Cincuenta y dos relatos #16 — Brynhildr y Alvíss

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Álvaro Arbonés

— Es el so­ni­do —di­jo ha­cien­do un ade­mán de ir a co­ger su cer­ve­za, pe­ro só­lo mo­vien­do el asa de si­tio — . Cuando pue­des ver­lo, ya es tar­de; de­bes ate­ner­te a lo que ven­ga. Pero si oyes ese so­ni­do, pue­des ade­lan­tar­te. Marcar tu pro­pio rit­mo.

Era una no­che pe­ga­jo­sa en Bangkok. El rui­do de las mo­tos se con­fun­día con los tur­bios so­ni­dos de la ra­dio me­dio ro­ta que da­ba am­bien­te al lo­cal ca­lle­je­ro en el cual es­ta­ban apos­ta­das. Aunque no es­ta­ban so­las, el rui­do de las otras per­so­nas pa­re­cía in­sig­ni­fi­can­te en com­pa­ra­ción con aquel rui­do blan­co.

— Entonces, ¿me quie­re de­cir que los vi­so­res, el ra­dar, los sis­te­mas de re­co­no­ci­mien­to geo­tér­mi­co, to­das esas in­ves­ti­ga­cio­nes que han cos­ta­do cien­tos de mi­llo­nes y mi­les de vi­das hu­ma­nas, no sir­ven de na­da?

— Digo que es im­por­tan­te te­ner sen­so­res. Pero si crea un sen­sor, pron­to des­cu­bri­rán un mo­do de neu­tra­li­zar­lo.

— Pero no el so­ni­do.

— Obviamente.

— Porque siem­pre ha­brá mo­to­res, elec­tri­ci­dad es­tá­ti­ca, el pro­pio pe­so del vehícu­lo so­bre el cam­po.

— Usted pue­de crear sen­so­res vi­sua­les. Y ca­mu­fla­je óp­ti­co. Radares. Y alea­cio­nes que re­pe­lan las hon­das. Sensores tér­mi­cos. Y di­si­pa­do­res de ca­lor. ¿Pero el so­ni­do? Puede di­si­par­lo. Minimizarlo. Puede con­se­guir una cier­ta ven­ta­ja en el cam­po de ba­ta­lla, ¿pe­ro eli­mi­nar­lo?

— El so­ni­do per­ma­ne­ce.

— Hasta el fi­nal.

— Al me­nos pa­ra quie­nes tie­nen un oí­do pri­vi­le­gia­do, ¿no le pa­re­ce?

Se echó a reír. Inmediatamente des­pués, una vez ago­ta­da la ri­sa, se lle­vó las ma­nos a la ca­ra y com­pro­bó su tem­pe­ra­tu­ra to­cán­do­se la fren­te. Algo su­pe­rior a la me­dia. Nada de qué preo­cu­par­se.

— Es us­ted muy gra­cio­sa, ¿lo sa­bía?

— He de­bi­do con­tar un chis­te sin sa­ber­lo.

— No es cues­tión de oí­do. Es cues­tión de… Mire, dé­je­me que se lo en­se­ñe.

De su mo­chi­la, que te­nía a sus pies, sa­có un pe­que­ño al­ta­voz. Conectó los ca­bles, a su te­lé­fono, al pro­pio al­ta­voz. La luz azul del te­lé­fono ba­ña­ba su ros­tro, el cual trans­mi­tía una con­cen­tra­ción que na­da te­nía que ver con el ner­vio­sis­mo fe­bril de su con­ver­sa­ción an­te­rior. Sus mo­vi­mien­tos eran cor­tos. Precisos. Tan fríos y qui­rúr­gi­cos co­mo aque­lla mi­ra­da desapa­sio­na­da.

Esa era Brynhildr. Una mu­cha­cha ner­vio­sa, de ape­nas sí me­tro se­sen­ta, enor­mes ga­fas de pas­ta y es­cuá­li­da has­ta el pun­to de ro­zar lo en­fer­mi­zo. Para na­da lo que Alvíss es­pe­ra­ba de una sol­da­do. Menos aún de una pi­lo­to de me­chas.

— Listo —di­jo Brynhildr, en­co­gién­do­se en su asien­to, abra­zán­do­se las ro­di­llas sin de­jar de sol­tar el mó­vil — . Ahora, es­cu­che.

Silencio. Ni ra­dio ni rui­do de mo­tos. Sólo el es­truen­do bru­tal de aquel al­ta­voz emi­tien­do un rit­mo asin­co­pa­do.

La doc­to­ra Alvíss en un ges­to en al­gún lu­gar en­tre el ho­rror y el des­agra­do, con la na­riz frun­ci­da, los ojos en­tor­na­dos, to­da la ca­ra co­mo en­co­gi­da, se gi­ro a uno y a otro la­do. Buscaba la com­pli­ci­dad del res­to de per­so­nas allí sen­ta­das. Pero mi­ra­ra don­de mi­ra­ra, la gen­te se­guía a lo su­yo, co­mo si allí no es­tu­vie­ra ocu­rrien­do na­da.

— ¿Se ha da­do cuen­ta?

— ¿De la mú­si­ca? —di­jo irri­ta­da, no aban­do­nan­do del to­do aquel ges­to de in­com­pren­sión — . ¡Sería di­fí­cil no ha­cer­lo!

— Nadie más la es­tá es­cu­chan­do.

— Porque no hay na­da que es­cu­char. Es po­co más que rui­do.

— Por fa­vor, no me ofen­da: el darks­tep re­quie­re una fi­nu­ra muy es­pe­cial.

— Como us­ted di­ga —di­jo Alvíss cru­zán­do­se de bra­zos — . ¿Pero qué quie­re de­mos­trar con es­to? Y no me di­ga que su gus­to mu­si­cal.

— Ya se lo he di­cho: na­die más es­cu­cha. Esa es la cla­ve. Nadie ha­ce ca­so más allá de lo que quie­re es­cu­char.

— Me te­mo que no la si­go.

Brynhildr se lle­vó las ma­nos a las sie­nes. «Denso, den­so, den­so» —su­su­rró pa­ra sus aden­tros mien­tras se ma­sa­jea­ba. Entonces se le­van­tó de un sal­to y, dan­do tres zan­ca­das lar­gas, se di­ri­gió ha­cia quien es­ta­ba sen­ta­do más cer­ca, un hom­bre de pe­lo aza­ba­che, cor­pu­len­to y una lar­ga y pro­fun­da ci­ca­triz en el cue­llo con po­cas ex­pli­ca­cio­nes que no pa­sa­ran por una his­to­ria que só­lo se po­día con­tar en la in­ti­mi­dad de los peo­res tu­gu­rios de la ciu­dad.

Poniéndose a su al­tu­ra, sin de­cir na­da, pa­teó su si­lla. Lo hi­zo con la fuer­za su­fi­cien­te co­mo pa­ra ha­cer­le tam­ba­lear en el asien­to, ca­si ti­rán­do­le al sue­lo.

La doc­to­ra ob­ser­va­ba aque­llo con ges­to de des­con­cier­to.

— Disculpe, ca­ba­lle­ro —di­jo Brynhildr co­mo quien va por la ca­lle pi­dien­do la ho­ra a un des­co­no­ci­do — , ¿ha no­ta­do us­ted al­go fue­ra de lo nor­mal?

— ¿Algo fue­ra de lo nor­mal? ¡Has pa­tea­do mi si­lla, so pu­ta!

— No se fi­je en lo in­ci­den­tal. ¿No oye una mú­si­ca que an­tes no es­ta­ba?

— ¿De qué mier­das es­tás ha­blan­do? —di­jo le­van­tán­do­se de la si­lla, en­ca­rán­do­se con ella; al­go des­afor­tu­na­do, pues le sa­ca­ba más de dos ca­be­zas y tres ve­ces su pe­so — . Más te va­le dis­cul­par­te aho­ra mis­mo, zo­rra de los co­jo­nes.

— Entonces no oye la mú­si­ca.

— ¡Sólo oi­go la au­sen­cia de una dis­cul­pa!

— Bien, ¡mu­chas gra­cias!

Entonces, Brynhildr se gi­ró de nue­vo ha­cia su me­sa.

Se que­dó de pie, de es­pal­das al hom­bre y en­ca­ran­do a la doc­to­ra, la cual no pa­ra­ba de par­pa­dear de una for­ma cla­ra­men­te an­ti­na­tu­ral. Sin mo­ver ni un só­lo múscu­lo de la ca­ra que no fue­ran los es­tric­ta­men­te ne­ce­sa­rios pa­ra par­pa­dear.

— ¿Ve a lo que me re­fie­ro? En un con­tex­to hi­per­es­ti­mu­la­do, las per­so­nas son in­ca­pa­ces de per­ci­bir los cam­bios del en­torno que no mo­di­fi­quen sus­tan­cial­men­te su ex­pe­rien­cia pre­via. Es de­cir, ni oyen ni ven: só­lo creen ha­cer­lo, ba­sán­do­se en su idea men­tal del es­ce­na­rio.

— ¡Eh, tú!

Era el hom­bre de an­tes. Mientras gri­ta­ba, co­gió a Brynhildr del hom­bro y la gi­ró, obli­gán­do­la a mi­rar en su di­rec­ción.

— ¡Te he di­cho que te dis­cul­pes!

— Lo sien­to, pe­ro no ten­go tiem­po pa­ra esas mi­nu­cias. Usted no ha si­do más que un ob­je­to ex­pe­ri­men­tal pa­ra de­mos­trar mi te­sis. Ahora, por fa­vor, vá­ya­se an­tes de que ten­ga que ha­cer uso de fuer­za ex­tre­ma.

— ¿¡Cómo di­ces?

Fue un mo­vi­mien­to rá­pi­do. Ella, in­fi­ni­ta­men­te más pe­que­ña que el mas­to­don­te que hi­zo ade­mán de ir a co­ger la pis­to­la que lle­va­ba ba­jo la cha­que­ta in­clu­so an­tes de que le res­pon­die­ra por úl­ti­ma vez, le aga­rró del cue­llo de la ca­mi­sa y, con un rá­pi­do mo­vi­mien­to de ca­de­ra, le gol­peó con el co­do en la ca­be­za.

Tras dos se­gun­dos de pie, quie­to y con los ojos en blan­co, el hom­bre ca­yó se­co a los pies de Brynhildr emi­tien­do un ala­ri­do que pa­re­cía sa­li­do de las gar­gan­tas del in­fierno.

— ¿Ve co­mo se gi­ran to­dos ha­cia no­so­tras? —di­jo Brynhildr, to­mán­do­se la tem­pe­ra­tu­ra de nue­vo, gi­rán­do­se ha­cia don­de es­ta­ba la doc­to­ra, que se­guía par­pa­dean­do y na­da más — . Eso es por­que, sal­vo en es­ta­dos men­ta­les es­pe­cí­fi­cos, la voz hu­ma­na ge­ne­ra un efec­to sim­pá­ti­co que nos co­lo­ca en un es­ta­do de aler­ta es­pe­cí­fi­co. Ahora, es­to… ¿Podríamos ir­nos an­tes de que ten­ga que dar de­ma­sia­das ex­pli­ca­cio­nes a la po­li­cía lo­cal?


La ave­ni­da era una dan­za de luz y so­ni­do. Semáforos in­ter­mi­ten­tes. Peatones con­fun­dién­do­se con el trá­fi­co. Neones y fa­ros y fa­ro­las ha­cien­do di­fu­sa la di­rec­ción o in­ten­si­dad de cual­quier for­ma.

Brynhildr y Alvíss pa­sea­ban co­mo si to­do aque­llo no fue­ra con ellas.

— Antes de ser pi­lo­to fuis­te dj.

— Desde los do­ce años. Trasteaba con mier­das; no tu­ve un or­de­na­dor has­ta los ca­tor­ce, pe­ro eso no me im­pe­día ir a lo clá­si­co. A lo analó­gi­co.

— ¿Y eso no es más ca­ro?

— No si ro­bas los dis­cos.

La doc­to­ra la ob­ser­vó en bus­ca de al­gún signo de arre­pen­ti­mien­to, or­gu­llo o sa­tis­fac­ción. Pero su ros­tro era la im­per­tur­ba­ble ca­rre­te­ra don­de se iban abrien­do pa­so in­fi­ni­dad de lu­ces y som­bras in­de­fi­ni­das.

— Estar en una ra­ve o en un cam­po de ba­ta­lla no es di­fe­ren­te. Hay in­fi­ni­tos es­tí­mu­los. Muchas dis­trac­cio­nes. Incluso si no to­mas dro­gas, ade­más de ser el ra­ri­to por no ha­cer­lo, tu ce­re­bro es­ta­rá abo­tar­ga­do de sus­tan­cias pa­ra man­te­ner­te al rit­mo de tu en­torno.

— Entonces pro­po­ne que aban­do­ne­mos la tec­no­lo­gía y en­vie­mos a fies­tas de tres días a nues­tros re­clu­tas.

— Si no aguan­tan una se­ma­na, dur­mien­do don­de pue­den y co­mien­do lo que en­cuen­tren, ni si­quie­ra de­be­rían ha­ber­se alis­ta­do. Pero no.

— Sabe que es­toy aquí pa­ra que nos ayu­de en la con­se­cu­ción de nue­vas me­jo­ras tec­no­ló­gi­cas, ¿no?

— Me lo ha di­cho cua­tro ve­ces.

— Específicamente, al­go que pue­da me­jo­rar su ren­di­mien­to.

— De es­to es la quin­ta.

— No creo que sea cons­cien­te de la im­por­tan­cia de nues­tras in­ves­ti­ga­cio­nes.

— Y es­ta de­be ser la sép­ti­ma vez que lo pien­sa —di­jo ade­lan­tán­do­se rá­pi­da­men­te, gi­rán­do­se ca­ra a la doc­to­ra y co­men­zan­do a an­dar ha­cia atrás, mi­rán­do­la fí­ja­men­te a los ojos — . Aunque la pri­me­ra vez que lo ver­ba­li­za.

— Eso…

— Cables y al­fi­le­res.

— ¿Cómo?

— Sólo ne­ce­si­to ca­bles y al­fi­le­res. Circuitos. Lo que sea la mier­da que me­ten en nues­tros me­chas.

— ¿Que ha­ga­mos lo de siem­pre?

Brynhildr sa­lió co­rrien­do. Se su­mer­gió en el trá­fi­co ro­da­do. Las mo­tos y los co­ches la es­qui­va­ban ro­zán­do­lo en­tre so­no­ros pi­ti­dos. Pero ella se­guía su­mer­gién­do­se en el en­torno, dan­zan­do fe­liz con aque­llas bes­tias me­cá­ni­cas. Tenía los ojos ce­rra­dos, pe­ro da­ba la sen­sa­ción de que na­die pu­die­ra ha­cer­le da­ño.

Entonces, pa­rán­do­se en mi­tad de la ca­rre­te­ra, le­van­tó los bra­zos y gri­tó:

— ¡Sigan per­mi­tién­do­me ser el caos si­len­cio­so que des­cien­de des­de los cie­los!

La doc­to­ra ob­ser­vó la es­ce­na sin de­cir ni ha­cer na­da. Su mano de­re­cha tem­bla­ba, pe­ro fue­ra de aquel pe­que­ño ges­to, ni si­quie­ra sus pár­pa­dos pa­re­cían te­ner in­ten­ción de mo­ver­se. Sólo mi­ra­ba fi­ja­men­te a Brynhildr dan­do vuel­tas so­bre sí mis­ma en­tre co­ches es­qui­ván­do­la en el úl­ti­mo mo­men­to.

En ese mo­men­to, se hi­zo cons­cien­te de que la no­che se­ría muy, muy lar­ga.

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