Cincuenta y dos relatos #20 — Plastilina

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52-20

Álvaro Arbonés

Por su­pues­to que ha ha­bi­do pro­ble­mas. Poder trans­fe­rir la cons­cien­cia de las per­so­nas fue un gran des­cu­bri­mien­to cien­tí­fi­co, pe­ro na­die se ha­bía plan­tea­do los lí­mi­tes. No se­ria­men­te. Poder con­ver­tir­se en otra per­so­na, su­pe­rar la muer­te, ser va­rios in­di­vi­duos al mis­mo tiem­po. Sonaba de­ma­sia­do bien co­mo pa­ra po­ner­le tra­bas. Después em­pe­za­ron a lle­gar las co­sas más pe­cu­lia­res. ¿Convertirse en un ani­mal? Claro. ¿Emerger con una IA? Puedes. ¿Hacer un bac­kup de tu con­cien­cia pa­ra im­plan­tar­lo en una car­te­ra di­se­ña­da si­guien­do los pa­tro­nes del di­se­ño vec­to­rial de tu per­so­na­je de ani­me fa­vo­ri­to? Es una ten­den­cia aún mi­no­ri­ta­ria, pe­ro es­tá le­jos de no ser un ne­go­cio lu­cra­ti­vo.

Pero la plas­ti­li­na. Oh, la plas­ti­li­na. Eso sí fue una lo­cu­ra.

Imagina po­der trans­por­tar tu men­te a un mu­ñe­co. Un mu­ñe­co de plas­ti­li­na. Todo tu ser, tus sen­ti­mien­tos, tus emo­cio­nes, tus pen­sa­mien­tos, to­dos en­claus­tra­dos en una ma­que­ta tos­ca, dúc­til, de trein­ta cen­tí­me­tros de al­to. Y cla­ro, que la úni­ca ma­ne­ra de ma­ni­pu­lar­la, sea que otro lo ha­ga por ti.

Cuando lo in­ven­ta­mos no pen­sa­mos en nin­gún uso en par­ti­cu­lar. Era só­lo un ex­pe­ri­men­to, pa­ra com­pro­bar has­ta dón­de po­día­mos lle­gar. Puro di­ver­ti­men­to in­te­lec­tual. Pero en­ton­ces lo vie­ron los chi­cos de mar­ke­ting y, oh, boy: vie­ron po­si­bi­li­da­des en ello. Demasiadas po­si­bi­li­da­des.

Era el ju­gue­te se­xual de­fi­ni­ti­vo.

Nos di­je­ron «ima­gí­na­te ser un M, ya sa­bes, un ma­so­quis­ta, de BDSM, si­glas de bon­da­ge, do­mi­na­tion, sa­dis… Bueno, ya lo pi­lláis, eso, ma­so­quis­ta, y po­der trans­fe­rir tu men­te a un mu­ñe­co, de plas­ti­li­na, po­der ser mol­dea­do, cas­ti­ga­do y do­mi­na­do de to­das las ma­ne­ras po­si­bles, sin po­der re­pli­car, sin pa­la­bra de se­gu­ri­dad; un nue­vo ni­vel de sa­dis­mo, un nue­vo ni­vel de ma­so­quis­mo: al­go que to­do el mun­do que­rría pro­bar, o al me­nos eso di­cen nues­tros es­tu­dios pre­li­mi­na­res». Algo de to­do aque­llo nos de­bió ha­cer sos­pe­char. Como por ejem­plo, que des­de que vie­ran un in­for­me al res­pec­to has­ta que vi­nie­ra el re­pre­sen­tan­te de mar­ke­ting a ver­nos no pa­sa­ran ni diez mi­nu­tos.

Entonces se co­mer­cia­li­zó. Y fue un gran éxi­to. Primero co­mo al­go un­der­ground, un se­cre­to en­tre ini­cia­dos, des­pués en­tre el gran pú­bli­co, gra­cias al éxi­to de al­gu­nas obras eró­ti­cas de las que me aver­gon­za­ría te­ner que ad­mi­tir que he leí­do.

Ese fue el pro­ble­ma. Que lle­ga­ra al gran pú­bli­co. Entre los kinks de quie­nes tie­nen por há­bi­to ha­cer co­sas fue­ra de la nor­ma y las mo­das im­pues­tas por la ne­ce­si­dad de la cons­tan­te re­no­va­ción de las ten­den­cias siem­pre hay cier­ta dis­tan­cia. Específicamente, la dis­tan­cia de quien sa­be lo que es­tá ha­cien­do, por­que sa­be la ne­ce­si­dad de re­fle­xio­nar y ser muy cons­cien­te de que pue­de y de­be pa­rar an­tes de que las co­sas lle­guen de­ma­sia­do le­jos, y quien no tie­ne ni la más re­pa­jo­le­ra idea de ello.

Seamos cla­ros: ha ha­bi­do muer­tos. Trescientos, has­ta el mo­men­to. Contamos las per­so­nas en co­ma por mi­les. A lar­go pla­zo no po­de­mos cal­cu­lar cuan­tas per­so­nas pue­den lle­gar a su­frir pro­ble­mas de di­so­cia­ción o cual­quier otra cla­se de en­fer­me­dad psi­quiá­tri­ca.

¿A qué se de­be eso? Imagina que te trans­plan­tan en un mu­ñe­co de plas­ti­li­na. Y que al­guien que no tie­ne cui­da­do, em­pie­za a ju­gar con­ti­go. Amoldándote. Hundiéndote par­tes del cuer­po. Y tú ex­pe­ri­men­tas to­do. Lo sien­tes. Sabes per­fec­ta­men­te lo que es­tá ocu­rrien­do. Y que aun sien­do de plas­ti­li­na, es­tás le­jos de to­már­te­lo co­mo un jue­go, por­que es tu cuer­po, es el cuer­po en el que es­tás en ese mo­men­to, y to­do lo que es­tás ex­pe­ri­men­tan­do pa­ra ti es real y de­fi­ni­ti­vo y co­mo si le es­tu­vie­ra ocu­rrien­do a tu cuer­po, de car­ne y hue­so, aho­ra de plas­ti­li­na, am­bos in­dis­tin­gui­bles en­tre sí pa­ra una cons­cien­cia trans­fe­ri­da só­lo tem­po­ral­men­te. Imagina el trau­ma que pue­de su­po­ner cuan­do eso lle­ga a ma­nos inex­per­tas.

Experimentar que te aplas­ten un bra­zo. Que te cla­ven al­fi­le­res en los ojos. Que un pe­rro te muer­da una y otra vez.

Que te aban­do­nen du­ran­te ho­ras en un lu­gar os­cu­ro sin po­der mo­ver­te.

No es­toy bro­mean­do. Estoy ha­blan­do de gen­te con co­lap­sos men­ta­les. Gente mu­rien­do a cau­sa de trau­mas fí­si­cos de tal ca­li­bre que sus ce­re­bros son in­ca­pa­ces de to­le­rar la mis­ma idea de es­tar vi­vos. Gente en­tran­do en co­ma a cau­sa de que su ce­re­bro es in­ca­paz de pro­ce­sar lo que su men­te per­ci­be co­mo el he­cho de es­tar muer­tos. Un ho­rror más allá de lo que nun­ca po­dría­mos ha­ber ima­gi­na­do.

Pero ese es nues­tro mun­do. Un lu­gar frío, os­cu­ro y hos­til. Como siem­pre ha si­do. Y, en cual­quier ca­so, ¿có­mo íba­mos a en­te­rrar una tec­no­lo­gía tan pro­me­te­do­ra só­lo por unos cuan­tos mi­les de muer­tos? A fin de cuen­tas, no ha ha­bi­do tec­no­lo­gía a la que la hu­ma­ni­dad no ha­ya aca­ba­do adap­tán­do­se.

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