Literatura

Mito e interpretación. Sobre «Ilustraciones al Libro de Job» de William Blake

18 octubre 2014
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Toda lectura es interpretación, toda interpretación es una mitología de las experiencias de cada persona en el mundo. Nunca leemos un texto sin llevarlo hacia nuestro terreno, hacia nuestra existencia, para hacerlo encajar dentro de nuestra ordenada cosmovisión del mundo; todos disponemos de una mitología personal, consciente o inconsciente, a través de la cual asimilamos cualquier acontecimiento físico o cultural dentro de nuestras cabezas. La religión emana desde nuestro interior. La divinidad reside en el corazón del hombre que observa el mundo, porque sólo a través de la interpretación —que es, por necesidad, dotar de un sentido último a los acontecimientos que carecen de significado fuera del que nosotros le demos— nos es posible observar, entendiendo por «observar» más bien «conocer», el mundo.

El interés de William Blake por el libro de Job —el más heterodoxo de los libros canónicos, incluso a pesar de la insistencia (espuria) en su desconexión temático-religiosa con el resto de los libros; Job es coherente con el caótico Dios del Antiguo Testamento, no así con el benevolente padre del Nuevo— va más allá de la ortodoxia, retorciendo de forma sistemática el mensaje original de la obra. A través de la selección de imágenes del libro que va plasmando en sus ilustraciones, todas ellas acompañadas de citas bíblicas no necesariamente extraídas de Job, va construyendo una interpretación personal del mismo que acaba por convertirse en una versión alternativa del texto; no tiene sentido pretender leer las desventuras de Job desde la deconstrucción de Blake como una interpretación o versión canónica del libro original, porque lo único que le interesa es ver cómo encaja éste dentro de su particular mitología como una figura prometeica. Convierte a Job en algo más en tanto no pretende plasmar el significado de su existencia, sino la razón tras la misma.

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La muerte suena como un corazón desvelado. Sobre «Tokio Año Cero» de David Peace

6 octubre 2014
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Nadie regresa tras su paso por la tierra de los muertos, porque después de ese último paseo la vida carece por siempre del vivo color de la esperanza. No queda nada, siquiera la posibilidad de la nada. Todo temor es en último término el miedo a la muerte, a desaparecer del mundo —porque el mundo lo es todo, nada existe más allá de él ni siquiera si existiera; si existe un afuera del mundo, es un afuera de la existencia—, incluso en aquellos casos que parecen ajenos a sus dominios: el miedo a la soledad es el miedo a la muerte social, a no tener con quién compartir la vida; el miedo a la enfermedad es el miedo a la muerte de la salud, a no tener posibilidad alguna de vivir; y el miedo al futuro es el miedo a la muerte del presente, a no comprender la vida en sí misma. Cuando se visita la tierra de los muertos es imposible volver sin una profunda herida en el corazón que nos recuerde, al menos en secreto, que estamos marcados para volver con ellos algún día.

El inspector Minami sólo conoce del martillar de su pensamiento. とくとく. La culpa le atraviesa de forma constante; intenta huir del pasado, pero este le persigue de forma constante. とくとく. Siempre toma malas decisiones, siempre está donde no debe: con su amante cuando debería estar con su familia, con su familia cuando debería estar en su trabajo, en su trabajo cuando debería estar con su amante. とくとく. Quiere olvidar, pero no puede; quiere dormir, pero no puede. とくとく. Tiene que resolver el caso de un asesino en serie de muchachas jóvenes, pero sus compañeros hacen más avances de los que él consigue. とくとく. Asuntos internos le persigue, la mafia le persigue, la vida le persigue. とくとく. Sabe que ya está muerto, lo que no sabe es cuando se materializará la muerte とくとく. Sólo desea no tener que cargar con su vida. とくとく.

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Fe. Sobre «El muchacho que escribía poesía» de Yukio Mishima

18 septiembre 2014
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Cuando uno se convence de que,
al enamorarse, resulta tremendamente
vulnerable, la idea de haber vivido
hasta entonces desconocedor de esta verdad
le hace estremecerse.Por esta razón, el amor
vuelve virtuosas a ciertas personas

El color prohibido, de Yukio Mishima

Es imposible escribir para otro que no sea uno mismo, incluso cuando uno mismo asume la forma de otros. Al ponernos ante la página en blanco no pensamos en el lector, en una abstracción desconocida a la cual pretendemos revelar una verdad incómoda, sino que aspiramos al más retorcido principio de desnudarnos delante del espejo; es imposible escribir para el público, porque siempre se escribe para alguien. Alguien que me refleja, alguien a través del cual me pienso, aunque ese alguien sea el mundo. Es sólo en ese sentido, y en ningún otro, en el cual toda escritura es, por necesidad, un acto biográfico: las circunstancias nos arrojan hacia la escritura porque necesitamos explicarnos algo, a nosotros o al entorno que nos rodea —porque los otros son parte constitutiva de mi existencia, incluso cuando son también seres con su propia autonomía—, incluso cuando somos conscientes de la inutilidad manifiesta de hacerlo. Escribir es inútil como lo es el amor, de un modo que nos construye por resignación: no nos puede salvar del mundo, de la existencia, pero la virtud reside en saber aferrarse a ellos ante la visión de la muerte.

Yukio Mishima es el escritor del amor, la literatura y la vida auspiciada como reflejo de la muerte; es, en cierto modo, un japonés culturalmente cristianizado, una rareza nacida del calor de la reclusión —literal, por una infancia donde no le dejaron jugar con los demás niños; metafórica, por la discreción con la cual tuvo que conducir su vida emocional adulta— originada por la confrontación entre el interior, la tradición japonesa, y el exterior, la cultura estética de aires homoeróticos del catolicismo. Hizo de esa eterna contradicción su hogar, el calor que originaría una personalidad tan atractiva y volátil como repleta de aristas. Siguiendo la enumeración anterior, ¿por qué no deberíamos considerar que «El muchacho que escribía poesía» no es más que una ficcionalización de la adolescencia de Mishima, un recuerdo temprano llevado hasta lo literario para conocerse a sí mismo como mirándose en un espejo? Porque nadie se mira en un espejo para ver lo que ya sabe, sus recuerdos, sino para ver lo que aún está por saber, lo que no comprende de su presente. Dejemos que Mishima dinamite cualquier otra lectura:

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No es la vida, sino la percepción. Sobre «Pastoralia» de George Saunders

11 agosto 2014
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Aunque la vida no es como una caja de bombones, sí se parece bastante a un parque de atracciones: todo es excitante, nuevo, mágico, hasta que descubres la ansiedad de que nunca podrás probar todas las cosas que habrías querido antes de acabar el día. Siempre es posible repetir, no hay que estar cambiando de bombón en cada ocasión. El problema es que existen ocasiones donde cualquier elección parecen ser igual de óptimas y, entonces, lo único que podemos hacer es deambular sin sentido ante nuestra propia imposibilidad de elección; volver a montarnos en una atracción puede ser menos excitante que la primera vez, pero nada nos asegura que el resto de atracciones sean tan estimulantes como la que ya conocemos como placentera. Toda elección es ciega, pero determinada por nuestra valoración de los acontecimientos. Nunca sabremos si nuestras acciones han sido positivas hasta que tomemos distancia —quizás deseemos repetir en una atracción porque las demás no pueden generarnos las mismas emociones, quizás sea sólo inseguridad—, porque lo que desde fuera valoramos como maravilloso o aterrador no tiene por qué corresponderse con nuestra valoración real una vez lo hemos conocido.

Pastoralia se emparenta con Diez de diciembre no tanto en el sustrato de hiperrealidad que transmite en todos sus relatos —porque su realidad resulta tan histérica, tan profunda, que debemos reconocerla como una hipérbole de la nuestra— como en el trasfondo que construye a través de ellos. Pasear por los relatos de George Saunders es observar desde los setos la vida secreta de una caterva de personajes inseguros, que intentan descubrir las elecciones vitales que pueden hacerles salir del pozo, chocando de forma constante contra una realidad que se les presenta en exceso hostil; nadie parece ser valorado por sus actos, sino por cómo son percibidos por los otros. La gente muere. La gente muere de forma absurda, brutal, nociva, pero incluso después de muertos no acaban sus relatos: se les reconocen cualidades hasta entonces inexistentes o se transforman en otras cosas. Toda persona es una atracción de feria para algún otro.

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Todo deseo requiere de distancia. Sobre «Perdida» de Gillian Flynn

31 julio 2014
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No existe deseo que no esté definido por la posibilidad de la pérdida, de no obtener aquello que se figura como objeto del mismo. Cuando no conseguimos aquello que deseamos nos sentimos tristes, vacíos, pero no es una pérdida real: nunca hubo posesión, en realidad no hemos perdido nada; no conocemos nuestro auténtico deseo hasta que perdemos aquello que ya hemos obtenido, hasta que nos elude la posibilidad de un deseo satisfecho. En tanto sólo es posible añorar aquello que ya se ha tenido, el deseo que ya se ha cumplido y se ha sostenido en el tiempo, podríamos entender que la pérdida es el grado cero del juicio deseante: sólo cuando perdemos algo, cuando tenemos distancia de ello después de haberlo conocido con profundidad, podemos conocer su auténtico alcance dentro de nuestra vida. La pérdida nos da distancia para conocer nuestro deseo y, por ello, el valor de la pérdida se define en el encuentro. Es necesario perder el deseo para encontrarlo, para descubrir su dimensión real en nuestro mundo.

Perdida trata más sobre la pérdida que sobre la perdida que da nombre al título. Es necesario recalcar eso desde un principio porque, si obviamos todos los fuegos de artificio que introduce su autora en el trayecto —los cuales nunca pasan de ser construcciones narrativas pueriles, giros de trama que crean la sensación constante de (falsa) revelación—, no importa en la historia que alguien desaparezca, si es que no son todos desaparecidos, sino que alguien es encontrado. O recobrado. Amy Dunne desaparece y Nick Dunne transita varios estados colindantes con la desaparición, desde la privada (la pérdida del sentido de su vida) hasta la pública (el juicio paralelo creado en los medios) pasando por la existencial (la anulación de su propio ser), hasta descubrir lo evidente: son dos amantes perdidos y recuperados, que se alejan y se atraen de forma constante, hasta que al final de la novela descubren que nunca habrían podido vivir el uno sin el otro. Que son menos cuando están lejos. Descubren que pueden volver a enamorarse, tener lo que desean y cumplirlo incluso a precios que en otro tiempo les hubieran parecido monstruosos o desproporcionados: la pérdida, o la posibilidad de no recobrarla, les empuja hacia un final que determina la propia dimensión de su deseo.

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Manifiesto kagebara. Siete flujos del cuerpo de estómago sombrío

23 julio 2014
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null 1. Aunque la mayoría preferirían poder olvidarlo por pura conveniencia, hubo un tiempo en que el cielo era rosa; no un tiempo pasado, un tiempo donde se podía respirar la noche durante el día. Aunque todos consigan olvidarlo, nosotros no olvidamos; la humanidad puede lanzarse al unísono a las vías del progreso, nosotros aún abrazamos los últimos estertores del día para imbuirnos en el congestionado rosa que aún titila en el mundo. null 2. Amamos la violencia, la destrucción, el movimiento de obliteración. No tenemos cuitas, salvo los ríos de sangre y las vísceras recorriendo las calles; no tenemos órganos, sino cuerpos: no somos zombies, porque no encontramos alimento en la aniquilación ajena. En la autonegación del yo, de la vida, del mundo. Destruimos sólo para volver a crear, herimos sólo para sanar.

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Pascal (Brutal) II. Sobre «Artículo XVIII. Grandeza del hombre: X» de «Pensamientos»

18 julio 2014
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No en el espacio debo yo buscar mi dignidad, sino en el arreglo de mi entendimiento. Ni en más ni en menos lo arreglaré si poseo tierras. Por el espacio el Universo me comprende y se me contiene, como un punto; por el entendimiento yo lo comprendo a él.

Blaise Pascal

Solemos afirmar que el dinero no da la felicidad, pero no sabemos hasta que punto eso es verdad. Con dinero podemos comprar los objetos deseados, no depender jamás de los demás, ser nosotros mismos sin necesitar coartadas personales más allá de papeles y metales; incluso si el dinero no da la felicidad, cosa que podríamos dudar, es imposible encontrar diferencia entre su facilidad para cumplir nuestros deseos y la auténtica felicidad. Con dinero cualquier cosa se puede comprar. Por eso, viviendo bajo un régimen capitalista, es lógico pensar que a golpe de crédito o efectivo se puede satisfacer cualquier necesidad, por íntima o personal que sea: todo puede ser convertido en servicio, todo puede reducirse hasta la condición de «cosa». Salvo porque la cosa pierde el valor para convenir un precio, pasa de ser una entidad a ser sólo un punto.

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Pascal (Brutal) I. Sobre «Artículo XXV. Pensamientos diversos: LXIV» de «Pensamientos»

13 julio 2014
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La teología es una ciencia, pero al mismo tiempo ¡cuántas ciencias contiene! Un hombre es una unidad, pero si se le examina anatómicamente será la cabeza, el corazón, el estómago, las venas, cada vena, cada parte de vena, la sangre, cada humor de la sangre.

Una ciudad, un campo, de lejos es una ciudad y un campo; pero a medida que nos acercamos son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormiga, hasta el infinito. Todo eso estaba dentro del nombre de campo.

Blaise Pascal

Para hablar de Blaise Pascal acudiremos, de entrada, al rico refranero español: «que los árboles no te impidan ver el bosque». Lo que pretende afirmar el refrán es bastante evidente, que uno no debe obcecarse en los detalles obviando, en el proceso, lo que oculta la imagen general; en sentido contrario, la propuesta de Pascal va desde lo general hasta lo particular: para poder ver el árbol primero debemos conocer el bosque, porque primero lo vemos desde lejos y sólo podemos verlo como totalidad, y al acercarnos lo vemos en sus particulares, apreciando entonces lo más cercano: los árboles. Hasta aquí, nada que no sea evidente para cualquiera con memoria y percepción espacial. El problema llega cuando debemos pensarlo a través de la idea de perspectiva. Para ver el bosque debemos alejarnos y obviar el detalle del árbol, del mismo que el árbol nos impide ver el bosque porque no existe distancia real suficiente para apreciarlo en su totalidad; no existe, por tanto, posibilidad de que nuestra vista quede bloqueada por los elementos constituyentes: es un problema de perspectiva personal.

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Ah, aventura. Sobre «Atlas de islas remotas» de Judith Schalansky

3 julio 2014
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La isla desierta es la materia
de eso tan inmemorial y profundo
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Gilles Deleuze

En un tiempo donde viajar se mide en horas y no en días, donde ningún lugar es vetado a hombre alguno por inaccesible, la posibilidad del descubrimiento se limita, en exclusiva, a lo que se contiene dentro de la infinita mirada de aquello que se sitúa en otro tiempo. A través de las historias, del pasado o del futuro, podemos viajar a otros mundos y otros planetas, conocer seres y entes desconocidos por todos, sentirnos descubriendo todo aquello que algún día alguien tuvo que descubrir antes de que fuera público; hubo un tiempo donde sólo podíamos conocer otros lugares después de días o semanas de viajes, hoy sólo nos hace falta coger un avión o enchufar nuestro ordenador para dar por sabido todo lo que se puede conocer sobre un lugar. Salvo la experiencia de habitarlo.

Si deseamos ser juntos, existen algunos lugares que aún hoy nos son inaccesibles: islas remotas, desconocidas en su mayor parte, que por sus condiciones materiales resulta imposible o inviable abordar como campamentos permanentes del interés humano. Demasiado costo económico o humano para lo que de allí se puede obtener. Lo fascinante del libro de Judith Schalansky no es ya que nos conduzca a través de cincuenta islas de las cuales, al menos en su mayor parte, jamás habíamos oído hablar, sino que articula a través de ellas una narración sobre la fascinación y las cualidades de la humanidad que trascienden la mera curiosidad geográfica. No es una novela, pero se puede leer como una historia secreta del mundo narrada a través de fragmentos novelescos. Cada isla se nos presenta como un instante a través del cual es posible mirar más allá de su superficie, vislumbrar los triunfos y las miserias de la historia —no necesariamente humana, también la de animales y accidentes geográficos: los cangrejos y los corales, los mares y las montañas, son también agentes históricos determinantes para la vida de las islas—, a través de los ojos de entidades inmateriales que rezuman vida incluso cuando son yermos donde lo único que puede nacer es la misma muerte.

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