capitalismo

Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXIX)

22 abril 2015
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Seis tumbas en Munich
Mario Puzo
1967

El problema de la identidad es especialmente acuciante cuando es elegida. Si decidimos vestir una máscara, usar un pseudónimo para que no nos asocien con determinados actos o situaciones, exponer al público la continuidad de nuestra identidad a través de otro nombres es injusto; si nosotros hemos querido desdoblarnos de algún modo, nadie debería tener por qué asociar esas dos identidades diferentes como si fueran una sola. No sólo por respeto, sino también por admitir que podemos ser más de una persona. Es posible que el Yo con el que fui nombrado en el registro civil y el Yo de mi(s) pseudónimo(s) no sólo seamos dos personas distintas, sino también entidades completamente irreconciliables como una única identidad coherente.

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Ping Pong Pop. Tres momentos (animados) sobre la existencia

27 diciembre 2014
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I. Todo que se afirma sin pensar es verdad

Todo es fabuloso. Se nos vende de forma constante que todo va mejor, que la crisis ya ha pasado, que pagar sobreprecio por productos básicos es algo normal; el capitalismo tardío ha encontrado en la retórica el arma última: a través de una buena narración, cualquier cosa parece ser verdad. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere creer que las cosas ocurren por alguna razón superior bien ordenada que se puede predecir? Esa es la base de la religión, también del gesto religioso del capitalismo. Se nos vende un finalismo de lo inmediato, que el mundo ha llegado al cenit de su desarrollo y debemos adoptarnos al destino que éste marca, que nos convierte en productos de consumo, objetos juzgados por lo bien que se adecuan al metarrelato imperante. En consonancia, actuamos al respecto: sonreímos para vendernos como alegres, dinámicos, optimistas cara a los demás; compramos para mostrarnos en la onda, sabiendo sobre qué hablan todos, integrados dentro del sistema; cambiamos para resultar más adaptables, más adecuados, más necesarios para las necesidades del mercado. Se busca encajar en lo que los demás esperan que seamos, ajustando nuestra existencia a los elementos que mejor se venden en cada momento.

Nadie debe ser único, excepcional, porque cualquier gesto personal podría cambiar el mundo, demostrar que el orden no es absoluto. Que el mundo no está construido sobre bases inamovibles. El problema es que somos reducidos hasta ser convertidos en objetos, olvidamos aquello que supone juzgarse sólo desde uno mismo —o lo que es lo mismo, olvidamos qué es ejercer la autocrítica ignorando la opinión de aquellos que repiten la agenda oficial antipersonalista de forma repetitiva—, produciendo que sea imposible tener personalidad alguna. Incluso cuando queremos salirnos de los márgenes, somos reconducidos a través de la destrucción; se nos bombardea con el mensaje, se silencia nuestra presencia, la gente nos da de lado. ¿Por qué? Porque es más cómodo vivir sin pensar, creyendo que la vida debe ser una fiesta constante.

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El encuentro se da en la transgresión. Sobre «Killers», de Kimo Stamboel y Timo Tjahjanto

15 diciembre 2014
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in Cine
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No somos animales gregarios. El ser humano necesita de los otros para edificarse, aunque no por ello nuestra tendencia natural sea la existencia en manadas; edificamos comunidades, construimos espacios en común con los otros, pero cuanto más seguros de nosotros mismos estamos menos necesitamos su presencia. Buscamos la aprobación de los otros sólo cuando no la tenemos de nosotros mismos. Sin comunidad no podríamos existir, porque no somos seres autosuficientes, pero la importancia que concedemos al pensamiento ajeno es directamente proporcional a nuestra capacidad para actuar y juzgar nuestros actos sólo desde nuestra propia mirada: cuanto menos seguridad tengamos en nuestros actos, más dependientes seremos de la opinión de los otros. Todo acto de creación es considerado un acto de transgresión, ya que la creación auténtica sólo puede darse cuando son violados los principios básicos comunitarios. No transgredimos por oposición a los otros, sino para crear nuestros propios lazos comunitarios.

Killers sigue los pasos de Macabre, la anterior producción Kimo Stamboel y Timo Tjahjanto, poniendo bajo la lupa todo aquello de donde partía la anterior: si la familia protagonista de su primera película se unía con más fuerza a través de la transgresión (en su caso, el canibalismo), en su segunda película encontramos la búsqueda del gesto comunitario a través de la transgresión (en su caso, el asesinato). La película parte de una pregunta importante, ¿por qué un asesino en serie subiría vídeos de sus torturas y posteriores ejecuciones al equivalente asiático-macabro de Youtube? O bien porque busca lanzar algún tipo de mensaje o bien porque busca estar más próximo de aquellos que sienten los mismos impulsos que él. Si el asesinato no es válido por sí mismo, en cuyo caso no necesitaría grabarlos y difundirlos, entonces es porque son un medio para alcanzar otra cosa. Ahí empieza el juego.

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Trabaja, compra, consume, muere. Sobre «Metal Gear Rising: Revengeance» de Platinum Games

29 septiembre 2014
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Si existe una reflexión inherente al cyberpunk esa es la del límite de lo que significa ser humano. En un mundo donde las personas sólo conocen la alienación de verse controlados por grandes corporaciones, donde la única salida es devenir un ser flexible que puede cambiar cualquier aspecto de sí mismo a capricho de intereses espurios —hasta puntos literales, ya que las prótesis son la norma: desde las gafas hasta el teléfono móvil, pasando por el bastón o el reloj— y acepta la imposibilidad de cualquier clase de ociosidad, los límites de lo humano se difuminan. Cada vez más maquínicos, siempre conectados a gadgets que nos hacen más vulnerables al control, la diferencia entre sujeto y objeto deviene, cada vez más, entelequia; no debemos preocuparnos por la posible condición futura de los robots como esclavos, porque nosotros ya somos esclavos de un destino programado.

En Metal Gear Rising: Revengeance, donde seguimos las desventuras de un Raiden ya más cyborg que humano en todos los ámbitos, nos encontramos un mundo al borde del colapso: después de que el presidente de un país africano sea asesinado por cyborgs ninjas, ante la incapacidad de Raiden para pararlos, descubriremos una conspiración a nivel mundial que pretende iniciar una segunda guerra contra el terror por parte de EEUU para lograr volver a iniciar la economía de guerra, ya durante varios años en dique seco. Compañías militares privadas, empresas de investigación militar y políticos están detrás de ello. Todo intento de parar la conspiración desde cualquier medio oficial, ya sea político, legal o periodístico, se muestra infructuoso ante la intrincada red de relaciones creadas alrededor; a nadie le importa que niños sean secuestrados y utilizados como mercenarios, que miles o millones de inocentes sean asesinados por ser «potenciales terroristas». Todo vale en la economía y en la guerra. La única opción es, como de costumbre, que el héroe destruya con sus propias manos esa red de relaciones del único modo posible: matando a todos los involucrados.

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Vivir es morir (si no tienes dinero). Sobre la saga «Hostel» de Eli Roth

8 julio 2014
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in Cine
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No existe posibilidad de controlar la sociedad, a largo plazo, a través de la ideología. Las ideas se agotan sobre sí mismas, la gente se cansa de esperar promesas y, aunque la convicción pueda ser absoluta entre una minoría, la mayoría de las personas no viven en sociedad esperando un modelo específico inalienable: quieren sentirse seguros, quieren resultados. Los quieren ya. Todo control que se ejerza en exclusiva desde las ideas o la coherción, aun cuando necesario —cuando se trata de micropolítica, el ámbito de las ideas y la ideología es el más importante—, nos llevará hacia el conocimiento de no atender a los deseos de los ciudadanos. Una población contenta es una población dócil. El gran triunfo del capitalismo es haber conseguido que todos creamos que cualquiera puede hacerse rico, pero también que cada uno tiene exactamente la medida de esfuerzo: la vida es el cálculo de lo que se posee, porque poner en juego la vida es lo que nos aporta la posibilidad de triunfo. Aunque sea una burda mentira.

Existen dos consecuencias lógicas de la premisa anterior: «todo tiene un precio (que podrás pagar sí y sólo sí lo mereces)» y «cualquier límite puede ser atravesado siempre que dispongas del dinero suficiente». Si todo tiene un precio y ya no existen límites por cruzar, entonces la vida humana está en el estante del mercado; si existe demanda, no existe razón alguna por la que un asesino o un «empresario de la carne» no pueda dar caza a una persona señalada. Sólo hace falta estar dispuesto a pagar el precio. En ese sentido, Hostel nos demuestra lo que ocurre cuando hay suficientes depravados en el mundo como para hacer rentable una idea abyecta, la tortura y asesinato de personas inocentes en entornos controlados, a pesar de que atente contra aquello que se supone son los principios sociales. ¿Cuál es la función de la sociedad? Asegurar nuestra seguridad, que nuestro vecino no nos matará para robarnos nuestra propiedad; y una vez asegurada la sociedad, su responsabilidad es asegurar que vivamos lo mejor posible. En el momento que existe gente capaz de saltarse esa condición esencial de la vida en comunidad, ¿hasta que punto es posible considerar que radica diferencia alguna entre vivir en sociedad o en naturaleza?

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Sin re-apropiación no hay revolución. Sobre «Punks de boutique» de Camille de Toledo

4 enero 2014
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El punk murió según se convirtió en moda de la cual apropiarse no ya de cualquier diseñador de moda, que pueden hacer del punk algo más genuino que cien cabezas encrestadas, sino de cualquier vendedor minorista. Cuando el punk es un complemento, es cuando se compromete su condición revolucionaria. Quedarse con esa idea, admitámoslo, sería simplista: el problema del punk no es sólo que se venda como un complemento estético, sino que se ha convertido en un complemento ideológico: todo lo que en los grupos originales era ironía y ambigüedad, una pretendidad violación de las normas sociales, ahora no es más que vestir ropa calculadamente rota a trescientos pavos los pantalones. Pantalones hechos jirones en una fábrica en la India. El problema no es que se vendan complementos punks, el problema es que el tratamiento ideológico del mismo se hace, como con la ropa, desde lo mercantil; punk is dead, baby; no es sólo cosa del punk: ¿por qué es imposible hacer hoy la revolución? No porque se vendan camisetas con el rostro del Che Guevara, sino porque llevarlas no simboliza nada. Ya no simboliza nada.

Aunque comienza hablando del fin de la historia, esa ridícula proclamación hegeliana que haría suya Francis Fukuyama para justificar la superioridad moral del liberalismo, Camille de Toledo parece más interesado en analizar nuestro presente desde el enmarañado cruce de impresiones y efectos que tal idea, no el hecho —no concibe que hayamos alcanzado «el final de la historia», sino que de esa creencia se desprenden nuestros modos de vida actuales—, tiene sobre el mundo; en tanto el capital se apropia de la historia claudicándola, asumiendo toda imposibilidad de alternativa, carece de sentido práctico iniciar forma revolucionaria alguna; el corazón mismo del presente, ahora ideológicamente perpetuo, es el poder. Cualquier revolución nace por y para el capitalismo. Incluso cuando no. El capitalismo se amolda a todo, puede consumir todo: no existe posibilidad de combatirlo porque es capaz de asimilar incluso sus contradicciones; su título es ya explícito, ya que el punk que nace en la ironía y el DIY es ahora cosa seria: cosa de punks de boutique.

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Si te encuentras con Buddha, mátalo. Unos breves apuntes sobre Man of Tai Chi

22 agosto 2013
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in Cine
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Existen obras que nacen como cuentos edificantes, recordatorios de aquello que cuando se nos narra como una enseñanza moral tendemos con más facilidad a buscar sus límites: cuando se nos introduce una idea de lo que es debido de forma subrepticia, tenemos menos problemas para respetarla como necesaria. Pero, ¿qué ocurre cuando estas narraciones llegan hasta pueblos o culturas que no conocen del sistema de valores particular del nuestro? Que su valor será determinado no tanto por su enseñanza moral, que les será ígnota o directamente incomprensible, sino por aquello que lo envuelve; la forma más que el fondo, y todo aquello que se pueda interpretar desde ésta, es aquello que podrán apreciar de forma efectiva aquellos que no cultiven nuestras costumbres. Y no podría ser de otro modo.

Man of Tai Chi, aun cuando sea una película dirigida por Keanu Reeves, se dirige hacia un público eminentemente oriental — el occidental medio no está introducido en el contexto de la narración, porque lo que pretende es practicar una enseñanza moral heredada desde algo exclusivo de los extremo asiáticos. Es un cuento sobre la pureza del camino recto. Aquel que sigue un camino recto, el camino de las artes marciales o cual otro arte zen, debe regirse por los más altos valores conocidos por el hombre. Aquel que se permite venderse, que pelea por dinero o por prestigio, en vez de usar esas artes para defenderse o no permitir al mundo hacerle desviarse de su recto camino, está condenado a la miseria del mundo: el hombre que abandona el camino se ve irremediablemente arrojado en la crapulencia y el odio, alejándose del camino del buda para aproximarse al camino del asesino —aunque el camino del buda sea siempre un camino de asesinato, pues el encuentro con Buda siempre ha de acabar con éste muerto para que deje de bloquear nuestro camino; el camino del buda es paradójico: su paradoja es el camino. Cualquier koan, por narrativamente desarrollado que éste, y por la poca impresión de serlo que tenga, es absolutamente ininteligible para la mentalidad occidental media.

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Toda ideología en su -ismo es el olvido de la identidad

6 junio 2013
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in Cine
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Southland Tales, de Richard Kelly

Cuando el futuro fue ayer, e incluso el post-apocalipsis nos parece tan lejano que todo colapso de la civilización se nos antoja familiar, el presente se vuelve urgente. Las noticias es la película de ciencia ficción más veraz, en la calle nos encontramos una lógica hiperreal más atroz que cualquier fantasía cyberpunk —tanto como para que William Gibson ya no haga cyberpunk, sólo novelas que son prácticos análisis de la contemporaneidad—: vivimos saturados de tal manera que cualquier posibilidad de recepción del devenir futuro no es vedado: vivimos en un presente que es un eterno futuro.

El mundo, como una herida abierta que ya nunca cicatriza, es el lugar donde debemos encontrar un sentido de nuestra propia identidad a través del cual podamos comprendernos a nosotros mismos. El problema es que si se es de Los Ángeles, la ciudad de cuarzo nacida de la alienación y el simulacro, toda identidad se torna siempre máscara; si es imposible tener una identidad bajo la subyugante lógica del capitalismo tardío por culpa de la alienación que desconecta nuestro ser de nuestra existencia, en Los Ángeles la moneda de cambio es el saber fingir tener una identidad propia. Es por eso que la ciudad ha sido siempre un epicentro de cultura y economía, pero siempre como una función simulacral, disfrazada de entidades ajenas: no existe una cultura propia de Los Ángeles, sino que ésta es fagotizada a través de la importación de talento externo. El capitalismo, como Los Ángeles, es capaz de asumir en su interior cualquier clase de pensamiento o desarrollo práctico, por muy lejano de sí mismo que éste sea; lo único que no puede, es crear talento propio.

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