Cincuenta y dos relatos #19 — En el monte Ooe

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52-19

Álvaro Arbonés

Suelo re­ci­bir mu­chas car­tas co­mo es­tas. Cartas, ya sa­bes. De mu­je­res. En reali­dad me sien­to in­có­mo­do ha­blan­do de es­to y ya sé que es­tás ha­cien­do un gran es­fuer­zo pa­ra ve­nir has­ta aquí y en­tre­gár­me­la en mano, pe­ro es in­có­mo­do, ¿sa­bes? Estamos so­los, en me­dio de la no­che, yo só­lo que­ría be­ber, tran­qui­la­men­te, con los pies en re­mo­jo. ¿No es bo­ni­ta la lu­na aquí? Por eso, es­pe­ro que en­tien­das que me so­bras.

¿Las ce­ni­zas? Sí, hue­le a al­cohol. Qué me­nos, an­tes de que­mar las car­tas. Sí, las car­tas. Las de las mu­je­res. No, no ha­ce fal­ta que gri­tes, ¿sa­bes? Quemaré tam­bién la tu­ya, ¿pe­ro qué im­por­ta? Ya te he di­cho que no me in­tere­sas. No me in­tere­sáis nin­gu­na.

Es, a ver. Imagina va­gar du­ran­te años. Años. Más años de los que tú tie­nes, por­que, no sé, no pue­des te­ner más de quin­ce o… ¿die­ciocho? Pareces más ni­ña. No, no, no te con­fun­das: no te re­cha­zo por tu edad. Pero co­mo te iba di­cien­do, he ido de mon­ta­ña en mon­ta­ña, du­ran­te años, hu­yen­do de las mu­je­res, y siem­pre me en­cuen­tro con las que vie­nen y pre­ten­den, uh, ya sa­bes. Cartas. Declaraciones. Otras co­sas. ¿Sabes lo can­sa­do que es eso? Nunca me ha in­tere­sa­do. Es, va­ya, no quie­ro de­cir que no, a ver, por su­pues­to que po­dría exis­tir la po­si­bi­li­dad de que me in­te­re­sa­ran las mu­je­res, pe­ro, mi­ra, ima­gi­na, ¿va­le? Imagina. Imagina que du­ran­te años, ¿eh?, años, te obli­ga­ran a co­mer la mis­ma co­mi­da. Que ni te gus­ta ni te dis­gus­ta, pe­ro te obli­gan. Aparecen mien­tras duer­mes, mien­tras pa­seas, mien­tras te ba­ñas. Y te pi­den que co­mas. Hay quien te me­te la co­mi­da en la bo­ca. Y cla­ro, tú, en plan, no, osea, ¡ven­ga ya! ¿Cómo crees que voy a acep­tar en­can­ta­do co­mer si me me­tes la cu­cha­ra en la bo­ca? Quizás, a ver, tal vez las pri­me­ras ve­ces. ¡Es que ni me acuer­do! Pero lo du­do por­que, no, era un ni­ño y eso me asus­tó y, ¿ves? Imagina eso: que ade­más eres de­ma­sia­do jo­ven co­mo pa­ra que te gus­te esa co­mi­da, pa­ra en­ten­der­la o, ya sa­bes, que no te re­sul­te al­go pa­vo­ro­so. Desagradable. No sé si me ex­pli­can­do.

No, es, no. Que te eches a llo­rar no cam­bia­rá na­da. Ya te he di­cho que só­lo quie­ro be­ber, es­tar tran­qui­lo, dis­fru­tar de la no­che. Lo de­más es irre­le­van­te. ¿Tu car­ta? ¿Qué pa­sa con tu car­ta? ¿Que qué ha­cer con ella? Pues no sé. Tú ve­rás. Acabará en aquel mon­tón blan­co, pu­ro co­mo la nie­ve.

Claro que agra­de­ce­ré que te mar­ches. No es na­da per­so­nal, só­lo eso, no so­por­to la com­pa­ñía. No la fe­me­ni­na. Tampoco la mas­cu­li­na, pe­ro al me­nos ahí hay más don­de mas­ti­car.

Sí, se­gui­ré aquí be­bien­do. No, agra­de­ce­ría que no vol­vie­ras. ¿Cómo? ¿Un fa­vor? Por fa­vor, ¿es que no te ha que­da­do cla­ro que só­lo quie­ro dis­fru­tar de una no­che tran­qui­la? Ya, ya. Siempre es só­lo una co­sa, siem­pre es só­lo po­ca co­sa. Venga. Me sien­to mag­ná­ni­mo. ¿Que qué? ¿Que te di­ga mi nom­bre? Ya. Que al me­nos mi nom­bre. ¿Para que te cues­te más ol­vi­dar­me? Mira que sois ton­tas las chi­cas. Tantas chi­cas aho­ga­das, tan­tas chi­cas ahor­ca­das, tan­tas ve­ces mi nom­bre es­cri­to en lu­ga­res don­de no de­be­ría ha­ber apa­re­ci­do. ¿Sabes có­mo aca­bó eso pa­ra mí? Siempre igual. Perseguido. Solo. Huyendo. De mon­ta­ña en mon­ta­ña. ¿Te sue­na bien? Porque pa­ra mí es un in­fierno.

No te vas a ir has­ta que te di­ga mi nom­bre, ¿ver­dad? Qué chi­ca más pe­sa­da. ¿Tantas ga­nas tie­nes de su­frir? Pues qué­da­te ahí. Venga. Sí. Pero no ha­bles, ¿eh? Callada.

Ni te que fue­ra a de­cir mi nom­bre por­que te que­des ahí.

¿No te has mar­cha­do aún?

Y si te di­go mi nom­bre, ¿me pro­me­tes que te irás? ¿De ver­dad? Que cons­te que lo has pro­me­ti­do, te irás, ¿eh? Ah, sí, y no te ma­ta­rás. Promételo. Sí. No. Promete que no te sui­ci­da­rás y que no me echa­rás la cul­pa. Sí, crée­me, me gus­ta es­te mon­te. Bueno, el mon­te Ooe no ten­drá na­da de es­pe­cial pa­ra ti, pe­ro pa­ra mí es un lu­gar muy bo­ni­to. Entonces, ¿pro­me­ti­do? Sí, cla­ro. Prometido.

Mi nom­bre es Shuten Dōji. Ahora ve­te de aquí an­tes de que tu car­ta aca­be en la pi­la de las ce­ni­zas.

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