Subcultura y cultura underground a go-gó

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Todos nacemos perdidos. Si bien al venir al mundo ya tenemos familia o al menos sociedad que se ocupará de nosotros (y si no moriremos y entonces no importa nada), que nos guiará hacia la posibilidad de poder acabar buscando aquello que nos configure no sólo como personas, sino como ciudadanos de pleno derecho, la práctica es menos sencilla que la teoría. El camino es duro y lleno de sombras. La sociedad, con exceso de celo, nos impone una educación que busca obliterar cualquier noción de creatividad o infancia para convertirnos en adultos robóticos, esclavos, que sean eficientes para las necesidades creadas por su maquinaria; no buscan crear ciudadanos, sino trabajadores. Partiendo de esa premisa, es fácil entender por qué existe tal desapego por la educación. Cuando raro es el hombre capaz de encontrar su camino, o al cual puedan clarificar la posibilidad de su camino, allá donde todo está preparado para poder descubrir aquello que se anhela asir en su propio ser, es normal que nadie sensato quiera acercarse a los caminos donde se sepultó la autonomía en favor de hacer del ciudadano un simple títere de intereses espurios.

¿Qué es El guardián entre el centeno? Su protagonista: Holden Caulfield, adolescente: no arquetipo de la adolescencia, sino sustancia de la adolescencia. La mayoría de las personas jamás la superan. Partiendo de tal promesa, parece evidente que considerar que es un libro de adolescencia, que se agota en la medida que debe ser leído «a tiempo», durante un periódico específico de la vida, resulta ridículo; incluso si ningún hombre hubiera quedado estancado nunca en la adolescencia, tendría sentido leerlo en cualquier momento teniendo en cuenta que todos hemos vivido al menos una. Siendo que la mayoría todavía no han superado la culpable minoría de edad, merece la pena fijar la mirada en Caulfield por lo que tiene de tendencia humana.

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Existen problemas universales que por capricho, o por patriotismo interpretado como revés, solemos asociar de forma unívoca a la patria propia. No hay nada de congénito al país, a España, aunque resulte extraño de pensar, en lo que respecta a la corrupción o la escasa educación de sus habitantes: esa es la norma común en todos lugares, donde siempre destaca lo malo sobre lo bueno. Toda sociedad juzga desde donde más alta suponga su virtud. No es tanto una herencia recibida, como la idea de una herencia recibida. También es cierto que gracias a la neo-lengua y las expectativas discursivas de la política actual resulta incluso peligroso hablar de herencia recibida, concepto envenenado por cargado de ideología mal disimulada, en tanto puede dejarnos en situación de oneroso ridículo al interpretarlo desde el ámbito político. Demos un paso atrás ante el prejuicio: entendamos el concepto libre de «herencia recibida» descargado de interpretación. Como nada más que herencia.

Tomar distancia nos permite leer Battling Boy como aquello que es, como la responsabilidad de la herencia recibida como peso insoportable, en su sentido más literal posible: la de hijos que tienen que vivir bajo la sombra de padres, si bien no autoritarios, sí con la suficiente fuerza personal con respecto del mundo como para que su sombra les arrastre hacia las simas más profundas de la lucha interior. Haciendo de la historia iniciación de Battling Boy y Aurora West, iniciación dada por padres ausentes —con diferentes grados de ausencia, ya que donde uno desaparece para permitirle crecer por sí mismo el otro desaparece en tanto dado por muerto (porque, como sabemos, no hay muerto sin cadáver)—, su interés radica no radica sin embargo por mostrarnos la dificultad de vivir bajo la sombra de un padre, sino por aquello que nos dicen de otra característica más problemática, común y aunada con la infancia: los problemas de crecer, de abandonar la minoría de edad, de tener que enfrentarse al mundo.

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Al poder le gusta esconderse. Quien ostenta capacidad de sometimiento sobre los otros conoce que enarbolar el palo delante de los demás es un buen modo de ser objeto de ataques, por eso aprenden el arte de delegar y no hacerse notar; los líderes son símbolos, imágenes mentales o meros despachos en la sombra, más que hombres firmes de ideas absolutas e inamovibles de una coherencia infinita. Los hombres mueren, no así las sombras. Con el acto subrepticio por bandera, cuando se quiere hacer ostentación de poder lo mejor es hacer desaparecer a los peligrosos y hacer sentir vigilados a los sospechosos. No hay mejor vehículo para la inacción que la paranoia. Cuando se cree no tener ni un sólo segundo de vida sin monitorizar, se teme emprender cualquier acción; cuando cualquier espacio en blanco en el curriculum es objeto de sospecha, se procura ocupar la vida incluso cuando no tiene sentido o valor particular hacerlo. Al poder le gusta conocerse observando; es imposible luchar contra el sistema cuando observa, o imposible en la medida que creamos no poder cegarlo.

Escape Plan se nos presenta como deconstrucción del héroe de acción de los 80's, quedando re-contextualizado para habitar un mundo que le es hostil, un mundo post-acción; no sólo de pelotas vive el hombre que pone el ojo de la bala en el corazón del mal, sino que se necesita re-inventarse como algo que va más allá del mero exudar testosterona a través de pertinentes demostraciones musculares. Por eso también cambia la figura de El Mal. Mal aquí representado por el sistema carcelario, represor por definición, que sirve exclusivamente para hacer desaparecer a cualquiera que pueda atentar, del más mínimo modo, contra el status quo. Nada hay de casual en que Ray Breslin, un experto en fugas carcelarias que incluso ha escrito un libro sobre las fallas comunes en las mismas, sea utilizado como parte del engranaje externo del sistema: sirve como operativo semi-oficial, como consultor privado, fruto de la simiente (neo-)liberal —permítanme la diatriva: lo neo-liberal no existe, no existe en tanto cargado de notaciones contradictorias: cuando todo es neo-liberal, nada lo es—, que propicia la externalización en todo grado de su estructura represora. Incluso la represión misma. El estado deja de tener valor intrínseco en favor de la corporación, en las sombras por definición, enemigos invisibles de la humanidad, que se mueven en favor de ese mismo status quo, ya sólo financiero y en ningún supuesto social, que el estado ha dejado de poder defender como un interés común a la sociedad.

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Black Super Power
Daniel Ausente
2013

Lo negro es bello. Intentar parecer más blanco, más ortodoxo, más normativamente bello, ocurre sólo entre las clases oprimidas; los negros quieren parecer blancos, los blancos negros cuando éstos se hacen raperos ricos, y la mayoría desean ser confundidos con ricos. Se desea parecerse al, por parecer ser, poderoso. Es algo que podemos ver en Black Super Power, historia sobre el super-héroe negro, por los papeles que asumen, de forma constante, la mayoría de los heróicos negros de cómic: comparsas del héroe blanco o copias tiznadas de otros anteriores. Próximos al poder, no parte de él. Quien no es Tio Tom es porque ni cabe bajo consideración (blanca).

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Afirmar que la prensa no tiene interés por lo real, o no más allá de los monetarios, es un aspecto extrapolable al respecto de casi cualquier profesión; la total ausencia de compromiso con la verdad o la calidad, siendo compromisos correlativos, es una de las más lúgubres problemáticas de nuestros días. No hay análisis, hay sensacionalismo. Cualquier información viene mediada siempre por auto-censura como entendimiento tácito donde no decir nada que pueda incomodar a los poderes fácticos, asumida por constante cultural —política o religiosa, tanto da—, e incluso invirtiendo recursos en manipular la realidad. Nada es verdad, todo está permitido: el problema es que la apropiación de la verdad se ha producido, violando la posibilidad de verdad, por parte de verdugos que se afirman cronistas. Toda realidad ha devenido sensacionalismo en la óptica periodística.

Si existe género contaminado por excelencia, siendo el periodismo caldo de cultivo perfecto para cualquier forma subrepticia o descarada de hacer del medio modo de mutar el mensaje, ese es la crónica negra en su tendencia hacia la lectura sensacionalista, hacia el juicio superficial que busca nada más que crear un estado de alarma social a través de originar amenazas invisibles que creen la necesidad de leer periódicos. Lo que hacen los estados por poder, pero con los aún más discutibles fines de ganar dinero. No es el caso de Señores del Caos, crónica negra que aborda con profundidad sistemática los hechos que conducen hacia sus abominables consecuencias; lo fácil hubiera sido retratar el black metal desde su presunción maligna: fácil en tanto resulta sencillo embadurnar de amarillo o rosa las páginas escritas sobre sucesos funestos, especialmente cuando escalan hasta lo mortal o lo terrorista, ya no digamos cuando además se mueven en el terreno organizado; cada pequeña adhesión es un punto más hacia el tratamiento sensacionalista. Su mérito es no dejarse llevar por la tendencia sensacionalista, o no hacerlo en exceso, desmontando en el proceso gran parte de las arquitramas conspiratorias creadas por el hambre amarillista de las noticias.

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Pursuit (en Aleph)
Gesaffelstein
2013

La gesamtkunstwerk, u obra de arte total, ha estado siempre asociada de forma íntima con lo musical; desde que Richard Wagner fundó con tal nombre sus óperas —fusión de tres artes: musicales, escénicas y visuales— su búsqueda, aunque inconsistente, ha permanecido en el tiempo asumiendo otras formas: sean arquitectónicas, con la Bauhaus a la cabeza; o literarias, con House of Leaves como último, aunque no mejor, ejemplo de una tradición pre-wagneriana. Gesaffelstein, quien hace de su nombre ya búsqueda (Gesamtkunstwerk/ffel/Einstein), es un ejemplo práctico de como toda ambición conduce, por necesidad, hacia su búsqueda: el artista auténtico no busca trascender los límites de su disciplina, sino desterritorializarlos: busca nuevos terrenos donde desarrollarlo, no dinamitarlo.

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La mente de un asesino es por definición incognoscible no tanto por asesino, como por poseer una mente. No existe mente transparente. Aunque pueda parecer lo contrario, ni siquiera para aquel que hace uso constante de ésta como medio a través del cual pensar el mundo; nuestra propia mente no es algo a lo cual tengamos un acceso privilegiado, por más que la conozcamos mejor que las demás mentes. Por eso tiene poco o ningún interés la auto-biografía como un método de adentrarse en las pulsiones profundas de aquellos considerados como extraordinarios: éstos no son necesariamente conscientes de aquellos elementos que han definido aquello que son. Ni siquiera en el caso de los asesinos en serie, o de los escritores. No hay nada en las auto-biografías que no encontremos en las obras, si es que no en los actos, de aquellos que dejan alguna clase de huella en el mundo, ya que todo lo que son se ha forjado en niveles de la mente más profundos que la consciencia.

La peculiaridad de James Ellroy es como lleva su subconsciente a flor de piel. Como escritor, no da la sensación de tener ningún interés en engalanar con imaginación matricida todo aquello que su biografía le ha dado como posibilidad narrativa: si bien los personajes de sus novelas tengan obvios paralelismos con su persona —juventud de bouyerismo, estancias en la cárcel, madres asesinadas por un entorno que es caldo de cultivo para el sinsentido—, no es tanto biográfico como que su ficción emana desde y hacía él. No hace falta conocer su biografía porque ésta es una parte de su propia ficción. Si pretendemos auscultar la mente de Ellroy, como si a través de aquello que pudiera ser biográfico pudiéramos extraer alguna conclusión sobre éste como escritor o persona, nos encontraríamos con una verdad desagradable: como todo gran artista, no habla de él: habla de nosotros.

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Es común que entre ideologías contrapuestas haya una serie de puntos críticos en común que les hagan ser un basto reflejo mutuo. No es tanto que los extremos se toquen, como diría la sabiduría popular, como la dificultad inherente para aprehender qué tenemos en común con aquellos que nos jactamos, con vehemencia y voz en grito, de no tener nada en común; al no reconocer al otro un estatus siquiera de igualdad, es lógico que nos creamos imposibilitados a compartir nada con él. Ningún comunista reconoce a un nacionalsocialista la condición de individuo; ningún nacionalsocialista reconoce a un comunista la condición de individuo: hay una filtración del pensamiento hacia los límites de lo ideológico. Lo real se indistingue con lo ideológico. Es por eso que confundir ambos niveles como si fueran uno sólo, como si nuestra idea de mundo reflejara lo que el mundo es en sí mismo, nos lleva hacia la percepción errónea no sólo de aquel que tenemos delante, que es percibido como un otro, sino también de nosotros mismos. Si no podemos percibir de forma nítida aquello que son los demás, mucho menos podremos saber que somos nosotros de su reflejo.

Álex de la Iglesia, un gran retratista de los otros, consigue con Las brujas de Zugarramurdi un movimiento que se da en dos niveles sólo en apariencia diferentes, el filosófico y el social, para confrontar el dualismo biológico básico, el de género, desde una perspectiva crítica. En la película lo filosófico se entreteje en lo social —como no podría ser de otra forma, ¿qué utilidad tendría una filosofía que se desentiende de la realidad cotidiana del ser humano?— encadenándose al humor para dinamitar el dualismo más antiguo conocido por la humanidad, aquel que trae de cabeza a ambos géneros: ¿por qué no podemos vivir ni con ellas/ellos ni sin ellas/ellos?

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Blitz, de Elliot Lester

Para explicar por qué en los 70's hubo un auge absoluto de la hiper-violencia ciudadana dentro del cine de corte más modesto, esas producciones medias rozando con la serie B, hay que acudir a la situación socio-política del momento: la crisis económica, la inseguridad ciudadana y los cambios que ellos conllevan —con especial énfasis en la inmigración y la cada vez polarización más extrema entre ricos y pobres—, produjo que la sociedad fuera caldo de cultivo perfecto para la fantasía de venganza. Abandonados por el estado, con unas políticas de austeridad que oprimieron de forma sistemática a las clases menos pudientes, y olvidados por la policía, la clase media se encuentra con que lo único que separa a la civilización de la barbarie era la posibilidad de una revuelta violenta; se hace necesario encontrar un canalizador de esa imposibilidad. Es ahí donde surgen las películas de Charles Bronson, auténtico canalizador del descontento social de la época, pero también la plasmación fantasiosa de sus deseos. Ante el absoluto colapso en el cual se sitúa la sociedad de su tiempo, ante la perdida de todo valor político o moral, sólo un auténtico super-hombre puede caminar entre las ruinas de la moral para encontrar un nuevo orden de él.

La alusión nietzschiana, lejos de situarse dentro de una forma caprichosa del discurso, es la base a partir desde la cual entender esta clase de películas. Una vez corrompido el sistema, incapaz de intentar nada que vaya más allá de su propia auto-pervivencia a toda costa, sólo el hombre que se salta toda normal moral es capaz de redefinir el mundo; sólo el que es capaz de reinventarse a cada momento, no buscar discípulos que lo imiten ni gente que pretenda erigirlo líder, podrá habitar las ruinas mundanas del pasado. En este sentido lo que nos queda de la figura de El Justiciero no es un modo de actuar tanto como un modus vivendi que se podría resumir en su negación absoluta de las normales morales, edificando nuevas verdades basadas exclusivamente en su poder para imponerlas sobre el mundo. Su figura mitológica se nos presenta como una forma de catarsis, una forma de pensamiento que busca que nosotros apliquemos sus enseñanzas sin intentar nunca seguir sus pasos; es el héroe que muda de piel intentando contagiarnos su esencia, su pensamiento originario, no sus actos.

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Leer Areopagítica, del ideológicamente inefable John Milton, se hace necesario en nuestro presente por, al menos, tres cuestiones: nos habla de una cierta verdad sobre el mundo, nos permite entender la situación actual al respecto de un fenómeno indeseable y nos aporta una base teórica para los avances históricos de ese mismo fenómeno —aunque, en cualquier caso, la primera de estas cuestiones incluye en sí misma las restantes—. Es por ello que rescatarlo aquí hoy no es una cuestión de pura boutade o un ejercicio de estilo vacío, sino que es practicado con la clara intencionalidad de hablar sobre un hecho que, aun siendo obviado de forma sistemática por la prensa actual, amenaza de forma constante el pensamiento del presente: la existencia latente de la censura en los mecanismos de poder actuales. En éste sentido se hace necesario hacer no sólo un análisis de la censura en sí, de sus efectos y sus causas, sino una genealogía de como la censura ha evolucionado hasta conformarse lo que es hoy para, a través de su conformación constante, poder comprender como ejerce su poder en el mundo; la censura, en tanto obligación de no-no pensar lo que el poder desea que sea pensado, implica la necesidad de ser pensada de forma ajena al mecanismo de la censura en sí: sólo es posible pensar lo impensable bordeándolo, estableciendo sus límites. Por ello, en un ejercicio de propedéutica wittgeinsteniana, pensaremos la censura a través de sus límites fenoménicos y no a través de los efectos del fenómeno en sí.

La problemática de la censura, independientemente de si hablamos de una censura activa (no permitir escribir) o de una censura pasiva (establecer unos límites difusos de aquello que sería, o no, aceptable para establecer una auto-censura personal en los autores), se circunscribe no tanto en una problemática de negación de la libertad como de confirmación de minoría de edad del hombre: la censura de un libro no significa que ese libro no deba existir, que sólo es capaz de dañar la mente del hombre, sino que, necesariamente, no existe hombre capaz de distinguir entre un bien que ha de hacer suyo y un mal que envenenará su existencia. Ésto, que no deja de ser una aproximación tangencial a la cuestión que pasa por una breve recensión intrusiva de la mano de Inmanuel Kant, nos interesa especialmente porque Aeropagítica posee a su vez un problema de base radicado en esta cuestión: no censura la censura, sino que la aprueba sólo en tanto es una emanación que proviene necesariamente de un poder superior —que, aun cuando caracteriza como Dios, perfectamente podría ser, y en ocasiones así lo da a entender, El Estado.

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