Cincuenta y dos relatos #10 — A. (Velocidad → Gravedad)

Enlarge

52-10

Álvaro Arbonés

Es de no­che y las lu­ces de los fa­ros son in­dis­tin­gui­bles de unas lu­nas ge­me­las ob­ser­van­do sin juz­gar una tie­rra mu­cho más pró­xi­ma de lo que es cos­tum­bre. A. no es cons­cien­te de las lu­ces. Ni si­quie­ra del pa­vi­men­to o la no­che o de na­da que es­té más allá de los pe­da­les, la pa­lan­ca y el vo­lan­te. De las cur­vas por ve­nir. De có­mo, de al­gún mo­do, es­ta no­che su cuer­po es in­dis­tin­gui­ble de la fuer­za arro­lla­do­ra de su co­che.

Aquello no ha­bía co­men­za­do re­cien­te­men­te. Había si­do así to­da su vi­da. De pe­que­ño desea­ba su­bir más al­to en el co­lum­pio, ba­jar más rá­pi­do en el to­bo­gán, ser em­pu­ja­do con más fuer­za en el ca­rri­to. Era un de­seo abs­trac­to. Sin pa­la­bras, sin re­fle­xión. La cons­cien­cia de que el úni­co mo­men­to en que se sen­tía ya no ca­paz de aho­gar sus lá­gri­mas, sino sen­tir­se real­men­te en paz con cuan­to le ro­dea­ba, era cuan­do el mun­do y él se di­luían en un es­pa­cio exógeno más allá de la pre­sen­cia de cual­quier efec­to ma­te­rial.

A es­to lo lla­mó La Velocidad.

En ver­dad no te­nia na­da que ver con el con­cep­to fí­si­co de ve­lo­ci­dad. Tampoco con la ace­le­ra­ción. La Velocidad po­día ser al­can­za­da de mu­chas ma­ne­ras: no dur­mien­do en tres días, to­man­do dro­gas de di­se­ño, co­me­tien­do cual­quier cla­se de im­pru­den­cia. Conseguir al­can­zar La Velocidad nun­ca fue un pro­ble­ma. El pro­ble­ma era man­te­ner­la.

Desde ni­ño, de for­ma más acu­cia­da a par­tir de la ado­les­cen­cia, que es cuan­do tu­vo más po­si­bi­li­da­des de ex­pe­ri­men­tar los lí­mi­tes de su li­ber­tad, com­pro­bó que La Velocidad era efí­me­ra. Un efec­to con­tra­rio e igual­men­te irre­vo­ca­ble aca­ba­ba arras­trán­do­le de vuel­ta ha­cia el do­lo­ro­so ex­ce­so de es­tí­mu­los que su­po­nía la co­ti­dia­ni­dad.

A es­to lo lla­mó La Gravedad.

La Gravedad siem­pre lle­ga­ba de for­ma sua­ve. Inadvertida. En un mo­men­to es­ta­ba su­mi­do en La Velocidad y al si­guien­te em­pe­za­ba a no­tar co­sas. El su­dor en su cuer­po, los pen­sa­mien­tos agol­pán­do­se en su ca­be­za, un cier­to pe­so en su al­ma. Sólo una co­sa, mi­nús­cu­la, ca­si im­per­cep­ti­ble. En cre­ci­mien­to. De ese mo­do, in­ten­ta­ra es­qui­var­lo o lo abra­za­ra abier­ta­men­te, La Gravedad se lo aca­ba­ba lle­van­do con­si­go pa­ra pri­var­lo de La Velocidad tras un tiem­po siem­pre de­ma­sia­do es­ca­so, de­ma­sia­do fú­til: nun­ca su­fi­cien­te.

Si bien sa­bía bien qué ele­men­tos apla­ca­ban su ne­ce­si­dad de su­mer­gir­se en La Velocidad —el ci­ne en blan­co y ne­gro, los es­pa­cios va­cíos, la gen­te que no re­cla­ma­ba su aten­ción — , no ha­bía na­da que con­si­guie­ra apla­car la lle­ga­da de La Gravedad. Cuanto más se es­for­za­ba en es­qui­var­la, ha­bien­do lle­ga­do al pun­to de bus­car caer in­cons­cien­te o ha­cer­se da­ño a sí mis­mo, más pa­ten­te se ha­cía su pre­sen­cia.

Esta no­che no se­rá di­fe­ren­te. A. co­rre­rá a to­da ve­lo­ci­dad por es­te puer­to de mon­ta­ña, per­se­gui­do por las lu­ces de co­lo­res que no es ca­paz de ver a sus es­pal­das, de­rra­pan­do con fu­ria a ca­da cur­va que se le pre­sen­te por de­lan­te.

Hasta que las lu­ces de los fa­ros, in­dis­tin­gui­bles de unas lu­nas ge­me­las ob­ser­van­do sin juz­gar una tie­rra mu­cho más pró­xi­ma de lo que es cos­tum­bre, con­vier­tan es­ta no­che La Velocidad de A. en su úl­ti­mo en­cuen­tro con La Gravedad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *