Subcultura y cultura underground a go-gó

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El diablo acecha siempre expectante para hacer un trato del que nunca seas el beneficiario, aunque el diablo también puede tomar la forma de un empresario sin escrúpulos. Esto lo sabe bien Brian de Palma y nos cuenta una nueva versión del cuento de Fausto en Phantom of the Paradise.

El compositor Winslow Leach llama la atención de Swan, un productor de una importante discográfica, el cual le roba su opera prima, Faust. Después de una trampa con la cual acabará en la cárcel conseguirá huir pero, tremendamente desfigurado, se convertirá en un remendó de el fantasma de la opera y firmará un siniestro contrato con Swan. Escribirá Winslow para él siempre y cuando cante su amor platónico, Phoenix. Claro que, nada es tan fácil como parece. Todo se trastoca en una especie de musical donde los odios, las venganzas, las intrigas y el amor se confunden y trastornan en búsqueda del éxito, del triunfo último y único de uno de los involucrados y la música sobre la que dan vueltas. Y en todo destaca, la música es soberbia, los momentos de slapstick y comedia son descacharrantes a la par que los dramáticos erizan los cabellos. Toda la historia se entrelaza en todo momento entre sí con requiebros continuos y naturales que se van enlazando entre sí. Pero si en algo destaca sobre lo demás, en su uso de los aspectos formales. Veamos una escena de ejemplo.

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Es fácil dejarnos engañar por el envoltorio del cine de género y una aparente provocación para despreciar una película. Dejarnos engañar por nuestros prejuicios y juzgar el todo por el envoltorio es una muy mala cosa. Aun más si nos enfrentamos a la obra de Tommy Wirkola, Dead Snow.

Un grupo de jóvenes van a una cabaña en medio de ninguna parte de un monte noruego y, como es natural, se desata una brutal masacre al despertar los nazis que asolaron la zona, ahora convertidos en zombies. La brutal orgía de sangre que uno espera comienza con los estereotipos que uno espera, sin sorpresas ni ningún giro especial que le haga algo más allá de lo típico. Y es que ya nos avisaba Absence, los noruegos son gente muy extraña. Los dementes supervivientes de la masacre inicial, entre sus intentos de huida, se dedican a exterminar vilmente uno por uno a los muertos vivientes. A pesar de que los zombies son capaces de correr y tienen una considerable fuerza van cayendo como moscas entre martillos, motosierras y metralletas en motos de nieve. Así, durante la parte más intensa de la película, no hay unos noruegos encerrados con unos zombies de los que no pueden escapar, hay unos zombies encerrados con unos noruegos sin escapatoria posible. Al menos hasta que el oficial nazi se pone firme, saca al ejercito y por fin, como el motivo de su muerte ya dejaba intuir, se retiran para descansar al recuperar su codiciado tesoro.

El que aquí los muertos sean nazis o no está lejos de ser una cuestión de provocación, es una decisión argumental perfectamente coherente con la historia que pretenden contar. Pero lo que los nazis nunca tuvieron en cuenta es lo que ya sabían los suecos, que los noruegos son muy raros. Y es que los noruegos están locos.

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¿De que hablamos cuando hablamos de slashers? Parece una sencilla pregunta debido a su gran tradición y extensa filmografía pero también, en ocasiones, se necesita de desfigurar las expectativas del espectador hacia el genero para sorprender. No cabe duda de que esto lo consigue The Hills Run Red de Dave Parker.

Lo que en origen es la búsqueda de una película perdida para su futura exhibición y creación de un documental sobre el mismo se torna una pesadilla cuando el asesino es real. Y a partir de aquí la película, hasta ahora un aburrido ejercicio de tradición, se convierte en una reflexión de meta-cine. El cine como realidad, como ejercicio vivido de lo real provoca que lo que debería ser un slasher convencional sea una estirpe de asesinos cuya máscara y cámara pasa de padres a hijos por tradición. Pero mientras la máscara se cede con amor, desde el amor que crea al propio slasher, la cámara se cede solo en un violento ejercicio de autoridad. La grabación de la película de terror definitiva va cambiando con el tiempo y las generaciones. Mientras Babyface es simplemente un peón, una muestra de un imperturbable status quo, el conflicto padre-hija se torna en el conflicto del cine de terror actual: slasher vs. torture porn. Así el cambio generacional favorece al segundo dejando un irónico punto final con el nacimiento de un nuevo Babyface como una suerte de remake del slasher clásico que, ahora, se tornará émulo del torture porn.

Quizás no sea la mejor película posible y no es, ni mucho menos, lo mejor que se puede ver hoy por hoy pero su reflexión sobre el propio cine de terror y su brevedad lo hacen un plato apetecible. Y al final no es más que un ejercicio de meta-cine que se atreve a jugar con las convenciones sociales que el mismo venera. Todo por el terror pero sin el terror.

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Los viejos terrores a veces necesitan que les sacudan el polvo y les den lustre para así volver a causar pánico ante una nueva oleada de jóvenes impresionables en busca de mitos generacionales. Pero cuando todo esto solo se hace de un modo chapucero sin respetar el que fue y debería seguir siendo, se avecina la catástrofe. El remake de Pesadilla en Elm Street por Samuel Bayer nos lo deja bien claro.

Unos adolescentes mueren misteriosamente en sus sueños, todo es culpa de Freddy Kruger, un pederasta que abusaba de ellos de pequeños por lo cual sus padres lo mataron. Hasta aquí todo sigue indemne en este remake, el problema es todo lo demás. Todos y cada uno de los protagonistas son ahostiables, el guión es errático y las muertes no producen ningún tipo de impacto; premiar el susto fácil hacia unos personajes que se lo merecen no es algo permisible. Esto sumado a un Freddy que parece un subnormal con un shock alérgico termina un rotundo fiasco en la forma de abordar el remake. Sus únicos triunfos los encuentra en lo explicito de la propia pederastia de Freddy, aunque excesivamente literalizada, siendo lo único que llega a inquietar mínimamente a lo largo de la película. Lo más aterrador es la oscuridad cotidiana que se esconde detrás de cualquier esquina.

Resucitar a los clásicos del sueño de los justos no debería ser a cualquier precio, Freddy no merecía este destino. Aun con sus aciertos y un trabajo menos nefasto de lo esperable el resultado es un inmenso ejercicio de puro desdén hacia el genero y el personaje que están cultivando. Y todo tiene perdón en esta vida, salvo profanar el sueño de los antiguos terrores.

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Se es en el tiempo y, el tiempo pasado, es una negación constante del proyecto que ya no somos pero que aun seremos. La vida, como la heroína, es un vampiro que nos fagocita lentamente hasta llegar a los títulos de crédito. Probablemente estaría de acuerdo con esto Iván Zulueta o al menos lo estaría su obra de culto Arrebato.

A José Sirgado, un director de cine que ha acabado por odiar el cine, recibe una extraña grabación de un antiguo conocido, un director de cine obsesionado con el súper 8. Con parsimonia se va desgranando como se conocieron y como han llegado a sus respectivas situaciones. La adicción a la heroína de uno como paralelismo a la adicción a la búsqueda del éxtasis a través de la filmación. La búsqueda del arrebato, del éxtasis, se mira en el espejo no del hombre místico, esperando una revelación, sino en el de Blanchot, buscando observar el infinito. Se vive y se muere en la naturaleza, en lo finito, en la dosis o en lo que dure el celuloide. La finitud nos vampiriza a cada momento, todo tiempo pasado ya está muerto, todo recuerdo o grabación es una imagen de lo que ya no será.

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Hay quien con una infinita gracia divina, aun cuando quizás sea un mero conocer bien su trabajo, son capaces de trastocar todos nuestros conceptos, ideas y comportamientos. Nunca sabemos como nos comportaremos cuando nos llegue la muerte como los personajes de Neil Cross nunca saben como acabaran en sus historias noir.

En Capturado le dan a Kenny Drummond un mes y medio de vida por lo que decide reconciliarse con todo lo que hizo mal en su vida. Su ex-mujer a quien aun quiere con locura, aquel joven chico negro al que casi secuestran delante suyo o el tendero de toda la vida el cual tuvo que impedir que ocurriera lo anterior. También, por qué no, descubrir que fue de aquella chica de su infancia que tan bien le trato, Callie Barton y que ha desaparecido. Desaparecida después de un relación muy extraña con su marido. Hay ocasiones que un hombre debe que hacer lo que debe hacer y más, cuando la muerte le pisa los talones.

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Vivir durante toda la eternidad mas que una bendición es una maldición, dejar atrás todo lo que una vez quisiste mientras ves como se marchita lentamente acabaría por vaciarte el corazón. Justo lo que le ocurre a Terror en su cómic, Terror INC.

Terror es un mercenario de mas de quince siglos de edad que no puede morir debido a una antigua maldición, el problema es que a pesar de no poder morir se va descomponiendo con el paso del tiempo como cualquier cadáver normal. Así, en un irónico trasunto del no-muerto como consumidor de la vida, necesita de ir arrancando partes del cuerpo de otros para ir re-formándose el. Toda la aventura transcurre entre un estilo socarrón y un humor muy negro donde los desmembramientos y la ultra-violencia es la constante. Pero después, en el fondo, nos cuenta una curiosa historia de amor, de como pese a ser un cadáver pútrido andante que parece haber perdido todo sentimiento tiempo atrás. Aun le queda un pequeño fuego dentro de si. Este contraste hace que la obra gane muchos enteros y no se quede en una mera exploitation entretenida y nada mas.

El psicópata Terror nos ofrece una espectacular carnicería perpetrada con grandes dosis de gore y un esplendido exceso de mujeres ligeras de ropa para festejar su vuelta al mundo Marvel. Y es que, el amor nos impone extraños compañeros de cama.

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Francia es un país con una especial mano para el cómic en el ámbito Europeo, en los últimos años ha demostrado que tampoco se quedan cortos a la hora de firmar excelentes producciones de terror, ¿cual es el resultado de aunar ambas facetas?, la película Peur(s) du Noir.

Esta es una película de animación colaborativa donde cada director pone su granito de arena y su estética propia a la película pero esto en vez de acabar en un montón de voces disonantes amontonadas acaba sonando como un coro perfectamente orquestado. La magia de este trabajo bien enfocado es, por una parte, por un maravilloso montaje dinámico que entremezcla dos cortos entre los demás como elemento unificador, el otro elemento es que todas las historias tratan sobre personas que descubren la soledad y con ello, el terror. Todo esto sumado a una cuidadisima estética, única en cada caso pero siempre en blanco y negro, nos da una pequeña joya.

En la oscuridad acechan nuestras pesadillas y no podremos despertar hasta que termine la eterna y tenebrosa noche. La pesadilla del hombre es mirar su propio reflejo.