Cincuenta y dos relatos #17 — Un millón de plumas flotan desde el infinito

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52-17

Álvaro Arbonés

— Entiendo que sea un due­lo y esas co­sas, ¿pe­ro no crees que lo he­mos lle­va­do de­ma­sia­do le­jos?
 — No sé de qué me ha­blas.
 — Tú me has gol­pea­do, yo te he gol­pea­do. De acuer­do, no me mi­res así: tú me has gol­pea­do más a mí. Tengo la mi­tad de las ro­pas col­gan­do y el pe­cho al ai­re. Pero, ya sa­bes, no ha­ce fal­ta lle­var­lo más le­jos.
 — Podrías ha­ber­lo pen­sa­do me­jor an­tes de cru­zar­te en mi ca­mino.
 — Te he di­cho que lo sien­to. ¿De acuer­do? Lo sien­to.
 — De he­cho no lo ha­bías di­cho.
 — Pero lo he he­cho aho­ra.
 — No me ven­gas con que la in­ten­ción es lo que cuen­ta.
 — Pero es bue­na.
 — ¿Acaso quie­res ma­tar­me de la ri­sa?
 — Mira, es, só­lo tran­qui­lí­za­te. No pien­sas con cla­ri­dad.
 — ¿Y por qué se su­po­ne que no pien­so con cla­ri­dad?
 — Pues, no sé, ¿por­que lle­va­mos dos mi­nu­tos pe­lean­do al bor­de de un pre­ci­pi­cio?


— Si si­gues ha­blan­do aca­ba­rás ca­yen­do.
 — No creo. Me preo­cu­pa más que te cai­gas tú.
 — No: en mi tram­pa.
 — ¡Pero qué ha­ces! ¡La ca­ra!
 — Parece que te vuel­ves más len­to por mo­men­tos.
 — Es… ¡Me has cor­ta­do la pu­ta ca­ra!
 — Tampoco es tan gra­ve. Un ras­gu­ño.
 — ¿Y aho­ra te po­nes a lim­piar la es­pa­da? ¿En se­rio? ¿Después de cor­tar­me la ca­ra? Claro, no va­ya a ha­ber­te en­su­cia­do el fi­lo.
 — Pero mi­ra que eres ton­to…
 — ¡Podrías ha­ber­me des­fi­gu­ra­do!
 — ¿Perdona? ¿Estás de bro­ma? ¡Tú eres el que me has cor­ta­do el pe­cho! Puede que­dar­me ci­ca­triz, ¿sa­bes?
 — Es… Mira, no exa­ge­res. No es pa­ra tan­to.
 — Pero tu ras­gu­ñín sí lo es.
 — ¡Pues cla­ro! Además, yo só­lo que­ría cor­tar­te la ro­pa.
 — ¿Cómo di­ces?
 — Si te que­da­bas des­nu­da, ¿có­mo ibas a se­guir pe­lean­do?
 — Estás de co­ña.
 — No. Con las te­tas al ai­re no po­drías pe­lear.
 — Te ma­to.
 — ¿Cómo di­ces?
 — Que ya te di­go yo que sí. Que sí po­dría pe­lear. Porque si tu idea de mier­da hu­bie­ra sur­ti­do efec­to, crée­me, mis te­tas hu­bie­ran si­do lo úl­ti­mo que ve­rías, pe­da­zo de im­bé­cil.
 — Tampoco ha­ce fal­ta po­ner­se fal­to­na, ¿sa­bes?
 — Dijo el que va a un due­lo co­mo quien va a un club de strip­tea­se. ¡Mucho te he aguan­ta­do has­ta hoy!


— ¿Podemos des­can­sar un mo­men­to?
 — Supongo que es­tás bro­mean­do.
 — No, no. En se­rio. Creo que me he pin­za­do la es­pal­da.
 — Entonces mué­re­te.
 — ¡Uau! Bien que no te lo ha­yas creí­do, ¿pe­ro te­nías que ata­car­me en ese mo­men­to? ¡Si lle­ga a ser ver­dad me hu­bie­ras ma­ta­do?
 — Y te lo hu­bie­ras me­re­ci­do.
 — Qué ma­la eres, Colibrí de las Montañas Nevadas.
 — Será me­jor qué te pre­pa­res. Morirás en nue­ve mo­vi­mien­tos.
 — ¿Quién te crees que eres, el maes­tro Terremoto de las Gargantas Olvidadas?
 — …
 — Primer gol­pe. Muy jus­to, ¿no?
 — …
 — Ese, Golpe del Águila Ascendente ha ido de­ma­sia­do cer­ca.
 — …
 — Vale, va­le. Así que vas en se­rio, ¿eh? Pues bien, que lo se­pas. ¡Todo aca­ba­rá en cin­co mo­vi­mien­tos!
 — …
 — Esa ha es­ta­do cer­ca, pe­ro…
 — ¿Podrías ca­llar­te aun­que fue­ra dos mo­vi­mien­tos?
 — No lo sé, po­dría in­ten­tar­lo.
 — …
 — …
 — …
 — ¡Lo con­se­guí!
 — Han si­do dos míos, pe­ro só­lo uno tu­yo.
 — ¿Y no era eso su­fi­cien­te?
 — No.
 — No he­mos di­cho que tu­vie­ran que ser míos. Además, ¿por­qué te pa­ras?
 — No he di­cho que mis nue­ve mo­vi­mien­tos sean se­gui­dos.
 — Oh, ven­ga ya.
 — Además, tú lle­vas só­lo cua­tro, ¿y el quin­to?
 — Ah, me lo he in­ven­ta­do. Necesitado más de cin­co mo­vi­mien­tos pa­ra co­lo­car­te en po­si­ción pa­ra ha­cer el Trueno Desciende des­de los Infiernos.
 — ¿En se­rio eres tan idio­ta co­mo pa­ra de­cir­me cuá­les son tus mo­vi­mien­tos?
 — Tampoco es co­mo si no lo su­pie­ras.
 — Pero arrui­nas el en­can­to. Joder. ¿Ahora qué gra­cia tie­nes si lle­gas a ha­cer­lo?
 — Bueno, la san­gre, el rui­do, el pol­vo ta­pan­do la es­ce­na unos se­gun­dos has­ta que se me ve emer­ger fa­ti­ga­do, pe­ro vi­vo, de­jan­do atrás el cuer­po sin vi­da de mi enemi­go.
 — ¿Ni tiem­po pa­ra un mo­nó­lo­go?
 — Ah, no. Eso sí, cla­ro. ¡Hay que res­pe­tar las tra­di­cio­nes!
 — Por un mo­men­to me ha­bías asus­ta­do.


— Deben que­dar­te dos mo­vi­mien­tos. ¿Vas a se­guir es­qui­van­do eter­na­men­te?
 — Si si­gues pe­lean­do co­mo mi abue­la, des­de lue­go.
 — ¿Pero tu abue­la no era la mí­ti­ca Gorrión Rojo del Amanecer?
 — Tengo dos abue­las.
 — Entonces di­ces la otra.
 — Se lla­ma Teresa. No se le da mal la pa­na­de­ría.
 — ¿Estas com­pa­ran­do mis ata­ques con ama­sar pan?
 — Por fa­vor, eso se­ría ofen­si­vo. Sabe dios que los pa­na­de­ros ma­ne­jan el ro­di­llo me­jor que tú la es­pa­da.
 — ¡Serás zo­rra!
 — …
 — Oye.
 — …
 — Eh, Colibrí de las Montañas Nevadas, ¿por­qué no in­ten­tas es­qui­var mis gol­pes?
 — Ahí te has pa­sa­do.
 — Pero… Estamos pe­lean­do, se me ha ca­len­ta­do la bo­ca. Es nor­mal. No ha si­do pa­ra tan­to.
 — …
 — Oye, lo sien­to.
 — No, dé­ja­me en paz.
 — No, jo­der, lo sien­to de ver­dad. Se me ha es­ca­pa­do. Te pro­me­to que no vol­ve­rá a pa­sar.
 — Que me de­jes.
 — ¿Y ese gol­pe tan de­ja­do? Joder, no me ha­gas es­to. ¿En se­rio tu oc­ta­vo gol­pe va a ser un gol­pe al ai­re? Ahora me sien­to fa­tal. Los an­ti­guos maes­tros van a es­tar muy de­cep­cio­na­dos con no­so­tros.
 — Tu cul­pa es. Por ser tan des­con­si­de­ra­do.
 — Joder, de ver­dad, lo sien­to. ¿Qué pue­do ha­cer pa­ra que me per­do­nes? ¿Te va­le un abra­zo?
 — Sí.
 — ¿Cómo di­ces?
 — Dame un abra­zo. Si me das un abra­zo te per­dono.
 — ¿Así de fá­cil?
 — Así de fá­cil.
 — Pues allá voy.


— ¡Un Millón de Plumas Flotan des­de el Infinito!
 — …
 — Nueve gol­pes. No he ne­ce­si­ta­do nin­guno más pa­ra se­llar tu des­tino.
 — Ha si­do muy tram­po­so eso de pe­dir­me un abra­zo pa­ra po­der ases­tar tu úl­ti­mo gol­pe.
 — No es mi cul­pa que seas un idio­ta.
 — Esto me pa­sa por bue­na per­so­na.
 — Además, has si­do tú el que te has ofre­ci­do.
 — ¿En se­rio? Yo no lo re­cuer­do así.
 — Pues ha si­do así. ¿Quieres que re­lea­mos la con­ver­sa­ción?
 — No, no. Te creo. Ha si­do pro­ble­ma mío, que siem­pre me de­jo lle­var por el en­tu­sias­mo.
 — De to­dos mo­dos, ¿es así co­mo quie­res aca­bar tu mo­nó­lo­go dra­má­ti­co? ¿Quejándote del abra­zo?
 — ¿A qué te re­fie­res?
 — Estás en sue­lo, te mue­res… Lo su­yo es de­cir al­go.
 — Ah, no, sí. Cierto. Déjame que me acla­re la voz. Ejem.
 — Tómate tu tiem­po.
 — Bien, allá voy.
 — ¡Sé muy dra­má­ti­co!
 — Oye, no te rías de mí.
 — No me río. Sólo te de­seo suer­te. Es un mo­men­to im­por­tan­te. Muchos es­pa­da­chi­nes han vis­to arrui­na­da su le­yen­da por de­cir es­tu­pi­de­ces.
 — Me en­ga­ñas, me ha­ces mil cor­tes, me de­jas de­san­grán­do­me en sue­lo, ¿y me di­ces que ten­ga cui­da­do de no ca­gar­la en mi le­cho de muer­te?
 — Lo di­go por tu bien, hom­bre.
 — Cualquiera di­ría que es­tés desean­do que la ca­gue.
 — No, le­ñes. Yo en­can­ta­da de ani­mar­te, ¿eh? Pero es que te es­tás mu­rien­do. Te de­be que­dar co­mo… dos o tres lí­neas más. Cuatro a lo su­mo. Yo me iría dan­do pri­sa.
 — Siempre tie­nes que sa­lir­te con la tu­ya.
 — Pues no sé, no se­ré yo la que a par­tir de aho­ra só­lo po­drá apa­re­cer co­mo un flash­back o un fan­tas­ma.
 — ¡Aún me que­da­ran las pre­cue­las!
 — Eso es­tá de­mo­dé. Yo no con­ta­ría con ello.
 — Pues de­be­rías sa­ber que las pre­cue­las es­tán vol­vien­do con fuer­za. Todos esos hé­roes, vi­lla­nos e inocen­tes de­rro­ta­dos en com­ba­tes épi­cos, tris­tes y gran­di­lo­cuen­tes, per­dién­do­se en los anales de la his­to­ria, en­vi­le­ci­dos por la me­mo­ria, re­cla­man su de­re­cho a vol­ver y que se na­rre no só­lo su caí­da, sino to­dos esos efí­me­ros ins­tan­tes en los que fue­ron gran­des. ¡Auténticos hé­roes! Y en el fu­tu­ro, lle­ga­ra mi mo­men­to. No el tu­yo, sino el mío. Contaran mi his­to­ria. ¡Mi gran­de­za y mis he­roi­ci­da­des! Porque esa es la esen­cia de nues­tro ca­mino. Ser pa­ra el fu­tu­ro en re­la­tos que con­ta­ran las ge­ne­ra­cio­nes por ve­nir.
 — Oh, va­ya, ¡no es­pe­ra­ba que te que­da­ra tan bien tu par­la­men­to!
 — ¿Verdad que sí? Y he so­bre­vi­vi­do más tiem­po que nin­gún otro tras ser ata­ca­do por el Millón de Plumas Flotan des­de el Infinito.
 — Menos Terremoto de las Gargantas Olvidadas.
 — Menos Terremoto de las Gargantas Olvidadas.
 — Pero es que el maes­tro se le­van­tó tras el pri­me­ro. Hizo fal­ta ata­car­le dos ve­ces.
 — Acabas de de­rro­tar­me una se­gun­da vez.
 — Lo sien­to.
 — Supongo que no hay na­da que ha­cer.
 — Aunque si te di­go la ver­dad, tal vez eso no sea del to­do cier­to.
 — …
 — Cuando pe­lee con­tra él aún no do­mi­na­ba el Millón de Plumas Flotan des­de el Infinito.
 — …
 — ¿Gato Furioso de las Nubes Perdidas?
 — …
 — ¿Te has muer­to?
 — …
 — Pues va­ya. Y yo aquí ha­blan­do so­la. Pues na­da. Supongo que he­mos apren­di­do al­go va­lio­so de to­do es­to: nun­ca dis­cu­tas de a don­de ir a co­mer cuan­do ten­gas ham­bre. O al­go así. No sé. Supongo que a Gato Furioso de las Nubes Perdidas se le da­ban me­jor las mo­ra­le­jas.

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