Cincuenta y dos relatos #1 — El recuerdo que era como yo

Enlarge

52-1

Mikel Remacha

Aquello ni si­quie­ra era llu­via. Era un li­ge­ro chi­ri­mi­ri, cua­tro go­tas de­ján­do­se res­ba­lar en­tre las nu­bes, de las cua­les era po­si­ble cu­brir­se con na­da más que un pe­rió­di­co. Ni si­quie­ra eso. Incluso una mano es­tra­té­gi­ca­men­te co­lo­ca­da blo­quea­ba to­do su po­si­ble efec­to. Pese a to­do, aque­lla po­ca co­sa fue más que su­fi­cien­te pa­ra que la gen­te no acu­die­ra al fu­ne­ral de Julián, lo cual hi­zo que Adán, a pe­sar de ha­ber per­di­do el con­tac­to con él tras aca­bar el ins­ti­tu­to, se apia­da­ra de su fa­mi­lia. «Es tris­te que la gen­te les ig­no­re por tan po­qui­ta co­sa» —di­jo pa­ra sus aden­tros. Y así, no sien­do ni una do­ce­na de per­so­nas, con­tan­do a sus in­con­so­la­bles pa­dres, tan jó­ve­nes, tan per­di­dos, sin­tió un li­ge­ro as­co por el res­to de la ra­za hu­ma­na.

Al aca­bar to­dos se que­da­ron por los pa­si­llos del enor­me edi­fi­cio del ce­men­te­rio don­de se ce­le­bra­ba la mi­sa, pe­ro él en­ca­ró di­rec­to la sa­li­da. Tras unos se­gun­dos ob­ser­van­do có­mo cha­po­tea­ba el agua en pe­que­ños char­cos a sus pies, no­tó co­mo una mano se apo­ya­ba so­bre su hom­bro.

— ¡Adán! Llevo un ra­to lla­mán­do­te y no con­tes­ta­bas, ¿tan fuer­te es la llu­via que no pue­des oír la voz de un vie­jo ami­go?

Antes de gi­rar­se no pu­do evi­tar ha­cer una mue­ca de des­agra­do. Sólo que­ría vol­ver a ca­sa, con su fa­mi­lia, ¿por qué la gen­te te­nía que to­mar­se tan­tas li­ber­ta­des? Qué des­agra­da­bles lle­ga­ban a ser los se­res hu­ma­nos. Pero cuan­do se gi­ró, cons­cien­te de sus obli­ga­cio­nes so­cia­les, su ges­to cam­bió de in­me­dia­to: pa­só de un ric­tus me­dio es­cul­pi­do a una son­ri­sa tan cá­li­da que pa­re­cía aje­na a su ros­tro.

Era Junji. Su otro ami­go de la in­fan­cia, el que no era Julián.

— Pero… Junji, ¿tú no es­ta­bas en Japón?

— Sí, pe­ro es na­vi­dad. Tengo que ve­nir pa­ra pa­sar­la con la fa­mi­lia, ¿no? Qué abu­rri­do, si no, allí so­lo.

— Es de­cir, no con­ven­cis­te a nin­gu­na chi­ca pa­ra pa­sar la no­che­vie­ja con­ti­go.

— ¡Cómo me co­no­ces!

Ambos se rie­ron y co­men­za­ron a ha­blar. Como aún era tem­prano, ni si­quie­ra me­dio­día, de­ci­die­ron ir a un bar cer­cano, co­rrien­do co­mo si la llu­via fue­ra peor que la po­si­bi­li­dad de res­ba­lar­se, y allí se pu­sie­ron al día. Qué era de sus vi­das, có­mo es­ta­ban sus fa­mi­lias, quién no les ha­bía da­do el ca­so que es­pe­ra­ban des­de la úl­ti­ma vez que se vie­ron. Al fi­nal aca­ba­ron re­cor­dan­do a Julián. Cómo los tres eran uno y el mis­mo en el ins­ti­tu­to, in­se­pa­ra­bles has­ta que Adán fue a la uni­ver­si­dad en otra ciu­dad, Junji se mu­dó de país per­si­guien­do su sue­ño y Julián se tu­vo que que­dar allí en­car­gán­do­se de la tien­da de sus pa­dres.

Tras un par de cer­ve­zas y el eflu­vio de­pre­sor de la nos­tal­gia, se des­pi­die­ron pro­me­tién­do­se lla­mar­se an­tes de que vol­vie­ran, ca­da uno de ellos, a un ex­tre­mo del mun­do di­fe­ren­te.


El día del fu­ne­ral tam­bién era el día de re­yes y, al lle­gar a ca­sa de sus pa­dres, ya es­ta­ba to­da la fa­mi­lia allí reuni­da. Aunque se in­te­re­sa­ron por dón­de ha­bía es­ta­do, na­die le echó en ca­ra ha­ber lle­ga­do el úl­ti­mo: ayu­dó a ser­vir la me­sa, pre­pa­ró va­rias sal­sas dis­tin­tas y, mien­tras los de­más es­ta­ban de so­bre­me­sa en el sa­lón, él y su her­ma­na re­ti­ra­ron la me­sa.

Tras aque­llo só­lo res­ta­ban los ca­fés pa­ra los ma­yo­res, el cho­co­la­te pa­ra los pe­que­ños y el ros­cón pa­ra to­dos por igual.

Como eran mu­chos en la co­mi­da, el ros­cón era igual­men­te mu­cho. Pero tras re­par­tir­lo en­tre to­dos, lo que en la ne­ve­ra pa­re­cía una mons­truo­si­dad in­di­ges­ta, en la me­sa se con­vir­tió en un pos­tre más bien mo­des­to. Por eso, in­clu­so an­tes de que pu­die­ra ter­mi­nar de ser­vír­se­lo a to­dos, más de la mi­tad de los pre­sen­tes ya se ha­bían co­mi­do su par­te.

Adán se sen­tó, re­sig­na­do por la fal­ta de edu­ca­ción de sus fa­mi­lia­res me­nos cer­ca­nos, mi­ran­do su tro­zo de ros­cón. El más pe­que­ño. De eso le ha­bía ser­vi­do re­par­tir: pa­ra lle­var­se las so­bras. Pero re­sig­na­do, mi­ran­do su ca­pu­chino to­da­vía humean­te en el cual su her­ma­na ha­bía di­bu­ja­do la ca­ra de un ado­ra­ble ga­ti­to, dio el pri­mer mor­dis­co al ros­cón.

Tras aquel pri­mer bo­ca­do no­tó al­go ex­tra­ño. Todos en la me­sa es­ta­ban mi­rán­do­le fi­ja­men­te. Para ser jus­tos, no eran to­dos: era una par­te lo su­fi­cien­te­men­te sig­ni­fi­ca­ti­va co­mo pa­ra que pa­re­cie­ra que era una co­sa ge­ne­ra­li­za­da. Pero ig­no­rán­do­los, de­vol­vién­do­les la mi­ra­da ha­cien­do un ges­to de apren­sión, si­guió mor­dien­do. Hasta que dio con al­go ex­tra­ño en­te­rra­do en el ros­cón. Mientras él hur­ga­ba, ha­cien­do hue­co en la na­ta bus­can­do que ha­bía allí, to­da la me­sa es­ta­lló de jú­bi­lo. Cómo sos­pe­cha­ban, le ha­bía to­ca­do la fi­gu­ra, ese pe­que­ño re­cuer­do.

Con ca­da vez más rui­do acu­mu­lán­do­se en el sa­lón, el co­gió aque­lla pe­que­ña pie­za de or­fe­bre­ría en­tre sus de­dos. No era más gran­de que la fa­lan­ge me­dia de su me­ñi­que. Pensando en ello, en lo di­mi­nu­to que era pa­ra ve­nir den­tro de un ros­cón tan gran­de, desen­vol­vió el plás­ti­co, to­da­vía tiz­na­do de na­ta, y, al ver la fi­gu­ra, abrió los ojos de par en par, co­men­zó a su­dar y, en el úl­ti­mo mo­men­to, con­si­guió aho­gar en la gar­gan­ta un gri­to que pa­re­cía na­cer en al­gún lu­gar muy le­jano de su in­te­rior.

El mu­ñe­co era exac­ta­men­te igual que él.


Junji le es­pe­ra­ba en el mis­mo bar a don­de fue­ron tras el fu­ne­ral. Aunque ha­bía pa­sa­do una se­ma­na des­de el día de re­yes, la po­ca re­gu­la­ri­dad de los vue­los ha­bía he­cho que aún tu­vie­ra un par de días an­tes de ir­se de la ciu­dad. Y si bien él es­pe­ra­ba te­ner una char­la amis­to­sa y tal vez una no­che de juer­ga con un vie­jo ami­go, su­po que aque­llo no se­ría muy pro­ba­ble cuan­do vio en­trar a Adán con los ojos hun­di­dos, la piel ce­tri­na y los la­bios lle­nos de he­ri­das. Más la pe­sa­di­lla de un an­ciano vién­do­se en el es­pe­jo por pri­me­ra vez que la del hom­bre jo­ven que to­da­vía era cuan­do se en­con­tra­ron en el ce­men­te­rio.

— Pero hom­bre, ¿se pue­de sa­ber qué te pa­sa? —di­jo cuan­do su ami­go ter­mi­nó de arras­trar los pies has­ta don­de es­ta­ba él — . Si no te en­cuen­tras en con­di­cio­nes no te­ne­mos por­qué que­dar. Incluso si di­ji­mos que lo ha­ría­mos.

— No. ¡No pue­do se­guir en esa ca­sa! Necesito ha­blar con al­guien, por fa­vor.

Su tono de sú­pli­ca, acom­pa­ña­do de unos ojos re­pen­ti­na­men­te desor­bi­ta­dos y an­sio­sos, hi­cie­ron sen­tir in­có­mo­do a Junji.

— Bien, no sé. Cuéntame a ver.

— Tú sa­bes que el otro día me reuní con to­da mi fa­mi­lia, ¿no? Para re­yes.

— Sí. Me lo di­jis­te aquí mis­mo.

— Y sa­bes que me lle­vo muy bien con mi fa­mi­lia

— Oh, sí. Siempre me ha ex­tra­ña­do eso de ti: eras tan ca­lla­do y dis­tan­te en cla­se que me re­sul­ta­ba in­creí­ble lo ani­ma­do y fe­liz que eras con tu fa­mi­lia. ¡Ni tus ami­gos con­se­guía­mos sa­car­te esa ale­gre al­ga­ra­bía que de­mues­tras con ellos!

— Es cier­to. Pero ha ocu­rri­do al­go.

— ¿Con tu fa­mi­lia? —di­jo con una alar­ma cre­cien­te — . ¿Les ha pa­sa­do al­go?

— No. Bueno, sí. Déjame con­tar­te la his­to­ria.

Entonces le con­tó lo ocu­rri­do. El ros­cón, el pre­mio, la fi­gu­ra era exac­ta­men­te igual que él. Tras eso en­tró en de­ta­lles: có­mo un pri­mo pe­que­ño su­yo co­gió la fi­gu­ra y se que­dó mi­rán­do­la, con ges­to de as­co; có­mo los ma­yo­res, al ver el pa­re­ci­do, se rie­ron pri­me­ro, pe­ro se que­da­ron ca­lla­dos des­pués, mi­rán­do­le fi­ja­men­te, muy se­rios, sin en­ten­der muy bien lo que es­ta­ba ocu­rrien­do; có­mo su fa­mi­lia se fue po­co des­pués, cuan­do lo nor­mal es que se que­da­rán allí ho­ras y ho­ras, a ve­ces em­pal­man­do di­rec­ta­men­te con la ce­na y sa­lien­do de ca­sa ya bien en­tra­da la ma­dru­ga­da.

Mientras con­ta­ba to­do eso, Adán se echó a tem­blar. Todo lo que no de­cían sus la­bios in­ten­ta­ba de­cir­lo el res­to de su cuer­po.

— Todos en mi fa­mi­lia me evi­tan. Están muy ra­ros. ¡Es co­mo si pen­sa­ran que he he­cho al­gu­na cla­se de bro­ma pe­sa­da o al­go!

— ¿Y por eso es­tás así? Vale que to­do es un po­co ra­ro, pe­ro si ha­bla­ras con ellos se­gu­ro que lo en­ten­de­rían —di­jo sin sa­ber muy bien có­mo sen­tir­se al res­pec­to de aque­lla his­to­ria tan ex­tra­ña — . Además, ¿ha­ce cuán­to que no duer­mes?

— Yo… Bueno… —di­jo en­tre ti­tu­beos — . Es pro­ba­ble que no ha­ya co­mi­do ni dor­mi­do en con­di­cio­nes des­de en­ton­ces.

— ¡Será po­si­ble! ¿Y to­do por un mu­ñe­co que se pa­re­ce a ti? Venga, ven­ga, llé­va­me a tu ca­sa y dé­ja­me ver­lo. Y tras eso, di­rec­tos a ha­blar con tus pa­dres. ¡Seguro que hay al­go más en la his­to­ria que no me es­tás con­tan­do!

Adán son­rió ali­via­do. Si era con él, vol­ver a ca­sa ya no le ins­pi­ra­ba nin­gún mie­do.


Al lle­gar a ca­sa Junji com­pro­bó que Adán no men­tía. Su siem­pre dul­ce y vi­vaz her­ma­na es­ta­ba re­traí­da, fin­gien­do con mie­do que no le veía; su ma­dre, de hu­mor tan grue­so co­mo sus hue­sos, se mos­tró se­ca y cor­tan­te; y su pa­dre, un hom­bre por lo ge­ne­ral di­ver­ti­do y siem­pre dis­pues­to a ha­blar con cual­quie­ra, no des­pe­gó la mi­ra­da de su pe­rió­di­co. Ni con­tes­ta­ron al sa­lu­do de Junji ni con­tes­ta­ron con na­da que no fue­ran eva­si­vas. Extrañado, desis­tió de ha­blar con ellos por el mo­men­to mien­tras Adán es­ta­ba de­trás de él, al bor­de del llan­to.

Cuando por fin se di­ri­gie­ron al cuar­to de Adán no hu­bo ce­re­mo­nia al­gu­na. Entraron, ce­rra­ron la puer­ta y Adán sa­có de un ca­jón ce­rra­do con lla­ve la fi­gu­ra, en­vuel­ta en un tra­po.

— Quiero que en­tien­das que no sé de dón­de ha sa­li­do es­to —di­jo con la voz to­ma­da, las lá­gri­mas to­da­vía sa­tu­ran­do su vis­ta — . Si tú tam­bién me aban­do­nas, yo…

Junji hi­zo un ges­to de asen­ti­mien­to. Entendía que pa­ra su ami­go po­día ser du­ro que su fa­mi­lia le tra­ta­ra así, es­pe­cial­men­te cuan­do só­lo los po­día ver unos po­cos días al año.

Había pa­sa­do ya un tiem­po, pe­ro se­guía sien­do el mis­mo chi­co in­se­gu­ro y tris­te que co­no­ció en el ins­ti­tu­to.


Cuando por fin le pu­so el mu­ñe­co en­tre las ma­nos, Junji abrió el en­vol­to­rio en el que ve­nía co­mo si fue­ra el más de­li­ca­do de los te­ji­dos. Casi con ce­re­mo­nia. Y cuan­do por fin con­clu­yó, de­ján­do­lo con cui­da­do so­bre la me­sa, lo ob­ser­vó con aten­ción.

Estuvo un buen ra­to mi­rán­do­lo sin to­car­lo. En si­len­cio. Adán apre­ta­ba los pu­ños, en­co­gía los hom­bros, pe­ro no de­cía na­da. En apa­rien­cia, na­die mo­vía un só­lo de­do, pe­ro en reali­dad nin­guno de ellos ha­bía pa­ra­do de elu­cu­brar e in­ten­tar con­tro­lar una se­rie de ges­tos in­vo­lun­ta­rios que hu­bie­ran di­cho más de lo que nun­ca hu­bie­ran que­ri­do re­ve­lar al otro. De ahí que, cuan­do Junji por fin se gi­ró pa­ra de­cir al­go, sus mo­vi­mien­tos re­sul­ta­ron sua­ves, me­tó­di­cos, cal­cu­la­dos, pa­ra na­da vio­len­tos o ex­tra­ños. No es­ta­ba in­quie­to. Parecía más bien lo con­tra­rio a in­quie­to. Parecía mo­vi­do por una ab­so­lu­ta se­gu­ri­dad va­cía de du­da.

— Pásame tu te­lé­fono: yo ya no ten­go lí­nea es­pa­ño­la.

Pasó diez mi­nu­tos en Internet an­tes de ha­cer una úni­ca lla­ma­da. Llamada que se sol­ven­tó con el ha­blan­do tran­qui­la­men­te pri­me­ro, gri­tan­do des­pués, exac­ta­men­te igual que ha­bía ocu­rri­do no me­nos de me­dia do­ce­na de ve­ces en el pa­sa­do. Ese era el Junji que re­cor­da­ba Adán. Esa per­so­na que, siem­pre que es­ta­ba en pro­ble­mas, acu­día en su ayu­da, in­clu­so sino te­nía por­qué. Por eso ya no te­nía mie­do. Todo lo que a él le ate­rra­ba era un me­ro trá­mi­te ad­mi­nis­tra­ti­vo a ojos de Junji.

Tras dos mi­nu­tos de con­ver­sa­ción, col­gó con una son­ri­sa en la bo­ca. Menos de diez se­gun­dos des­pués, lle­gó un men­sa­je al te­lé­fono.

— Bueno, se ve que tie­nes suer­te. El es­cul­tor de es­ta bro­ma a tu cos­ta es de nues­tro ba­rrio —di­jo en­se­ñán­do­le el mó­vil, a don­de le ha­bían en­via­do las se­ñas del en­car­ga­do de ha­cer las fi­gu­ras pa­ra los ros­co­nes — . Vamos aho­ra mis­mo a so­lu­cio­nar­lo.


Aquellas ca­lles les eran fa­mi­lia­res de un mo­do dis­tan­te. Eran si­mi­la­res a tan­tas otras del ba­rrio, con ca­sas, cal­za­das y ace­ras pa­re­ci­das, pe­ro no re­cor­da­ban que na­da de lo que ha­bía allí fue­ra de ese mo­do. A fin de cuen­tas, era una zo­na del ba­rrio don­de no ha­bían ido más de dos o tres ve­ces. Quizás me­nos. Ninguno de los tres vi­vía por esa zo­na y ni mu­cho me­nos te­nían que pa­sar por allí pa­ra ir al ins­ti­tu­to, el cen­tro o las re­crea­ti­vas, sus tres prin­ci­pa­les des­ti­nos cuan­do eran ado­les­cen­tes. Por eso com­par­tían aque­lla mez­cla de ex­tra­ña­mien­to y fa­mi­lia­ri­dad. Como si su­pie­ran por don­de es­ta­ban yen­do, in­clu­so si en reali­dad aque­llo les era tan ajeno co­mo una ciu­dad don­de no hu­bie­ran es­ta­do nun­ca.

Al fi­nal tu­vie­ron tiem­po de so­bra pa­ra adap­tar­se a aque­lla es­pe­cie de mun­do de­trás del es­pe­jo. Cuando lle­ga­ron al lo­cal re­sul­tó es­tar ce­rra­do y de­ci­die­ron es­pe­rar a la puer­ta. Pasaron ho­ras, ca­yó la no­che, se en­cen­die­ron y apa­ga­ron las lu­ces de un pu­ña­do de ca­sas al­re­de­dor y só­lo se en­cen­die­ron dos o tres fa­ro­las que ti­ti­la­ban te­nues sin po­der ilu­mi­nar ni la mi­tad de la ca­lle.

— Se aca­bó —di­jo Junji po­nién­do­se en pie, can­sa­do de es­pe­rar has­ta que al­guien se dig­na­ra a dar­les res­pues­tas, mien­tras sa­ca­ba un tro­zo de alam­bre del bol­si­llo — . Si na­die nos abre la puer­ta, en­ton­ces se­re­mos no­so­tros quie­nes la abra­mos.

— ¡Espera! Podemos vol­ver ma­ña­na… No es co­mo sí…

— ¿Como si qué? ¿Como si no hu­bie­ras po­di­do dor­mir ni co­mer en una se­ma­na? No se­ñor, no. Esto lo so­lu­ciono aho­ra mis­mo.

Eso no fue su­fi­cien­te pa­ra que nin­guno de los dos ce­die­ra. Mientras Junji ma­ni­pu­la­ba la ce­rra­du­ra, Adán su­pli­có, in­ten­tó pa­rar­le por la fuer­za e in­clu­so ame­na­zó con mar­char­se. Todo ello sin re­sul­ta­do al­guno. Pero cuan­do la puer­ta se abrió fi­nal­men­te, mien­tras él tem­bla­ba no me­nos ti­ti­lan­te que la luz de las fa­ro­las de la ca­lle, se sin­tió, de al­gún mo­do, ali­via­do.

Podía ser que es­pe­ra­ra que hu­bie­ra allí res­pues­tas, tam­bién que es­tu­vie­ra más cer­ca que aca­ba­ra to­do, pe­ro sa­bía que no era eso. Sólo cuan­do sin­tió la mano de Junji co­gién­do­le la su­ya, arras­trán­do­le al in­te­rior co­mo si fue­ra un ni­ño, pu­do sen­tir co­mo los co­lo­res re­gre­sa­ban de nue­vo a su ros­tro.


El in­te­rior del lo­cal no de­ja­ba de ser el clá­si­co ta­ller. Polvoriento, con ca­jas de ma­te­ria­les aquí y allá, era im­po­si­ble que aquel lu­gar es­tu­vie­ra ha­bi­li­ta­do pa­ra la ven­ta al pú­bli­co. No era na­da más que el lu­gar don­de tra­ba­ja­ba aquel ar­te­sano. Pero ilu­mi­na­do só­lo con la luz del te­lé­fono mó­vil, oyen­do los te­nues so­ni­dos ex­tra­ños que siem­pre apa­re­cen en los edi­fi­cios que nos son des­co­no­ci­dos, se mo­vían con la preo­cu­pa­ción ner­vio­sa de un fe­lino: siem­pre al bor­de del brin­co his­té­ri­co.

Cuando lle­ga­ron al fon­do del lo­cal, al­go que no les lle­vo más de unos se­gun­dos, com­pro­ba­ron que allí no ha­bía na­da ni na­die. Nada ni na­die que tu­vie­ra in­te­rés al­guno pa­ra ellos. Sólo má­qui­nas, ca­jas api­la­das y la sen­sa­ción de que nin­gún ser hu­mano ha­bía pa­sa­do por allí en años.

Al ver que allí no en­con­tra­rían res­pues­tas, Adán hi­zo un ade­mán de gi­rar­se pa­ra mar­char­se. Para su des­gra­cia, fue el úni­co de los dos en ha­cer­lo. Antes de po­der dar ni dos pa­sos se per­ca­tó de que Junji es­ta­ba mi­ran­do con aten­ción el fon­do del lo­cal. Enfocando con el mó­vil ha­cia un lu­gar don­de no pa­re­cía ha­ber na­da. Pero da­do que era im­po­si­ble que su ami­go es­tu­vie­ra tan fas­ci­na­do por la pre­sen­cia de una pa­red en­ye­sa­da sin nin­gún mis­te­rio, de­ci­dió que­dar­se de­trás de él mi­ran­do al mis­mo pun­to.

Durante un ra­to no en­con­tró aque­llo que man­te­nía atra­pa­da la mi­ra­da de su com­pa­ñe­ro. Sólo tras abu­rrir­se y em­pe­zar a can­sar­se de aque­lla si­tua­ción, tras en­tor­nar los ojos y fi­jar­se en uno de los bor­des ex­te­rio­res del fo­co de luz, no­tó al­go inusual: al­go pa­re­ci­do a una hen­di­du­ra en la pa­red.

En el mis­mo mo­men­to que vio aque­llo, Junji em­pe­zó a mo­ver­se. Se di­ri­gió di­rec­to ha­cia la pa­red, apo­yó la mano con de­li­ca­de­za so­bre es­ta y, sin ape­nas ha­cer fuer­za, ce­dió ha­cia el in­te­rior de­jan­do ver una se­gun­da ins­tan­cia to­da­vía más os­cu­ra. Lugar al que en­tró sin ti­tu­bear, de­jan­do atrás a Adán, ate­rra­do y so­lo, sin sa­ber si se­guir­le, mar­char­se co­rrien­do o que­dar­se allí.

Pero cuan­do oyó un gri­to de te­rror pro­ve­nien­te del in­te­rior to­mó una de­ter­mi­na­ción. Echó a co­rrer.

¿Al ex­te­rior? No: ha­cia el in­te­rior. Hacia don­de es­ta­ba la úni­ca per­so­na en quien po­día con­fiar en es­te mun­do.


Allí den­tro la os­cu­ri­dad era omi­no­sa. Pegajosa. Casi co­mo si pu­die­ra des­li­zar­se por la piel de las co­sas, co­mo si fue­ra la es­pe­sa ba­ba de un gi­gan­tes­co ca­ra­col que per­ma­ne­cía dis­tan­te al ojo hu­mano. Sólo se po­día ver al­go gra­cias a la luz del mó­vil, aho­ra ti­ra­do en el sue­lo, que pro­yec­ta­ba som­bras en con­tra­pi­ca­do de to­do lo que ha­bía allí. Junji en el cen­tro de la sa­la, las cua­tro pa­re­des lle­nas de es­tan­te­rías re­ple­tas de pe­que­ñas fi­gu­ras.

Por eso ha­bía gri­ta­do Junji. Por aquel ejér­ci­to de pe­que­ñas fi­gu­ras.

Adán, se­du­ci­do por el pá­ni­co, de­ci­dió ha­cer­se fuer­te por Junji. Cogió el te­lé­fono del sue­lo y, en­fo­can­do la luz ha­cia la es­tan­te­ría más cer­ca­na, ob­ser­vó las fi­gu­ras. Figuras que re­pre­sen­ta­ban a to­da la gen­te del ba­rrio. No le cos­tó ni me­dio mi­nu­to en­con­trar­se a sí mis­mo, pe­ro allí tam­bién es­ta­ban sus fa­mi­lia­res, sus ami­gos, sus ve­ci­nos e in­clu­so gen­te que co­no­cía só­lo de vis­ta, pe­ro que es­ta­ba se­gu­ro que es­ta­ban re­pre­sen­ta­dos en aque­llas fi­gu­ras. Algunas es­ta­ban du­pli­ca­das e in­clu­so tri­pli­ca­das, to­das per­fec­ta­men­te re­co­no­ci­bles o bien por al­gún ras­go pe­cu­liar de quien re­pre­sen­ta­ban o bien por ser una ré­pli­ca es­pe­cial­men­te ins­pi­ra­da.

Sintiendo un des­agra­da­ble nu­do en el es­tó­ma­go, se di­ri­gió ha­cia Junji pa­ra in­ten­tar que vol­vie­ra en sí mis­mo, za­ran­deán­do­le con cui­da­do, ha­blán­do­le con una voz frá­gil y me­lo­sa.

Antes de que aque­llo sur­tie­ra efec­to oye­ron pa­sos de­trás de ellos.

Ambos se que­da­ron ca­lla­dos. Paralizados. Pero Junji, re­cu­pe­ran­do la cons­cien­cia per­di­da al no­tar co­mo Adán le co­gía la mano con fuer­za, de­ci­dió en­ca­rar su des­tino: se gi­ró y, al ver un ros­tro que no de­bía es­tar allí ador­na­do con una son­ri­sa de ore­ja a ore­ja, echó a co­rrer sin mi­rar atrás ig­no­ran­do los cre­cien­tes gri­tos de au­xi­lio de su ami­go.


Corrió sin pa­rar has­ta lle­gar a ca­sa. Exhausto, sin mi­rar atrás en nin­gún mo­men­to, ce­rró la puer­ta de su ca­sa con lla­ve y apo­yó la ca­be­za con­tra ella, co­mo su­pli­cán­do­le que se man­tu­vie­ra ce­rra­da pa­sa­ra lo que pa­sa­ra. Sólo tras ter­mi­nar de re­zar­le al um­bral, con­ti­nuó su ca­mino.

Su pa­dre es­ta­ba en el sa­lón, le­yen­do un li­bro. Junji en­tró, aga­rrán­do­se al asien­to don­de es­ta­ba sen­ta­do, sin de­jar que se gi­ra­ra pa­ra mi­rar­le.

— ¿Ocurre al­go, Junji?

— Yo… Vuelvo a Japón, ya, pa­pá. Cogeré el vue­lo ma­ña­na a pri­me­ra ho­ra.

— ¿Y eso? ¿No te­nías bi­lle­tes pa­ra den­tro de dos días?

— No —di­jo en­ten­dien­do aque­lla re­pen­ti­na ilu­mi­na­ción co­mo un mi­la­gro, afe­rrán­do­se a la men­ti­ra que iba a con­tar co­mo si fue­ra la úni­ca ver­dad ab­so­lu­ta — . Me han lla­ma­do y me han di­cho que me ne­ce­si­tan ur­gen­te­men­te. Iré a ha­cer la ma­le­ta ya mis­mo.

Después subió a su cuar­to e in­ten­tó ol­vi­dar aquel ric­tus mons­truo­so que le son­reía en me­dio de la os­cu­ri­dad.


Junji no vol­vió a la ciu­dad has­ta las na­vi­da­des del año si­guien­te. Sólo la se­ma­na de Reyes, por­que el res­to de las fes­ti­vi­da­des es­tu­vo acom­pa­ña­do.

En la co­mi­da eran po­cos. Sólo los abue­los que que­da­ban vi­vos, sus pa­dres y su tío. Hubo bro­mas so­bre si acu­di­ría al año si­guien­te con pa­re­ja, pe­ro él só­lo hi­zo un ges­to de hom­bros que fue re­ci­bi­do con tí­mi­das ri­sas cóm­pli­ces. Fue una co­mi­da pa­cí­fi­ca. Tranquila. Como so­lían ser­lo en su ca­sa.

Cuando lle­gó la ho­ra del pos­tre, sa­ca­ron el ros­cón. Junji ha­bía desa­rro­lla­do cier­ta ani­mad­ver­sión con res­pec­to del ros­cón, pe­ro su fa­mi­lia no acep­tó un no por res­pues­ta. Le hi­cie­ron que­dar­se allí con ellos y co­mer un tro­zo, por pe­que­ño que fue­ra.

Aunque su pe­da­zo era di­mi­nu­to, su an­sie­dad no era pre­ci­sa­men­te me­nor por ello. Aún ca­bía la po­si­bi­li­dad de que allí es­tu­vie­ra la fi­gu­ra. Y cuan­do me­tió la cu­cha­ra, in­ten­tan­do ase­gu­rar­se de que allí no ha­bía na­da, to­có al­go du­ro.

Sólo po­día ser la fi­gu­ra.

Él no co­me­te­ría el error de Adán. No des­pués de to­do lo que ha­bía ocu­rri­do. Aprovechó que su fa­mi­lia es­ta­ba dis­traí­da co­mien­do sus pro­pios pos­tres, ca­da uno con la mi­ra­da fi­ja en su plano, y sa­can­do dis­cre­ta­men­te la fi­gu­ra, sin abrir ni lim­piar el en­vol­to­rio, se la guar­dó en en el bol­si­llo. Entonces, fin­gien­do que no ha­bía ocu­rri­do na­da, si­guió co­mien­do.

Cuando hu­bo aca­ba­do la co­mi­da, Junji ayu­dó a su ma­dre a re­co­ger la me­sa. Y mien­tras lo ha­cían, cuan­do se que­da­ron so­los en la co­ci­na tras ha­ber aca­ba­do y aún no ha­ber em­pe­za­do a la­var los pla­tos, de lo cual se en­car­ga­rían su pa­dre y su tío, de­ci­dió ha­blar con su ma­dre.

— Mamá, ¿dón­de ha­béis com­pra­do el ros­cón? Es di­fe­ren­te al de otros años.

— Oh, ca­ri­ño, ¡pe­ro yo pen­sa­ba que ya lo sa­bías! —di­jo su ma­dre, con un ges­to de sor­pre­sa tan exa­ge­ra­do que, de no co­no­cer­la lo su­fi­cien­te, hu­bie­ra creí­do que es fin­gi­do.

— ¿Que sa­bía qué?

— Lo ha traí­do un ami­go tu­yo. ¿Cómo se lla­ma­ba? —di­jo lle­ván­do­se un de­do a los la­bios, pen­sa­ti­va — . ¡Ese chi­co es­mi­rria­do con el que ibas al ins­ti­tu­to!

Junji no­tó co­mo si una llu­via de ho­jas afi­la­das se des­li­za­ra sua­ve­men­te por su es­pal­da.

— ¿Adán?

— ¡Eso es! ¡Ha ve­ni­do de pro­pio pa­ra dár­nos­lo!

— Ya —di­jo in­ten­tan­do fin­gir que no ocu­rría na­da — . Si me dis­cul­pas, ¿pue­do re­ti­rar­me unos mi­nu­tos? Creo que ne­ce­si­to fu­mar.

— Vale. Pero haz­lo en el bal­cón, ¿de acuer­do?

— Sí, sí —di­jo sin pres­tar­les aten­ción.

Hasta que sa­lió de la co­ci­na guar­dó la com­pos­tu­ra. Pero cuan­do ya no po­día ver­le na­die, echó a co­rrer su­bien­do las es­ca­le­ras con ur­gen­cia. Dando zan­ca­das más gran­des de las que su cuer­po hu­bie­ra po­di­do so­por­tar en cir­cuns­tan­cias nor­ma­les, se di­ri­gió co­rrien­do al ba­ño de la se­gun­da plan­ta y, ti­ran­do la fi­gu­ra al re­tre­te co­mo quien lan­za una pe­lo­ta de ba­se­ball se­gún en­tró por la puer­ta, ti­ró de la ca­de­na. Varias ve­ces. Hasta que pu­do ase­gu­rar, más allá de su alien­to fa­ti­ga­do y sus ma­nos tem­blo­ro­sas, que la fi­gu­ra ha­bía des­apa­re­ci­do de la exis­ten­cia.

Tras aque­llo, más tran­qui­lo, se di­ri­gió a su cuar­to. Entró, co­gió su abri­go y, po­nién­do­se­lo de un só­lo mo­vi­mien­to, sa­lió al bal­cón de su ha­bi­ta­ción sin si­quie­ra abro­char­se.


El día era gé­li­do. Neblinoso. Incluso chis­pea­ban cua­tro go­tas mal con­ta­das. Pero eso sig­ni­fi­ca­ba que no ha­cía vien­to, es de­cir, que se po­día es­tar en la ca­lle. Y si bien las ma­nos se le es­ta­ban he­lan­do, pu­do en­cen­der el ci­ga­rri­llo sin pro­ble­mas. Tras la pri­me­ra ca­la­da, ya ni si­quie­ra le im­por­ta­ba el frío. Había con­se­gui­do es­qui­var la peor de las ba­las. Nadie ha­bía vis­to la fi­gu­ra; la ha­bía he­cho des­apa­re­cer y al día si­guien­te vol­vía otra vez a Japón. No ha­bía na­da de qué preo­cu­par­se. Con con­ven­cer a su fa­mi­lia de que no com­pra­ran ros­cón al año si­guien­te, que aho­ra era alér­gi­co a la na­ta o al­gu­na mier­da así, por fin es­ta­rían se­gu­ros.

A una ma­la, po­dría de­jar de acu­dir por na­vi­dad. Un sa­cri­fi­cio me­nor, en cual­quier ca­so, a cam­bio de no te­ner que vol­ver a pa­sar por aque­llo. Tanta an­sie­dad no po­día ser bue­na.

Pero en­ton­ces, mien­tras da­ba una ca­la­da al ci­ga­rro con el cie­lo au­sen­te por te­lón de fon­do, lo vio.

Abajo. Entre la nie­bla. Un ros­tro fa­mi­liar.

Era Adán, ca­la­do has­ta los hue­sos y con una son­ri­sa de ore­ja a ore­ja ador­nan­do su ca­ra, di­ri­gién­do­se ha­cia la puer­ta de su ca­sa, con al­go en la mano, ig­no­ran­do los gri­tos su­pli­can­tes de Junji.

CompartirShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on TumblrEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *