Cincuenta y dos relatos #12 — Alberto Riveriano es un hombre extraño

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Álvaro Arbonés

Disculpe que ha­ya tar­da­do en con­tes­tar: es­ta­ba en el ba­ño. ¿Usted fu­ma? No im­por­ta: yo sí, así que sién­te­se li­bre de usar el ce­ni­ce­ro. En cual­quier ca­so, dis­cul­pe, ¿aca­so no ha ve­ni­do us­ted has­ta aquí pa­ra es­cu­char mi his­to­ria? ¡Pues cla­ro! Qué mo­da­les los míos. Disculpe. Deme un se­gun­do y em­pie­zo.


Alberto Riveriano es un hom­bre ex­tra­ño, ma­yor, exal­ta­do. Yo lo co­no­cí por ac­ci­den­te un día que, ba­jan­do a ha­cer la com­pra, me cho­qué con él mien­tras, co­mo es ha­bi­tual en am­bos, íba­mos pen­san­do en otras co­sas que no eran por dón­de íba­mos an­dan­do.

Al cho­car­nos no hi­ci­mos na­da. No in­ter­ac­tua­mos. Sólo nos pe­di­mos dis­cul­pas, sin mi­rar al otro —no co­mo no se mi­ra a un in­di­vi­duo o un fan­tas­ma, sino co­mo no se mi­ra a un obs­tácu­lo en tu ca­mino — , mien­tras re‐emprendíamos la mar­cha. Y en­ton­ces, co­mo por en­sal­mo, em­pe­zó a so­nar mi te­lé­fono. Por aquel en­ton­ces yo lle­va­ba «Athletic BGM» de la BSO de Super Mario Bros. 3 co­mo me­lo­día, ya sa­be, ese rit­mo pe­ga­di­zo y con­ta­gio­so de los pri­me­ros ni­ve­les, o yo lo re­cuer­do en los pri­me­ros ni­ve­les, no sé, ¿pue­de que es­té pen­san­do en Super Mario World? Bueno, có­mo iba di­cien­do, al so­nar no más de dos o tres no­tas, no­té có­mo al­guien me aga­rra­ba del hom­bro.

— ¿Es eso una com­po­si­ción de Koji Kondo? —di­jo des­de mi es­pal­da una voz grue­sa, al­go cas­ca­da, pe­ro tan lle­na de ad­mi­ra­ción que no po­dría ha­ber asus­ta­do ni si­quie­ra a un ni­ño.

— Eh, sí —di­je mien­tras me gi­ra­ba pa­ra com­pro­bar que era el hom­bre con el que me ha­bía cho­ca­do an­tes — . Se apre­cia bas­tan­te bien en el uso de las ar­mo­nías, ¿ver­dad?

— Más aún, la li­mi­ta­ción.

— ¿Perdón?

— La li­mi­ta­ción de so­ni­dos. Ese re­gis­tro só­lo pue­de ser de una con­so­la de 16 bits, ¿y ese mo­do de ma­ni­pu­lar la lon­gi­tud de on­da? Se lo di­go yo, jo­ven: só­lo po­día ser Kondo.

Ni si­quie­ra sé có­mo aca­ba­mos en un bar cer­ca de allí. Cuando qui­se dar­me cuen­ta, ya lle­vá­ba­mos un par de ca­fés y no sé ni cuan­tas cer­ve­zas, por­que, mien­tras que los bo­te­lli­nes sí nos los iban re­ti­ran­do, las dos ta­zas que­da­ron allí, in­có­lu­mes, co­mo tes­ti­gos cie­gos de una con­ver­sa­ción su­rrea­lis­ta.

Fue di­ver­ti­do. Extraño, pe­ro di­ver­ti­do. A par­tir de en­ton­ces de­ci­di­mos que­dar al me­nos una vez a la se­ma­na, ha­blar so­bre los te­mas más di­ver­sos —fi­lo­so­fía, mú­si­ca, li­te­ra­tu­ra, por­qué le fal­ta­ba un de­do; de for­ma ex­cep­cio­nal, lin­güís­ti­ca, vi­deo­jue­gos, por­no­gra­fía: co­sas, en su­ma, que no son aprehen­si­bles, pe­ro sí ma­ni­pu­la­bles — , ha­cien­do de aquel pri­mer en­cuen­tro al­go más que un ac­ci­den­te al con­ver­tir­lo en un ac­to del des­tino. Algo que tal vez no ten­ga sen­ti­do, que pu­do no ha­ber ocu­rri­do, pe­ro que dio ori­gen a al­go que aho­ra era, pa­ra no­so­tros, ne­ce­sa­rio.

Hasta que un día de­jo de apa­re­cer en nues­tras ci­tas.

Al prin­ci­pio pen­sé que de­bía es­tar en­fer­mo. Pero cuan­do pa­só un mes sin que su­pie­ra na­da de él, su­pe que ya no ha­bía na­da que ha­cer. Que igual que apa­re­ció, des­apa­re­ció de mi vi­da. Como un sue­ño, un ha­da o un án­gel. Algo no del to­do de es­te mun­do.

Alberto Riveriano. ¡Siempre me pre­gun­tan por él! Ese hom­bre tan ex­tra­ño con el que me veían ha­blar en los ba­res en­ca­de­nan­do un ci­ga­rri­llo tras otro. Alguien que ha­bi­ta no el mun­do de los hu­ma­nos, sino las es­fe­ras de los án­ge­les más allá de los cho­ques, los ac­ci­den­tes y las muer­tes for­tui­tas que nos es­pe­ran a to­dos los de­más.

Y aho­ra que he re­ci­bi­do es­te de­do con una tar­je­ta con su nom­bre, ¿qué iba a ha­cer si no lla­mar­le a us­ted, se­ñor agen­te?

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