Subcultura y cultura underground a go-gó

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No existe tópico más extendido que el viaje. Siempre que se ha pretendido mostrar la evolución del auto-descubrimiento del individuo, ya desde La Odisea —sea por búsqueda de heroísmo, sueños o madurez; o por obligación en el partir—, se ha recurrido al viaje; viajando durante kilómetros, encontrándose con otras personas y situaciones, siempre está presente la oportunidad de reflexión. Al estar lejos de casa, cualquier constricción desaparece. Existe libertad. Libertad, en minúscula, en cualquier caso: el viaje libera porque aleja de la cotidianidad, pero también aprisiona en tanto aleja de cualquier otra parte. Ahí fuera es todo desmedido. Un viaje hace tan probable que encontremos lo buscado como que acabemos completamente destruidos.

Esa libertad se explora en Cenizas cimentándose sobre su propio título: cenizas literales y metafóricas, de sueños y de amigos, del pasado y el futuro. Historia de viajes, road movie de cómic, tierno relato con tintes de medida extrañeza realista, pero también algo más: canto a la amistad. Eso no impide que el trío protagonista sea la antítesis de la amistad cordial sostenida a lo largo del tiempo; mientras Polly es la huraña amante de la música y Moho el caradura insoportable que vive de apaños, Piter se nos presenta como alma del grupo: de carácter pacificador, buscando entendimiento, sus esfuerzos dan cohesión a sus diferencias; en cualquier caso, no se unen por ninguna razón desinteresada: al morir Héctor, el cuarto en discordia, deben cumplir su último deseo de esparcir sus cenizas en un lugar lejano. Un último viaje por amor para recuperar la amistad perdida. Amistad que es todo aristas, porque ni siquiera es triángulo —no triángulo por cuadrado: la ausencia de Héctor desestabiliza su configuración básica, ya que deja de existir razón para permanecer unidos; cuando a un cuadrado falta una arista no se torna triángulo, sino linea—; en cada uno de sus extremos están Polly y Moho, sólo unidos por el nudo que supone Piter en esa cuerda imposible de discordialidad.

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Sherlock Holmes, de Guy Ritchie

La sobreexplotación de mitos bien asentados del pasado es un mal endémico que, lejos de ser algo particular de nuestro tiempo, es extremadamente común desde la llegada del capitalismo al ámbito cultural de una forma abierta; si un personaje dado vende bien, incluso fascinando a diferentes generaciones, dejar de explotarlo mientras así siga siendo carecería de sentido para la lógica capitalista. Es por ello que el retorno constante de figuras como Drácula o, el que nos ocupa, Sherlock Holmes, sea una constante propia de la producción cultural contemporánea: su capacidad de fascinación sigue indeleble para las nuevas generaciones.

Pero, por supuesto, por clásicos que sean estos personajes que se resucitan una y otra vez necesitan adaptarse, aunque sea sucintamente, al tiempo en el que están siendo revividos. Para ello Guy Ritchie hará un cuidado trabajo en Sherlock Holmes para darle todos los matices más propios de nuestra época, más descreída y atravesada por siglo y medio de novela policíaca. Por ello aquí el personaje se ve transformando en un idiot savant: tan brillante como es para el análisis lógica a través de lo observacional es un completo inútil con respecto de sus relaciones sociales. De este modo Ritchie actualiza la visión de como debe ser Sherlock no como entidad particular en sí, sino en como ha evolucionado la visión arquetípica del genio brillante desde que fue creado hasta nuestra época. Si en las novelas Sherlock es un brillante investigador sin flaquezas conocidas, un héroe sobrehumano propio del XIX, en la película roza el autismo aun cuando sus deducciones son de una analítica de la realidad perfecta, más allá de la mirada humana convencional.

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Aun cuando es imposible entrar en la mente de otra persona debido a las problema de la falibilidad de la traducción mente-lenguaje sí que podríamos abordar, a grosso modo, un acercamiento próximo a la conformación del pensamiento de otra persona a través de su obra artístico-teórica. Aun con todo habrá que tener siempre presente que este acercamiento, siempre inexacto y parcial, sólo es un reflejo de lo que realmente se cuece en la mente; es la proyección en el mundo de una actitud generadora de realidad, de mundo. Por eso es muy interesante el cortometraje brasileño 'Tarantino's Mind', ya que intenta retratar el mundo interior de Quentin Tarantino que se trasluce a través de su arte.

La situación es un clásico dentro de la obra de Tarantino: dos personas dialogan, uno enfrente del otro, de una forma distendida dando saltos temáticos aparentemente sin ningún rasgo común entre sí. En éste caso, en vez de abordar sobre la temática de una canción de Madonna o los problemas identitarios de Superman, nos encontramos con un análisis comedido y algo temeroso, aunque lleno de pasión, de la obra del director americano. En éste análisis van hilando la relación entre los diferentes personajes de cada una de las películas de Tarantino y sus apariciones repetidas en diferentes films; como cada una de sus películas no son más que un fragmento en particular de una inmensa cosmogonía. Las relaciones vagas que se suceden se van hilvanando entre las livianas discusiones que van asomando de un modo algo forzado en el discurso general de ambos sujetos. Y, aunque no se puede pedir que lleguen al nivel dialogal de Tarantino, el problema del corto es que, en un sentido puramente teórico, apenas si se quedan a las puertas de hacer algo realmente interesante: un análisis de la génesis fundacional entre arte y filosofía en la obra de todo autor en general, y de Tarantino en particular.

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