Cincuenta y dos relatos #18 — Ñam Ñam

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Álvaro Arbonés

Recorriendo pa­si­llos ilu­mi­na­dos por te­nues lu­ces de neón, Paco se mue­ve in­ce­san­te bus­can­do una sa­li­da. Lleva ha­cién­do­lo ca­si cua­ren­ta años. Rodeado de fan­tas­mas, to­man­do pas­ti­llas, al son de me­lo­días re­pe­ti­ti­vas. Siempre pa­re­ci­do, nun­ca lo mis­mo.

No po­ca gen­te di­ce que ya es­tá vie­jo. Que de­be­ría re­ti­rar­se. Él no es­tá de acuer­do. Ha ha­bi­do quien le ha pa­ga­do por sa­car­lo de allí, quien le ha lle­va­do a otros lu­ga­res si­mi­la­res y quie­nes han pues­to a su ex‐mujer o sus hi­jos en su mis­ma si­tua­ción. Incluso si ha­ce años que no sa­be na­da de su fa­mi­lia. Pero no es lo mis­mo. Nunca es lo mis­mo. Es un hi­to his­tó­ri­co, al­go irre­pe­ti­ble. Muchos han in­ten­ta­do imi­tar­le. Gente con nom­bres co­mo Iwatani. Kai. Mitchell. Ninguno lo ha igua­la­do. Paco es eterno en un mun­do don­de to­do es tran­si­to­rio. Él en­gu­lle pas­ti­llas al rit­mo de beats mar­ti­llean­tes co­mo la ma­yo­ría res­pi­ra­mos.

Son mu­chos años. Encerrado en lu­ga­res os­cu­ros, con mú­si­ca atro­na­do­ra las vein­ti­cua­tro ho­ras al día y con más dro­gas sin­té­ti­cas que per­so­nas, su la­bor es­tá más cer­ca a la del mon­je que a la del afi­cio­na­do o el ofi­ci­nis­ta. Lo que ha­ce, es­tar des­pier­to días en­te­ros, mo­vién­do­se de un la­do pa­ra otro, es­qui­van­do el can­san­cio y la neu­ro­sis, es­tá más re­la­cio­na­do con el éx­ta­sis pu­ri­fi­ca­dor que con el pa­sa­tiem­po el tra­ba­jo. Es su de­fi­ni­ción mis­ma de lo que im­pli­ca es­tar vi­vo.

Aunque su nom­bre es Paco po­cos le co­no­cen por ese nom­bre. Muchos le lla­man Paco Man, otros le lla­man Ñam Ñam. Un ja­po­nés muy gra­cio­so, que de­cía ser su pa­dre, le lla­mó pa­ku pa­ku sa­ma. Pero él no con­tes­ta nun­ca. Ni a esos ni a nin­gún nom­bre. Impasible. Inalterable. Inalterado. Como una cons­tan­te más allá del ago­ta­mien­to. Un mo­nu­men­to eterno.

Cuarenta años en la os­cu­ri­dad. Entre neo­nes, fan­tas­mas y pas­ti­llas. Toda una vi­da pa­ra al­gu­nos. Ese es Paco. Paco Man. Ñam Ñam. El hom­bre que vio la eter­ni­dad en un error.

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