Literatura

Portamos la muerte en nuestra sangre. Resumen del especial de Halloween

31 octubre 2015
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Todo devenir es siempre sólo en parte conocido. Incluso si Halloween es siempre Halloween, la forma exacta que tomará cada año resulta una completa incógnita: si el año pasado la ficción dominó de forma absoluta los contenidos, en esta edición habría que admitir que existe un equilibrio mucho mayor. Además de una predominancia por la experimentación que no había llegado tan lejos en años anteriores. Este ha sido un año diferente, abriendo nuevas puertas, por lo cual explorarlo con calma e interés se hace más necesario que nunca. Algo que no cabe sino celebrar. Porque, ¿qué hay más cierto que el terror que se oculta en cada aspecto de nuestras vidas, pero siempre oculto de algún modo? Porque Halloween es la consciencia de que existe algo más allá de lo que día a día nos permitimos recordar.

Sumario:

Especial de Halloween en The Sky Was Pink

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La tragedia es siempre un doble movimiento. Sobre «La oruga» de Edogawa Ranpo

30 octubre 2015
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En tanto animales, los seres humanos tenemos en nuestro interior una serie de instintos que hacen de nuestras reacciones algo volátil, confuso e imprevisible, que no siempre podemos controlar de forma razonable. Aunque ese no es el único problema con nuestro subconsciente. También nuestros sentimientos se suelen asociar con aspectos que rara vez podemos dilucidar conscientemente, haciendo que la razón, la capacidad que nos separa del resto de los animales, resulte, en el ámbito personal, algo demasiado difuso en la mayor parte de los aspectos de nuestra vida; aunque capaces de dominar nuestros propios instintos, no del todo irracionales por extensión, nuestro problema es que, en no pocas ocasiones, decidimos dejarnos llevar por nuestro lado animal en vez de dejar que la consciencia haga su trabajo. A veces no queremos escuchar lo que tiene que decir el sentido común sobre nuestros actos. De ahí que el problema sea, en último término, doble: que ni hemos eliminado del todo nuestros instintos ni somos capaces siempre de dominarlos.

A Edogawa Ranpo le gusta jugar en los límites de lo racional, el punto en el que el sinsentido se encuentra con las circunstancias extremas que puede depararnos nuestra existencia. Aunque sinsentido no significa necesariamente animalismo. Ranpo observa los límites de forma sosegada, siempre con un pie en la razón y otro en la sinrazón, para hilar todo desde un acercamiento puramente intelectivo, basado en una narrativa sutil: está tan interesado por presenciar la degradación de un ser humano virtuoso o racional en un monstruo incapaz de cumplir sus deseos sin autoinmolarse, como la escena contraria, haciendo de alguien reducido hasta la pura animalidad un ser más racional que cualquier otro pretendidamente humano.

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Sólo somos humanos en la monstruosidad. Sobre «Los chicos de las taquillas» de Ryu Murakami

26 octubre 2015
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Todos estamos al borde del precipicio, a un paso equivocado de convertirnos en todo aquello que la sociedad desprecia. No existe persona alguna que sea imposible que jamás cometa un desatino, un acto inapropiado o directamente criminal, porque está más allá de cualquier convención posible de lo que situaríamos bajo el paraguas de la problemática del mal. Los ángeles no existen. A veces sólo hace falta una pizca de mala suerte, hacer una asunción errónea o malinterpretar un hecho para actuar de forma inadecuada o, en el peor de los casos, acabar en el lado equivocado de la ley. De ahí que pretender que existe algo así como una tipología absoluta del mal, la posibilidad de juzgar de forma incorruptible y absoluta cualquier decisión ajena —algo común en los medios de comunicación, que suelen declararse jueces morales más allá de la ley—, siempre se encuentra ante la ambigüedad moral de un juicio que está determinado, de antemano, por una problemática subyacente más profunda: ni existen ángeles ni existen demonios, sólo personas, por lo cual todo acto puede venir condicionado por otros de los que nosotros somos culpables. O en los cuales podríamos haber caído en otras circunstancias.

Tanto en Japón como en China ha existido cierta tendencia marginal, aunque no por ello menor, a abandonar los niños no deseados dentro de las taquillas de las estaciones de tren. Aunque es un hecho infrecuente y sólo relativamente común durante las décadas de los 80's y los 90's —hasta el punto de haberse contabilizado 191 casos reportados de niños muertos en tales circunstancias, lo cual supuso el seis por ciento de todos los infanticidios de ese periodo—, la problemática tuvo tal cobertura mediática que, a todos los niños que sufrieron esa clase de abusos, se les dio un nombre específico: coin-operated-locker babies. O Coin-locker babies, bebes de las taquillas. O en la versión de Ryu Murakami, más preocupado por lo que sería de ellos al crecer, los chicos de las taquillas.

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La unidad «gato» como arma política. Reflexiones a raíz de «Internet Safari» de Noel Ceballos

21 octubre 2015
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A veces resulta difícil concebir que los hechos abstractos de nuestra existencia son tan reales como los tangibles. Aquello que no podemos ver ni tocar, que es ajeno de nuestros sentidos, en ocasiones se nos puede antojar como algo irreal, no del todo en este mundo y, por extensión, como si nuestras leyes ético-morales no funcionaran del mismo modo en esos espacios no-físicos; cuando alguien se preocupa más por la situación de necesidad de un vecino que la de todo el continente africano no es porque sea un ente egoísta, ciego hacia cualquier consideración externa hacia su entorno, es que todo aquello que no está a la mano nos resulta, necesariamente, menos real. Lo mismo ocurre con la gente acomodada. Cuando los políticos o las clases acaudaladas muestran una completa incomprensión sobre el coste de la vida o la situación del mundo no están actuando de mala fe, sino que tienen una genuina creencia en que su contexto es lo real, lo que es normal para todo el mundo.

Nuestra comprensión de lo real viene determinada por lo que conocemos, de ahí que cuanto más abstracto o lejano sea algo menos real se nos antoja. Eso es lo que nos ocurre con Internet. Incluso cuando llevamos ya décadas habitando su espacio, con nuestra vida superponiéndose de forma flagrante entre el mundo físico y el digital, seguimos pensando en Internet como en un espacio no-real, como otro espacio. Ontológicamente, le damos la consideración de un mundo posible o un sueño, un espacio donde no somos del todo nosotros mismos, donde todo vale. Para desmontar ese mito sólo necesitamos pensar qué pasaría si un día nos levantáramos e Internet nunca hubiera existido, si todo hubiera sido nada más que un sueño: nuestro mundo se desmoronaría. Somos absolutamente dependientes de la red, en un sentido rayano lo patológico: nuestra información, nuestra vida social y nuestro tiempo de ocio pasan, en su mayor parte, por un plano puramente inmaterial. Cómo han cambiado nuestras vidas en el tránsito hacia esa dimensión solapada a la nuestra es lo que analiza Noel Ceballos en Internet Safari.

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En todo deseo existe su propia trampa. Sobre «El ganso salvaje» de Ogai Mori

8 octubre 2015
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Todo deseo es siempre reflejo de nuestras más íntimas ansiedades. No deseamos aquello que no podamos tener, sino aquello que, independientemente de si podemos o no tenerlo, nos produce la ansiedad de estar en disposición de perderlo o no llegar a tenerlo nunca; el deseo no es algo que se produzca con vistas de futuro o que se pierda en el momento de apropiárselo, sino exactamente lo contrario: es un movimiento originario, algo que nos hace sentir como si hubiera sido siempre parte constitutiva de nosotros mismos. En tanto su presencia es indeleble, nuestra relación con el deseo es, por necesidad, de una intimidad absoluta. Cuando deseamos no buscamos la resolución de lo deseado, satisfacer con la mayor brevedad posible ese impulso —porque, de hecho, no tiene resolución posible: cumplir nuestro deseo sólo nos confiere un alivio momentáneo ya que, en tanto sirva para satisfacernos, seremos más dependientes del mismo al hacerlo—, sino al hecho mismo de seguir deseando.

No definimos el deseo a través del hecho de desear, sino de la continuidad del deseo. En ese sentido, El ganso salvaje trata no tanto de una historia de amor, frustrada o no, como del deseo que nace entre dos personas separadas por el frágil velo de su propia ansiedad; durante toda la novela no presenciamos los intentos de estar juntos de dos jóvenes enamorados, sino las excusas que buscan para poder prolongar el máximo tiempo posible la no culminación de su deseo. Su extensión ad infinitum. Ni Otama, siempre asomada a la ventana para poder verle pasar volviendo de la universidad, ni Okada, volviendo siempre por el mismo camino para poder saludarla con un sutil movimiento de sombrero, hacen nada por conocerse: se desean con muchísima intensidad, constantemente hablan el uno del otro, pero apenas sí llegan a cruzarse. Y finalmente les separa un ganso, un ganso salvaje, que impide que Otama pueda ver una última vez a Okada antes de que éste se vaya a Europa. Aun con todo, no es una historia de amor trágico tanto como de deseo truncado.

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Catarsis envenenada. Sobre «La silla humana» de Edogawa Ranpo

26 septiembre 2015
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En el terror siempre existe un doble movimiento que le da origen: el saber que algo no va bien, pero no tener la seguridad de qué es exactamente. Sin lo segundo lo primero no tiene razón de ser. Para sentir miedo necesitamos saber que algo está mal, que nuestra existencia o nuestras expectativas vitales han sido puestas en entredicho, pero no debemos saber exactamente cómo; cuando sabemos su razón de ser desaparece el miedo, al menos potencialmente: podemos racionalizar lo ocurrido, trazar un plan de acción y actuar en consonancia. El terror es la incógnita de saber cómo ocurrirá nuestra perdición, teniendo la certeza de que está acechándonos. De ahí que el temor a la muerte sea un miedo universal, que nos alcanza a todos; no es que todo miedo se reduzca al miedo de morir —ya que un ente inmortal es, potencialmente, también capaz de sentir miedo—, pero en tanto todos tenemos la certeza de que en algún momento moriremos, tememos a la muerte: sabemos que la muerte nos acecha, pero no podemos atestiguar ni cuándo ni cómo. Tener la certeza de que algo va mal sin saber como actuar para remediarlo, la consciencia limitada de la situación, es la auténtica fuente de todo terror.

Ese doble movimiento es lo problemático. Muchos escritores caen en la trampa conceptual del doble movimiento, tratándolo como dos gestos separados cuando son un mismo gesto con dos facetas; no es que haya un desconocimiento que se resuelve en el clímax, sino que existe una imposibilidad misma de resolver el misterio. Eso va contra un principio esencial de la narrativa, contra el conflicto: en el terror no puede haber resolución del conflicto, salvo que queramos diluir la atmósfera en el proceso. Ese es el problema del grueso de historias de terror, que o bien hacen que sea imposible siquiera imaginar la razón de lo ocurrido —anulando todo posible terror, ya que lo hace ininteligible— o bien cierran el asunto con una explicación que induce a la catarsis.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXIII)

19 septiembre 2015
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La nariz
Ryūnosuke Akutagawa
1915

En tanto seres vivos, estamos condicionados por causas ajenas a nuestra voluntad desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Nadie elige su nombre como nadie elige su físico, nos vienen impuestos de antemano, pero resulta evidente que son hechos que nos condicionan personalmente: vivimos a través de ellos, son nuestra máscara, incluso si no hemos tenido voz ni voto a la hora de elegirlos. Pongámonos en una situación hipotética, ¿cómo sería tener una nariz tan exageradamente grande, tan extravagante, que su punta nos tocara la barbilla, que más que aguileña fuera de pelícano, impidiéndonos comer si alguien no nos ayudara para que no acabemos con las narices en el fondo del plato?

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Inextricable belleza infinita. Sobre «Las ciudades invisibles» de Italo Calvino

3 septiembre 2015
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Nuestra curiosidad es infinita. Deseamos conocer aquello que nos es vedado, lo que sólo es posible en la imaginación, los sueños o la vida de algún otro; deseamos conocer aquello que está oculto, el mundo que se esconde entre los pliegues de nuestros párpados; ya sea la vida de nuestros vecinos o la existencia de un reino perdido, una playa secreta o un ser de otra galaxia, escapamos con asiduidad de nuestra vida para cartografiar aquellos huecos oscuros de nuestra experiencia que, por familiares, no son realmente desconocidos. No podría interesarnos algo que no esté anclado en nuestra experiencia del mundo. Sólo cuando algo logra llamar nuestra atención más allá de nuestras ideas preconcebidas, cuando algo conocido se hace extraño, podemos sentir genuina curiosidad por ello. En ese sentido, lo nuevo es imposible. Nuestra curiosidad orbita alrededor de lo próximo, de lo conocido, convirtiéndonos en expansión pura: nuestra curiosidad siempre crece, porque cuando lo que era extraño se vuelve familiar deja paso a nuevas formas de extrañeza.

Huir de la curiosidad no es una opción, ya que eso implica la muerte del alma. Aquel que se conforma con ver lentamente decaer todo aquello que conoce, aferrándose a la idea de que ya sabe todo lo que necesita para vivir —obviando, pues, la premisa esencial que rige toda existencia: nada permanece ni desaparece, todo está en constante transformación—, acepta su propia imposibilidad de adaptarse al mundo. Está fuera de la vida. Kublai Khan, escuchando las historias imposibles de Marco Polo, ni cree ni deja de creer en lo que le está contando su embajador, sólo se deja llevar intentando descubrir cuán vasto es su imperio. Explora los límites de sus posesiones, de aquello que le es familiar incluso si le es desconocido. Puede lo que diga el veneciano sea ficción, pero tiene un germen de realidad en él: su imperio es tan extenso que perfectamente podría contener las ciudades invisibles que le nombra.

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(Amor) bestia dulciamarga. Sobre «Eros. Poética del deseo» de Anne Carson

27 agosto 2015
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En la mitología griega Eros no sólo era dios del amor y la atracción sexual, sino también de la fertilidad. No es difícil intuir por qué. El dios encargado de inflamar los corazones (y los genitales) de los humanos no podía desentenderse de las consecuencias de aquello que origina: la sexualidad, la atracción romántica, el deseo capaz de sobreponerse por encima del ego. Sin deseo es imposible engendrar, pero sin amor difícilmente asumiríamos nuestras responsabilidades. Incluso si el amor no resulta necesario para engendrar un ser humano, si resulta de ayuda para no abandonarlo o matarlo cuando nos hagamos conscientes de las consecuencias que implica haberlo engendrado. Su posición es monstruosa, completamente ajeno de lo que consideramos como propiamente humano; la intervención del dios hace que las personas se sitúen fuera de sí, ignorando la prudencia o sus intereses, en tanto sólo tienen ojos para la persona amada. Eros, dios del amor, la sexualidad y la fertilidad, fruto y origen de la irracionalidad, es la base de toda vida humana.

Según Safo, poetisa griega, el amor es gliktprikon (γλυκύπικρον agridulce), dulce y amargo al mismo tiempo. Sin embargo, a lo largo de la historia se ha considerado que primero es dulce para después volverse amargo. Estrictamente en ese orden. Primero llegan las mieles de lo desconocido, del deseo, de aquello que abotarga nuestros sentidos con sensaciones; después llega la decepción, el descubrimiento de que no puede satisfacer aquello que necesitamos, que es también un ser humano. Esa concepción del deseo pasa por considerar que amamos aquello que falta en nosotros, que no amamos a la persona sino lo que representa para nuestro ego. El amor se nos presenta en ese caso como una continuidad lógica, una imposibilidad, en la cual siempre buscamos, de forma infructuosa, aquello que nos falta para ser nosotros. Esa es una herencia platónica. Esa concepción del amor es como la de Aristófanes, el cual creía que hubo un tiempo en que los humanos eran seres esféricos que desafiaron a los dioses, los cuales para castigarlos los separaron en dos mitades obligadas a encontrar su otra mitad para estar completos.

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Todo trata de sexo, excepto el sexo. Sobre «Leer como un profesor» de Thomas C. Foster

16 agosto 2015
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No vale cualquiera para enseñar. Asimilar conocimientos y ser capaz de transmitirlos son dos capacidades completamente diferentes: la primera supone retentiva, curiosidad, capacidad de sacrificio; La segunda requiere claridad de pensamiento, carisma, amor por la disciplina. Podemos aprender cualquier cosa, incluso aquellas que nos horrorizan o aburren brutalmente, pero sólo somos capaces de transmitir de forma efectiva aquello que nos apasiona con profundo fervor. Porque tampoco es lo mismo asimilar que aprender. El buen profesor es el que no sólo conoce esta distinción, sino que también pretende llevarla a sus clases: no vale con que sus alumnos entiendan lo que dice, que sepan regurgitar una miríada de datos o teorías dadas de antemano, sino que sean capaces de sacar sus propias conclusiones con las herramientas conceptuales que éste les ha transmitido. Buen profesor no es aquel que tiene vastísimos conocimientos, sino aquel que sabe lograr que sus alumnos encuentren las respuestas por sí mismos.

Es probable que la literatura no tenga los mejores profesores posibles entre quienes la defienden. Conseguir transmitir la delicadeza tras un buen libro, la infinita complejidad que atesora dentro de sí —porque, en tanto texto, su significación es siempre poliédrica y potencialmente infinita: su significado no es unívoco, sino que existe toda una cosmogonía de interpretaciones que, en tanto fundadas sobre la obra en sí, son potencialmente válidas—, es algo difícil de comunicar sin dar a entender que la literatura es algo farragoso, un trabajo desagradecido. Asociamos la literatura con beneficios intelectuales, cognitivos e incluso sociales, pero rara vez le reconocemos algo que le es inherente: sirve para estimular nuestra imaginación, para hacernos pensar de otra manera. A veces parece que intentamos transmitir que leer es una obligación, que los libros están ahí por la utilidad que son capaces de brindarnos. Nada más lejos de la realidad. Leer debería ser, en primera instancia, el placer en sí mismo de hacerlo.

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