Subcultura y cultura underground a go-gó

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Filósofo es aquel que consigne capturar la sensibilidad que le es propia a su tiempo y, por ello, por filósofo no conocemos, o no deberíamos conocer, sólo al profesional que ha estudiado filosofía, sino aquel que piense el presente de una forma radical: todo pensar filosófico es siempre una apuesta por cartografiar el presente. Es por ello que J.G. Ballard, escritor inglés doblemente alejado del pensamiento de su época por escritor inglés y por inglés, no es a priori el candidato más fidedigno para cartografiar el presente —y no lo es no por capricho propio, sino porque, de hecho, su pensamiento se vería encorsetado a priori por la perspectiva analítica de la filosofía por un lado y exento de la familiaridad de la cultura americana de la época que fundamenta la experiencia de vida del presente por la otra— aunque, sin embargo, finalmente se nos acabara mostrando como uno de los más brillantes cartógrafos del deseo como un flujo absolutamente liberado que, en su absoluta libertad, produce una profunda angustia en el hombre ante las posibilidades infinitas de elección para su propio ser; Ballard leyó en las lineas de los coches la angustia del hombre ante las infinitas posibilidades de su elección.

Como un Marqués de Sade de la era cibernética, lo que nos propone Ballard es no tanto una novela de ciencia ficción como una sofisticada novela erótica donde los cuerpos heteronormativos se han visto volatilizados en favor de todas las posibilidades en las cuales pueden devenir los cuerpos; el cuerpo vivido de los personajes ballardianos es siempre un cuerpo desorganizado, carente de órganos, porque están constantemente generando nuevos órganos con los cuales confrontar el mundo: ya no hay un interés radical por los pechos, las vaginas, los culos, las pollas, pues todo interés se torna hacia el cuerpo como la posibilidad de un accidente, como extensión del metal fundiéndose en la carne — lo cual nos remite de una forma natural hacia los cuerpos lesbianos de Monique Wittig, aquellos cuerpos que disfrutan de una lógica que va más allá del binarismo pene-vagina al erotizar toda carne, todo el cuerpo en sí mismo, haciendo que todo cuanto ocurra en él sea parte sexual.

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Esta entrada fue publicada originalmente en ngo el 25 de Septiembre de 2011 y ha sido corregida para la ocasión.

Placebo es quizás uno de los grupos que más han afianzado todos los aspectos de su carrera -o, al menos, hasta recientemente lo hacían- en enfatizar los aspectos de personalidad que les hacían desmarcar de los demás grupos tanto en su carácter más conceptual como en su implementación estrictamente material de su propia estética. Desde la voz de Molko hasta su exuberante pasión por la indefinición sexual, pasando entretanto por las oscuras letras del grupo, todo está concebido como herramientas de un todo mayor: Placebo; un espectáculo subversivo donde la indefinición glam copula irónica con la bilis adolescente característica del punk. Es por ello que hacer un análisis de su pensamiento como obra netamente ballardiana no sólo no es un disparate sino que es un interesante ejercicio que, además, serviría para arrojar luz sobre algunas de las enrevesadas aspectualizaciones tan propias en Placebo. Para ello prescindiré de abordar los dos primeros discos, con ideas aun en forma germinal, y de los dos últimos, donde sólo encontramos un despreciable descenso hacia la mediocridad, y, por ello, me centraré exclusivamente en sus dos obras catedralicias: Black Market Music y Sleeping with Ghosts.

Según da comienzo Black Market Music nos damos de bruces con Taste In Men, tema que cristaliza para sí la síntesis que le será propio a todo el desarrollo posterior: con un tono oscuro, un particular énfasis en los cambios vocales de Brian Molko y un estilo bien enfocado hacia una desinstrumentalización de la canción -como una suerte de deconstrucción de los instrumentos aplicada- van desgranando la historia secreta del mundo; la idea que sobrevuela toda la canción es la mitad de la dicotomía que sostiene el disco: la imposibilidad de escapar de un sistema corrupto; la necesidad de volver siempre ante la entidad opresora que nos envuelve. Esto queda muy bien explicitado cuando, en el estribillo, nos narran un amargo vuelve conmigo después de un tiempo / cambia tu estilo de nuevo ya que la imposición imperativa, necesaria, nos obliga tanto a volver como a cambiar nuestras disposiciones mentales ante su orden. Esto, que en el videoclip vemos como una llamada de juego y deseo a través de un Molko amante de un hombre emparejado con una mujer, es el doble juego que irán perpetuando con una naturalidad zen: sí hay una imposibilidad de escapar de la opresión que nos atenaza, a su vez, hay una búsqueda continua de la subversión de los códigos sociales establecidos como positivos.

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Haemoglobin, de Placebo

El hecho de que la muerte no es en sí un final tanto como un tránsito del estado existencial de los flujos que confluyen en un nodo específico, es un hecho patente: aun después de muerto el organismo, el cuerpo, sigue vivo; existe una permanencia del ser en el mundo a través de los flujos divergentes que atraviesan la condición del cuerpo en el mundo. O, lo que es lo mismo, aun a la muerte del cuerpo físico, de un organismo vivo, aun quedaría tras nosotros las resonancias de un cuerpo sin órganos. Esto es así porque si hemos sabido cultivar las conexiones adecuadas, no nos hemos supeditado a la restricción normativa de los deseos, pues no hay sujeto pero tampoco hay valoración de lo acontecido, sólo experiencia.

Una hipótesis primera sobre la canción acontecería en su comenzar a través de la contundencia, la cual se nos da a través de la hipotética muerte del protagonista de la canción. Esto que se nos presenta rápidamente como un hecho que parece no haber acontecido o, mejor dicho, que aconteció la muerte pero no concluyó en la muerte. Siguiendo la senda, deberíamos entonces interpretar que la letra se nos da como viaje lisérgico; la ergodinámica de fantasía en la que nos sumerge, incluso en su angustia, se nos presenta como un ir ahí. Las guitarras circulares se acompañan bien de unos bajos de tintes post-punk que se rematan con unas baterías secas, frías y metálicas, que, en conjunto, dan ese tono onírico, casi esquizotípico. Sólo de éste modo se nos da la única posibilidad que nos cabría para entender la canción, como ya hemos visto: como experiencia fantasmática de être-là; no hay significación más allá de un intento de acompasar un cierto estado mental con el estado musical, el intento de sintonizar dos formas contrapuestas en un mensaje común. Y, de ser así, encontrarían entonces respuesta en el mismo espacio donde William Burroughs siempre estuvo probando conexiones: en sintetizar el caos informe que asalta la mente del yonki en el instante donde su auto-consciencia se expande líquidamente hacia el infinito.

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Zodiaco 2000, de J.G. Ballard

El zodiaco es una obsoleta composición mitológica a través de la cual se da la pretensión de leer la psicología de las personas a través de arquetipos preconfigurados en un pasado lejano; la visión del zodiaco acontece entonces como una conformación destinal, como si de hecho nuestra vida estuviera ya escrita a priori de nuestros afectos. En un tiempo donde se ha obliterado la idea del fatalismo, es fantasioso creer la posibilidad de la predicción humana. Es por ello que, aunque el valor de los mitos debería situarse como fuera de toda duda, si queremos poder confiar en sistemas de predicción, por fantasiosos que éstos se nos presenten, deberán a su vez configurarse de forma coherente con nuestro pensamiento presente. Lo mitológico sólo nos es válido en tanto nos habla de un presente en proceso de conformación; todo proceso de pretender traer el zodiaco al presente debe pasar, necesariamente, por refundar el mismo con una simbología mitológica coherente al respecto de nuestro presente

A través de los signos zodiacales del presente, J.G. Ballard, va desentrañando la historia de un paciente psiquiátrico que sin previo aviso un día es puesto en libertad: es (hipotéticamente) curado. A través de él nos vamos moviendo en espiral hacia el infinito comienzo donde siempre se retorna al pasado presente inicial pero, en tanto espiral, volviendo siempre después de haber avanzado en el camino. El viaje de nuestro héroe pasa por el descubrimiento de la nueva carne, la nueva sexualidad y, en último término, la nueva psicología; el loco totalmente vacío a la hora de aceptar los flujos se transforma en proceso creador del nuevo ser como humano. De este modo se sitúa como una proyección mitológica, como una entidad que va más allá de la representación humana, que se desentraña en la mímesis como perpetuo devenir auto-conformante; nada hay que le sea ajeno, ni que pueda llegar a sérselo.

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