Subcultura y cultura underground a go-gó

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Salve, señora de las pesadillas, la muerte, la locura, la desesperación

Aunque siempre ha existido el terror hacia lo desconocido, caracterizado en la existencia del otro, del que piensa o actúa diferente, su presente ha ido evolucionando conforme cambiaban los tiempos. Incluso en el caso más paradigmático, el del satanismo, podernos ver cómo lo que preocupa en él no es siempre lo mismo: en la edad media, perseguido por confluir contra el poder divino de la iglesia; en el siglo XIX, por herramienta de poderosos; ya en el XX, entre los 60's y 80's, por ser el enemigo invisible que amenazaba las vidas de la comunidad en general. Nada aterra más que la otredad. Por ese motivo, aunque cambie de forma, aunque asuma diferentes métodos o medios, siempre buscamos aquello que podamos temer y gritar «¡bruja!», nacido de la simiente de dios y el diablo, no tanto para confirmar que tenemos razón como para asegurar que enfocamos la mirada hacia otro lado: sin brujas, sin Satán, ¿qué cristiano no acabaría cuestionándose, para empezar, su propia creencia? Sin enemigos, ¿quién no acabaría cuestionándose, para empezar, a sí mismo?

Circulo interno es coherente desde su mismo título, porque estructuralmente asume la forma de una serie de círculos concéntricos que van creando una imagen argumental que sólo se resuelve en la suma de todos ellos: siempre se puede sospechar la existencia de más círculos, un salto más en la dimensión específica de lo representado, pero no por ello se conoce, de forma fáctica, su existencia. No hasta que se nos presentan. Empezando por el círculo más amplio y más abierto a la interpretación, una mujer ensangrentada vagando por el campo —no sabemos que hace allí, pues podría ser nadie y cualquiera—, la película acaba en el círculo más concreto y cerrado de la interpretación, una mujer ensangrentada andando por el campo —conocemos quien es y cómo ha llegado hasta allí; el viaje hacia el conocimiento ha terminado.

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Si seguimos la leyenda impresa mejor conocida, aquella que en los mapas pretende que más allá sólo anidan dragones, entenderemos con facilidad la base de todo conocimiento humano: el prejuicio, la creencia de como el mal anida en todo aquello que no sea lo conocido, es lo que se plasmaba en los sistemas cartográficos anteriores al descubrimiento que había más allá de lo inmediato; todo, por desconocido, peligroso. Peligroso por ocultar aquello para lo cual no tenemos defensas, para lo cual no tenemos herramientas para negarlo. Si hay dragones, antes deberíamos comprenderlos para poder rebatirlos, lo cual nos podría llevar a una posición incómoda, ¿seguro que los dragones, o el mal, no somos nosotros? Por eso, más allá, sólo se encuentra dragones: reptiles escupe fuego, secuestra princesas, cuya muerte se considera acto noble y caballeresco; si se encontrara lo desconocido debería comprenderse, al encontrarse dragones quien va allí debe ser quien busca la muerte para sí o para lo ajeno. Quien por propia voluntad se encuentra en lo desconocido, más allá de sus dominios, buscando dragones, lo único que le espera es la muerte o los juicios de caballeros.

La concesión que se hace desde la portada de Ritual, concesión caballeresca en cierto grado, es lo más problemático en último grado: «la novela que inspiró The Wicker Man». Le pesa su legado. Si pretendemos leer el viaje de David Hanlin hacia lo desconocido, hacia una comunidad rural inglesa, como si viéramos The Wicker Man, esperando lo naïf o lo exaltado —siendo, en cualquier caso, más próximo a lo exaltado de la adaptación posterior de la película protagonizada por el histérico Nicolas Cage—, nos perderemos en expectativas vacuas con respecto de lo que debería ser: se puede considerar terror, pero es un psicodrama rural donde lo importante no es la realidad fáctica acontecida sino como la interpreta su protagonista, ente ajeno a cualquier realización ulterior de lo que allí, de normal, ocurre.

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It Is Good That We Never Met (en The Underdark)
Funeral Diner
2005

Al encuentro de Gustave Doré con La divina comedia lo que se resalta es oscuridad, por lo demás burlona, escondida entre túnicas y piedras y faldones. Oscuridad burlona por tímida, ni se esconde ni se pretende grande, sino que va oscilando constante entre dejarse enseñar el trasero y descubrir que detrás de las risas nos ha hecho atragantar la magdalena; es oscuro, burlón, pero oscuro. La misma lógica que cabe detrás de Funeral Diner que, al situarnos ante el verdugo, se permiten tirarle de la lengua para ver que nos dice:

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¿Cómo hablar de aquello que no se puede hablar, de la muerte, del suicidio sin motivo o de absurdo motivo? Hay quien nos diría que de lo que no se puede hablar es mejor callar, ya que no existiría ninguna verdad a través de la cual desvelar verdad alguna. Aunque no le falte razón, podríamos argüir una problema al respecto: presupone que nos satisface no saber. El hombre, como animal curioso antes que político, necesita conocer las razones específicas de su existencia, ¿qué sentido tiene la vida? —preguntó el primer hominido al vacío, y cuando descubre que no hay respuesta, pues el mundo calla, entonces se arroga en encontrar respuestas. No calla, sino que pregunta más; no calla, sino que crea el lenguaje.

La pasión de Sion Sono por los artefactos pop, con su trascendencia construida en su condición popular, hace de su narración algo antipático de penetrar si se espera una disposición exclusivamente pop: su condición poética vuela libre a lo largo de todo el relato. No ve distancia, ni icónica ni efectiva, entre la cultura de masas y la poesía. Aunque pueda parecer una impostura, su mérito es conseguir aunar ambos elementos como una masa común de trabajo sin distinciones ni frontera; lo poético, como lo pop, es trabajado en la misma bancada con diligencia equivalente: no se sobrepone ningún material sobre el otro por una autoridad impostada. La base del relato se sostiene bajo la constante de un grupo de idols (muy) menores de edad, un grupo de terroristas salidos de la mente de David Bowie y una disposición poética de aquello que ocurre de verdad tras los suicidios en masa; condición poética en tanto asume un contenido que desarrollar, pero lo dispone tras metáforas que explicitan su significado al ocultarlo.

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Los japoneses y el erotismo en sus formas más extremas son todo uno, quizás también por sus intercambios culturales frecuentes con los franceses, los benditos pervertidos de Europa. ¿Qué podemos esperar entonces de un grupo que afirma hacer ero-guro kei y, además, se hacen llamar cali≠gari? Nada menos que una fiesta de color, vísceras y celebración de la diferencia absurda de una sexualidad ambigua, desastrada y colindante con el más puro absurdo. Una celebración carnavalesca adaptada al terror, asumiendo unas formas sanguinolientas sin perder el fervor sexual de éste por el camino, es lo que nos proponen de una forma que va aleteando entre el post-punk y el rock alternativo para conformar un todo extraño, divertido, epatante. Como una fiesta dionisiaca en la cual todo el mundo está invitado y la única condición para permanecer en ella es no hacer nada para estar invitado, pero hacer todo por ser echado de forma constante de la fiesta. Ofrecerse y recrearse, con nuestros más profundos temores encarnados en nuestra presencia a través de máscaras que hacemos nuestros rostros.

¿Cómo no sentirlo como un baile de máscaras, como un lugar donde uno oculta su rostro para hacer, como ocurría en los carnavales venecianos, aquello que no se hace (ni se podía pensar siquiera en hacer) cuando no lo era? La auténtica labor del carnaval se encuentra en la decadencia que se da a través de la invisibilidad, mostrarse desnudo por el rostro desencajado por el horror personificado en una máscara burlona de aquello que ocultamos en nuestro interior. Lo que somos o lo que querríamos ser, lo que podríamos ser o lo que fuimos: tanto da. La fiesta auténtica no se da con la cara al viento —o como en el caso de cali≠gari, sin el maquillaje puesto— como si fuera posible arrancarse la piel para mostrar aquello que nos es más profundo sin morir por el pudor en el proceso. Como si hacerlo no fuera la única invitación posible para abandonar la fiesta. Por eso es importante saber elegir bien la máscara, ya que ésta define nuestro juego. Incluso cuando éste juego se define exclusivamente por el horror escondido en el infinito espacio interior de los ríos oscuros del corazón.

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Después de una intensa semana de especial de Halloween, éste ha llegado a su fin. Por supuesto aún queda la parte más importante, que sigan disfrutando con todos los contenidos que hemos generado, y que pasen una estupenda noche donde se dejen llevar por sus pulsiones más dadas a la sugestión escatológica; no maten a nadie, pero déjense asustar como si les fueran a matar. Como una semana de contenidos que se han extendido más allá del blog dan para mucho, valga esta entrada como modo de darles las gracias por estar ahí pero, también, como sumario de todos los contenidos: después de la recapitulación de todas las entradas del especial, encontrarán algunos links más hacia cosas que tengan que ver con el terror que hayamos hecho estos días —básicamente, el especial de Studio SuicideProsa Inmortal—. Disfruten.

Sumario:

Especial de Halloween en The Sky Was Pink

Especial de Halloween en Studio Suicide

Otras cosas halloweenesca en las que estamos involucrados

  • Prosa Inmortal. Revista literaria monográfica de periodicidad semestral de ánimo revulsivo con una mirada particular hacia la literatura de género.

¿Cómo acabar Halloween si no de la manera más familiar posible? Para ello hemos conseguido que Mikelodigas, un año más, nos haga una de sus maravillosas tiras de Halloween. Si quieren ver más de su trabajo pueden acudir a su blog, Buscando mi lugar, o buscar aquí sus anteriores colaboraciones de Halloween. Fuera como fuere, les dejamos con «¿Qué hacer cuando a tus amigos les gusta Halloween y a ti no?»

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Una velada de Halloween sin un cuento de terror, sería menos Halloween. Por eso hemos llamado a Andrés Abel, un más que solvente escritor de terror como nos demuestra su web homónima, para que escribiera algo para la ocasión; por ello nos ha traído la traducción de uno de sus relatos, Eat the World, publicado originalmente en inglés en Long Pig, una antología sobre canibalismo de la editorial americana Static Movement. Sin más dilación: «Comerse el mundo».

El último hombre vivo contempla la ciudad a través de la ventana de su despacho. Mientras lo hace dibuja pequeños círculos, con la punta de un dedo enorme, sobre la piedra que corona el alfiler de su corbata.

***

Cuando no tienes nada en absoluto puedes resignarte o volverte ambicioso. Él nunca se resignó. Creció rodeado de ratas hambrientas y de personas que aún lo estaban más, pero la mujer que lo había llevado en su vientre a aquellas costas siempre vio arder cierta llama en sus ojos. A ella le gustaba decir que alguien como él podía comerse el mundo. En español es una expresión que significa “triunfar” pero, en aquella época, cuando el rumor de sus tripas acallaba el de las olas que los habían empujado hasta allí, él se la tomó de una manera mucho más literal. Y no empezó por las ratas precisamente.

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Aunque mañana sea Halloween, ésto está aún lejos de acabar. Por eso hemos llamado a la sorpresa twittera del momento, aquella que nadie conoce pero todos deberían conocer, que ha demostrado también tener muy buen ojo para la escritura: hablamos de Mórbido, por supuesto. Si quieren saber más pasen por su imprescindible twitter pero, sobre todo, lean éste estupendo artículo que ha escrito para la ocasión sobre Monsters University.

¿Cómo hablar mejor del miedo sino a través de una comedia adolescente sobre el paso a la universidad, ambientada en una época en la que todo es nuevo y por lo tanto desconocido y, así, objeto del pavor? Aun eliminando todos aquellos elementos tardoteens que no han podido atravesar el filtro Disney —que obvia buena parte de los terrores inmanentes a la adolescencia— estos siguen asomando la patita en Monsters University y, junto a otros elementos, son aprovechados para reflexionar sobre la relación inmediata entre el terror y el humor y cómo el mismo vínculo convierte a este último en un instrumento muy eficaz a la hora de teorizar sobre los cómos y los porqués del miedo.

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Es imposible pretender frenar el paso del tiempo. Incluso cuando nos disguste que así acontezca, es natural que aquellos que se aproximan al mundo que nosotros hemos vivido, en ocasiones incluso construido, lo hagan desde una perspectiva ajena desde aquella con la cual nosotros la comprendemos; es imposible interpretar al otro desde la mente de otro, ya que siempre estará mediada nuestra idea sobre él al respecto de nuestras propias vivencias. Si cada persona es un mundo, cada cultura un universo y cada tiempo una galaxia, ¿cómo podríamos sabernos unidos entonces si nada parece unirnos?

El acercamiento hacia la cultura que hace el gag del sofá de Los Simpson se sitúa siempre en una extraña heterodoxia: no es una simple parodia, pero es difícil afirmar que tenga una entidad propia más allá de su convención de gag recurrente. Quizás porque es las dos cosas a la vez. Afirmaba Johnny Ryan que su serie favorita es Los Simpson porque «es estúpida e inteligente a la vez», he ahí la clave: si bien el gag del sofa, cuando se asoma hacia el abismo de la referencia cultural, puede considerarse una parodia insustancial, que no tiene un uso más allá del parodiar ciertos elementos claves en la cultura de nuestro tiempo, también tiene una significación propia proyectada hacía sí mismo, es un juego intertextual en el cual nos permiten ver tanto un buen golpe de humor como una precisa disección de las particulares obsesiones que quedan soterradas de forma discreta en la serie. Sus parodias no hacen sangre, dan abrazos. Por eso son inteligentes pero estúpidas, porque cuando hacen referencia hacia un aspecto de la cultura lo hacen desde un respeto que busca la comicidad, pero no abandona la consciencia de ser fruto de ello.

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