Subcultura y cultura underground a go-gó

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Ojos robados
bajo la hiel de cielo,
corrupción de sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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All You Need Is Kill , de Hiroshi Sakurazaka

En la guerra no hay mecánicas, trucos o segundas oportunidades; todo cuanto ocurre en ella permanece y acaba en ella. Es por ello que todo acercamiento hacia la guerra, por jocosa que se pretenda la visión, parte del hecho inalienable de que es un suceso donde la gente mata y muere, física y emocionalmente, lo cual repercute necesariamente en la gravedad de los sucesos. Un paso en falso, una decisión desafortunada o la simple y mera mala suerte puede conseguir que el que esté sumergido en ella acabe conociendo antes de tiempo los aposentos privados de la oscura deidad adorada en su cultura para los motivos funerarios. La guerra es una cosa seria. Sin embargo como especie insistimos en imitar a la guerra, la lucha por la vida, como apuntaba Johan Huizinga, creando juegos de competición en el que se simula la guerra pero sin sus efectos indeseables -eliminando el dolor y lo permanente de la muerte, principalmente- tanto como forma recreativa como aprendizaje y canalización de ciertos instintos; el juego tiene un nivel oscuro implícito necesariamente dentro de sí.

Es por ello que ante el juego competitivo, a diferencia con el no competitivo, hay siempre una cierta canalización de la violencia que se exuda a través de la competición no-violenta; el juego tiene una función social de mímesis de la lucha por la vida, de la guerra. Es por ello que el triunfo en los videojuegos de los shooter, con especial querencia por la saga Call of Duty, se debe a ese instinto que se nos satisface de forma doble y paralela, pues vemos satisfechas nuestras necesidades de violencia y competición. A través del asesinato cruento de personajes de ficción se puede canalizar la actividad violenta, la pulsión de muerte, contenida dentro de sí y, al tiempo que se puede jugar con otros jugadores vía Internet, podemos competir de una forma activa pero carente de repercusiones físicas al asesinato del otro. He ahí que la función media de los videojuegos violentos más populares, la mecánica interior que contienen dentro de sí que los ensalzan hasta el parnaso de la cultura audiovisual moderna, es su capacidad para canalizar los deseos y las necesidades de sus usuarios a través de la desviación desde su estancamiento hasta su cumplimiento, aun cuando ficticio. De este modo Call of Duty sería a las pulsiones violentas lo que Playboy a las pulsiones sexuales: una forma sana de canalización. Esa sería la base (implícita) de All You Need Is Kill.

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El mejor relato de terror, de Joe Hill

La costumbre, la rutina en nuestras vidas, puede llevarnos de una forma inadvertida hacia el desagradable campo de la desidia en cuanto se lo permitamos. Es por ello que cosas que en el pasado nos resultaban excitantes, vigorosas o interesantes, con el tiempo, sino se saben gestionar adecuadamente, se convierten en tareas tediosas y repetitivas que apenas sí aportan nada. Pero el interés de las cosas no se diluye por la pura repetición, algo que de hecho es imposible que no ocurra en tanto que lo que nos gusta -y, por nos gusta, debemos entender como el objeto, acción o contexto específico de nuestro deseo- siempre es igual y, por tanto, repetitivo, sino en su carácter de diferencia; el hastío nace de la indeferenciación absoluta de las repeticiones vitales. Cuando cada día es exactamente igual al anterior, cuando todo lo que haces es exactamente lo mismo sin ninguna variación singular, ni siquiera una mínima tangible, entonces nace el hastío, el aburrimiento, la acomodaticia obnubilación de los sentidos. En palabras de Trent Reznor: todos los días son exactamente el mismo / en éste no hay amor y no hay dolor; la repetición indiferenciada produce la anulación de cualquier componente evolutivo en una estancación constante en un tiempo y un espacio específico.

Este es el caso de Eddie Carroll, editor de la pestigiosa antología de relatos America's Best New Horror, el cual ve como lo que en el pasado fue un amor desaforado hacia el terror se ha ido convirtiendo, paulatinamente, en un cierto asco hacia su lectura. Rehuyendo sistemáticamente sus labores, pero atado al generoso cheque que genera la antología, ve como su vida se va a la deriva entre escritores sin talento que intentan copiar sistemática y erradamente a los clásicos y enfermos mentales que vierten sobre el papel algunas de las fantasías más abyectas que cualquier hombre en sus cabales quisiera (no) leer. Este vivir desapasionado, vivir sin alma, ¿cuanto puedo soportarse?¿acaso alguien puede sobrevivir mucho tiempo viviendo en un eterno coitus interruptus donde todo aquello que en el pasado le hacia vibrar, le hacía sentir vivo, está ya, o eso parece, definitivamente muerto?

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