Subcultura y cultura underground a go-gó

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Super, de James Gunn

¿Por qué no existen los superhéroes en la realidad? A parte de la obvia inexistencia de gente con poderes sobrehumanos de cualquier clase, la presencia de dioses entre los hombres o siquiera las especiales visitas de compañeros de más allá de Saturno para alegrarnos el día, su existencia podría radicar perfectamente en el carácter de justiciero enmascarado; Batman no existe, pero podría existir en tanto sólo es alguien con el tiempo y el dinero como para permitirse enfocar una neurosis particular machacando (físicamente) criminales. El problema de la existencia particular de vengadores disfrazados devienen en lo ridículo del proceso en, al menos, tres sentidos: el estético -la probabilidad de que criminal alguno se tome en serio a un tipo disfrazado es, en el mejor de los casos, ridícula-; el temporal, es dudoso que nadie tenga el tiempo y/o el dinero para dedicarse a combatir el crimen de forma autónoma y eficiente; y el físico-mental, pues la preparación para combatir el crimen -estando, siempre presente, la posibilidad de acabar herido o muerto- pero fuera de la ley excede lo razonable de cualquier persona en su sano juicio.

Precisamente en su sano juicio es la antítesis de lo que podemos encontrar entre el superhéroe medio. Egomaniacos estancados en la adolescencia, quejicas hombres de edad madura incapaces de aceptar el destino que intentan cambiar el mundo pero sin el mundo; los superhéroes de cómic no son más que otra forma de nepotismo sólo que aquí, en vez de ilustración, habría venganza. Por eso Super se define como una perfecta síntesis de que supone ser un superhéroe: Frank D'Arbo, el protagonista, es un hombre con sólo dos recuerdos buenos y, cuando le arrebatan uno de ellos, la psicosis se ceba en él hasta convertirlo en un vengador enmascarado.

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Si seguimos lo que nos dice Ted Cohen en Pensar en los otros, publicado por Alpha Decay, llegaríamos a la conclusión de que lo único exclusivamente humano se encuentra en el lenguaje, y es la metáfora. Según la apasionante lectura del filósofo de Chicago a través de la metáfora es como podemos empatizar con respecto del otro; sólo en la metáfora yo soy capaz de pensar en el otro no como una otredad, sino como un yo con su propia problemática subyacente. En este paradigma nos encontraríamos con que la ciencia, aun cuando podría explicar todo cuanto existe en la realidad, apenas sí tendría cabida en el discurso con respecto del arte o la cultura, ya que son creaciones humanas y, por tanto, siempre sujetas a la metáfora. Esta identificación metafórica nos permite entonces crear una serie de valores éticos a través de las mismas, que es lo que intentaremos dilucidar a continuación.

Barbarella, una encantadoramente tróspida película de culto protagonizada por Jame Fonda, como película de ciencia ficción es rica en toda clase de metáforas. Por ello, cuando Barbarella tiene que rescatar al doctor Durand Durand, le ocurrirá esencialmente una cosa: follará. Mucho. ¿Y qué tiene que ver esto, una película sci-fi con alma de blandiporno, con la identificación metafórica? Que en la película hay al menos dos pilares básicos a través de los cuales dilucidar esta identificación: las píldoras de transferencia de exaltación y el ángel Pygar.

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Un problema común del marxismo en particular, pero de casi toda corriente de la izquierda en general, es su actitud combativa ciega: descuidan cualquier noción de lógica ante el combate; eluden la necesidad de no combatir siempre. Como cualquier buen estratega sabe, al menos desde Sun Tzu, no toda batalla puede ser ganada -de un modo equivalente a que no todo conocimiento puede ser conocido; en ocasiones se debe renunciar a uno menor por uno mayor, o dos son mutuamente excluyentes aunque válidos- y estas se ganan incluso antes de poner un sólo píe en el campo. Es por eso que se hace necesario mentalizarse de que, en primera instancia, no podemos ganar todos los combates y, en consecuencia, en ocasiones hay que saber hacerse elegantemente a un lado y brindar nuestro apoyo al 'rival'. ¿Pero por qué hacer esto si va contra cualquier noción de lucha de clases, al menos aparentemente? Porque no vivimos en una realidad idílica donde El Bien y El Mal -lo que está bien y lo que está mal, si queremos ser moralmente exactos- esté articulado en realidades objetivas inaprensibles.

En éste sentido Detective Dee y el Fantasma de Fuego, una adaptación de las populares novelas de Robert van Gulik, es casi un paradigma de esta lucha más sustentada en un honor que en vacías categorías morales ajenas al mundo. Cuando algunos de los sirvientes más leales de la próximamente coronada emperatriz Wu Zetian comienzan a morir incinerados en circunstancias inauditas deben encontrar un modo de parar estar muertes y evitar el más que probable asesinato político que se dará antes de su coronacion, pero sólo hay una persona que pueda hacerlo: el infame Detective Dee.

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Aunque siempre se le ha dado en sus estadios más vulgares una interpretación maniquea totalmente polarizada los conceptos de bien y mal siempre esconden un carácter de matices; un carácter de visibilidad moral. Así lo que está bien o mal no sólo depende de los ojos que miran la acción perpetuada sino también del entendimiento, la interpretación, que se le da a esas imágenes. Nada más interesante para ver esto que la promo de la segunda temporada de Luther de Neil Cross.

Mientras suena la hipnotizante Don't Let Me Be Misunderstood de Nina Simone vemos como Luther (des)destroza su despacho con su característica furia quirúrgica. Vemos ver pasar el proceso rebobinado hacia atrás, como proyectado hacia el pasado, ralentizando cada acto de violencia desatada que se convierte aquí en una fase de (re)creación. El juego con la imagen consigue que uno de los comunes destellos de furia del personaje se convierta en un acto creador; convierte un acto de destrucción sin sentido en el acto casi mágico de un demiurgo de oficina. Mientras esto ocurre Nina Simone nos pide nuestro entendimiento -"Cariño, tú me entiendes ahora / si ves que a veces estoy loco"- mientras nos recuerda que en tanto seres vivos, entes en proyecto, es imposible que todas nuestras acciones sean las de un ángel. Así el conjunto nos configura en una situación encantadoramente surrealista: sólo en la perversión de la mirada que hace de Luther una especie de ente divino podemos hacerlo transitar hacia un carácter de absoluta pureza de espíritu. O lo que es lo mismo, el bien absoluto de un hombre sólo es plausible en tanto seamos capaces de mirar más allá de lo visible y empezar a comprender su intencionalidad.

El final con él con su media sonrisa sardónica, como sabiéndonos cazados, es la catarsis celestial de aquel que se sabe libre de culpa alguna al ser todas sus intenciones encaminadas hacia el establecimiento de El Bien; aun cuando sus acciones no sean buenas en absoluto. Por eso nos mira directamente, con esa sorna tan encantadora, exigiéndonos el tributo del engaño de caer en aquel maniqueísmo vacuo. Como diciendo, "Pero sólo soy un alma cuyas intenciones son buenas".