Subcultura y cultura underground a go-gó

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Nunca le he contado esto a nadie. No sé si no lo he hecho por tener dudas aún sobre si todo sucedió tal y como lo recuerdo; no sé si por no querer darle demasiada importancia al asunto; no sé si por simple y llano miedo: miedo a que al compartirlo, al hacer memoria y aceptar la veracidad implícita de lo escrito, dinamite en mi interior alguna especie de trauma reprimido. Sé que este es un buen momento, un buen espacio, sin embargo, para contarlo por vez primera, pues al fin y al cabo escribo bajo la etiqueta de la ficción, y como tal pueden considerarlo los que lleguen al final de la historia incrédulos. Incluido yo mismo.

Tendría once o doce años, la edad en la que uno contempla la inminente entrada al instituto con temor e inquietud al mismo tiempo, cuando se sabe próximo a dar un paso más, a subir de meseta en esa escalada hacia la adultez que se nos presenta irresistible cuando aún conservamos el brillo en los ojos. Aquel último año de colegio, pese a que el año anterior ya habíamos hecho uno, el viaje de fin de curso se sentía como el primero que realmente lo era: una iniciación a la independencia en toda regla.

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En pocas palabras, el terror ha devenido elemento básico en todas las formas de arte contemporáneo, en forma de alusiones en los pastiches de cierto número de populares obras posmodernas y de cualquier otra clase, desovando vampiross, trolls, gremlins, zombies, hombres lobo, niños poseídos por demonios, monstruos del espacio de todos los tamaños, fantasmas y otros mejunjes innombrables a un ritmo que ha convertido la última década más o menos en algo así como una larga noche de Halloween.

The Philosophy of Horror, or Paradox of the Heart, de Noël Carroll

Lo primero que necesita saber acerca de Goldman Sachs es que está en todas partes. El banco de inversión más poderoso del mundo es un gran calamar-vampiro envuelto alrededor de la cara de la humanidad, dirigiendo incansable su embudo de sangre hacia todo lo que huela a dinero. De hecho, la historia de la reciente crisis financiera, desdoblada como la historia de la rápida decadencia y caída del repentinamente saqueado imperio americano, se lee como un Quién es quién de los graduados de Goldman Sachs.

The Great American Bubble Machine, de Matt Taibbi

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Elmo. Trouble on Halloween Night
Kazuo Ito
2014

Su boca desdentada muerde de forma incesante el inmutable pelo rojo de su pierna encadenada. Esa escena es lo primero que vemos al comenzar Elmo. Trouble on Halloween Night, primer intento de crear un videojuego inspirado en la franquicia Sesame Street, lo cual se saldó con cientos de denuncias en EEUU y Japón; la atmósfera lúgubre de la celda, el aspecto hiperrealista del protagonista —su pelo sedoso, sus ojos vivos, hacían de Elmo una representación más humana y perfecta del personaje que su original como marioneta— y sus jadeos angustiosos, depravados en su consistencia, hacen del conjunto una escena difícil de digerir para padres preocupados por la educación sentimental de sus retoños. No es un juego educativo, por eso lo aman los niños.

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Él vivía en una cabaña junto al lago. No era tanto una cabaña, como un puñado de maderos tristes que reposaban cansados unos sobre otros, como esperando que alguna voluntad ajena a ellos los derribara al fin. Alrededor morían juncos, también tristes, y la brisa soplaba a veces, como recordatorio vago del transcurrir del tiempo. Todos sus hermanos habían muerto allí, ahogados en las aguas ocres que lamían el cenagal. Sus hijos habían ido despareciendo uno tras otro, como gotas de agua caídas en papel secante. Ethel gimoteaba en su demencia, balanceando con furia la mecedora. Parecía, no ya estar a punto de despegar sino, efectivamente, estar viajando a través de las simas inexplicables del pensamiento, del tortuoso murmullo ensortijado de sus recuerdos inconexos, según la lectura intuida en los pliegues de su rostro de gallina vieja, y en sus ojos. Sobre todo en sus ojos. El frenético aunque estático viaje de la mujer acentuaba la pesadez de los movimientos con que el hombre se desplazaba por el interior de la cabaña. Eran dos satélites trazando sus órbitas a cientos de galaxias de distancia para acabar confluyendo allí, bajo aquel fortín de madera húmeda y carcomida por el tiempo.

El viejo guardaba la escopeta envuelta en un trapo raído bajo la trampilla. Junto a ella, una caja de latón. Dentro de la caja de latón, los dientes de sus hijos. Un total de ciento noventa y seis dientes. Como cada día, abrió la caja e introdujo en ella la mano, desplazando la yema seca de sus dedos por la fría superficie de las pequeñas piezas amarillas, mientras murmuraba palabras inaudibles. Cerró la caja, se santiguó, y cargó la escopeta.

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…en Japón. Oh, Japón, la cumbre absoluta de la civilización desu según los cada vez más frecuentes weeaboos del mundo; una cultura capaz de producir artefactos culturales de lo más interesantes según algunos occidentales cuya estructura mental, diferente a la nipona, siente una atracción especial hacia los estímulos provocados por los mismos; una nación de asesinos fascistas según una gran parte del continente asiático  y un país repleto de roboces y chinos locos xd según la mayoría del resto de mortales con una opinión (a su manera) sobre el tema.

«Pero, ¿qué tiene que ver toda esta charlatanería y mixtura de lenguajes con el especial de Halloween de The Sky Was Pink?», se preguntará el lector aburrido. «Un momento, déjame pensar», le respondería yo, intentando salir del paso con una respuesta que pudiese parecer mínimamente creíble.

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Acaricias tu propio brazo animándolo a recordar el calor de fuera. El portal del edificio siempre ha sido fresco, pero hoy la diferencia de temperatura ha hecho que se te ponga la piel de gallina. La puerta de la calle se cierra detrás de ti mientras pruebas el siguiente interruptor. Tampoco funciona. Emites un chasquido con la lengua y maldices en voz baja. Las noches son más cortas en verano, pero no menos oscuras.

Las formas que conoces se van definiendo, negro sobre gris, a medida que avanzas en dirección al ascensor. Enseguida te percatas de que está abierto, con la cabina apagada. Te metes dentro de todos modos. Ahora es el panel digital el que recibe la caricia de tu mano. Nada. Una nueva maldición. Antes de dirigirte a las escaleras echas un último vistazo hacia la entrada, a la tenue luz de las farolas que atraviesa los cristales.

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Toda adaptación es traducción. Cuando estamos trayendo una obra del pasado al presente, cuando pretendemos hacerla nuestra, necesitamos lograr que su voz se oiga como si procediera de un futuro por descubrir; cuando estamos trayendo una obra desde otro medio al nuestro, cuando pretendemos hacerla nuestra, necesitamos lograr que su forma se vea como si procediera desde una concepción nueva. Trascender todo límite impuesto, transgredir las normas con las cuales nos sentimos cómodos, es la esencia básica de cualquier obra que se pretenda hablarnos; el arte habla siempre desde el futuro, desde una mirada que aún no hemos sido capaces de naturalizar como nuestra. Toda adaptación es traducción porque toda obra de arte auténtica es una vuelta de tuerca, un giro insospechado que lleva la forma y el fondo más allá de lo que hasta su llegada considerábamos posible en nuestro tiempo y en su medio. No necesitamos que nos repitan aquello que ya conocemos, aquello que tenemos presente en cada instante de nuestra existencia, sino aquello que nos negamos a ver como posible, como única semilla fértil del presente.

Hablar de Richard Corben es hablar de un clásico del terror en el cómic y hablar de Edgar Allan Poe es hablar de un clásico del terror en la literatura, ¿qué nos cabe esperar entonces cuando los mundos de ambos maestros colisionan en uno sólo? Esperamos la explotación de la riqueza narrativa de Poe desde una perspectiva propia de Corben, sin nunca terminar de mezclarse. Aunque es cierto que tratándose de Corben no se puede esperar menos que una estética sugerente, haciendo uso de un tono lúgubre en blanco y negro que hace de la línea sencilla y la profusión de sombras su mejor baza, incluso tratándose de un maestro adaptando a otro es más fácil caer en el homenaje febril, en la adoración que no se atreve a ejercer de expolio iconoclasta que lleve al original hacia nuevos terrenos, antes que en la adaptación pura del material original.

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Ninguna existencia está exenta de verse mediada por el deseo. Cualquier intento de obliterar toda condición deseante en nuestras vidas, lo cual nos convertiría en el equivalente armónico de una piedra —una piedra muy zen, pero piedra; la extinción absoluta del deseo es una quimera, porque sólo desde él nos ponemos en relación con el mundo: construimos mundo a partir de aquello que queremos, pero no tenemos—, nos haría caer en la propia imposibilidad de liberarnos del deseo; cuando nos creemos libres del mismo es cuando más profundamente estamos sumergidos en su seno. Somos lo que deseamos, lo que soñamos, lo que necesitamos, porque todo lo demás no es más que nuestra condición de entes: entre un ciervo y un humano sólo media la diferencia de poder construir mundo, de convertir la naturaleza en cultura, lo cual sólo puede acontecer a través del deseo. Quien nada desea nada cambia, está estancado, en nada se diferencia de los muertos.

El mundo es caótico, el ser humano es el que lo hace ordenado. Lo que en los animales es instinto, un orden aleatorio de imperativos biológicos, en los humanos se convierte, por la fuerza del deseo, en una lógica sentimental más compleja que la mera suma de sus partes constituyentes; no existe cura para lo sentimental, porque los sentimientos son la expresión abstracta de nuestro deseo, de cómo nos sentimos con respecto al ordenamiento del mundo. La felicidad sólo es posible en un mundo ordenado, coherente, lógico. Es por eso por lo que la música es el arte más perfecto para vehicular sentimientos, ya que su condición de lenguaje abstracto lo sintoniza bien con la inconcretud de lo sentimental; los matices idiomáticos se pierden en la traducción, una misma palabra no significa lo mismo para dos personas distintas, y la música tiene un carácter intuitivo, subconsciente, que hace innecesaria su traducción.

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El día se presenta espectacular. Despiertas unos minutos antes de que el despertador despliegue su poderío sonoro y te obligue a comenzar esa serie de rituales matutinos que tan bien y con tanto esfuerzo has asimilado a lo largo de los años. Pero hoy es diferente, algo ha cambiado tras años estancado en un puesto monótono de nula responsabilidad, proyección ridícula en un gigante corporativo, uno de esos gigantes en los que anhelabas trabajar en tu etapa de estudiante; los mismos que te prometieron que con trabajo, esfuerzo y compromiso aumentarían tus responsabilidad y tu peso en la empresa. Hoy por fin vas a plantarte ante aquellos que te garantizaron un futuro brillante en La Empresa para decirles que no quieres seguir formando parte de su carnicería idiota.

Hoy el camino diario al frío y anodino recinto empresarial parece diferente, no sabes si es por el extraño sol que ilumina las calles, si son las temperaturas primaverales —esas mismas que te permiten salir en mangas de camisa a la calle en pleno mes de octubre sin miedo a perder la movilidad en tus miembros—, en el fondo sabes que a partir de hoy serás una persona libre, jamás volverás a pertenecer a esos inanimados ejércitos pertrechados con trajes y corbatas de dudoso gusto y peor confección.

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Nada se agota en sí mismo, en la recolección de datos y detalles conocidos hasta el momento. Toda obra necesita de exégesis constante, de interpretación, para no acabar muriendo en el más profundo de los fosos del olvido: el de los textos obvios, autoexplicativos de su visión del mundo, que no hablan de nada salvo de aquello que ya hemos naturalizado en nuestra cultura. Ya no nos dicen algo indecible. Sin interpretación no somos más que animales chocando contra un mundo que está fuera de nuestra comprensión, una naturaleza excesiva que no podemos controlar ni manipular. Nuestra evolución, nuestra capacidad de adaptación, depende de nuestra capacidad de unir conceptos y llegar a conclusiones y poner en duda las que estaban desde antes de nosotros; nada cambia, pero el conocimiento de cuanto nos rodea debe cambiar según las premisas que vayamos recolectando con el tiempo. Incluso cuando estás se nos pueden antojar, en primera instancia, difíciles de justificar. Porque el destino del hombre incapaz de racionalizar su destino, que se ha rendido a luchar por su existencia, es el mismo que el de la obra que ya no dice nada nuevo: el perpetuo olvido de lo que una vez supuso.

Si hablamos de Pesadilla en Elm Street, nos resultaría fácil comprender por qué el personaje está muy vivo: tiene miles de recovecos oscuros, cantidades ingentes de lugares desde donde se infiltra la novedad y la interpretación más abstrusa. En el caso de la primera película de la saga, podríamos definirla bajo el epígrafe «poco humor y mucha sangre»; también podríamos definirlo como una de las más realistas, aunque desasosegantes, representaciones del mundo onírico dentro del mundo del cine: los sueños no son aquí desvalazados cúmulos de incongruencias ni sistemas lógicos perfectamente formados, sino continuaciones lógicas bien cohesionadas —aunque no necesariamente evidentes, por lo que tienen de relato personal— de la memoria del que los padece.

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