Animación

Mundos infinitamente interconectados. Una visión de la ontología del arte en ¡Rompe Ralph!

9 febrero 2013
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A pesar de que la creencia popular y nuestra percepción fenoménica inmediata digan lo contrario, quedarse en la idea de que existe un único mundo realmente existente es tan pobre como equivocado. Si entendemos que un mundo es una red de referencias que existe en tanto vivida, que sólo existe mundo donde hay personas que lo interpreten —y, por extensión, no hablamos de mundo en términos físicos; el mundo es aquello que se da en la experiencia, en un perpetuo devenir, que debe ser interpretado de forma constante—, decir que sólo existe un mundo nos sitúa en medio de un contrasentido; en tanto existen formas artísticas, composiciones de la imaginación que remiten a nuestro mundo en algún grado pero no son nuestro mundo, existen mundos posibles externos al nuestro propio: el cine, la literatura y los videojuegos, pero también la pintura, la escultura o la performance, todo arte en general, crean las condiciones de un mundo propio conectado pero independiente al nuestro propio. Toda obra de arte crea su propia condición de mundo. Y éstos existen en tanto son vividos por aquel que se aproxima a ellos; nuestro mundo da soporte a otros mundos aun cuando se encuentran como independientes: nosotros insuflamos de vida otros mundos, pero éstos son ontológicamente equivalentes al nuestro. No existe dios (artista) creador en el mundo.

El correlato directo que encontramos a esto se daría en ¡Rompe Ralph! cuando nos encontramos dos niveles ontológicos, dos niveles existenciales lógicos (el mundo real, el mundo del videojuego), que no tienen una supremacía el uno sobre el otro sino que existen al mismo tiempo. El mundo de los videojuegos existe siempre, porque no desaparece Ralph cuando nadie está jugando contra él, pero se ven afectados de forma radical por nuestro mundo en tanto es en éste en donde se les insufla de vida; un videojuego mientras no es jugado tiene una vida porque está conectado al mundo real: ya que Estación Central, que sería una regleta eléctrica, interconecta entre sí todas las máquinas de la sala recreativa; sólo en tanto están conectadas, están en uso constante, están siendo jugadas, existen: cuando una máquina se desconecta, una parte del mundo muere con ella. Los mundos existen en tanto conectados, en tanto parte de una red de referencias.

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No hay objeto que ría, porque el humor es una condición ontológica del ser

21 enero 2013
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He aquí el primer punto sobre el cual he de lla­mar la atención. Fuera de lo que es propiamente hu­mano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser be­llo, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a la vista de un animal, será por haber sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un sombrero, no porque el fieltro o la paja de que se componen motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hom­bres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me explico que un hecho tan importan­te, dentro de su sencillez, no haya fijado más la atención de los filósofos. Muchos han definido al hom­bre como “un animal que ríe”.

Habrían podido definirle también como un ani­mal que hace reír porque si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siem­pre por su semejanza con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por el uso hecho por el hombre.

La risa, de Henri Bergson

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Viviseccionando el palpitante devenir del mundo presente

31 diciembre 2012
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Si hubiera que sintetizar lo que ha significado el año 2012 siguiendo el criterio de demarcación que me propone todo lo que vendrá después de estos párrafos introductorios, que es precisamente mi pretensión aquí, tendría que admitir que ha sido un año heterogéneo en el cual la tendencia ha sido tan confusa como nebulosa: grandes super-producciones pisan terrenos indies, mientras estos intentan ganar terreno con nuevas formas de contar lo mismo; las aun nada antiguas glorias, hombres con ya medio siglo a sus espaldas, han demostrado ser también quienes más y mejor han conseguido sintetizar el zeitgeist de su tiempo, pero también hay sitio para nuevas camadas —y aquí sí, de género indistinto— que están dando sus primeros pasos hacia territorios aun en nebuloso aparecer. Y por ello la primera conclusión que aquí haré será una halagüeña, y es que parece que hay un doble relevo generacional inminente tanto en los futuro-presentes grandes maestros como en los próximos maestros que habrá que seguir de cerca para ver si sobreviven en su ascenso hasta la gloria absoluta.

Por otro lado, sea por la crisis o por la media docena de apocalipsis auspiciados por el año, éste año tiene una especial preponderancia no tanto el fin del mundo en un sentido bíblico como en un sentido ontológico: muchos de los invitados han señalado, con cierta perspicacia, que hay muchas señales que indican como todo está si no al borde del colapso, sí que hacia un cambio radical en nuestra percepción del mundo. La catástrofe financiera, la humana —caracterizada de forma particular, aunque no única, en el solipsismo— y la ecológica son las principales preocupaciones aquí desatadas a través de artefactos que ya no se amilanan y señalan con una virulencia impensable ya no hace una década, sino el año pasado, cuales son los problemas de nuestro mundo. Y hacia donde habría que pensar para cambiarlos.

¿Existe una tercera linea secreta articulada en los textos? Por supuesto, pero esa tercera deberíamos desvincularla en al menos otras tres, si es que no se multiplicarían a su vez éstas exponencialmente, si pretendiéramos hacer honor a la diversidad de conexiones que podríamos establecer entre los artefactos y sus diferentes lecturas —lecturas que en su diferencia es donde reside su valor, pues aun cuando se repiten algunos artefactos estos siempre son abordados desde otra perspectiva que nos suscita otra dirección posible a través de las cuales pensar nuestro presente. Es por ello que aquí dejo mi misiva, atropellada y quizás demasiado personal para tener valor, para que así usted, lector, pueda decidir que es lo más relevante de todo cuanto leerá sin estar intoxicado de forma grave por las opiniones propias de alguien que ha sacado conclusiones desde el punto de vista de haber decidido, lo más abiertamente posible, quienes debían ser los responsables de cartografiar nuestro presente. Y ahora es su responsabilidad sacar conclusiones.

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En busca de la autenticidad perdida (por la cultura de masas)

11 diciembre 2012
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The Day the Earth Stood Cool, de Los Simpson

Hacer sátira de la ironía es como pretender hacer del infierno un lugar más hogareño arrojando leña a las llamas, una absoluta estupidez. Partiendo de ésto podríamos entender porque cualquier premisa de serie o película que haya pretendido reírse de los hipsters, aquellos que se caracterizan precisamente por cimentar su vida en el vaciado irónico de todo sentido, ha fracasado en un su misma concepción: ironizar la actitud del hipster, reírse de él, refuerza su identidad de descastado frente a los bien integrados habitantes de un sistema de masas; reírse del hipster no sirve para integrarlo, hacerle sentir mal o hacer ver cuan ridículo es, sino que le da un sentido más profundo a su identidad. O lo hace al menos en tanto se construye el discurso desde una cierta superioridad moral de cultura dominante, con una pretensión colonialista: lo hipster es malo porque es diferente.

En The Day the Earth Stood Cool, después de una crisis de identidad en la cual Homer descubre que nunca ha sido guay, una pareja de hipsters se mudan a la casa adyacente a la de los Simpson, auspiciando así que Springfield se convierta en la nueva meca hipster. Si bien Homer abrazará con auténtica pasión esta nueva formulación de los hechos, adquiriendo una identidad de calvo-guay en contraposición a su antigua identidad de calvo-viejo —lo cual ya nos sitúa en el núcleo profundo de todo sentido hipster, del (des)encuentro de lo antiguo y ajado como nuevo e interesante exclusivamente por ser enfocado desde la perspectiva del interés específico de una comunidad en un momento dado—, la relación se romperá precisamente por la incapacidad de la familia para adaptarse al nuevo contexto: su autenticidad se basa en su inmovilismo, en la incapacidad de aceptar imposiciones ajenas a la comunidad propia (la familia, el presente-mainstream) en favor de aquellas nuevas entelequias que se conjuran como la nueva autenticidad (lo hipster, el presente-pasado irónico). Lo que refleja todo el episodio es la tensión irresoluble entre el que se incomoda ante la vista del diferente, el que necesita apartarlo de sí porque no es uno de los nuestros: el americano medio, y por extensión el occidental medio, no soporta del hipster que sean otra comunidad divergente, el otro —lo cual es, además, uno de los leit motiv principales de muchos episodios donde el conflicto está centrado en la figura de Marge—, pero tampoco los hipsters aceptan a nadie fuera de su círculo de iniciados.

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Un sí de razones equivocadas se desvela constante como un gran no

6 noviembre 2012
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Los Inmortales: En busca de la venganza, de Yoshiaki Kawajiri

La peculiaridad particular de Nietzsche es la querencia que todos sienten por él pero el poco respeto que se le presta al ahondar con auténtica profundidad en su pensamiento; la complejidad del alemán es tal que parece sencillo de entender, de aprehender en su totalidad, cuando casi en cada oración podemos notar un clic diabólico con el cual ha retratado un problema particular al respecto de la situación del hombre de su tiempo: todo cuanto contiene dentro de sí es brillante en un sentido mágico, como si las ideas mutaran solas más allá de lo que en teoría podría decirse con las palabras. Es por ello que siempre que acudimos a Nietzsche, y en la cultura europea eso ocurre una vez cada tres minutos aproximadamente, debemos hacerlo con la precaución de sabernos leyendo no a un filósofo académico, sino a un escritor que hace filosofía —que sería la característica esencial, en mayor o menor grado, de todo buen filósofo: no se constriñe (absolutamente) a lo formal, sino que explora su propia literaturización del mundo.

La idea del eterno retorno del epígono popular de las formas más alocadas de la escritura como pensamiento del XIX sería uno de esos conceptos que no por sugestivos se han entendido, casi en su totalidad, al revés. Lejos de ser una condición reiterativa de la historia, pues no refiere en caso alguno que la historia sea repetición de cualquier clase, ni mucho menos lectura mística al respecto de una suerte de solipsismo auto-replicante, aunque la metáfora digo eso literalmente, de lo que nos habla con este concepto tan difuso como fascinante es precisamente de un proceso de reivindicación de la vida: el eterno retorno es el momento en que se decide dar el gran sí a la vida, el repetir constantemente la misma vida sin cambiar una sola coma, precisamente en tanto todo el dolor que pueda habernos sido suscitado se compensa por todo lo bueno que ha habido en ella. Esta reflexión profundamente vitalista consistiría en ese gran sí, en aceptar la vida de una manera tan rotunda y profunda que estuviéramos decididos a vivir lo mismo una y otra vez durante toda la eternidad —porque, de hecho, es posible que estemos a su vez sumergidos en ese proceso de forma inconsciente. Sólo partir de aquí se puede entender la conclusión de Los Inmortales: En busca de la venganza en su profunda melancolía, en su ausencia absoluta de heroísmo.

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El apocalipsis se da en la cerrazón del deseo. Tres zarabandas, una profecía y una tesis ausente

28 octubre 2012
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Treehouse of Horror XXIII, de Los Simpson

I. Profecía

Según Terence McKenna en Diciembre del año 2012 acontecerá un acontecimiento de niveles cósmicos que producirá un despertar de la conciencia colectiva de la humanidad, lo cual puede ser tan terrorífico como si de hecho los calendarios mayas marcaban finalmente el fin del mundo el vez del mucho más obvio cambio de ciclo —pues, y aunque resulte inconcebible para algunos, los calendarios mayas, aun cuando inagotables, también llegaban a su fin y necesitaban ser de nuevo comenzados cíclicamente. Sea un cambio de ciclo o una auténtica destrucción, el leit motiv detrás de esto es la necesidad constante del hombre de pensar en el fin del mundo, de la muerte inevitable que ya acontecerá como definitiva: el deseo secreto de la mayor parte de la humanidad religiosa, de todos aquellos que quieren encontrar un sentido absoluto a su vida a toda costa, es el fin del mundo: los que mueran en el apocalipsis habrán encontrado el sentido último de la vida, haber visto el apocalipsis. En esa muerte última, en esa destrucción de todo hombre que pueda haber venido después de nosotros, se encuentra la singularidad exclusivista en la que cada hombre no es ya sólo una vida más, sino que se convierte en uno de los elegidos para haber sido el último hombre de la Tierra.

El interludio maya del episodio, con un Homer evitando a toda costa el convertirse en un sacrificio humano para poder así evitar el apocalipsis, no deja de ser una proyección de lo contrario al sentimiento apocalíptico: el hombre hedonista, el dandy, aquel cuyo único propósito es ser recordado por disfrutar de la vida en su absoluta plenitud, es el único que no desea en ningún caso el apocalipsis. El hombre de verdad, aquel que ha concluído en una serie de elecciones vitales personales a través de las cuales conduce su vida, ni quiere ni necesita el apocalipsis porque, precisamente, él se sabe recordado; el hombre que necesita el apocalipsis es el que sabe que su vida es miserable y carente de sentido, una consecución de días sin sentido perfectamente intercambiables por los de cualquier otro. He ahí el terror profundo de la vida, querer destruír toda vida porque aun no hemos aprendido a vivir.

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Contra la post-ideología. El show de obrero y parásito como paradigma quiral del capitalismo finalista.

26 julio 2012
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Quizás uno de los mayores problemas de la URSS no sea en sí su discurso ideológico o la propaganda que de éste hiciera, aunque seguramente Joseph Stalin y sus divertimentos políticos tampoco ayudaron en nada a ello, sino precisamente la contrapropaganda que desde EEUU se ha realizado al respecto de ella. Sería muy fácil aludir al proceso victimizador que de esta se hizo, haciendo de ella prácticamente un juguete roto que demostró la imposibilidad de superar la post-historia que supone la democracia liberal occidental, pero centráramos nuestra atención exclusivamente en esta perspectiva nos perderíamos por el camino el hecho regulador que se tiene al respecto de él: el comunismo no se considera sólo una tontería, se considera un galimatías imposible carente de cualquier clase de sentido. Esta maniobra de depreciación del sentido que ha impuesto Occidente al respecto de la URSS ha sido completamente intencionado pero aun cuando ha sido asumido de forma natural por la población, no es un pensamiento ideológico en sí; la apreciación del sinsentido de la URSS no se da tanto por el hecho de que la propaganda constitucional así lo establece, sino porque esa es la imagen arqueológica que se nos ha impregnado al respecto de ella.

Cuando en Los Simpson nos presentan El show de obrero y parásito como un sustitutivo de Rasca y Pica hay una pretensión directa de establecer cual es el patrón lógico diferenciado entre ambos paradigmas culturales: mientras los soviéticos son incomprensibles entresijos surrealistas mediados por una profunda intelectualidad -o lo que se intuye como tal, al menos-, las aventuras de los americanos son un deceso intelectual en el que prima el slapstick extremo sin pretensión más allá del puro entretenimiento. A través de esta comparación podemos verlo con una perspectiva adecuada pues, precisamente, se nos presentan como fuerzas antagónicas perfectas; si no comprendemos de ningún modo el espectáculo que nos conceden Obrero y Parásito es porque estamos en un completo afuera de su ideología. Ahora bien, no nos dejemos engañar, la perspectiva del fin de la historia que tendría ese garante con pies de barro que es Fukuyama no nos permitiría acotar de forma adecuada esa perspectiva, teniendo que ceder ante otra más cruel por nuestra parte: la diferencia entre el gato y el ratón americano y el soviético, es que los soviéticos se saben profundamente ideológicos mientras los americanos deniegan de forma constante su ideología; mientras, El show de Rasca y Pica se pretende post-ideológico éste crea su propia condición de verdad: su ideología es su total ausencia hipotética de ideología -podría afirmarnos un Slavoj Žižek no necesariamente simpsonizado.

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Para comprender al otro hay que obviar la forma pensando la función

21 julio 2012
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Planet 51, de Jorge Blanco

Una de las preguntas que más inquietan al imaginario colectivo más cercano al conspiracionismo es la posibilidad de la existencia de vida inteligente en otros planetas dado que la bastedad del universo permite en teoría esa posibilidad a la vez tan común como de hecho imposible; aunque hubiera otra raza inteligente en el universo, ¿seríamos capaces de contactar con ellos alguna vez? Ahora bien, por mucha insistencia que tenga Terence McKenna por la importancia de estos alumbramientos del encuentro desconocido, la realidad es que el contacto con criaturas de mas allá de la realidad acontecen sino de diario si al menos con una regularidad pasmosa: nuestro encuentro con el otro, el otro racial o nacional, es tan común en el cosmopolitismo contemporáneo que se torna en absurdo el deseo de conocer a un completamente otro por ser de otro planeta. Los otros ya son completamente otros, no hace falta que venga un marciano para que no podamos comprenderlo en absoluto porque, de hecho, ya no podemos comprender en absoluto a un tailandés o un esquimal en ningún sentido estricto del término de la comprensión profunda de su cultura.

Es por ello que el único encuentro posible con un otro radicalmente opuesto sólo puede acontecer, precisamente, en la singularidad exclusiva del enfrentamiento contra el completo vaciamiento de la lógica o, lo que es lo mismo, la problemática del alien, del absolutamente otro en sí mismo, es irrepresentable. Incluso tendiendo al clásico ejemplo de Alien, donde el ser es tan singular que es incomprensible en sentido alguno, podemos encontrar la mínima semilla conceptual de su creación conceptual a través de la idea de la génesis a través del parto -lo que significa que ya hay una aspectualización de algo que nos resulta familiar, una metáfora simple a través de lo cual lo que nos resulta completamente ajeno adquiere alguna forma de sentido a través de algo que ya conocemos en sí. Esto nos lleva al invariante camino de que cualquier representación del alien pasa, necesariamente, por el acontecimiento de metaforizarlo para que irónicamente se parezca lo suficiente a alguna concepción humana de alguna clase que pueda ser comprendido fuera de su singularidad propia; para entender aquello que es completamente ajeno de lo humano, necesitamos encontrar aquello que se parece lo suficiente a lo humano como para explotarlo. Cualquier intento de comprender lo absolutamente externo en sí, está abocado al fracaso.

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Algo supuesta o totalmente divertido que siempre lo habrá sido para nosotros

3 mayo 2012
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A Totally Fun Thing That Bart Will Never Do Again, de The Simpsons

Una de las problemáticas que más nos preocupan y que resultan más arcanas para el filósofo medio es el tema de la diversión -lo cual, por otra parte, no debería extrañarnos: el filósofo medio es un sujeto igualmente arcano para la diversión. Quizás por ello toda reflexión sobre la diversión que se ha hecho hasta el momento radica más desde la crítica o ensalzamiento del ocio, siempre como antítesis o continuación alienante del trabajo que por algo con interés por sí mismo; parece ser imposible concebir a la diversión en un factum propio. Quizás el caso más extremo sea el de Blaise Pascal al afirmar que el hombre pierde su vida en la diversión ya que con eso lo único que hace es obnubilar su mente para no pensar en la muerte, lo cual le lleva a perder el tiempo que podría haber aprovechado de un modo productivo. ¿Qué es la vida cómo existencia productiva? Las matemáticas o la teología, nos diría Pascal, porque de hecho el único sentido para la vida en esta visión de la diversión -que, no se dejen engañar, es la predominante en nuestra sociedad- es ser productivos, hacer lo correcto en tanto normativamente adecuado.

Es por ello que Los Simpson tienen mucho que decir en tanto no sólo radiografía de la sociedad, sino brújula ética de como vivir una vida buena en el espíritu hedonista más puro de Montaigne. La familia amarilla de América, a día de hoy, es el puntero exacto de las filias y fobias, de lo mejor y lo peor, de una sociedad que nos resulta mimética a toda la occidentalidad y, por extensión, no dejan de ser un retrato donde nos vemos reflejados con una constancia sistemática; si en algún lado quisiéramos ver fehacientemente como es la vida de nuestro tiempo satirizando todo ello hasta llevarlo a un terreno de lo absurdo donde nos enseñen por qué son estúpidos esos pareceres, es en Los Simpson. Sólo en la familia más famosa de Springfield, por su extensa mitología, hay una caracterización de lo real que sobrepone lo real mismo para hacerse sugerencia ética sin caer en la moral.

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Los muertos no rien, Barón Samedí

4 marzo 2012
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The Poor Kid, de South Park

El humor es una cosa extremadamente seria. Es muy fácil hacer burla y chanza, recrearse en lo fácil de la nota jocosa, cuando hablamos de un tema que, históricamente, siempre se ha tenido por un valor menor a la hora de ser ya no analizado, sino meramente hablado en los términos más llanos imaginables; el humor, intelectivamente, no vende. Y sin embargo, si seguimos al nobel Henri Bergson, la risa sería la única condición que podamos considerar estrictamente humano en tanto que fuera de lo que es propiamente hu­mano, no hay nada cómico. Si efectivamente esto es así, y tenemos una cierta certeza de que así es, podríamos afirmar entonces que la risa es un asunto extremadamente serio que habría que abordar con una sistematicidad digna del zapador que se mueve entre un campo de minas retirando de forma precisa cada pequeña posibilidad de un proceso de muerte. Porque el que no se ríe (ya) nunca, está muerto.

¿Qué es el humor entonces sí, como señalé antes, no es algo que deba tomarse a broma y, además, es constitutivo de nuestro ser-como-humano? El humor es aquello que nos hace reír como respuesta ante un proceso de cualquier clase -desde lo físico hasta lo emocional o lo intelectivo; todo que pueda ser imaginado, o no, por el ser humano- que nos es presentado en su choque contra lo finito de sus mismas capacidades. Con esto deberíamos entender que el ser humano tiene unas ansias de infinito que no puede cumplir al enfrentarse contra unas capacidades finitas que aparecen de pronto sin avisar y a las que sólo se puede hacer frente a través de la risa. El clásico ejemplo sería el hombre que se cree Superman y, por ello, se arroja al mundo desde un tejado al aire pensando que puede volar. Al ser un mero humano pronto descubrirá que no puede volar, lo cual producirá esencialmente dos reacciones básicas: el terror y la risa. El terror se produce al atisbar la tragedia que se produce ante el deseo de infinito (el querer volar) y su incapacidad para alcanzarlo (no poder volar) que tiene unas consecuencias negativas y, por pura extensión, la risa es aquello que nos hace trascender la tragedia de nuestras limitaciones finitas para situarnos de nuevo en nuestra infinitud; la risa anula condición de terror de ser arrojados hacia una infinitud total basada en la finitud de nuestras capacidades. Y por ello, si es que nuestro Clark Kent wannabe sobrevive, lo único que se puede hacer ante esa imagen es reírse de una forma obscena, pues sólo así se puede evadir el terror y seguir viviendo en el ansia de infinito.

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