Cincuenta y dos relatos #6 — Cuestión de oportunidad

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Ilustracion-Alvaro

Mike Remacha

La llu­via caía co­mo una cas­ca­da de cu­chi­llos abrién­do­se pa­so en­tre una ce­lo­sía mal co­lo­ca­da. Era vio­len­ta y se­ca. Ni si­quie­ra de­ja­ba atrás el ale­gre so­ni­do del cha­po­teo tí­pi­co de la llu­via más gen­til. Mientras, en el ba­ño, se es­cu­cha­ba el des­agra­da­ble rui­do del agua ca­yen­do di­rec­ta­men­te so­bre el su­mi­de­ro ca­da vez que re­gre­sa­ba el ris‐ras de quien fro­ta­ba con fuer­za un pu­ña­do de pren­das que se ne­ga­ban a vol­ver a su es­ta­do an­te­rior de lim­pie­za.

Aquel no era un gran día pa­ra ella.

— ¿No pue­des te­ner más cui­da­do? —di­jo su hi­jo, des­de la puer­ta del sa­lón, con las ma­nos des­pe­lle­ja­das — . No pue­do es­tar siem­pre aquí pa­ra arre­glar tus es­tro­pi­cios. Tu edad no es ex­cu­sa. ¡Retírate!

Una go­ta de san­gre ca­yó de su de­do.

Se oyó co­mo un cha­po­teo. Un dul­ce e inocen­te cha­po­teo. Y ella re­cor­dó aquel hai­ku tan bo­ni­to.

«Un vie­jo es­tan­que
una ra­na sal­ta
en el so­ni­do del agua».

— No me creo que, pre­ci­sa­men­te tú, te ha­yas con­ver­ti­do en es­to. Siempre mi­ran­do por la ven­ta­na.

Pero a fin de cuen­tas, aque­llos eran sus do­mi­nios: el cris­tal era el agua, to­do lo que al­can­za­ba a ver el vie­jo es­tan­que.

— ¿Y ni si­quie­ra te has co­mi­do la so­pa? A ve­ces no sé pa­ra qué me mo­les­to —di­jo mien­tras se re­ti­ra­ba de nue­vo al ba­ño de nue­vo.

En días co­mo aque­llos se sen­tía vie­ja, tor­pe e inú­til. No po­día evi­tar­lo. Ni la llu­via ni la pre­sen­cia de su hi­jo. No ya. No cuan­do los hue­sos le cru­jían y los múscu­los le fla­quea­ban y la pro­pia exis­ten­cia se le vol­vía des­agra­da­ble cuan­do pen­sa­ba en la po­si­bi­li­dad de des­apa­re­cer en for­ma de un mias­ma que na­die en­con­tra­ría. No a cau­sa de su hi­jo o de la llu­via.

Sólo desea­ba ser la ra­na. También en días de llu­via. Pero cuan­do el agua se en­tur­bia, el vie­jo es­tan­que des­apa­re­ce.

— Te has vuel­to des­cui­da­da —di­jo re­gre­san­do al sa­lón, sen­tán­do­se en el si­llón que ha­bía en­fren­te al de su ma­dre — . Tendré que ha­cer dos via­jes só­lo pa­ra car­gar con to­da la por­que­ría que has ido de­jan­do. Me ex­tra­ña que los ve­ci­nos me ha­yan lla­ma­do a mí y no a po­li­cía.

Ella mi­ra­ba dis­traí­da ha­cia la ven­ta­na, él la mi­ra­ba con los co­dos apo­ya­dos so­bre las ro­di­llas, de­jan­do re­po­sar la ca­ra so­bre las pal­mas de sus ma­nos. Como ha­cía de pe­que­ño. Como ha­cía cuan­do mi­ra­ba a su ma­dre y a su pa­dre cuan­do eran ellos los que lim­pia­ban sus pro­pios des­per­fec­tos.

— Espero que se­pas per­do­nar­me que no qui­sie­ra se­guir con la tra­di­ción fa­mi­liar. Es só­lo que mi ver­da­de­ra vo­ca­ción era otra.

Aspiraba a ser la ra­na de Bashō. Incluso si eso sig­ni­fi­ca­ba que to­do el mun­do en­ten­die­ra al re­vés cuá­les eran sus in­ten­cio­nes. Si ella en­tra­ba en el la­go y ha­cia un so­ni­do, o si ella en­tra­ba en el so­ni­do que ca­sual­men­te es­ta­ba en el la­go.

— Limpiar las ca­sas de fa­lle­ci­dos tie­ne su pro­pio en­can­to.

Pero aque­llo era cues­tión de opor­tu­ni­dad. Y cuan­do el rui­do es­ta­ba au­sen­te, no ha­bía so­ni­do al que sal­tar.

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