Literatura

En todo deseo existe su propia trampa. Sobre «El ganso salvaje» de Ogai Mori

8 octubre 2015
/ / /

null

Todo deseo es siempre reflejo de nuestras más íntimas ansiedades. No deseamos aquello que no podamos tener, sino aquello que, independientemente de si podemos o no tenerlo, nos produce la ansiedad de estar en disposición de perderlo o no llegar a tenerlo nunca; el deseo no es algo que se produzca con vistas de futuro o que se pierda en el momento de apropiárselo, sino exactamente lo contrario: es un movimiento originario, algo que nos hace sentir como si hubiera sido siempre parte constitutiva de nosotros mismos. En tanto su presencia es indeleble, nuestra relación con el deseo es, por necesidad, de una intimidad absoluta. Cuando deseamos no buscamos la resolución de lo deseado, satisfacer con la mayor brevedad posible ese impulso —porque, de hecho, no tiene resolución posible: cumplir nuestro deseo sólo nos confiere un alivio momentáneo ya que, en tanto sirva para satisfacernos, seremos más dependientes del mismo al hacerlo—, sino al hecho mismo de seguir deseando.

No definimos el deseo a través del hecho de desear, sino de la continuidad del deseo. En ese sentido, El ganso salvaje trata no tanto de una historia de amor, frustrada o no, como del deseo que nace entre dos personas separadas por el frágil velo de su propia ansiedad; durante toda la novela no presenciamos los intentos de estar juntos de dos jóvenes enamorados, sino las excusas que buscan para poder prolongar el máximo tiempo posible la no culminación de su deseo. Su extensión ad infinitum. Ni Otama, siempre asomada a la ventana para poder verle pasar volviendo de la universidad, ni Okada, volviendo siempre por el mismo camino para poder saludarla con un sutil movimiento de sombrero, hacen nada por conocerse: se desean con muchísima intensidad, constantemente hablan el uno del otro, pero apenas sí llegan a cruzarse. Y finalmente les separa un ganso, un ganso salvaje, que impide que Otama pueda ver una última vez a Okada antes de que éste se vaya a Europa. Aun con todo, no es una historia de amor trágico tanto como de deseo truncado.

Read More

Catarsis envenenada. Sobre «La silla humana» de Edogawa Ranpo

26 septiembre 2015
/ / /

null

En el terror siempre existe un doble movimiento que le da origen: el saber que algo no va bien, pero no tener la seguridad de qué es exactamente. Sin lo segundo lo primero no tiene razón de ser. Para sentir miedo necesitamos saber que algo está mal, que nuestra existencia o nuestras expectativas vitales han sido puestas en entredicho, pero no debemos saber exactamente cómo; cuando sabemos su razón de ser desaparece el miedo, al menos potencialmente: podemos racionalizar lo ocurrido, trazar un plan de acción y actuar en consonancia. El terror es la incógnita de saber cómo ocurrirá nuestra perdición, teniendo la certeza de que está acechándonos. De ahí que el temor a la muerte sea un miedo universal, que nos alcanza a todos; no es que todo miedo se reduzca al miedo de morir —ya que un ente inmortal es, potencialmente, también capaz de sentir miedo—, pero en tanto todos tenemos la certeza de que en algún momento moriremos, tememos a la muerte: sabemos que la muerte nos acecha, pero no podemos atestiguar ni cuándo ni cómo. Tener la certeza de que algo va mal sin saber como actuar para remediarlo, la consciencia limitada de la situación, es la auténtica fuente de todo terror.

Ese doble movimiento es lo problemático. Muchos escritores caen en la trampa conceptual del doble movimiento, tratándolo como dos gestos separados cuando son un mismo gesto con dos facetas; no es que haya un desconocimiento que se resuelve en el clímax, sino que existe una imposibilidad misma de resolver el misterio. Eso va contra un principio esencial de la narrativa, contra el conflicto: en el terror no puede haber resolución del conflicto, salvo que queramos diluir la atmósfera en el proceso. Ese es el problema del grueso de historias de terror, que o bien hacen que sea imposible siquiera imaginar la razón de lo ocurrido —anulando todo posible terror, ya que lo hace ininteligible— o bien cierran el asunto con una explicación que induce a la catarsis.

Read More

Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXIII)

19 septiembre 2015
/ / /

null

La nariz
Ryūnosuke Akutagawa
1915

En tanto seres vivos, estamos condicionados por causas ajenas a nuestra voluntad desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Nadie elige su nombre como nadie elige su físico, nos vienen impuestos de antemano, pero resulta evidente que son hechos que nos condicionan personalmente: vivimos a través de ellos, son nuestra máscara, incluso si no hemos tenido voz ni voto a la hora de elegirlos. Pongámonos en una situación hipotética, ¿cómo sería tener una nariz tan exageradamente grande, tan extravagante, que su punta nos tocara la barbilla, que más que aguileña fuera de pelícano, impidiéndonos comer si alguien no nos ayudara para que no acabemos con las narices en el fondo del plato?

Read More

Inextricable belleza infinita. Sobre «Las ciudades invisibles» de Italo Calvino

3 septiembre 2015
/ / /

null

Nuestra curiosidad es infinita. Deseamos conocer aquello que nos es vedado, lo que sólo es posible en la imaginación, los sueños o la vida de algún otro; deseamos conocer aquello que está oculto, el mundo que se esconde entre los pliegues de nuestros párpados; ya sea la vida de nuestros vecinos o la existencia de un reino perdido, una playa secreta o un ser de otra galaxia, escapamos con asiduidad de nuestra vida para cartografiar aquellos huecos oscuros de nuestra experiencia que, por familiares, no son realmente desconocidos. No podría interesarnos algo que no esté anclado en nuestra experiencia del mundo. Sólo cuando algo logra llamar nuestra atención más allá de nuestras ideas preconcebidas, cuando algo conocido se hace extraño, podemos sentir genuina curiosidad por ello. En ese sentido, lo nuevo es imposible. Nuestra curiosidad orbita alrededor de lo próximo, de lo conocido, convirtiéndonos en expansión pura: nuestra curiosidad siempre crece, porque cuando lo que era extraño se vuelve familiar deja paso a nuevas formas de extrañeza.

Huir de la curiosidad no es una opción, ya que eso implica la muerte del alma. Aquel que se conforma con ver lentamente decaer todo aquello que conoce, aferrándose a la idea de que ya sabe todo lo que necesita para vivir —obviando, pues, la premisa esencial que rige toda existencia: nada permanece ni desaparece, todo está en constante transformación—, acepta su propia imposibilidad de adaptarse al mundo. Está fuera de la vida. Kublai Khan, escuchando las historias imposibles de Marco Polo, ni cree ni deja de creer en lo que le está contando su embajador, sólo se deja llevar intentando descubrir cuán vasto es su imperio. Explora los límites de sus posesiones, de aquello que le es familiar incluso si le es desconocido. Puede lo que diga el veneciano sea ficción, pero tiene un germen de realidad en él: su imperio es tan extenso que perfectamente podría contener las ciudades invisibles que le nombra.

Read More

(Amor) bestia dulciamarga. Sobre «Eros. Poética del deseo» de Anne Carson

27 agosto 2015
/ / /

null

En la mitología griega Eros no sólo era dios del amor y la atracción sexual, sino también de la fertilidad. No es difícil intuir por qué. El dios encargado de inflamar los corazones (y los genitales) de los humanos no podía desentenderse de las consecuencias de aquello que origina: la sexualidad, la atracción romántica, el deseo capaz de sobreponerse por encima del ego. Sin deseo es imposible engendrar, pero sin amor difícilmente asumiríamos nuestras responsabilidades. Incluso si el amor no resulta necesario para engendrar un ser humano, si resulta de ayuda para no abandonarlo o matarlo cuando nos hagamos conscientes de las consecuencias que implica haberlo engendrado. Su posición es monstruosa, completamente ajeno de lo que consideramos como propiamente humano; la intervención del dios hace que las personas se sitúen fuera de sí, ignorando la prudencia o sus intereses, en tanto sólo tienen ojos para la persona amada. Eros, dios del amor, la sexualidad y la fertilidad, fruto y origen de la irracionalidad, es la base de toda vida humana.

Según Safo, poetisa griega, el amor es gliktprikon (γλυκύπικρον agridulce), dulce y amargo al mismo tiempo. Sin embargo, a lo largo de la historia se ha considerado que primero es dulce para después volverse amargo. Estrictamente en ese orden. Primero llegan las mieles de lo desconocido, del deseo, de aquello que abotarga nuestros sentidos con sensaciones; después llega la decepción, el descubrimiento de que no puede satisfacer aquello que necesitamos, que es también un ser humano. Esa concepción del deseo pasa por considerar que amamos aquello que falta en nosotros, que no amamos a la persona sino lo que representa para nuestro ego. El amor se nos presenta en ese caso como una continuidad lógica, una imposibilidad, en la cual siempre buscamos, de forma infructuosa, aquello que nos falta para ser nosotros. Esa es una herencia platónica. Esa concepción del amor es como la de Aristófanes, el cual creía que hubo un tiempo en que los humanos eran seres esféricos que desafiaron a los dioses, los cuales para castigarlos los separaron en dos mitades obligadas a encontrar su otra mitad para estar completos.

Read More

Todo trata de sexo, excepto el sexo. Sobre «Leer como un profesor» de Thomas C. Foster

16 agosto 2015
/ / /

null

No vale cualquiera para enseñar. Asimilar conocimientos y ser capaz de transmitirlos son dos capacidades completamente diferentes: la primera supone retentiva, curiosidad, capacidad de sacrificio; La segunda requiere claridad de pensamiento, carisma, amor por la disciplina. Podemos aprender cualquier cosa, incluso aquellas que nos horrorizan o aburren brutalmente, pero sólo somos capaces de transmitir de forma efectiva aquello que nos apasiona con profundo fervor. Porque tampoco es lo mismo asimilar que aprender. El buen profesor es el que no sólo conoce esta distinción, sino que también pretende llevarla a sus clases: no vale con que sus alumnos entiendan lo que dice, que sepan regurgitar una miríada de datos o teorías dadas de antemano, sino que sean capaces de sacar sus propias conclusiones con las herramientas conceptuales que éste les ha transmitido. Buen profesor no es aquel que tiene vastísimos conocimientos, sino aquel que sabe lograr que sus alumnos encuentren las respuestas por sí mismos.

Es probable que la literatura no tenga los mejores profesores posibles entre quienes la defienden. Conseguir transmitir la delicadeza tras un buen libro, la infinita complejidad que atesora dentro de sí —porque, en tanto texto, su significación es siempre poliédrica y potencialmente infinita: su significado no es unívoco, sino que existe toda una cosmogonía de interpretaciones que, en tanto fundadas sobre la obra en sí, son potencialmente válidas—, es algo difícil de comunicar sin dar a entender que la literatura es algo farragoso, un trabajo desagradecido. Asociamos la literatura con beneficios intelectuales, cognitivos e incluso sociales, pero rara vez le reconocemos algo que le es inherente: sirve para estimular nuestra imaginación, para hacernos pensar de otra manera. A veces parece que intentamos transmitir que leer es una obligación, que los libros están ahí por la utilidad que son capaces de brindarnos. Nada más lejos de la realidad. Leer debería ser, en primera instancia, el placer en sí mismo de hacerlo.

Read More

Café, ¡qué bello eres! Sobre «Crónicas de la Era K-Pop» de Fernando San Basilio

30 julio 2015
/ / /

nullUn café no sabe igual en Corea que en España. No es sólo la presión atmosférica, la composición del agua o el grano usado, sino también la situación vital y geográfica en la que lo tomamos; no es lo mismo tomar un café recogido en casa leyendo una novela que en alguna franquicia exótica que se hace pasar por francesa en el corazón del estiloso barrio de Gangnam. El espacio determina la experiencia. En nuestro hogar estamos tranquilos, sosegados, abandonados en nosotros mismos pudiendo divagar perdiéndonos entre las páginas de un libro; en una franquicia exótica que se hace pasar por francesa asaltan a nuestros sentidos de forma constante gente, olores, visiones estrambóticas, compartiendo una experiencia común con todos aquellos que nos rodean: en tanto habitamos el mundo, estamos mediados por el mismo. Un café nunca es sólo un café, porque es, también, una expresión del mundo circundante.

El café es un estupendo catalizador de la experiencia. Siendo una droga legal que seduce a las personas independientemente de su estrato social, que puede convertirse tanto en una moda trendy como en una necesidad laboral o una muestra de buen gusto, el café como símbolo sirve para hacer un corte transversal de cualquier sociedad; el café, en tanto universal, tiene siempre una condición local que nos permite vislumbrar aquellas rarezas que, expuestas por sí mismas, nos parecerían inteligibles. El café sirve como aproximación hacia lo extraño, lo ignoto, desde aquello que nos es común, próximo. No importa de que país hablemos, incluso si ahora mismo nos ocupamos de la visión de Corea desde los ojos de un español, porque el café es café en todas partes; ¿qué es lo que cambia entonces? Como ya hemos dicho, el mundo circundante. En Crónicas de la Era K-Pop el café es el barco a través del cual podemos explorar las aguas desconocidas de una sociedad que, en lo demás, nos puede resultar en todo ajena. O al menos, en la mayor parte de sus tradiciones.

Read More

Historia(s) privada del mundo. Sobre «La perla» de Yukio Mishima

18 julio 2015
/ / /

null

Aunque pueda parecer lo contrario, el mundo no es un lugar inhóspito carente de cualquier sentido a posteriori. El problema viene dado en que, aun aceptando que existe un cierto orden cósmico que no podemos negar —ya que el mundo no es una construcción caótica, sino que guarda una lógica interna que sólo es comprensible como la suma de todos los elementos que lo configuran a cada instante—, también tenemos que aceptar nuestra incapacidad física para conocerlo todo; incluso si la realidad es inteligible, ordenada y, en cierta medida, racional, nuestras capacidades son insuficientes como para poder conocer la totalidad de las cosas que nos permitirían poder formarnos un juicio si no objetivo, al menos sí completo. Estamos atados por los límites de nuestro conocimiento. Actuamos teniendo una cantidad limitada de información, pretendiendo saber qué estamos haciendo cuando ni siquiera podemos estar seguros de lo que piensa la persona que tenemos enfrente. O, en la mayoría de casos, siquiera lo que pensamos nosotros realmente.

A veces hay que fijar la mirada en los cambios más nimios para ser capaces de apreciar sus efectos sobre el cuadro completo. Lo que no pasaría de ser una anécdota en las manos de cualquier otro, apenas sí un incidente carente de cualquier clase de interés —la pérdida de una perla en una fiesta de cumpleaños, con las acusaciones cruzadas posteriores—, con Yukio Mishima se convierte en un ejercicio de literatura pura. Los antecedentes del acontecimiento no resultan importantes. La anfitriona de una fiesta pierde una perla y las otras cuatro invitadas, separadas en dos grupos de dos personas cada uno (Azuma y Kasuga por un lado, que tienen «una vieja y sólida amistad»; Yamamoto y Matsumara por otro, que tienen «tirantes relaciones»), juzgan que alguna de ellas ha debido o bien robarla o bien habérsela comido por accidente confundiéndola con una bolita de anís. Eso tendrá consecuencias inesperadas. Todas querrán reparar el daño provocado, no ser juzgadas por las otras y, en el caso de que ya haya ocurrido, al menos reparar su honor por las ofensas recibidas. Todo ello sin que ninguna sepa lo que ninguna de las otras ha hecho o está pensando al respecto.

Read More

El abismo te devuelve la mirada. Sobre «El rey de amarillo» de Robert W. Chambers

30 junio 2015
/ / /

null

El arte debe suponer siempre el cuestionamiento de uno mismo. Su deber es violar nuestras expectativas, poner en entre dicho todo aquello que suponíamos como cierto para situarnos ante una nueva forma de ver el mundo que nos obligue a reaccionar de algún modo; el arte nunca debería confirmar nuestras expectativas, darnos una palmadita en la espalda confirmando lo inteligentes que somos, sino que debería hacernos cuestionarnos aquellas verdades que atesoramos en lo más profundo de nosotros mismos. Debe ser incomodidad pura, un peligroso acercamiento hacia la realidad, puro terror ante la posibilidad de enfrentarnos contra un abismo más insondable de lo que jamás podríamos soportar.

Los cinco relatos del ciclo de El rey de amarillo son exactamente eso, la personificación de la literatura como la incomodidad de espíritu para todos aquellos que se dejan intoxicar por ella. Lo que busca Robert W. Chambers es representar la crudeza, el horror, que sólo puede emanar desde un cuestionamiento total de las órdenes morales más esenciales del hombre, haciendo que sus relatos giren en torno a tres temas de orden netamente humanos: el arte, la política y la religión. Todo encuentro con El rey de amarillo —una obra de teatro maldita que, según dicen, esconde las más aterradoras de las verdades que nunca hombre alguno pudiera haber imaginado— se ve mediado por la sed de conocimiento, por un contacto íntimo con una realidad que sobrepasa y subyuga a sus personajes. Ellos están atados de forma irremediable al mundo, incluso si preferirían no tener relación alguna con él; están enfermos de ambición, de conocimiento, de amor, siendo arrojados más allá de lo que ningún ser apegado a la naturaleza ha podido saber nunca: el hecho de haber nacido humanos, de tener sed humana, es su condenación última.

Read More

Lo femenino es algún otro. Sobre «El infierno de las chicas» de Kyusaku Yumeno

25 junio 2015
/ / /

nullLa diferencia, la otredad, rara vez busca ser comprendida. Creemos conocer el trasfondo vital de los otros, poder comprender por qué actúan como lo hacen —especialmente cuando no hacen lo que nosotros querríamos; reducimos sus motivaciones a alguna clase de brújula moral absoluta, sea esta política o moral—, como si no fueran entidades que siempre están, al menos en cierta medida, en un plano umbrío a nuestros ojos; no vivimos sus vidas, no son nosotros, por lo cual su experiencia del mundo siempre será más compleja de lo que supongamos a priori. Las personas no son arquetipos, plantillas, comportamientos predefinidos. Si son otredades, algún otro, es porque tienen un Yo que se define a través de la experiencia personal que no podemos delimitar, de forma estricta, a través de patrones preestablecidos. Las personas son algo más que sus ideas o la totalidad de sus experiencias, porque también son dependientes del valor que confieran a cada una de ellas.

Entre las otredades, la femenina es la más sistemáticamente maltratada. Con un sistema creado por hombres y para hombres, las mujeres en nuestra sociedad son siempre ciudadanas de segunda clase; la experiencia de sus cuerpos se invisibiliza, se pretende que esté ahí sólo como complemento de lo masculino. Como si lo femenino emanara de lo masculino. En esa pretensión inconsciente en la cual somos educados, Kyusaku Yumeno encuentra la posibilidad de retratar no sólo la tragedia cotidiana de la mitad del género humano, sino también de la imposibilidad de penetrar en la experiencia vital de otra persona: sus chicas son víctimas, pero no débiles, ya que hacen todo lo que está en su mano para no naufragar en un mundo hecho a imagen y semejanza del infierno. Infierno no porque sea un castigo por haber nacido del género equivocado, sino porque está formulado a través de la subordinación absoluta de su existencia.

Read More