombre vestido con una túnica blanca que lanza rayos blancos por la boca. El triunfo del indie, del raro, del freak como epitome de lo deseable y aspirable que desbancó, precisamente pasados los 90’s, al chulito guaperas de la boyband. Hoy nadie quiere ser los Back Street Boys, todos quieren ser Radiohead. Aunque sean unos u otros ningunos se libran de los censuradores rayos láser del productor, que no durará en masacrarlos vilmente cuando considere que no les son rentables sin atender más que a sus arbitrarios y, probablemente, aleatorios designios. Eh, nene, el espectáculo es duro.

Sea como fuere de algo no nos cabe duda al final, el ser humano es un ente de contrastes que va fluctuando invariablemente entre lo mejor y lo peor. Y que los rayos de energía molan.

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Después de un gran triunfo lo más fácil es estancarse y repetir formula para, sin complicarse la vida, intentar volver a repetir éxito. Pero el mérito está en experimentar, dar un gran giro y seguir teniendo la misma personalidad que te auspicio el primer éxito. Y deberíais saber ya que Klaxons lo ha conseguido.

Con el ballardiano nombre de Surfing the Void nos presentan su segundo disco donde, aun respetando ciertos dejes de su primer disco, parecen unos nuevos Klaxons. Mucho más oscuro, más centrados en las guitarras y con un sonido que les emparenta en momentos puntuales con algunas corrientes de metal se desmarcan con fuerza de su anterior trabajo. Lo más llamativo cuando se acaba de escuchar el disco es, sin embargo, su uniformidad. De principio a fin el disco mantiene una clara misma linea en su sonido, sin subidas ni bajadas, siempre se mantiene en un campo común. Esto significa, a su vez, que la existencia de hit’s es prácticamente nula. Lejos de ser algo negativo favorece la escucha del disco como un conjunto solido, ideal, como un muro impenetrable sin piezas maestras donde el sentido solo se adquiere en su escucha completa. Así Klaxons consiguen rescatar con fervor la utilidad del disco como trabajo conceptual complejo donde el conjunto es muchísimo más que la suma de sus elementos.

Por primera vez Klaxons nos exigen abiertamente nuestra atención y dedicación para poder entender y disfrutar de su trabajo. Un estilo más oscuro, duro e incluso un toque aun más ballardiano apunta en dirección al trabajo más férreo y solido del grupo.

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El dolor y el placer son dos caras de una misma peculiar moneda que nos toca vivir en nuestro propio día a día. El siguiente paso natural es musicalizar conjuntamente nuestro placer y nuestro dolor como método de exorcizar o evocar nuestros propios demonios. Sangre, lagrimas y semen se despliegan ante nosotros en una peculiar visión musical.

El más evidente y principal inspirador del post es el ecléctico Tortura: The Sounds of Pain and Pleasure. En sus algo más de 20 minutos se va desarrollando una combinación de golpes, gemidos, lloros y alguna risa cruel ocasional en una dementada versión BDSM del chillout; diga no a las cascadas, diga sí al sadomasoquismo. Aunque en estos derroteros nos encontraríamos al prolífico Masami Akita, más conocido como Merzbow, el cual haría dos discos conceptuales llamados Music for Bondage Performance. Música noise para ambientar sus sesiones de bondage más extremas. Pero pensar que la sexualidad más extrema se queda en grupos de una calidad musical difusa es quedarse muy atrás. No debemos olvidar que canciones como Closer de Nine Inch Nails son un mito de la música más proclive para un polvo sucio después de un par I wanna fuck you like an animal. Pero tampoco se puede olvidar la mítica Kiss de London After Midnight, una canción para los acercamientos más profundos, a golpe de pedir que te violen, en sus ambientes de siniestreo electrónico favoritos. Pero volvamos al ruidismo descerebrado.

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En una relación es vital para su buen funcionamiento la confianza en el otro, ya que cuando se carece de ella las cosas tienden a torcerse. Esto es igual para la siempre dificil relación músico-oyente y es algo que parece que Doping Panda ha olvidado.

En su single, beat addiction, nos regalan un avance de su disco Decadence que nos hace esperar la vuelta a los mejores tiempos del grupo. Una canción con varias capas de percusiones, una guitarra afilada con una buena distorsión y un bajo que acompaña en una interesante histeria en clave jungle. La vuelta a sonidos más caribeños sumada al abrazo hacia el uso de unas flagrantes y excesivas percusiones les acerca a una suerte de D&B en clave indie, hiperbolizado y llevado al extremo de la densidad. Así conforman una pieza abigarrada, densa, donde tras cada capa se esconden otras dos de puro tribalismo electrónico. Cumplen con esto los sueños húmedos de los fans más acérrimos con una canción que consigue dar lo mejor del grupo. El problema es cuando escuchamos beat addiction ya en el disco.

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Lo ecléctico, el rara avis dentro de la carrera de un artista suele ser lo más interesante que este suele darnos en el campo artístico. Esto se acentúa aun más en un grupo de extremos tan evidentes como es Scooter, que nos deja cuatro surrealistas joyas en su Under the Radar Over the Top.

Su peculiaridad empieza desde la propia portada, realizada en la base de la NSA situada en la colina Teufelsberg en Berlín. Por debajo del radar del mainstream pero con un gran éxito de oyentes tenemos la metáfora fácil de que simboliza tanto el título como la portada y su magnífica intro, Stealth. Pero a su vez podemos interpretarlo por como consiguen colar entre sus canciones piezas hechas con amor y sensibilidad de una calidad muy por encima del resto de su dudosa obra. Así nos encontramos un par de temas que forman una peculiar pareja de contraste que se sale de todo lo que hacen normalmente. En The Sound Above My Hair se entrecruza el hard trance con el eurotrance más bailable para los enfermos del parapara con un buen uso del vocoder mientras en Metropolis practican el camino contrario al cedernos una pista de progressive trance magistral. Si en la primera llegan a la estulticia común en el grupo desde otras coordenadas en la segunda alcanzan una pequeña joya dándole la vuelta a lo que hacen en la anterior. Pero con Second Skin es donde se ve la absoluta genialidad del grupo. Una versión de The Chameleons en clave synthpop que le da un inconfundible sonido à la Depeche Mode hacen la mejor de las versiones posibles de unos clásicos del post-punk. Para sorpresa de propios y extraños, sí, Scooter son capaces de abofetearnos con nuestros propios prejuicios.

No cabe duda de que Scooter es un grupo irregular, surrealista, un placer culpable extremadamente común que, en su conjunto, no compensa el tiempo invertido. Sin embargo, una y otra vez, nos demuestran con pequeñas piezas de calidad que son capaces de mucho más. Es solo tu segunda piel.

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El imaginar el como será el futuro es una constante en el ser humano, el imaginarlo como algo horrible y deshumanizado es otra constante continua. Aun así no deja de sorprender como el mensaje apocalíptico de una canción del 69 suena incluso más moderno hoy. Hablo de In The Year 2525 de Zager and Evans.

La canción nos va relatando la degeneración de la raza humana, el como poco a poco va extinguiendo su propio cuerpo en favor de las maquinas. Al final, con el mundo extinto, Dios decide que nuestra presencia en el mundo ya no es bienvenida. Pero la contemporaneidad de la canción se debe a la concepción de ese trasunto de transhumanismo negativo y de la concepción de la civilización después del propio apocalipsis. Si estos conceptos eran marcianos e impropios de la época es curioso como, a su vez, hace el viaje de vuelta con nuestra época. Una canción de una letra tan enervante, de un cariz prácticamente misántropo, sería hoy en día imposible en un grupo mainstream. Solo cabe sumar a todo esto el maravilloso collage que hizo Ivan Zulueta para ilustrar la canción en español para presenciar el terror del futuro ya extinto que nos presentan.

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La reinterpretación es una clave excesivamente infravalorada en el arte de un tiempo a esta parte. Aun existiendo en la música los remixes y las versiones siempre parece que los artistas se limitan a imitar lo que han escuchado a su manera, sin intentar aportar algo sustancialmente nuevo, sacar a la luz algo que estuviera escondido entre esas notas. Salvo Bryan Lee O’Malley con su one man band, Kupek.

En su disco Nameless, Faceless Compilation después de un agradable empacho de indie pop de lo más naïf se descuelga de repente con una versión de Born Slippy de Underworld. Huyendo de los sonidos electrónicos mira más allá de la propia canción y no solo la lleva a su estilo, sino que la reinterpreta de principio a fin. Es la misma canción, son las mismas notas, pero a la vez es algo totalmente diferente, algo nuevo, algo que siempre estuvo encerrado ahí y, solo ahora, ve la luz. La canción se vuelve dulce y tierna, con una alegre melancolía que nos empapa enteramente de principio a fin. A su vez, con su minimalismo barroco, consigue despertar una realidad latente que estaba ya tanto dentro de la propia composición, como dentro de nosotros mismos.

Cuando uno reinterpreta debe hacerlo con la cabeza, el corazón y el alma, propio y de la composición. La búsqueda del autentico mensaje escondido en el ánima de la música es otra de las labores del músico que de verdad ama su arte. Y dentro pasea un ángel…

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La evolución es algo tan deseable como necesario sin embargo cuando eso propia un cambio radical y absoluto las voces discordantes pueden sonar con fuerza acusativas. Así mantener la armonía en un perfecto equilibrio se convierte en el estado ideal de la música. En esto podríamos resumir el último trabajo de Capsule hasta la fecha, Player.

Con un comienzo alegre de un sonido que solo podría ser firmado por Capsule no tarda en convertirse en algo diferente. Los continuos abrazos al electro house más sucio y enguarrado siguen la brecha que ya abriría su anterior trabajo, el fantástico More! More! More!, llevándolo hasta el paroxismo. Así se inicia una batalla soterrada por hacerse con el control del sonido del grupo. Por un lado el techno pop marca de la casa se desgrana con tanta o más elegancia que en iteraciones anteriores mientras el electro house pisa fuerte con algunos de los temas más potentes y con mejor factura que ha dado el grupo en los últimos años. Y al final todo estalla cuando lo mejor del disco es el tenso equilibrio que se conforma ya que, gracias al mismo, cada uno de los estilos enfatiza y amplifica lo positivo del otro. Finalmente incluso llegando a lo absurdo en The Music, una combinación absolutamente perfecta de lo mejor de ambos mundos en una sola canción. El arquetipo del equilibrio de la dicotomía Nakata/Koshijima comprimido en una sola canción.

Quien quiera, y muchos lo han hecho y harán, puede gritar blasfemias sobre la perdida de la pureza y el engancharse a modas pasajeras que desvirtúan la calidad de un grupo hasta ahora sin mancha alguna. Sin embargo quienes sepan escuchar más allá de sus propios prejuicios podrán discernir todo lo que hay detrás de esta obra ejemplar. Una vez más, sin mácula concebido.