Cincuenta y dos relatos #11 — Un buen pastor

Enlarge

52-11

Álvaro Arbonés

Era un pue­blo co­mo otro cual­quie­ra. Agreste, va­cío, gris. Daba la sen­sa­ción de es­tar des­ha­bi­ta­do no por­que vi­vie­ra po­ca gen­te allí, sino por­que la es­ca­sa den­si­dad de po­bla­ción pre­sen­te en los pue­blos los ha­cía pa­re­cer siem­pre a me­dio lle­nar a la gen­te que vi­vía en las ciu­da­des. Pero Víctor y Hugo no po­dían lle­var­se a en­ga­ño: si es­ta­ban allí, era por­que aquel pue­blo era aún ju­ris­dic­ción del área me­tro­po­li­ta­na de la ciu­dad. Aunque fue­ra un pue­blo, te­nía la con­si­de­ra­ción de ba­rrio. Incluso si sus sen­ti­dos in­sis­tían en de­cir­le lo con­tra­rio.


Aparcando en una ex­pla­na­da a las afue­ras, su­bien­do la ca­lle ma­yor, no les lle­vó ni diez mi­nu­tos plan­tar­se de­lan­te de la igle­sia. Para ello só­lo tu­vie­ron que es­qui­var el ayun­ta­mien­to, con la ban­de­ra a me­dia as­ta, e ig­no­rar el he­cho de que los ve­ci­nos ni si­quie­ra mi­ra­ban con cu­rio­si­dad a tra­vés de las mi­ri­llas o las ven­ta­nas.

El áni­mo era fu­ne­ra­rio. Pero lo que olían era mie­do, no in­dig­na­ción.


En el pór­ti­co de la igle­sia les es­pe­ra­ba una fi­gu­ra al­ta, del­ga­da, no des­gar­ba­da. De pei­na­do de­mo­dé cal­cu­la­da­men­te atrac­ti­vo y ma­nos gran­des y fuer­tes, les sor­pren­dió aque­lla fi­gu­ra de más de dos me­tros per­fec­ta­men­te en­fun­da­da en há­bi­tos ecle­siás­ti­cos. Tanto en los de la pro­pia so­ta­na, que no ocul­ta­ba a sus ojos ex­per­tos que es­con­día un cuer­po más vi­go­ro­so de lo que ca­bía es­pe­rar, co­mo en el he­cho de que es­tu­vie­ra es­pe­rán­do­les en una per­fec­ta po­si­ción de paz, co­mo si fue­ra el ar­can­gé­li­co guar­dián que ha de ejer­cer de em­ba­ja­dor an­te las pre­sen­cias ex­tran­je­ras.

— Buenos días —di­jo Hugo, un de­tec­ti­ve re­chon­cho de ca­ra po­co amis­to­sa, mien­tras Víctor, su jo­ven com­pa­ñe­ro, pa­re­cía po­co in­tere­sa­do en lo que allí es­ta­ba pa­san­do — . Supongo que es us­ted el se­ñor Pópola, el pre­la­do de es­ta igle­sia.

— Así es. Y si me per­mi­ten, pre­fe­ri­ría con­ti­nuar es­ta con­ver­sa­ción en el in­te­rior. No desea­ría mo­les­tar a los ve­ci­nos.

Si bien no ha­bía na­die a quien pu­die­ran mo­les­tar, por­que tam­po­co pa­re­cía que hu­bie­ra na­die en el pue­blo, Hugo y Víctor le si­guie­ron di­li­gen­te­men­te, co­mo dos ove­jas si­guien­do a su pas­tor.


El in­te­rior del des­pa­cho era aco­ge­dor co­mo lo eran los lu­ga­res fríos y or­de­na­dos. No co­mo un es­pa­cio real, sino co­mo una es­pe­cie de ideal de al­gún mo­do im­po­si­ble. Por eso, mien­tras Hugo in­ten­ta­ba man­te­ner­se per­fec­ta­men­te rec­to en un so­fá que nun­ca fue pen­sa­do pa­ra man­te­ner una pos­tu­ra co­rrec­ta, Víctor se aban­do­nó des­cui­da­da­men­te so­bre el mis­mo mien­tras Pópola, al otro la­do de la me­sa que le se­pa­ra­ba, les ser­vía sen­das ta­zas de ca­fé.

— Tiene us­ted una igle­sia muy bo­ni­ta, Pópola.

— Muchas gra­cias, se­ñor agen­te. Pero la igle­sia no es mía. Es de to­das las al­mas del se­ñor.

— Ya, cla­ro. Disculpe.

— No hay na­da que dis­cul­par.

Tras eso se hi­zo un lar­go si­len­cio. Silencio que apro­ve­cha­ron to­dos pa­ra to­mar un sor­bo de ca­fé. Algo que tu­vo un efec­to in­me­dia­to so­bre Víctor, que se in­cor­po­ró en un ac­to re­fle­jo, en­ca­ran­do a Pópola con la ta­za to­da­vía en las ma­nos.

— Este ca­fé… ¡Es su­bli­me, se­ñor pre­la­do!

— Gracias, jo­ven. Pero pre­fe­ri­ría que me lla­ma­ras Pópola. Es co­mo me lla­man to­dos por aquí.

— ¿Y no es­tá feo to­mar­se esas con­fian­zas con un cu­ra?

— No si al cu­ra le pa­re­ce bien. No so­mos tan es­ti­ra­dos co­mo nos pin­tan.

— Pues se­rá aho­ra, Pópola, por­que cuan­do yo iba al ins­ti­tu­to los cu­ras no eran co­mo us­ted —di­jo des­preo­cu­pa­da­men­te mien­tras Hugo le de­di­ca­ba una mi­ra­da que gri­ta­ba un «¡cá­lla­te!» que Víctor no pa­re­cía en­ten­der — . Llamarles por su nom­bre aca­ba­ba siem­pre mal.

— Déjeme adi­vi­nar, us­ted lo ha­cía igual­men­te, ¿ver­dad?

— ¿Yo? Qué va, qué va. Siempre he si­do un buen chi­co. Un ver­da­de­ro san­to.

Ese bre­ve in­ter­cam­bio aca­bó con Pópola rién­do­se dis­cre­ta­men­te, ta­pán­do­se la bo­ca con un en­can­ta­dor mo­vi­mien­to de mano; Víctor be­bien­do de su ca­fé, sa­tis­fe­cho con aquel pe­da­zo de cie­lo; y Hugo abo­chor­na­do, pen­san­do en có­mo de se­ve­ra­men­te le juz­ga­rían en la je­fa­tu­ra de po­li­cía por pe­gar cua­tro ti­ros a su pro­pio com­pa­ñe­ro.


La luz de la tar­de caía con ti­mi­dez so­bre la me­sa al­re­de­dor de la cual es­ta­ban sen­ta­dos. Eso con­tri­bu­yó al dra­ma­tis­mo de la es­ce­na. Aquellos tres hom­bres, sen­ta­dos, mi­rán­do­se en­tre sí, pa­re­cían có­mo­dos en su si­len­cio. Hasta que de­ci­die­ron re­to­mar su con­ver­sa­ción.

— Como cu­ra del pue­blo le su­pon­go muy re­suel­to en lo que res­pec­ta a co­no­cer lo que ocu­rre por aquí —di­jo Hugo ade­lan­tan­do su cor­pa­chón ha­cia el cu­ra — . Aunque pue­de que me equi­vo­que.

— No se equi­vo­ca. Aunque si yo fue­ra us­te­des, no es­pe­ra­ría de­ma­sia­do: pa­ra co­no­cer los co­ti­lleos, el lu­gar ideal es la pa­na­de­ría.

— ¿Suelen re­unir­se allí las se­ño­ras?

— ¡Y los se­ño­res! Aquí la fal­ta de bar ha de­mo­cra­ti­za­do las ha­bla­du­rías.

— Pero co­no­ce a los mu­cha­chos. Por lo que sa­be­mos, es us­ted muy apre­cia­do en­tre la ju­ven­tud del pue­blo.

— Intento man­te­ner­los en el buen ca­mino.

— ¿A qué se re­fie­re con eso? ¿Les da ser­mo­nes, to­ca la gui­ta­rra en la igle­sia o qué?

— No, na­da de eso. Organizo ve­la­das de ci­ne, te­ne­mos un club de li­bro, in­clu­so te­ne­mos una pe­que­ña de li­ga de fút­bol. Jugamos con­tra los equi­pos de otros pue­blos y yo ha­go de en­tre­na­dor.

— Parece ser que mi com­pa­ñe­ro te­nía ra­zón —di­jo Hugo mien­tras la luz de­ja­ba en­tre­ver una fi­na ca­pa de pol­vo flo­tan­do en el am­bien­te — . Usted no es co­mo los otros cu­ras.

— No son mis ac­tos, sino los ojos que los ob­ser­van.

Entonces em­pe­zó a re­tum­bar una can­ción a lo lar­go de to­da la ha­bi­ta­ción. Eran los pri­me­ros acor­des de África, de Toto. Hugo se le­van­tó al ins­tan­te, co­mo mo­vi­do por un re­sor­te, y dis­cul­pán­do­se, sa­lió de la ha­bi­ta­ción.

— Es pro­ba­ble que mi com­pa­ñe­ro tar­de un ra­to —di­jo Víctor sin si­quie­ra in­cor­po­rar­se en el asien­to — . ¿Le im­por­ta­ría si, en tan­to, sa­lié­ra­mos a dar un pa­seo?


Encaminando sus pa­sos ha­cia las afue­ras, pron­to se hi­zo evi­den­te la di­fe­ren­cia con res­pec­to de la ciu­dad. No fue in­ten­cio­nal. Nadie bus­có aca­bar en­tre cam­pos y ár­bo­les y gran­jas a la vis­ta más cer­ca de lo que pa­re­cían, pe­ro al echar a an­dar, el pue­blo se les que­dó pe­que­ño pron­to. Y cuan­do ya es­ta­ban le­jos, so­los en me­dio de aque­llos lu­ga­res de tra­ba­jo aho­ra pa­ra­dos, re­to­ma­ron su con­ver­sa­ción.

— Supongo que no ne­ce­si­ta que le ex­pli­que por­qué es­ta­mos aquí.

— No. Ha si­do una des­gra­cia te­rri­ble.

— Y que lo di­ga. La chi­ca te­nía… ¿ca­tor­ce?

— Trece. No cum­plía has­ta el oto­ño.

— Entiendo.

De re­pen­te, su con­ver­sa­ción se vio in­te­rrum­pi­da por un pa­to que, de vuel­ta a una ace­quia cer­ca­na o tal vez a al­gu­na la­gu­na que no es­ta­ba a la vis­ta, se cru­zó en su ca­mino. Eso hi­zo gra­cia a Víctor, aun­que no lo de­jó tras­lu­cir en su ros­tro. El mun­do siem­pre pa­re­cía in­di­fe­ren­te an­te la tra­ge­dia de las per­so­nas. O el dra­ma­tis­mo de una con­ver­sa­ción.

Cuando el pa­to ter­mi­nó del cru­zar el ca­mino, vol­vie­ron al pa­seo.

— Tenía la ca­be­za com­ple­ta­men­te aplas­ta­da. No sim­ple­men­te abier­ta, sino com­ple­ta­men­te de­for­ma­da por los gol­pes —di­jo Víctor sin de­jar de mi­rar al ho­ri­zon­te — . No sa­be­mos si los ojos se le sa­lie­ron de las ór­bi­tas a cau­sa de la vi­ru­len­cia de los gol­pes o los de­vo­ró al­gún ani­mal en la ace­quia en la que la en­con­tra­ron, pe­ro he de de­cir que no so­le­mos en­con­trar crí­me­nes así de vio­len­tos muy a me­nu­do.

— Los ca­mi­nos del se­ñor son ines­cru­ta­bles.

— No, cla­ro. Pero no es­ta­ría de más que dios nos echa­ra un ca­ble ha­cién­do­nos lle­gar el ar­ma ho­mi­ci­da. Podría ar­mar­se un buen fo­llón si nues­tro je­fe de­ci­de que hay que man­dar ope­ra­ti­vos es­pe­cia­les.

— Pero us­te­des sa­brán lle­var es­to con dis­cre­ción, ¿ver­dad?

— Por su­pues­to —di­jo Víctor con una son­ri­sa de tres­cien­tos dien­tes — . ¿Acaso pien­sa que ha­ría­mos al­go que pu­die­ra per­ju­di­car­le?

Pópola ob­ser­vó con aten­ción a Víctor. Sus fac­cio­nes fi­nas, su bar­bi­lla pun­tia­gu­da, su cor­te de pe­lo cla­ra­men­te ju­ve­nil. Sumado a sus uñas per­fec­ta­men­te li­ma­das y su ac­ti­tud in­so­len­te, no só­lo era un po­li­cía atrac­ti­vo, era tam­bién al­guien que no da­ba el per­fil de un agen­te de po­li­cía.

— No, su­pon­go que no —di­jo de­vol­vién­do­le la son­ri­sa, la su­ya fra­ter­nal — . Tanto us­ted co­mo su com­pa­ñe­ro pa­re­cen per­so­nas en­can­ta­do­ras.

Salvo por­que Pópola no po­día de­jar de pen­sar en que ha­bía al­go fue­ra de lu­gar en esa ex­tra­ña pa­re­ja.


Siguieron pa­sean­do du­ran­te un buen ra­to. Ahora ha­blan­do de for­ma más in­for­mal. Sobre la vi­da en el pue­blo, sus ha­bi­tan­tes, las di­fe­ren­cias con res­pec­to de la ciu­dad. Tal vez por eso se sor­pren­dió tan­to Pópola cuan­do se pa­ra­ron a po­cos me­tros de don­de ha­bían en­con­tra­do el ca­dá­ver de la mu­cha­cha.

Pópola no en­ten­día por­qué es­ta­ban allí. Él ha­bía em­pren­di­do sus pa­sos en una di­rec­ción com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te y su jo­ven com­pa­ñe­ro no co­no­cía el lu­gar. ¿O aca­so no era así? En aquel ins­tan­te se dio cuen­ta que, de he­cho, él no ha­bía di­cho en nin­gún mo­men­to que no co­no­cie­ra la zo­na, só­lo lo ha­bía asu­mi­do por el he­cho de que era de ciu­dad, no de pue­blo. De aquel pue­blo. Había con­se­gui­do di­ri­gir sus pa­sos de for­ma dis­cre­ta ex­plo­tan­do no su bue­na fe, sino sus pre­jui­cios.

Pero eso no era lo peor. Lo peor es que no es­ta­ban so­los. En don­de en­con­tra­ron a la chi­ca, en­tre flo­res y ve­las a me­dio con­su­mir, ha­bía una per­so­na de ro­di­llas. Un chi­co jo­ven, de no más de ca­tor­ce o quin­ce años, re­zan­do an­te el lu­gar de su muer­te.

— ¿Qué se su­po­ne que es­tás ha­cien­do aquí? —di­jo Pópola per­dien­do los pa­pe­les, obli­gan­do al chi­co a le­van­tar­se co­gién­do­le de la mu­ñe­ca — . Vuelve al pue­blo y no per­tur­bes la paz de los de­más. ¿O es que aca­so no os he en­se­ña­do na­da?

Pópola pa­re­cía his­té­ri­co. No ca­brea­do, sino al bor­de del llan­to. Algo que in­tere­só so­bre­ma­ne­ra a Víctor, que se ha­bía que­da­do atrás, con las ma­nos en los bol­si­llos, ob­ser­van­do sin di­si­mu­lar co­mo ha­bla­ba con aquel chi­qui­llo y con­se­guía que es­te vol­vie­ra ha­cia el pue­blo co­rrien­do, echan­do a co­rrer aún más rá­pi­do cuan­do vio a Víctor, el cual res­pon­dió a su mi­ra­da ate­rra­da con una son­ri­sa.

— Parece que tie­ne bue­nos chi­cos, Pópola.

— No tan bue­nos. Avisé a la gen­te que no vi­nie­ran aquí sin avi­sar, que po­drían eli­mi­nar prue­bas o al­go que ne­ce­si­ten. Y mi­re…

— Es la ju­ven­tud. Pueden más las pa­sio­nes que la ló­gi­ca.

En ese mo­men­to, Pópola em­pe­zó a pa­re­cer más re­la­ja­do. No me­nos ten­so, pe­ro sí me­nos pro­cli­ve a echar­se a llo­rar.

— Disculpe mi com­por­ta­mien­to —di­jo re­pen­ti­na­men­te, ba­jan­do la ca­be­za, ajus­tán­do­se los pu­ños de la cha­que­ta — . Es pro­ba­ble que me ha­ya ex­tra­li­mi­ta­do en mis mues­tras de sen­ti­men­ta­li­dad. No qui­sie­ra in­co­mo­dar­le.

— ¿A mí? No crea. He vis­to co­sas mu­cho peo­res.

— Supongo que es su lí­nea de tra­ba­jo, cla­ro. Ha de ver mu­chos ca­sos ex­tre­mos.

Víctor de­jó pa­sar unos se­gun­dos an­tes de con­tes­tar. Segundos en los que am­bos se que­da­ron ad­mi­ran­do don­de ho­ras atrás es­ta­ba el ca­dá­ver.

— Créame: yo me di­vier­to mu­cho ha­cien­do mi tra­ba­jo.


El vien­to de la tar­de azo­ta­ba el lu­gar co­mo una sua­ve ca­ri­cia. Sin na­da que cor­ta­ra su pa­so, cir­cu­la­ba frío, ba­jo, ca­ren­te de cual­quier vio­len­cia apa­ren­te. Era un vien­to mí­ni­mo, ca­si au­sen­te de for­ma o efec­to, que se­pa­ra­ba su­til­men­te a ese par de hom­bres plan­ta­dos de­lan­te de un pu­ña­do de flo­res que no ha­cían men­ción de mo­ver ni un só­lo pé­ta­lo por aque­lla pre­sen­cia de­ma­sia­do su­til co­mo pa­ra ser te­ni­da en cuen­ta.

Pópola se re­co­gió un me­chón suel­to de­trás de la ore­ja. Se sen­tía in­ca­paz de leer la men­te de­trás de esos ojos os­cu­ros y pe­ne­tran­tes.

— ¿Aprecia us­ted su tra­ba­jo, Pópola?

— Sí, cla­ro. Aunque no di­ría que me di­vier­te.

— ¿Acaso se abu­rre? ¿Tan re­pe­ti­ti­va es la vi­da de un cu­ra de pue­blo?

— No. Es só­lo que dis­fru­to de la com­pa­ñía de los otros; me ha­ce fe­liz es­tar con los de­más, no me di­vier­te. No es un me­ro ac­to su­per­fi­cial del gus­to.

— Oh —di­jo Víctor en un tono mo­no­cor­de ex­ten­di­do en el tiem­po — . Supongo que los cu­ras ca­re­cen de la fri­vo­li­dad ne­ce­sa­ria pa­ra la vi­da ci­vil.

— No se equi­vo­que. No so­mos di­fe­ren­tes de los se­gla­res.

— No, cla­ro que no. Se ocul­tan de­trás de dios, pe­ro si­guen sien­do hom­bres, ¿no es así?

— No di­ría que me ocul­to de­trás de na­die.

— No in­ten­te en­ga­ñar­me. Todos nos ocul­ta­mos de­trás de al­go. Ideologías, de­seos, imá­ge­nes glo­ri­fi­ca­das de lo que desea­ría­mos creer. Máscaras que nos per­mi­ten no ir des­nu­dos por el mun­do. Usted se es­con­de de­trás de dios, yo me es­con­do de­trás de una pla­ca.

— ¿Qué es­tá in­si­nuan­do?

— Que sé lo que ha ocu­rri­do aquí. Y no pue­de ha­cer na­da por ocul­tar­lo.

Entonces el sol em­pe­zó a ocul­tar­se en el ho­ri­zon­te. Casi co­mo si las pa­la­bras de Víctor hu­bie­ran eclip­sa­do in­clu­so la la­bor de ese dios se­cre­to que era la na­tu­ra­le­za.

— Volvamos a la pa­rro­quia. Estar de no­che a la in­tem­pe­rie no es bue­na idea, vis­to lo ocu­rri­do.


Cuando hu­bo aca­ba­do de ha­blar por te­lé­fono, Hugo vol­vió al in­te­rior de la igle­sia, só­lo pa­ra en­con­trar­se que es­ta­ba va­cía. Algo im­per­ti­nen­te, da­do que te­nía que ha­blar con Víctor con la ma­yor ur­gen­cia po­si­ble: los re­sul­ta­dos de la au­top­sia in­di­ca­ban que ha­bía cier­tos as­pec­tos par­ti­cu­lar­men­te pro­ble­má­ti­cos con el ca­so. No era só­lo la ca­be­za. Alguien le ha­bía ex­traí­do qui­rúr­gi­ca­men­te va­rios ór­ga­nos in­ter­nos y tro­zos de car­ne post‐mortem.

Irritado, sa­lien­do de nue­vo al ex­te­rior, con un vien­to des­agra­da­ble que se le es­cu­rría en­tre la ro­pa y le ha­cía sen­tir­se in­có­mo­do en su pro­pia piel, in­ten­tó lla­mar­le al te­lé­fono. Varias ve­ces. Pero to­das ellas, in­va­ria­ble­men­te, ob­tu­vo el mis­mo re­sul­ta­do. «Este te­lé­fono es­tá apa­ga­do o fue­ra de co­ber­tu­ra». Pero Hugo sa­bía que eso no era ver­dad. Estaba en Modo Avión. Simplemente se ha­bía ais­la­do, co­mo ha­cía siem­pre, pa­ra ase­gu­rar­se que na­die le in­te­rrum­pía mien­tras lle­va­ba ade­lan­te lo que fue­ra que se de­di­ca­ra a ha­cer cuan­do des­apa­re­cía.

Sentándose en las es­ca­le­ras de la igle­sia, le­van­tán­do­se po­co des­pués, dan­do vuel­tas por el lu­gar y mur­mu­ran­do blas­fe­mias pa­ra sí con la ca­ra en­ro­je­ci­da, aca­bó me­tién­do­se en la igle­sia.

Se sa­có del bol­si­llo unos guan­tes y, tras ase­gu­rar­se de que no hay na­die, vuel­ve a en­trar en la sa­la don­de les ha­bían re­ci­bi­do.

Víctor no era el úni­co con tra­ba­jo por ha­cer.


Según el sol se iba di­lu­yen­do en el ho­ri­zon­te el vien­to se iba apo­de­ran­do del es­pa­cio. O más que el vien­to, su frío. Como si la no­che y el día no fue­ran dos ele­men­tos bi­na­rios ex­clu­yen­tes, sino dos ele­men­tos su­per­pues­tos de un mis­mo con­cep­to: el sol en­mas­ca­ran­do el frío de la no­che, la lu­na ol­vi­dan­do el ca­lor del día.

En tan­to, am­bos hom­bres vuel­ven ha­cia el pue­blo. A pa­so li­ge­ro. Mucho más rá­pi­do de lo que iban al mar­char­se de él.

— Se mue­ve rá­pi­do pa­ra su edad —di­jo Víctor mi­rán­do­le des­de atrás, yen­do dos pa­sos a sus es­pal­das — . Pensaba que se mo­ve­ría más len­to.

— Soy un hom­bre de la tie­rra. Estoy he­cho al tra­ba­jo fí­si­co.

— Pensaba que era un hom­bre de dios.

— Dios nos exi­ge que nos en­su­cie­mos las ma­nos. Debemos dar for­ma a las per­so­nas, a la tie­rra, a to­do cuan­to hay ba­jo los cie­los. Eso in­clu­ye el jar­dín de la igle­sia. Y mi an­ti­gua gran­ja.

— ¿Era us­ted gran­je­ro?

— No exac­ta­men­te. Mi fa­mi­lia lo era. Sé cul­ti­var, sé cui­dar el ga­na­do, pe­ro yo re­ci­bí la lla­ma­da. En la fa­mi­lia les pa­re­ció bien.

— Entonces no es de por aquí.

— Llevo su­fi­cien­tes años co­mo pa­ra ser par­te de es­ta tie­rra.

— No que­ría de­cir lo con­tra­rio. Sólo que­ría cons­ta­tar que us­ted no ha na­ci­do en es­te pue­blo. Que hu­bo un tiem­po en que vi­vía en otra par­te.

— No en­tien­do a don­de quie­re lle­gar con eso.

— Ya. Yo tam­po­co.


Hugo ob­ser­vó me­tó­di­ca­men­te ca­da rin­cón. Aprovechó los úl­ti­mos ra­yos de sol pa­ra ob­ser­var bien to­do lo que es­ta­ba a la vis­ta y, sa­cán­do­se una pe­que­ña lin­ter­na del bol­si­llo in­te­rior de la cha­que­ta, ins­pec­cio­nó allá don­de se su­po­nía que no de­be­ría mi­rar. Debajo de los ar­ma­rios, en las co­yun­tu­ras en­tre si­tios, don­de hay sos­pe­cho­sas grie­tas o se­pa­ra­cio­nes más allá de lo es­tric­ta­men­te ne­ce­sa­rio en­tre sue­los, pa­re­des y mue­bles.

A pe­sar de su cor­pu­len­cia, se mo­vía de un mo­do ágil y me­tó­di­co. No ha­bía na­da tor­pe o an­sio­so en él. E in­clu­so arras­tran­do su pe­so con él, no se que­ja­ba por acu­cli­llar­se, ti­rar­se al sue­lo y des­pués po­ner­se en pie de un sal­to. Eso ha­cía que su tra­ba­jo fue­ra rá­pi­do. Casi fe­bril. Casi, por­que no te­nía la prin­ci­pal ca­rac­te­rís­ti­ca de lo fe­bril: cier­ta au­sen­cia de in­ten­cio­na­li­dad na­ci­da de la au­sen­cia. En él to­do era pre­sen­te.

De ese mo­do, mien­tras re­vi­sa­ba los ca­jo­nes de un ar­ma­rio, com­pro­ban­do con la lin­ter­na lo que pa­re­cía una aper­tu­ra en el do­ble fon­do, la puer­ta re­chi­nó li­ge­ra­men­te. Nada más que un ins­tan­te. Insuficiente pa­ra que una per­so­na nor­mal se per­ca­ta­ra de aquel efí­me­ro so­ni­do. Y en­ton­ces, le­van­tan­do la pa­ta de ca­bra, des­car­gó con to­da la fuer­za de su cuer­po aquel ob­je­to so­bre la ca­be­za de Hugo.


Cuando la no­che ca­yó com­ple­ta­men­te so­bre sus ca­be­zas, Pópola se pa­ró en se­co. Y reac­cio­nan­do al ins­tan­te, Víctor hi­zo lo mis­mo.

No hi­cie­ron na­da. Nada sos­pe­cho­so. Pópola se acer­có al bor­de del ca­mino y em­pe­zó a ca­mi­nar cam­po a tra­vés. Víctor se que­do atrás, mi­rán­do­lo. No te­nía in­ten­ción de se­guir­le sal­vo que se le ocu­rrie­ra echar a co­rrer, y só­lo por­que le irri­ta­ba la can­ti­dad de pa­pe­leo y ex­pli­ca­cio­nes que re­que­ría ca­da ba­la que dis­pa­ra­ba. Aún es­ta­ba pa­gan­do las con­se­cuen­cias de la úl­ti­ma vez que sa­co la pis­to­la.

Pero Pópola no fue le­jos. Tras aden­trar­se cin­co o seis me­tros, sa­có su te­lé­fono mó­vil y, uti­li­zán­do­lo co­mo lin­ter­na mien­tras se acu­cli­lla­ba, pa­re­ció bus­car al­go en el sue­lo. Tras unos se­gun­dos, hi­zo un ges­to a Víctor.

Acercándose con cui­da­do, más mo­les­to que real­men­te preo­cu­pa­do por lo irre­gu­lar de la si­tua­ción, se que­dó mi­ran­do pri­me­ro ha­cia Pópola, des­pués ha­cia don­de apun­ta­ba la luz. Había una tram­pi­lla de me­tal, me­dio ocul­ta, en­tre un mal ras­tro de tie­rra y hier­ba.

— ¿Sabe lo que es es­to? —di­jo Pópola.

— No. Pero es­toy se­gu­ro que aca­ba­ré sa­bién­do­lo muy tem­prano.

Y tras de­cir aque­llo, se ade­lan­tó a Pópola, abrió la tram­pi­lla y ba­jó in­me­dia­ta­men­te des­pués de que em­pe­za­ra a ha­cer­lo él.


La pa­ta de ca­bra ca­yó en di­rec­ción a la ca­be­za de Hugo, pe­ro só­lo se en­con­tró con ai­re en su ca­mino. Un ins­tan­te des­pués, cuan­do quien la blan­día só­lo vio el va­cío don­de an­tes ha­bía un hom­bre, pu­do sen­tir co­mo si una bo­la de de­mo­li­ción im­pac­ta­ra di­rec­ta­men­te con­tra su es­tó­ma­go. No po­día res­pi­rar. Sus mo­vi­mien­tos gás­tri­cos le hi­cie­ron sen­tir co­mo si fue­ra a vo­mi­tar to­dos sus ór­ga­nos in­ter­nos, pe­ro va­rias cos­ti­llas ro­tas y su to­tal com­pre­sión con­tra la pa­red ad­ya­cen­te im­pi­die­ron cual­quier mo­vi­mien­to que no fue­ra su in­te­rior co­lap­san­do.

Aquello no era su­fi­cien­te pa­ra ma­tar­le, pe­ro sin du­da era más que de so­bra pa­ra que no pu­die­ra de­fen­der­se an­te un po­si­ble se­gun­do ata­que.

Pero Hugo no pen­sa­ba re­ma­tar la fae­na. Le bas­ta­ba con sa­car las es­po­sas.

— Eh, mo­co­so, ¿te crees que es muy nor­mal in­ten­tar agre­dir a un agen­te de po­li­cía en ser­vi­cio? Si hu­bie­ra que­ri­do po­dría ha­ber­te par­ti­do en dos.

El chi­co se que­dó en el sue­lo, ho­rro­ri­za­do, ob­ser­van­do a Hugo co­mo si fue­ra una es­pe­cie de mons­truo­so co­lo­so de me­dia­na edad.

— Pero su­pon­go que po­dré pre­gun­tar­te en co­mi­sa­ría. Y de pa­so pre­gun­tar­te so­bre qué tal sa­be la car­ne hu­ma­na.

— ¡No! —di­jo al­guien des­de la puer­ta — . ¡Él no sa­be na­da!

Y cuan­do se gi­ró, Hugo com­pro­bó que quien gri­ta­ba era Pópola, desecho en lá­gri­mas.


En mi­tad de la no­che el pue­blo se lle­nó de vi­da. Paramédicos, po­li­cías, téc­ni­cos fo­ren­ses y to­das las lu­ces aso­cia­das a los mis­mos. Eran co­mo una pla­ga bí­bli­ca, el mal de­ri­va­do de un mal com­por­ta­mien­to, el cas­ti­go glo­bal por las ac­cio­nes de una úni­ca per­so­na. O por el he­cho de que su co­mu­ni­dad se los hu­bie­ra per­mi­ti­do.

Mientras sa­ca­ban al chi­co en me­sa ca­mi­lla y a Pópola es­po­sa­do, Víctor y Hugo des­can­sa­ban sen­ta­dos en las es­ca­le­ras de la igle­sia.

— Mírale, desecho en lá­gri­mas. Me par­te el al­ma.

— ¿Qué ha ocu­rri­do ahí den­tro? —di­jo Víctor, mi­ran­do al cie­lo noc­turno, co­mo si lo que allí ocu­rrie­ra no fue­ra con él — . Oímos un enor­me es­truen­do cuan­do íba­mos a en­trar en la igle­sia y Pópola echo a co­rrer al in­te­rior.

— ¿Y no se te ocu­rrió que tú de­be­rías ha­cer lo mis­mo?

— No. Supuse que ha­brías no­quea­do a al­guien.

Hugo apre­tó los pu­ños, en­co­gió los ojos y em­pe­zó a po­ner­se ro­jo. Sus hom­bros y su cue­llo tem­bla­ban de tal ma­ne­ra que pa­re­cía que, de un mo­men­to a otro, sal­dría dis­pa­ra­do, atra­ve­sa­ría la at­mós­fe­ra te­rres­tre y se pon­dría a or­bi­tar al­re­de­dor de la tie­rra sin po­si­bi­li­dad al­gu­na de re­torno.

— Pero di­me, qué ha ocu­rri­do —di­jo Víctor ha­cien­do ca­so omi­so a las se­ña­les de pe­li­gro.

— El chi­co in­ten­tó ma­tar­me, apa­re­ció Pópola y me ex­pli­có to­do.

— Nosotros lo vi­mos en don­de en­con­tra­ron a la chi­ca. Me con­tó el em­ba­ra­zo, que dis­cu­tie­ron, que ella que­ría abor­tar y él con­si­de­ra­ba que eso era pe­ca­do, co­mo les ha­bía en­se­ña­do.

— Eso me ha di­cho el chi­co. También que que­ría de­fen­der a Pópola.

— ¿Y sa­bes el res­to de la his­to­ria?

— Sí, cla­ro. El chi­co se lo con­tó a Pópola, és­te in­ten­to ha­blar con la chi­ca, que si­guió en sus tre­ce, y en­ton­ces per­dió los es­tri­bos y la ma­tó, aban­do­nán­do­la en la ace­quia tras ex­traer­le el fe­to, «co­mo si fue­ra una ye­gua con un po­tri­llo mór­bi­do».

— ¿Te ha di­cho eso li­te­ral­men­te?

— Palabra por pa­la­bra. No po­dré ol­vi­dar­lo en la vi­da.

Ambos se que­da­ron en si­len­cio. Mirando a las es­tre­llas. Entonces Hugo sa­co una ta­ble­ta de cho­co­la­te del bol­si­llo y le ofre­ció un pe­da­zo. Víctor acep­tó con des­ga­na y Hugo guar­dó el res­to tras pen­sar­se dos ve­ces dar­le un mor­dis­co.

— No te lo crees, ¿ver­dad? —di­jo Víctor.

— Ni una so­la pa­la­bra.

Entonces Víctor pen­só en lo que ha­bía vis­to jun­to con Pópola. La san­gre re­se­ca, los ins­tru­men­tos qui­rúr­gi­cos, la ne­ve­ra con me­dio ri­ñón en­vuel­to en film trans­pa­ren­te. Él tam­po­co ol­vi­da­ría sus pa­la­bras.

«El pas­tor tie­ne la obli­ga­ción de man­te­ner uni­do a lo que que­da del re­ba­ño. Y el ga­na­de­ro tie­ne la obli­ga­ción de no per­mi­tir que se des­apro­ve­che na­da».

Pero no ha­bía nin­gu­na ne­ce­si­dad de con­tár­se­lo a Hugo. Y de­jan­do que en­tre ellos rei­na­ra el si­len­cio, se que­da­ron sen­ta­dos un ra­to más, ad­mi­ran­do el cie­lo noc­turno, sa­bien­do que el in­for­me es­ta­ría lleno de ver­da­des a me­dias co­mo ese cie­lo que en­mas­ca­ra­ba el día con el frío de la no­che.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *