Subcultura y cultura underground a go-gó

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The Amazing Screw-On Head, de Mike Mignola

Esta esquizofrénica serie de animación nacería, como es común ante una cabeza bien amueblada como la de Mike Mignola, de una idea completamente absurda: realizar muñecos de acción de superhéroes que sólo fueran el cuerpo donde acoplar en todos ellos la misma cabeza; una cabeza, identitaria pero vacía de identidad, de rosca. Aunque como juguete podría haber funcionado, algo que nunca sabremos, lo que si dio lugar es a un héroe robótico que cambia su cabeza de cuerpo según la ocasión apremie para ello. He ahí el nacimiento del muy sui generis Screw-On Head. Maestro de lo oculto y agente secreto a las órdenes del presidente Lincoln, Screw-On Head tendrá que combatir el intento de engendrar el mal en el mundo por su antiguo mayordomo, el Emperor Zombie.

Lo más interesante de la serie, que jamás paso del piloto, es la muy particular combinación entre un socarrón humor negro que, en combinación con un estilo steampunk, confiere al conjunto su propia atmósfera. Atmósfera que se ve recargada por la casi total ausencia de personajes humanos los cuales, de aparecer, son relegados a un segundo plano en favor del auténtico protagonista de la serie: lo fantástico que escapa al racionalismo humano. No hay nada en la serie que no sea una continua revisitación de los códigos fantásticos de principios del XX pasados por el tamiz de lo fantástico.

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Six Men Getting Sick, de David Lynch

Una parte sustancial del arte figurativo es la incapacidad neta de encontrar una idea plasmada de forma ordenada, lógica o evidente más allá de las cábalas que pueda hacer cualquier espectador con respecto de la obra. Es por ello que esta clase de arte, que puede inundar cualquiera de las otras artes a placer del artista, privilegia la (ausencia) de forma sobre el contenido: no importa tanto cual el mensaje -el cual, en realidad, no existe per sé- tanto como la apreciación de una forma informe; la reflexión es la forma en sí. Por supuesto aunque el autor pretenda decirnos algo con la obra, algo sustancial que vaya más allá de la propia obra como entidad, eso es imposible porque toda posibilidad de ir más allá queda sepultada por la ingente auto-conmoción producida por la forma. Es por ello que sólo si se crea un corpus teórico -y, por tanto, o bien se elimina la noción de artista o bien se abraza la de teórico- se puede interpretar el arte que no puede ser interpretado.

El problema de David Lynch sería precisamente éste en sus primeras obras al privilegiar la forma sobre cualquier clase de contenido formal o teórico. Es imposible comprender las obras más experimentales de David Lynch porque no tienen significado; intentar analizar Six Men Getting Sick es tan absurdo como intentar horadar un discurso nuevo en la tierra agotada en barbecho. No hay significación y no puede encontrarse significación más allá de la forma simbólica de la imagen.

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La siguiente colaboración viene de mano de Henrique Lage al cual le mandamos mucho ánimo desde aquí para que pueda volver a escribir de forma más regular. A su vez en esta entrada introduzco la novedad de un aparato crítico -algo nuevo en éste (y seguramente en cualquiera) blog- escrito para complementar la exigua pero excelente entrada de Henrique. Lean sin más dilación sus impresiones con respecto de Midori.

El cine, como arte ritual1 nacido bajo la carpa de un circo, tiene mucho de espectáculo de monstruos, no hablemos ya del cine de terror, donde esos monstruos son más explícitos o del cine de animación, donde los monstruos ya no están sujetos a forma alguna.2 Dentro de la combinación de dos géneros malditos, marginales, despreciados por los cánones más conservadores, conviene hablar de una película aún sin cabe más ignota, fruto de ese coito prohibitivo. Hablamos pues, de Midori 3, la película de Hiroshi Harada realizada en 1992; Midori es una adaptación de La niña de las camelias del genial artista porno-gore4 Suehiro Maruo5, que adapta a un personaje trágico de principios de siglo con el expresionismo alemán y el ambiente enfermizo del Tod Browning de Freaks con su hálito trágico y cruel de Garras humanas. La película no solo tiene a bien relatar las vivencias de una huérfana refugiada en un circo donde sufre las insoportables vejaciones de sus deformes compañeros, y no solo acierta en construir el paisaje abstracto, onírico, del violento despertar sexual de su protagonista6, sino que supone en sí misma un artefacto mágiko a la manera de Aleister Crowley7: incompleta, de animación muy deficiente, censurada, prohibida y con fragmentos perdidos para siempre, la película no solo remite en su contenido a los primeros acercamientos esotéricos del cinematógrafo, sino que hace de su deformidad un aliciente malsano que le otorga un aire místico, de objeto prohibido y perdido en el tiempo, rescatado de alguna estantería polvorienta. Parida (que no rodada) en absoluta clandestinidad e independencia, su inconsistente resultado parece fruto de un pacto secreto con El Diablo (en la forma del propio Maruo) de cinco años de duración y perpetrado por un único hombre, un objeto maldito que llega a nosotros distorsionado y dispuesto a vaciar nuestras almas. La animación, tan preocupada por la forma, y el terror, tan dependiente del contenido, forman aquí un matrimonio alquímico de angustia y perversión que, una vez visto, resulta difícil despegar de nuestras cabezas.8

  1. El carácter ritual del cine viene dado por la creación de una mitología creadora, de plasmación de lo ideal en lo perceptible, que anula el binomio idealismo-empirismo porque permite capturar lo real del pensamiento; lo mental y lo visible se hacen uno a través del cine. []
  2. Esto emparentará las formas de animación con los mitos lovecraftnianos que a su vez nos remite a aquello que está más allá de lo pensable de Wittgenstein; también cabría señalar la conveniencia de la lectura el artículo del autor respecto a la segunda temporada de Haruhi Suzumiya. []
  3. Sobre ella podrán encontrar si gustan una reflexión particular sobre el manga de mi cosecha tal que aquí. []
  4. Lo que en términos populares japoneses se conocería como ero-guro []
  5. Éste será influencia (quizás algo nebulosa) de Henrique Lage en su cortometraje Cabeza de Pescado y, especialmente, de la obra de su compañero F. Calvelo en Videoclub Misterio. []
  6. El cual, cabría señalar, se ve medido no sólo como una forma de perdida de inocencia o de paso a la vida adulta, sino que se configura como una suerte de juego infantil; el paso hacia la vida adulta es como una suerte de teatro real. []
  7. Lo cual, de nuevo (véase nota 1), emparenta con el carácter ritual-canalizador del cine. []
  8. Lo cual es la síntesis última de la labor del cine: una imagen cristalizada que se distorsiona en la mirada de el otro e infecta para la eternidad las imágenes que este cosecha en su cabeza. []

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El juego es, seguramente, uno de los valores más intrínsecamente ligados a las sociedades que podamos encontrar en sus conformaciones culturales. En ese sentido el Daruma-otoshi es un juego que caracteriza particularmente bien el criterio japonés: basado en mantener el equilibrio de Daruma -representación de Bodhidharma, fundador del Zen- tenemos que ir retirando con un pequeño mazo los pisos de colores hasta dejar sólo al Daruma; el juego se basa en la exención de todo lo sobrante mientras se mantiene un equilibrio constante. A través de este entretenido juego se sintetiza tanto las enseñanzas implícitas del zen como la diversión en una síntesis perfecta de lo que supone el juego, diversión directa y aprendizaje indirecto. Por ello quizás de la práctica del Daruma-otoshi podamos aprender unas cuantas cosas sobre los japoneses -y, por extensión, de nosotros mismos- y, en último término, sobre los mecanismos del arte para lo cual abordaremos una escena del anime Nichijou.

La escena, en su síntesis, es tan extremadamente sencilla como cargada de significación a múltiples niveles: mientras juega al Daruma-otoshi la patosa Yūko consigue desencajar una pieza del Daruma con demasiada fuerza lo cual provoca que golpee la cabeza de su amiga Mio, la cual le devolverá el favor incrustándole la pieza en la cara; finalmente, el Daruma cae perfectamente sin haberse movido ni un milímetro, 100 puntos. El primer mensaje subyacente sería evidente, pero no por ello menos importante, pues el Daruma, en tanto maestro zen, siempre se muestra impávido y firme aun cuando el mundo se desmorone en el caos a su alrededor. De éste modo el juego no se convierte sólo en una ejemplificación del zen sino que todo cuanto le rodea se perpetua en el efecto de la problemática del mismo: el maestro zen debe alcanzar la iluminación a través del equilibrio en un universo caótico, en eterno movimiento. Aunque ya esta imagen es de una potencia icónica tremenda aun deberíamos parar, al menos, en otros tres momentos que se solapan entre sí en su interior: el del aprendizaje, el de la imagen-tiempo y en el del humor.

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La vida es un eterno devenir hacia nuevos estados del ser que, hasta el momento, nos habían sido desconocidos. Esto, la eterna evolución de las cosas, parece que tiene su propio toque de queda pues, en cuanto entidades finitas, llegará un momento en el que no estemos como tal en el mundo. Sin embargo nuestro devenir como entidades es tan potente que es capaz de dilucidar su presencia más allá del espacio y el tiempo por lo cual el final de las cosas tal y como son no es nunca un Final, sino un cambio de paradigma. Al principio del último episodio de la sexta temporada de Futurama, Reincarnation, nos proponen que nada muere sino que deviene en una nueva conformación física, y es eso exactamente de lo que trata el episodio: de como toda entidad en el mundo jamás desaparece, sino que evoluciona en nuevas conformaciones de sí. Y lo hace en tres actos a través del uso de tres técnicas de animación aparentemente excluyentes entre sí.

En el primer fragmento, Colorama, cuando el Professor Farnsworth descubra un cometa de diamondium, el material sólido más fuerte y brillante del universo, verá la oportunidad de poder darle un brillo especial a su dispositivo del día final, pero Fry tendrá otros planes. Usando el dispositivo destruirá el diamante para así conseguir una piedra que sea la medida exacta del amor que siente por Leela, cosa que no conseguirá pero, a cambio, sí obtendrá un nuevo color de cuya existencia antes no había noticia -que, en tanto es en blanco y negro, nosotros no podemos ver- y conseguir cristalizar el momento para la eternidad, literalmente. En el segundo episodio, Future Challenge 3000, el Professor Farnsworth consigue una lente de aumento de diamondium lo que le permite realizar la unificación de las teorías científicas lo cual, ante la imposibilidad de la necesidad de responder más preguntas, queda huérfano intelectualmente. Finalmente emprenderá una investigación suicida que dará sentido a su vida: ¿por qué las leyes del universo son las que son? En el tercer y último fragmento, Action Delivery Force, la Tierra será invadida por unos alienigenas adoradores del meteorito destruido por Fry los cuales sólo podrán enviar de vuelta a su planeta a través del lenguaje corporal, el único idioma que son capaces de comprender. Lo interesante de todo esto es como al final todo acaba siempre en el mismo punto: la imposibilidad de llegar al punto final de lo cognoscible; de la trascendencia.

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Pueden descargar los subtítulos de la película traducidos por mi al español (de España) tal que aquí.

Los sueños, como aquello que deseamos, son una parte constituyente determinante de nosotros mismos; son una cosa personal, absolutamente intransferibles, y que incluso carecen de sentido si se sitúan fuera del contexto mitológico del individuo en particular que los sustenta. Por eso son algo interesante que abordar, pues son uno de los más determinantes -aunque, a su vez, uno de los más complejos- rasgos a la hora de definir la identidad de un individuo dado. Es por eso que un sueño no se puede compartir, o no literalmente, ya que el otro, el que no soy yo, no puede comprender porque eso es especial para mi: carece de mi bagaje para entenderlo. De éste modo, en apariencia, el viaje hacia el cumplimiento de los sueños es algo solitario, siempre renegando de 'el otro', como forma de encontrar una identidad de mi yo presente-futuro. Pero, como nos enseña Redline de Takeshi Koike, los sueños sólo se pueden cumplir cuando me resguardo en el entendimiento de los otros que son como yo; que son yo.

Redline nos cuenta la historia de un torneo mortal de aerodeslizadores que se celebra cada cinco años. Este año, además de unos participantes particularmente dementes, se suma la amenaza del gobierno de Roboworld de boicotear de forma violenta la carrera si insisten en que se celebre en sus tierras sagradas. De éste modo se entrecruzarán las vidas de JP, un entrañable piloto de tupé imposible, y Sonoshee, una joven que tiene por sueño ganar la Redline. Primero como amigos y después como rivales intentarán, respectivamente, salvar a sus amigos y conseguir cumplir sus sueños.

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Los prejuicios, pese a quien le pese, son un método bastante efectivo para codificar una información básica con respecto de culturas ajenas que transmitir de modo eficiente entre individuos de una cierta cultura en particular. Por eso los prejuicios, muchos nacidos de una interpretación falaz o directamente ofensiva, en ocasiones pueden utilizarse como una arma contra el otro; una medida de seguridad para no contaminar la cultura ajena con posibles cuestiones que pondrían en duda algunos aspectos, más o menos dudosos, de nuestra propia cultura. South Park, que en la sátira social no tiene rival, hace un análisis exhaustivo del tema en el capítulo City Sushi desde dos perspectivas diferentes del tema: el prejuicio con respecto de el otro culturalmente diferente y el prejuicio con respecto de el otro racionalmente diferente; el prejuicio contra el extranjero y el loco respectivamente.

Al abrirse un nuevo restaurante japonés en South Park el entrañable Butters, enfundado en su juego de Cartero Butters, va entregando por toda la ciudad publicidad del restaurante con tan mala pata de hacerlo también en un restaurante chino, produciendo una guerra racial entre ambos propietarios. De éste modo Butters se verá obligado a ir al psicólogo donde le diagnosticarán un trastorno múltiple de la personalidad. A su vez, el chino y el japonés, dimirán sus diferencias a tortas hasta que se pongan de acuerdo para iniciar una serie de eventos en favor de la prevención de los prejuicios; para diferenciar el abismo cultural entre chinos y japoneses. Butters y el japonés serán víctimas del trastorno psicótico del Dr. Janus/Tuong Lu Kim que intentará destruirlos incesantemente por el prejuicio que sostiene con respecto de ambas minorías: de 'el loco' ejemplificado en un niño y de 'el extranjero' ejemplificado por un japonés.

El niño es diferente con respecto del adulto porque usa su imaginación, sin limitarse con respecto de una personalidad marcada -de un carácter 'humano' particular-; el japonés es diferente con respecto del chino, o de cualquier otro individuo de otra cultura, porque su historia ha ido definiendo unos paradigmas culturales particulares con respecto de su pensamiento. Así, ante el temor de ver intoxicado su realidad, el adulto/el foráneo se reviste con sus prejuicios para no dejar entrar otra idea que no sean sus concepciones ofensivas con respecto de el otro; cosifica la idea de la otra persona hasta reducirlo hasta un mero perjuicio de lo que supone toda su realidad. Es por ello que los prejuicios pueden ser positivos, si se aplican como medida de adaptación de una cultura dispar hacia otra, pero pueden ser nefastos cuando sólo sirven para defender una idea absolutista de que debe ser el hombre. No hay visión humana que no pueda entenderse, hay pretensiones de imponer una realidad que sólo beneficie al censor.

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El fan como entidad es una de los entes más aterradoras, para el resto de los mortales, que existen: siente un amor ciego, no admite discusión alguna de sus gustos y es capaz de cualquier cosa en pos del objeto de su adoración insana. Por otra parte el sistema capitalista se nutre, básicamente, de fans, todo producto en el mercado busca una fidelización absoluta del consumidor al convertirlo en un fanático de su marca que no acepte ninguna otra de su misma clase; que no deje de comprar aun cuando haya una posibilidad mejor. Por eso quizás la OVA de Highschool of the Dead ha descendido de forma salvaje la calidad que mantuvo durante la emisión de la serie: alude exclusivamente al fanático de la serie que lo verá independientemente de la calidad del mismo.

Todos los chicos después de escapar de la ciudad de Tokyo llegan a una isla paradisíaca donde, casi exclusivamente, se dedicarán a exhibir sus cuerpos aun más exageradamente turgentes que antes para deleite de todos. Más cerca de cualquier episodio malo de un shōnen tontorrón la OVA se va moviendo entre los tópicos clásicos de escena playera del anime con unas cantidades absurdas de fanservice. Ni siquiera los chistes sobre los aumentados atributos de los personajes consiguen rebajar lo obvio: no hay continuidad ni calidad, es un mero ejercicio de pajerismo para contentar a unos fans que tragarán lo que sea.

Aludiendo a la triste existencia de fan nos conceden las migajas rancias que quedaron de una obra excelsa de la animación explotando lo que nunca molestó pero jamás fue la base de su obra: el erotismo exagerado en forma de fanservice. Pero el fan, como un zombie descerebrado, lo consume sin ningún reparo, sin parar a pensar en la ínfima calidad del producto, porque sus altas exigencias son, exclusivamente, las de que le den un más de lo mismo aunque sea peor. Esa es la penosa vida del fanático a cualquier producto, una existencia definida a través del consumo acrítico de cuantas iteraciones, por hórridas que resulten, del objeto por el cual ha elegido expresar veneración. Dejar el cerebro en casa nunca es buena idea con la cartera llena.

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¿Se puede hablar de aquello que no se conoce? En términos estrictos parece evidente que hablar de lo que no se sabe incurre en el absurdo de que intento configurar a través del lenguaje aquello que está más allá de mi mundo, lo cual es imposible. Sin embargo no sería dificil implorar a la ficción para hacer de nuestras deficiencias una hipérbole, casi un simulacro, de nuestras faltas. Y esta es la premisa del debutante Jeong-Hoon-Il Kim para su deliciosa comedia romántica Petty Romance.

Jeong-bae es un dibujante de cómics que, a pesar de su indiscutible calidad, no consigue colocar sus trabajos por la deficiente labor de guión que desempeña. En tales circunstancias decide presentarse a un concurso de cómic para adultos emprendiendo la búsqueda de un guionista. Su elección final, después de entrevistar a varios perturbados, se materializa en la desesperada Da-rim, ex-columnista de temas sexuales de una revista femenina. Sólo que ella no sabe absolutamente nada de cómic. Y aun menos de sexo. Así comienzan una serie de enredos donde irá surgiendo el amor entre ellos bajo la premisa obvia que acabará por hacer tambalear las bases de su relación y su obra: el total desconocimiento del sexo. ¿Y como se puede hablar de lo que no se sabe? Fabulando a través de aquello que se cree conocer. De este modo los momentos de humor irán encadenándose con la peculiar visión del sexo de Da-rim en la cual los nombres tienen descomunales penes de medio metro y el coito debe durar no menos de tres horas; conforma una mitología a través de su propia ignorancia que provocará las inseguridades y malentendidos futuros.

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Cuando la imposibilidad alcanza al hombre como una maza venida de los cielos que le hace caer de improviso contra el suelo, sin ningún aviso de que tal cosa ocurrirá, se intenta buscar siempre un porque. Cuando no hay razón alguna para justificar lo pasado seremos capaces de crear cualquier imaginativa recreación para justificar lo acontecido; para acallar nuestras conciencias. Y esto es lo que ocurre en El Médico Rural de Franz Kafka adaptado al anime por Koji Yamamura.

El médico rural que da nombre a la historia tiene un aviso de urgencia en una casa lejana con tan mala suerte de que su caballo está muerto. A su vez nadie del pueblo osará ayudarle salvo un desconocido que se cobra en forma de la joven asistenta del buen doctor. Así emprendemos un viaje entre el imaginario surrealista que desata Yamamura donde el espacio y el tiempo son dos confluencias del mundo en el ser. Todo lo que ocurre no es más que la meticulosa y tramposa recreación de la mente del médico, intentando averiguar como pudo ser que su paciente muriera sin que el pudiera hacer nada. Así la miseria de uno mismo, de los demás y, finalmente, de la fortuna en su esencia misma acaban por ser acusados de traición por una muerte fortuita e inesperada. Nada puede hacer el buen médico ante un destino implacable; ante una naturaleza que no da concesiones a la fragilidad de los sentimientos humanos.

Al final lo único que cabe ante él es aceptar lo sucedido como culpa propia, como el destino jugando a los dados, con la increíble casualidad de no haber sabido llegar a tiempo cuando debió. Pero, a pesar de todo, el médico no podría haber hecho nada en ningún caso. Sólo en la aceptación de esa imposibilidad se encuentra el perdón a uno mismo.