Subcultura y cultura underground a go-gó

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¿Qué pensar de un hombre atractivo, con dinero, título nobiliario, de cierta edad pero con aspecto juvenil, que es un gourmet en la cocina y mantiene impoluta una enorme mansión a la cual se dedica con esmero como si se tratara de un hobby más que de una obligación? Aunque sin duda parece un hombre de ensueño para cierta clase de mujer, aquellas más próximas al «síndrome de Electra», en realidad estamos hablando de uno de los personajes más explotados de la historia del terror: el Conde Drácula. Y si bien a priori el hombre ideal es un vampiro, tiene un pequeño defecto: es reacio al compromiso. Aunque sea algo compresible, ya que el matrimonio es una institución cristiana, sí que le hemos conocido una cierta cantidad variable de novias en el transcurso de su vida; incluso el sanguinoliento gentleman definitivo siente pánico ante la idea de pasar por la vicaría.

Esta idea es explotada estéticamente por Park Chan-wook en el videoclip de V, el último cambalache pop de Lee Jung Hyun, en el cual un pobre atolondrado llega por accidente a un castillo donde una legión de vampiras le atosigarán con la intención de conseguir casarlo con ellas. En el proceso, despliega una barroca escenografía —que sumado a lo recargado aunque sugerente de los trajes nos transmite la idea de estar ante la casa de muñecas de una afortunada niña del XIX; o de un adinerado coleccionista del XXI— acompañada de una sucesión de planos excepcionalmente largos para tratarse de un videoclip. Será del juego de planos de lo que haga uso para practicar una elección narrativa en el plano estético: el contraste entre planos cerrados para la protagonista y planos generales para los bailes y los desesperados intentos de huida del hombre, se nos dan como contrastados perfiles visuales a través de los cuales se transmite una cierta idea de irrealidad ante lo expuesto: los recuerdos nacen de luces apagadas, que congelan el presente; lo que ocurre fuera del espejo es diferente de lo que nos refleja el mismo: en ambos casos se resalta la condición esquizofrénica de la situación.

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Haywire, de Steven Soderbergh

Si el problema radical de nuestro tiempo es que se define indefectiblemente por el vaciamiento de todo significado de cualquier significante simbólico entonces deberíamos aludir al hecho de que el problema de nuestro tiempo es la imagen como proceso asignificante. ¿Qué ocurre con la imagen pues? Que aunque su significado desaparece de su propio carácter, las imágenes ya no significan nada por sí mismas -o no significan nada que no sea la imagen en sí misma-, su significado desaparecido se caracteriza precisamente en desaparición: el significante es el significado por sí mismo; en el mundo de la imagen ahora el medio es el mensaje y el mapa el territorio. Por ello no podemos pretender originar ninguna realidad patente que no se base exclusivamente en su imaginería, pues ante la suposición de que no hay nada más allá de la forma en sí misma el mensaje se debe representar a través de la imagen como alegoría del proceso. Y Steven Soderbergh desarrollará esto con una profusión cuasi infinita.

En Haywire lo primero que encontramos es una obsesión constante con los procesos de la imagen en el cine. Los colores saturados se integran de forma natural con un uso intenso de la imagen para comunicar todo lo que está ocurriendo limitando, en el proceso, en la medida de lo posible todo diálogo que no pueda ser expresado de forma más contundente a través de las imágenes; si no es una película completamente muda es por la necesidad de crear un lenguaje verbalizado de comunicación entre los personajes que aclaren aquello que no puede ser simplemente mostrado. Lejos de largas peroratas sobre como es el mejor o como se tendió una trampa, la película nos lo muestra antes que contárnoslo para así realzar aquello que se le supone como objeto principal del cine: la imagen. Imágenes vacías de contenido, imágenes que son significante puro pero, en esa pureza de la imagen en tanto tal, se proyectan como proceso a través del cual se puede comprender el mundo en sí mismo en tanto éste se ha convertido ya en pura imagen. Un ejemplo práctico sería el hecho de que Mallory Kane es una gran luchadora en el cuerpo a cuerpo, jamás se nos dice pero se nos representa precisamente cuando vemos que es capaz de derrotar a hombres que le superan físicamente. Si el mundo es un imaginario más o menos elaborado de imágenes sin significado, ¿qué medio podría expresar mejor la realidad tangible que una película que alude todo su significado y significación en la imagen en sí misma vaciada de toda necesidad de justificación ulterior?

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Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

Aunque se tiende a interpretar el nonsense como el sin sentido propio de los niños, particularmente si se entiende desde la figura de Alicia, éste también es propio de otra forma particular de excluidos de la sociedad: los locos. ¿Pero quien es el loco? Es aquel individuo que, en oposición al comportamiento conductal establecido como normal, viola de forma sistemática las convenciones sociales que le han sido impuestas desde su más tierna infancia. Pero por supuesto hay niveles y niveles de locura, por lo cual cabría distinguir entre tres caracteres donde se presenta el sinsentido dependiendo del nivel, de menor a mayor presencia en él: el inmaduro, el infantil y el loco. De éste modo el inmaduro sería aquel que no es capaz de conocer cuales son las responsabilidades del mundo adulto, el infantil el que se resguarda en comportamientos propios del niño y el loco es aquel que actúa de forma completamente ajena a lógica humana establecida; sólo es maduro y está cuerdo aquel que se pliega de forma absoluta a la normatividad impuesta por la sociedad.

A través de esta diferenciación de rasgos nos percatamos de que nuestra problemática acaba de aumentar en varios niveles, pues ahora el niño es alguien irracional pero no mucho y el loco es alguien que es completamente irracional. ¿Pero cómo sabemos que el loco es un loco? Porque incumple la normatividad social. De éste modo, siguiendo La historia de la locura de Michel Foucault, podemos percatarnos de que la locura es un concepto que evoluciona con el tiempo y que tiene un uso exclusivamente de control, de poder. A través de la normatividad, de perfilar cuales son los rasgos normales o no-patológicos de las personas en la sociedad, se puede tachar de loco, de enfermo, a aquel que se escapa de estas conformaciones que el poder considera peligrosas. Acudamos a un caso pragmático, la primera conversación de Alicia con el Gato de Cheshire:

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