Subcultura y cultura underground a go-gó

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La teología es una ciencia, pero al mismo tiempo ¡cuántas ciencias contiene! Un hombre es una unidad, pero si se le examina anatómicamente será la cabeza, el corazón, el estómago, las venas, cada vena, cada parte de vena, la sangre, cada humor de la sangre.

Una ciudad, un campo, de lejos es una ciudad y un campo; pero a medida que nos acercamos son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormiga, hasta el infinito. Todo eso estaba dentro del nombre de campo.

Blaise Pascal

Para hablar de Blaise Pascal acudiremos, de entrada, al rico refranero español: «que los árboles no te impidan ver el bosque». Lo que pretende afirmar el refrán es bastante evidente, que uno no debe obcecarse en los detalles obviando, en el proceso, lo que oculta la imagen general; en sentido contrario, la propuesta de Pascal va desde lo general hasta lo particular: para poder ver el árbol primero debemos conocer el bosque, porque primero lo vemos desde lejos y sólo podemos verlo como totalidad, y al acercarnos lo vemos en sus particulares, apreciando entonces lo más cercano: los árboles. Hasta aquí, nada que no sea evidente para cualquiera con memoria y percepción espacial. El problema llega cuando debemos pensarlo a través de la idea de perspectiva. Para ver el bosque debemos alejarnos y obviar el detalle del árbol, del mismo que el árbol nos impide ver el bosque porque no existe distancia real suficiente para apreciarlo en su totalidad; no existe, por tanto, posibilidad de que nuestra vista quede bloqueada por los elementos constituyentes: es un problema de perspectiva personal.

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La isla desierta es la materia
de eso tan inmemorial y profundo
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Gilles Deleuze

En un tiempo donde viajar se mide en horas y no en días, donde ningún lugar es vetado a hombre alguno por inaccesible, la posibilidad del descubrimiento se limita, en exclusiva, a lo que se contiene dentro de la infinita mirada de aquello que se sitúa en otro tiempo. A través de las historias, del pasado o del futuro, podemos viajar a otros mundos y otros planetas, conocer seres y entes desconocidos por todos, sentirnos descubriendo todo aquello que algún día alguien tuvo que descubrir antes de que fuera público; hubo un tiempo donde sólo podíamos conocer otros lugares después de días o semanas de viajes, hoy sólo nos hace falta coger un avión o enchufar nuestro ordenador para dar por sabido todo lo que se puede conocer sobre un lugar. Salvo la experiencia de habitarlo.

Si deseamos ser juntos, existen algunos lugares que aún hoy nos son inaccesibles: islas remotas, desconocidas en su mayor parte, que por sus condiciones materiales resulta imposible o inviable abordar como campamentos permanentes del interés humano. Demasiado costo económico o humano para lo que de allí se puede obtener. Lo fascinante del libro de Judith Schalansky no es ya que nos conduzca a través de cincuenta islas de las cuales, al menos en su mayor parte, jamás habíamos oído hablar, sino que articula a través de ellas una narración sobre la fascinación y las cualidades de la humanidad que trascienden la mera curiosidad geográfica. No es una novela, pero se puede leer como una historia secreta del mundo narrada a través de fragmentos novelescos. Cada isla se nos presenta como un instante a través del cual es posible mirar más allá de su superficie, vislumbrar los triunfos y las miserias de la historia —no necesariamente humana, también la de animales y accidentes geográficos: los cangrejos y los corales, los mares y las montañas, son también agentes históricos determinantes para la vida de las islas—, a través de los ojos de entidades inmateriales que rezuman vida incluso cuando son yermos donde lo único que puede nacer es la misma muerte.

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Es tan inaprensible y extenso el mundo que cualquier pretensión de reducirlo hasta un conocimiento cierto, un control absoluto de cada parcela de realidad, no sólo nos llevará hasta el fracaso último de nuestros objetivos, sino también hacia nuestra propia destrucción. No podemos saber todo, porque saber todo nos mataría. Nos mataría porque o bien acabaríamos encontrándonos con la imposibilidad de conocer todo por la compartimentación extrema de cada disciplina de conocimiento —lo cual produciría la imposibilidad del saber, en tanto nadie conocería nada más allá de su campo concreto— o con el aburrimiento no menos extremo que nos atenazaría al no quedar ningún misterio sin resolver; el hombre descreído de toda realidad ajena a su saber es un hombre enfermo. Aquel que pasa por la vida encerrándose en sí mismo, en sus vicios y visiones, con la pretensión de controlar todos los aspectos de su vida para conducirlos hasta donde le interesan se parece más, para su desgracia, a un cadáver que a un hombre: sin cadáver, sin conflicto, toda su humanidad se ha disipado incluso antes de saberlo.

Francis Leicester es apuesto, educado e inteligente pero, sin embargo, prefiere la compañía de sus libros de derecho que la de cualquier persona; quitado de todo vicio, exonerado de toda intención de tener pareja o amigos, lo único que le interesa son sus ocho horas de estudio hasta poder retomarlas de nuevo al día siguiente. Para nada más vive. ¿Qué ocurre cuando enferma por causa de su vida enclaustrada? Que el médico le recomienda una medicina que, al empezar a tomarla, mejora sólo en la medida que se convierte en su antítesis: sale hasta altas horas, se junta con gente indebida, se da la vida del buen comer, del mejor beber y al final le conocen bien en todo lupanar de la ciudad; Londres es su campo de juego, al menos, hasta que comienza su descenso. Ya nunca saldrá de su cuarto.

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Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce
Roberto Bolaño & A. G. Porta
1984

La escritura a cuatro manos resulta indescifrable. El problema de cuando hay más de un autor es que recorren tal cantidad de multitudes el texto que es difícil saber donde empieza y acaba cada una de las firmas, porque incluso dentro de cada una podríamos afirmar ver circulando otras tantas como pueden sumar entre ambas; si escribe un libro Roberto Bolaño & A. G. Porta no estamos en exclusiva ante la suma de Roberto Bolaño y A. G. Porta, sino también ante una novela escrita por cuatro manos que conforman una única entidad de dos nombres y apellidos distintos. El problema radica en que uno de los apellidos es Bolaño. Cuando disociar la identidad particular del individuo con respecto de aquella que asume en el libro es imposible, porque la otra mitad insiste en no recordar y lo que recuerda demuestra mayor implicación de su otro, es cuando se hace difícil juzgar un libro a cuatro manos sin disociarnos del hecho de estar ante dos autores: es difícil no intuir a Bolaño entre sus lineas.

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No tomo tus palabras
simplemente como palabras.
Estoy alejado de eso. Escucho
lo que te hace decirlas—
lo que ellas quieren ser—
escucho.

El reto de la poesía es decir aquello que no puede decirse, traer al mundo aquello que existe a pesar de no poder ser nombrado. En tanto arte esencial de la metáfora, y partiendo de que todo concepto antes de ser unívoco y conocido ha sido por necesidad una metáfora que evoca su sentido, la poesía tiene la función de crear el lenguaje de lo innombrable; todo lo que no se puede decir, porque no existen las palabras o la posibilidad de articularlas, es lo que debe decir el poeta. El poeta es el más bajo de los dioses y el más alto de los hombres. Aquel poeta que consigue dinamitar su tiempo y llegar más allá, entendiendo por poeta cualquiera que se apropie de la metáfora como casa y camino de aquello que no puede expresar, es el que ha logrado hacer de su arte algo que trasciende la grosería de pretender decir lo que todos sabemos con palabras equívocas. Poeta es quien dice algo oculto en las palabras corrientes, quien nos muestra aquello que no sabemos escuchar.

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Ángeles fósiles
Alan Moore
2014

Defender la magia como algo válido para el presente es, por sí mismo, un acto de resistencia. Que lo haga Alan Moore, guionista de cómics y mago, lo es en mayor grado por su filiación política, anarquista, y sus pretensiones, iluminadores aunque irónicas. Ángeles fósiles no se deja leer obviando de quién es la pluma. Ver aquí y allá lo que ya pudimos ver en Promethea, V de Vendetta o From Hell —también, aunque en menor medida pero de forma más imbricada, en su etapa con La cosa del pantano— es natural y deseable, ya que jamás ha ocultado su filiación mágica; lo que nos ayuda a entender este breve, aunque primorosamente editado, ensayo es por qué hace cómics: porque no considera la magia una ciencia, sino un arte que debe comunicarse con las demás artes. Cada acto artístico puro es, en su esencia última, la cristalización física de un ritual de cualquier índole. Se hace arte para hacer nacer la creación del mundo.

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El principal problema que encontramos en la mundialización no es que extermine las particularidades propias de cada cultura, sino que se impone ignorando su existencia. Las políticas económico-sociales no pueden ser las mismas en Japón y Estados Unidos, en España e Inglaterra, por la sencilla razón de que la idiosincrasia de cada uno de los países resulta, en última instancia, ajena a las demás; pueden existir paralelismos y puntos en común, pero toda política debería adaptarse a la cultura del lugar y no al revés. Cosa que tan apenas sí ocurre. ¿Cómo debería entonces buscarse hacer una política común a más de una zona cultural sin que por ello se impongan sobre las costumbres y modos de vida de las demás? Comprendiendo no sólo aquellos rasgos que se comparten, sino también entender cómo se ve la vida desde sus ojos.

El crisantemo y la espada es una rareza por su modo de abordar el pensamiento japonés, sistemático y desde dentro, pero también por cómo lo expone, sin negarse los arrebatos líricos o las referencias constantes hacia el papel de la cultura, la política y la economía en la producción del pensamiento. Ruth Benedict sigue la evolución histórica del país, los cambios que se producen en su sistema político-social, los vaivenes económicos y militares, para encontrar puntos en común que, a pesar de los cambios, nunca cambien; su primera conclusión es evidente, que los japoneses no tienen la misma concepción que los estadounidenses sobre los valores sociales, y su tesis es tan sutil como certera, que los japoneses creen en el honor por encima de todo. Habría que matizar aquí. Lo que nos propone es una lectura de la cultura japonesa desde el concepto de «deuda de honor», no de «honor» —la importancia recae sobre la deuda, sobre el otro y la sociedad, y no sobre el honor, sobre uno mismo frente al otro o la sociedad—, dándonos una interpretación de la cultura japonesa que la hace, sólo a priori, irreconciliable con la idiosincrasia de las culturales occidentales: el respeto por los derechos humanos en general y por la libertad personal en particular.

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Aceptar la crapulencia pasa por saberse teniendo que pagar el precio de la maldad sobre la carne propia. Incluso cuando nuestros actos ajenos a la virtud puedan no pesarnos como castigo, porque conseguimos evadir la justicia, o como culpa, porque carecemos de ella por psicópatas o malas personas, jamás podremos evitar la más literal de las formas de corrupción: el exceso de crímenes, drogas y mala educación nos llevará, de menor a mayor grado en orden estricto, a un claro envilecimiento de nuestro aspecto cara a los ojos de los demás. Nadie quiere parecer viejo, ajado y feo, que es lo que parecen los miserables en las mentes de quienes los piensan. El problema de abrazar el mal es que no sienta bien al cutis, menos aún a la justicia y los remordimientos cuando se deja de lograr evitarlos a causa de la pérdida de agilidad con los años, lo cual, la edad, es la más inaceptable de las formas de maldad; la naturaleza nos recuerda que todo tiene un orden: hay que dormir ocho horas diarias, no abusar de las drogas y no matar en exceso al prójimo. Salvo que sea para bañarnos con su sangre.

Analizar la figura de Oscar Wilde pasa por entender que es un sátiro —por satírico, no por obsceno y excesivo; que puede serlo también, pero no del modo vulgar que ha adquirido el término «sátiro» con el tiempo— que habla en serio cuando habla en broma y que habla en broma cuando habla en serio; sabe distinguir cuando se adentra en lo jocoso y cuando en el tiro certero, porque en realidad nunca van disociados, es la labor del oyente o del lector según toque. Labor dura y extraña, pero agradecida en tanto nos obliga a penetrar en las entrañas de un hombre que siempre busca trascender cualquier condición de moralista. El santo patrón del arte como modo de vida, el arte como forma y espejo de la misma, nos exige sumergirnos en su obra como él mismo la compone: no como algo ajeno al mundo, sino imbricado de forma profunda en él; leer El retrato de Dorian Gray para entretenerse, sin implicarse de forma profunda en sus juegos éticos y lingüísticos, es como acercarse al sexo sólo como reproducción: su función utilitaria es evidente, pero es más divertido abrazar la ligera depravación propia de lo inútil. ¿Para quién inútil? para quien cree que el sexo es sólo reproducción, que el arte es sólo entretenimiento.

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Es verdad, no creemos en Dios —respondió Berlioz esbozando una sonrisa ante el miedo del turista extranjero—.

El único problema del escepticismo es que aquellos que se declaran como tal han olvidado que el suyo es un principio de intransigencia; afirman poner todo en duda, cuando sólo lo hacen con las convicciones de los demás. Sólo al empezar dudando de las ideas propias, aquellas que se sostienen como verdades universales, se puede empezar a cuestionar las verdades ajenas; aquel que no respeta las ideas que no emanan de sí pero habla sobre lo absoluto e incontestable de su opinión, lo único que hace es establecer sus prejuicios como única fe ante la cual contestar: el conocimiento auténtico nace del escepticismo permanente, de cuestionarlo todo y no dar jamás nada por hecho.

Supongamos que defendemos como incontestable que el hijo de Dios, Jesucristo, no existe porque antes de él hubo otros dioses solares con los cuales comparte rasgos, ¿no pueden ser todos uno y el mismo evocando diferentes formas según la conveniencia cultural de cada instante? Incluso suponiendo que la repuesta sea un no radical, ni siquiera entendiéndolo en sentido débil —que los dioses solares, como Jesucristo, son una interpretación de los acontecimientos físicos del mundo—, ¿qué ocurriría si hubiera habido un sólo hombre que fuera capaz de demostrar su existencia? Seamos más concretos: supongamos que hemos escrito una serie de poemas anti-cristianos que nos ha rechazado nuestro editor por cultistas, ya que al demostrar conocimiento sobre la doctrina se legitima al considerar que es necesario discutirla, cuando sólo deberíamos ridiculizar tal creencia sin molestarnos en demostrar su inadecuación específica, ¿qué ocurriría si entonces se apareciera Satán no sólo afirmando que Dios existe, sino que él lo ha conocido? Que no le creeríamos, que le haríamos el vacío ridiculizándolo; ¿y si nos lo demostrara de modo unívoco? Que reine la calma, por favor, no se pongan histéricos aún: podemos acusar de locos a quienes asistieron a la prueba si fueran pocos; encontraremos una explicación extravagante y absurda si son muchos. Ya está, no se preocupen: ya no tienen razón para cuestionarse sus creencias.

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Correspondencia (1945-1970)
Yasunari Kawabata y Yukio Mishima
2003

Entre protocolo se pierde la correspondencia. La inmediatez de la conversación como género literario, donde no hace falta pedir disculpas ni desearle lo mejor al otro —porque el intercambio epistolar se define por lo contrario, por alejarse de lo inmediato para sumergirse en lo literario—, se diluye por la necesidad de hacer al otro participe de aquellos aspectos de la vida donde se le considera relevante a pesar de su ausencia; siempre hay algo incómodamente personal en la correspondencia que nos es legada. Conocer la dimensión humana de dos escritores como Yasunari Kawabata y Yukio Mishima sería suficiente para interesarse en aquello que tuvieran a bien compartir entre sí, de no ser porque incluso el protocolo que ejercen cara al otro acaba siendo explicativo de ciertas condiciones literarias.

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