Cincuenta y dos relatos #15 — Pensamientos de una estrella

Enlarge

52-15

Álvaro Arbonés

No su­po de­cir si ha­cía frío o ca­lor. Si era de día o de no­che. Todo lo ex­terno le era ajeno. Si al­go de­bía ser per­ci­bi­do con los sen­ti­dos le era inal­can­za­ble, in­clu­so to­da­vía le que­da­ba to­do aque­llo que re­si­die­ra en la men­te. Las es­tre­llas. El mo­vi­mien­to. La ve­lo­ci­dad. Tal vez no li­te­ral­men­te, pe­ro sí ex­pre­sa­dos de un mo­do abs­trac­tos: to­da­vía era ca­paz de ima­gi­nar­los.

Que es­tu­vie­ra pos­tra­do en una po­si­ción que no po­día cam­biar no sig­ni­fi­ca­ba que su es­pí­ri­tu tam­bién tu­vie­ra que es­tar­lo.

Eso no qui­ta pa­ra que los días, las ho­ras, los se­gun­dos, fue­ran ya in­dis­tin­gui­bles los unos de los otros. Si de­ja­ba su men­te en blan­co se po­día pa­sar, ¿sa­be dios cuán­to tiem­po en aquel mo­do? Tal vez una eter­ni­dad. El tiem­po, co­mo con­cep­to fí­si­co, ya la era en to­do ajeno; el ayer no era di­fe­ren­te del hoy o del ma­ña­na y el pa­sar un día o un año era in­di­fe­ren­te a su pre­sen­cia. Aquel era su es­ta­do. Un eterno va­gar por la na­da ha­cia nin­gu­na par­te.


Todavía po­día ima­gi­nar­se mo­vien­do ma­nos, pier­nas, ca­be­za. Mirando co­sas. Oliéndolas. Sintiéndolas al tac­to. Y de ese mo­do, su pre­sen­cia se vol­vía tan vi­vi­da co­mo si es­tu­vie­ra ha­cién­do­lo. Incluso más que cuan­do po­día ha­cer­lo más allá de su men­te. A fin de cuen­tas, nun­ca ha­bía da­do im­por­tan­cia a to­dos esos pe­que­ños ges­tos. ¿Porqué hu­bie­ra te­ni­do que ha­cer­lo? Era es­tar vi­vo. Todos da­mos por he­cho es­tar vi­vos. ¿Y quién da im­por­tan­cia a las co­sas que da por he­chas?

Entonces era jo­ven. Joven y arro­gan­te. Pero aho­ra se ha­bía se­re­na­do. Tanto tiem­po a so­las, con­si­go mis­mo, le ha­bía he­cho re­fle­xio­nar so­bre sí mis­mo, so­bre su lu­gar en el mun­do. Cómo se ha­bía creí­do un dios, sien­do aplas­ta­do por al­guien que con­si­de­ra­ba una hor­mi­ga. Porque aque­llo, ¿fue un ac­ci­den­te o de ver­dad fue pla­nea­do? Es de­cir, va­le, uno no pue­de cal­cu­lar las ca­tás­tro­fes na­tu­ra­les, pe­ro con­si­guió lle­var­lo al lu­gar exac­to en el mo­men­to jus­to. Allá don­de con­se­gui­ría que ya nun­ca más vol­ve­ría a ser una ame­na­za pa­ra na­die.

De acuer­do. No só­lo era jo­ven y arro­gan­te: tam­bién era ma­la per­so­na. No du­dó en apro­ve­char­se de los otros pa­ra sus pro­pios fi­nes. Pero a fin de cuen­tas, ¿no era pre­rro­ga­ti­va del más fuer­te ha­cer uso del más dé­bil?

Ah, sí. Cuánto ha­bía pen­sa­do en aque­llo. Cómo la fuer­za no era ne­ce­sa­ria­men­te la fuer­za fí­si­ca, sino tam­bién el in­ge­nio, la in­te­li­gen­cia y la pi­car­día. También una piz­ca de suer­te. O to­ne­la­das de ella. Alguien dé­bil, al­guien tan in­fe­rior co­mo una ra­ma se­ca pa­ra un ár­bol mi­le­na­rio, ha­bía con­se­gui­do de­jar­le en aquel es­ta­do fó­sil, in­ca­paz de vol­ver.


Empezaba a no re­cor­dar las co­sas. Aferrándose a un ju­gue­te que era ca­paz de re­cor­dar de for­ma de­fi­ni­da.

Una bo­la ro­sa. Cabalgando una es­tre­lla. Parecía fe­liz.

¿Cuándo vio aquel ju­gue­te? No sa­bía. Estaba en una ciu­dad an­ti­gua, así que, ¿era Roma? E iba por la ca­lle y sus com­pa­ñe­ros le apre­mia­ban pe­ro se que­dó ob­ser­ván­do­lo y tu­vo que ha­cer­se con él. Rompió el es­ca­pa­ra­te y se lo lle­vó, ig­no­ran­do los gri­tos del ten­de­ro.

¿Todavía lo lle­va­ría con­si­go?

Era pa­ra­dó­ji­co que só­lo re­cor­da­ra eso. Los ros­tros de sus com­pa­ñe­ros se ha­bían di­fu­mi­na­do. Sus nom­bres des­apa­re­ci­do. Incluso quien le ha­bía de­ja­do en aquel la­men­ta­ble es­ta­do ya no era na­da más que una som­bra del pa­sa­do. Algo in­sig­ni­fi­can­te, sin for­ma, ca­ren­te de cual­quier pe­so en su men­te.

Tal vez era men­ti­ra eso de que el tiem­po ya no sig­ni­fi­ca­ba na­da pa­ra él, pues él to­da­vía sig­ni­fi­ca­ba al­go pa­ra el tiem­po. Seguía ero­sio­nán­do­le po­co a po­co.

Tarde o tem­prano se­ría in­dis­tin­gui­ble de las pie­dras o las plan­tas. De las es­tre­llas que tan­to le fas­ci­na­ban.

Sí, hu­bo una vez que se enamo­ró de las es­tre­llas.

¿Sería eso por­qué re­cor­da­ba el ju­gue­te?

¿Seguiría te­nién­do­lo con­si­go? ¿Aguantaría el im­pac­to del ac­ci­den­te? ¿Tal vez lo pro­te­gió con su cuer­po? ¿Con su vi­da? ¿Sacrificó to­do por pre­ser­var aquel re­cuer­do? ¿Tal vez su al­ma, su pen­sa­mien­to y su tiem­po re­si­di­ría den­tro de él?


Pensar se le ha­cía ca­da vez más pe­sa­do. ¿Fueron mi­nu­tos el tiem­po que es­tu­vo pen­san­do? ¿Horas? ¿Años? ¿Siglos? ¿Cuántas vi­das ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do de aquel mo­do en su men­te? ¿Cuántas ve­ces ha­bía re­crea­do su vi­da, cuán­tas ve­ces ha­bía cam­bia­do, cuán­tas ve­ces más se­ría ca­paz de ha­cer­lo an­tes de que no pu­die­ra si­quie­ra re­co­no­cer­se a sí mis­mo?

Qué can­san­cio.

Decidió que se­ría me­jor vol­ver a dor­mir. Dejarse lle­var. Tal vez al­gún día des­per­ta­ría de su sue­ño, vol­vien­do a ser jo­ven, pu­dien­do mo­ver has­ta la úl­ti­ma fi­bra de su cuer­po. O tal vez eso era el sue­ño: no ser na­da más que una cons­cien­cia flo­tan­do en la na­da.

Sí. Eso le ha­ría fe­liz. Esta vez se­ría di­fe­ren­te.

Esta vez se afe­rra­ría a esa pe­que­ña es­tre­lla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *