Cincuenta y dos relatos #5 — Sombras

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52-5

Mikel Álvarez

A ve­ces, al ob­ser­var­se en el es­pe­jo, in­de­pen­dien­te­men­te de cuan­to tiem­po hu­bie­ra in­ver­ti­do en ma­qui­llar­se o ele­gir su ro­pa o su cal­za­do, in­ten­ta­ba en­con­trar en su ros­tro al­go que la hi­cie­ra hu­ma­na. Que le per­mi­tie­ra sen­tir­se co­nec­ta­da con al­gu­na otra per­so­na.

Aquella ma­ña­na gris se pa­só un buen ra­to ob­ser­ván­do­se en el es­pe­jo. Diseccionó sus ojos (gran­des), sus la­bios (car­no­sos), sus pó­mu­los (sua­ves), su pe­lo (li­so). Ni si­quie­ra su fle­qui­llo, re­bel­de por na­tu­ra­le­za, pa­re­cía que­rer sa­lir­se de su per­fec­ta rec­ti­tud en aque­lla ma­ña­na de do­min­go, pri­mer do­min­go li­bre en tres se­ma­na, en el cual el ex­te­rior so­na­ba con la me­lan­co­lía pro­pia de los días de llu­via mien­tras el in­te­rior se con­for­ma­ba con los ecos dis­tan­tes de al­gún pro­gra­ma de te­le­vi­sión ba­ra­to. En aque­lla épo­ca to­dos los eran. Pero ahí es­ta­ba, de­lan­te del es­pe­jo, sin com­pren­der de­ma­sia­do bien por­qué, in­clu­so con to­dos sus de­fec­tos —un pár­pa­do caí­do, una na­riz li­ge­ra­men­te gran­de, ten­den­cia a acu­mu­lar gra­nos en la fren­te — , ya pa­re­cía una prin­ce­sa de un cuen­to na­da más le­van­tar­se.

Ella só­lo desea­ba ser vis­ta. Ni re­ci­bir car­tas de amor ni lla­ma­das ex­tra­ñas de gen­te que no co­no­cía. Sólo no vi­vir pa­ra siem­pre ba­jo la cons­cien­cia de que al­gún día ha­bría de mar­chi­tar­se.

Al sa­lir del ba­ño, com­pro­bó que Lucía ya ha­bía pre­pa­ra­do el desa­yuno. Estaba sen­ta­da en el so­fá, con las pier­nas cru­za­das y co­mién­do­se un bol de ce­rea­les mien­tras es­cu­cha­ba la te­le­vi­sión con su ha­bi­tual ges­to de in­di­fe­ren­cia. Para aque­llos que no la co­no­cían pa­re­cía vi­vir en un per­pe­tuo es­ta­do de abu­rri­mien­to.

Con aque­lla ima­gen de fon­do, Alisa se acer­có has­ta la co­ci­na, co­gió su ta­za de ca­fé re­cién he­cho y vol­vió al sa­lón pa­ra sen­tar­se al la­do de su her­ma­na, in­ten­tan­do des­ci­frar en qué es­ta­ba pen­san­do.

— Se me ha­ce ra­ro ser la pri­me­ra en des­per­tar­se. Además, has pa­sa­do mu­cho ra­to en el ba­ño. ¿Te pa­sa al­go?

— No. Estoy can­sa­da —di­jo Alisa mien­tras se re­cos­ta­ba en el so­fá — , na­da más.

— Ya, tra­ba­jas de­ma­sia­do. Por cier­to —di­jo cam­bian­do de te­ma — , an­tes me ha pa­re­ci­do oír tu voz, pe­ro es­ta­ba pen­san­do y no me he fi­ja­do bien, ¿sa­les mu­cho por te­le­vi­sión úl­ti­ma­men­te.

Alisa no pu­do evi­tar reír­se. Entonces te­nía en emi­sión dos anun­cios a ni­vel na­cio­nal, tam­bién un anun­cio pa­ra pro­mo­cio­nar su nue­vo dis­co y era co­la­bo­ra­do­ra ha­bi­tual en un par de pro­gra­mas de va­rie­da­des. Todo ello sin con­tar co­la­bo­ra­cio­nes pun­tua­les. Su ima­gen pa­sa­ba de dia­rio no me­nos de dos o tres ho­ras en an­te­na, por lo cual, sí, su­pu­so que el co­mún de los mor­ta­les en­ten­de­ría aque­llo co­mo «sa­lir mu­cho por la te­le».

— Sólo lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que tú no me eches en fal­ta cuan­do no es­toy en ca­sa.

— A ve­ces ten­go la sen­sa­ción de que te preo­cu­pas de­ma­sia­do por mí.

— Eh, eso no es cier­to. Eres mi her­ma­na pe­que­ña, es na­tu­ral que…

— ¡Mira, mi­ra! —di­jo Lucía an­tes de que su her­ma­na pu­die­ra aca­bar la fra­se — . Estás ha­blan­do, en la te­le­vi­sión, esa es tu voz. ¡Qué bien! ¿Podrías na­rrar­me qué es lo que ves?

— No me que­da otro re­me­dio, ¿ver­dad?

— Tú lo has di­cho.

— De acuer­do —di­jo con un de­je de re­sig­na­ción im­pos­ta­da — . Por hoy, se­ré tus ojos.

El ges­to de na­rrar lo que veía ha­bía aca­ba­do re­sul­tan­do na­tu­ral pa­ra ella. A Lucía le en­can­ta­ba el ci­ne, pe­ro, de­bi­do a un de­fec­to con­gé­ni­to de la vis­ta, su vi­sión es­ta­ba re­du­ci­da en un 90%; era ca­paz de di­fe­ren­ciar al­gu­nas for­mas y co­lo­res, pe­ro ca­ta­lo­gar­la de vi­den­te se­ría, de al­gún mo­do, ha­cer­la de me­nos. Pero en tan­to la te­le­vi­sión, ya fue­ran se­ries o pro­gra­mas, eran un 90% con­ver­sa­cio­nes o so­ni­dos au­to­ex­pli­ca­ti­vos, só­lo cuan­do veían una pe­lí­cu­la —ya que, en las pau­sas pu­bli­ci­ta­rias, pre­fe­ría ha­blar con su her­ma­na que es­cu­char los anun­cios— era ne­ce­sa­rio que Alisa re­lle­na­ra al­gu­na de sus la­gu­nas.

— Estoy yo en me­dio de una pis­ta de bai­le, una dis­co­te­ca o al­gu­na otra cla­se de lu­gar os­cu­ro y ex­tra­ño, inun­da­da de lu­ces de neón. Suena una mú­si­ca cal­ma­da y re­pe­ti­ti­va. No ca­sa con el lu­gar, pe­ro su­pon­go que sí va bien con la es­ce­na.

— Es Brian Eno. ¿An Ending? No sé. Creo que se lla­ma­ba así. Era la can­ción fa­vo­ri­ta de pa­pá. Decía que le ha­cía sen­tir co­mo si es­tu­vie­ra flo­tan­do en me­dio del es­pa­cio.

— Oh, cier­to. Es Brian Eno. Continuó, ¿de acuer­do? —di­jo mien­tras su her­ma­na afir­ma­ba con la ca­be­za in­ten­tan­do mi­rar­la di­rec­ta­men­te a los ojos — . Llevo un ves­ti­do ne­gro va­po­ro­so, lleno de bri­llos y trans­pa­ren­cias, aun­que in­si­núa más que mues­tra: es ele­gan­te, pe­ro sin ser de ga­la. Es só­lo un ves­ti­do de chi­ca. En cier­to mo­do lo nor­ma­li­za que lle­ve pues­tas unas con­ver­se al­go aja­das, un col­gan­te de plás­ti­co de un pen­ta­gra­ma in­ver­ti­do y una pul­se­ra de co­bre.

— ¿Era aquel ves­ti­do tan sua­ve que era im­po­si­ble sa­ber dón­de em­pe­za­ba la piel y aca­ba­ba el te­ji­do? Era di­ver­ti­do in­ten­tar en­con­trar esa di­fe­ren­cia usan­do los de­dos.

— Sí, era aquel ves­ti­do. ¿Me per­mi­tes con­ti­nuar? —di­jo, en­tre ri­sas, mien­tras su her­ma­na res­pon­día afir­ma­ti­va­men­te una vez más — . Mi ca­ra no pue­de ver­se: la ta­pa en­te­ra un ve­lo trans­lu­ci­do. Detrás de mí, la gen­te bai­la. Parecen ani­ma­dos. Incluso a cá­ma­ra len­ta. Pero yo es­toy allí, quie­ta, en me­dio de to­do ese ba­ru­llo de emo­cio­nes con­tra­dic­to­rias.

Alisa se que­dó en si­len­cio unos se­gun­dos. Después in­ten­tó ex­pli­car­le a su her­ma­na la ca­li­dez de los neo­nes ro­sas anegan­do la es­ce­na, la be­lle­za de los mo­vi­mien­tos asin­cró­ni­cos de los bai­la­ri­nes, la su­ti­le­za de la cá­ma­ra di­ri­gién­do­se ha­cia su ros­tro, el bri­llo que ema­na­ba de su piel blan­ca en con­tras­te con el te­ji­do ne­gro y el me­tal par­do que la en­vol­vía. Lo in­ten­tó, lo pu­so en pa­la­bras, pe­ro no te­nía la sen­sa­ción de que pu­die­ra si­quie­ra em­pe­zar a ha­cer­le jus­ti­cia a la su­til be­lle­za que es­ta­ba pa­san­do an­te sus ojos. Todo cuan­to di­je­ra pa­ra ex­pli­car­lo se­ría gro­se­ro y evi­den­te. El pá­li­do re­fle­jo de una ima­gen.

— Entonces —di­jo Lucía in­te­rrum­pien­do el flu­jo de pen­sa­mien­tos de su her­ma­na — , ¿no se ve tu ros­tro en el anun­cio?

— No. Justo an­tes de qui­tar­me el ve­lo, cuan­do la cá­ma­ra ya es­tá si­tua­da en un pri­mer plano ce­rra­do, hay un fun­di­do a ne­gro y apa­re­ce el nom­bre de la mar­ca du­ran­te un par de se­gun­dos. Entonces, la can­ción se di­lu­ye sua­ve­men­te en el va­cío.

— «La be­lle­za se es­con­de en la su­ti­li­dad de las som­bras que no po­de­mos ver». Eso di­ces al prin­ci­pio del anun­cio, ¿ver­dad?

— Sí. Me obli­gan a de­cir mu­chas ton­te­rías por te­le­vi­sión —di­jo sol­tan­do una ri­so­ta­da.

— ¡Pues yo es­toy de acuer­do con la fra­se! —di­jo Lucía in­cor­po­rán­do­se de un sal­to, acer­cán­do­se a su her­ma­na, bus­can­do tor­pe­men­te sus ma­nos pa­ra po­der sos­te­ner­las jun­to a las su­yas — . No pue­do ver­te, pe­ro pue­do ver tu som­bra. La sua­vi­dad de tu piel, el olor del cham­pú ema­nan­do de tu pe­lo, la dul­zu­ra con la que me be­sas en la fren­te cuan­do vuel­ves por la no­che y yo ya es­toy dor­mi­da en el so­fá.

— Eso, no…

— Alisa, nun­ca te he vis­to. Nunca te ve­ré. Pero sé que eres la chi­ca más bo­ni­ta del mun­do.

Tras aque­llo, am­bas se que­da­ron en si­len­cio mi­ran­do ha­cia la pan­ta­lla. El anun­cio ha­bía ter­mi­na­do mu­cho tiem­po atrás. Y sin de­jar que vie­ra su ca­ra, Alisa de­jó caer la ca­be­za so­bre el hom­bro de Lucía y, su­su­rran­do al­go ape­nas sí au­di­ble, ce­rró los ojos de­ján­do­se arro­par por las cir­cuns­tan­cias.

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