Cincuenta y dos relatos #21 — El presidente

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52-21

Álvaro Arbonés

Lleva ya más de una ho­ra co­mien­do. Entre bo­te­llas de vino y pla­tos abun­dan­tes, he vis­to pa­sar dos ban­de­jas de pos­tres, pe­ro na­da más que tres per­so­nas. Una de ellas el ca­ma­re­ro. No me ex­tra­ña­ría si des­pués pa­sa­ron los pu­ros, las co­pas, la co­ca. Lo he vis­to mu­chas ve­ces, co­noz­co el ri­tual. Aunque, bueno, no po­dría ju­rar­lo. Sería pe­li­gro­so que lo hi­cie­ra. Podría aca­bar en el tri­bu­nal su­pre­mo. A fin de cuen­tas, no he vis­to na­da, no es­toy vien­do na­da. Él es el pre­si­den­te, yo un be­ca­rio y mien­tras que él es­tá en el re­ser­va­do, yo es­toy en una me­sa, fue­ra, con los pa­rro­quia­nos, co­mién­do­me dis­cre­ta­men­te un sand­wich que me he traí­do de ca­sa mien­tras me be­bo la cer­ve­za más ca­ra de mi vi­da.

Todo apun­ta a que la mo­ción de cen­su­ra se­rá exi­to­sa. Por eso el pre­si­den­te del go­bierno, en vez de en el par­la­men­to, de­ba­tien­do y es­cu­chan­do có­mo se api­lan las acu­sa­cio­nes con­tra él, es­tá aquí, co­mien­do, se­gún di­cen en los no­ti­cia­rios, sin in­ten­ción de vol­ver. O eso di­cen los pe­rio­dis­tas que han si­do in­for­ma­dos por hom­bres del par­ti­do.

Curioso, por­que tra­ba­jo pa­ra ellos, pe­ro no he oí­do na­da.

A fin de cuen­tas, ¿quién soy yo? Nadie. El ayu­dan­te de un dipu­tado de per­fil ba­jo del par­ti­do en el go­bierno. Estoy aquí por­que es mi tra­ba­jo. Porque mi be­ca de­pen­de de ser la som­bra de ese dipu­tado cu­yo nom­bre se­gu­ra­men­te no co­no­ce na­die y se­gu­ra­men­te tam­po­co ha­ga na­da, sal­vo re­fren­dar la pos­tu­ra del par­ti­do en las vo­ta­cio­nes, pe­ro al cual el se­ñor pre­si­den­te ha lla­ma­do a su me­sa.

Es afor­tu­na­do. Muchos son los lla­ma­dos, po­cos los ele­gi­dos. Quizás eso su­pon­ga al­gu­na sor­pre­sa en su fu­tu­ro elec­to­ral o par­la­men­ta­rio. Pero mien­tras ter­mino mi sand­wich con un ca­ma­re­ro cu­brién­do­me mien­tras el due­ño del lo­cal me lan­za mi­ra­das de des­pre­cio, no po­dría im­por­tar­me me­nos.


En es­te ba­rrio es di­fí­cil creer que exis­ta al­guien que no pue­da pa­gar cin­co eu­ros por una cer­ve­za. Cuarenta eu­ros por un me­nú que no lle­ga­ría a los diez en el mío y sir­vién­do­te sin per­do­nar­te la vi­da por no lle­var ame­ri­ca­na.

No quie­ro es­tar aquí. Pero de­pen­do de mi dipu­tado fan­tas­ma, tra­ba­jo pa­ra él, igual que él tra­ba­ja pa­ra el pre­si­den­te, quien tra­ba­ja pa­ra el di­ne­ro. Ese es mi tra­ba­jo. Esperar fue­ra de reunio­nes, co­ger su te­lé­fono só­lo pa­ra pa­sár­se­lo in­me­dia­ta­men­te des­pués, es­cri­bir emails que él ha de re­vi­sar.

A ve­ces me pre­gun­to por­qué no me pi­de que le lim­pie el cu­lo pa­ra que lue­go ti­re él de la ca­de­na.

En to­do ca­so, no to­do es ma­lo. Me he aca­ba­do el sand­wich y me he pe­di­do otra cer­ve­za. Eso ha re­la­ja­do el ce­ño frun­ci­do del due­ño. Mientras, la te­le­vi­sión si­gue ha­blan­do de la mo­ción de cen­su­ra. Mi men­te, en tan­to, só­lo se preo­cu­pa de que en que es­ta no­che ten­go que en­car­gar­me de la tien­da, pues mi her­mano tie­ne par­ti­do y mis pa­dres han que­da­do con ami­gos. En co­mo es­pe­ra­ba te­ner la tar­de li­bre, dor­mir la sies­ta y lue­go acu­dir a la tien­da. Con suer­te ce­rrar pron­to y, si no era aún muy tar­de, acu­dir a la pla­ya, don­de los de­más es­ta­rían ce­le­bran­do el cum­plea­ños de uno de mis ami­gos.

Pero la mo­ción de cen­su­ra si­gue. Por pri­me­ra vez, se han to­ma­do en se­rio to­dos los des­ma­nes de nues­tro pre­si­den­te. Y si bien me ale­gro por lo que con­lle­va pa­ra el país, no pue­do ale­grar­me igual­men­te por lo que con­lle­va pa­ra mí per­so­nal­men­te.


Han pa­sa­do más de tres ho­ras. Ahora em­pie­zan a lle­gar los me­dios.

Para ser jus­tos, no ha si­do aho­ra. Hasta el mo­men­to han apa­re­ci­do al­gu­nos pe­rio­dis­tas, to­dos so­li­ta­rios, bien tra­jea­dos, sal­vo uno de una re­vis­ta de ten­den­cias, en va­que­ros y ca­mi­se­ta. De al­gún mo­do, él pa­re­cía el úni­co in­tere­sa­do en hur­gar. Tras las en­fá­ti­cas ne­ga­ti­vas y hos­cos mo­vi­mien­tos del due­ño, que han he­cho que los otros se rin­die­ran y se fue­ran mur­mu­ran­do que si no se qué, él se ha atrin­che­ra­do en la ba­rra, pa­gan­do la cer­ve­za con una son­ri­sa, es­cu­pien­do una iro­nía de esas que se es­ca­pan a quie­nes no han te­ni­do que te­ner una con­ver­sa­ción de ver­dad en más de trein­ta años. Ha ma­ta­do el tiem­po, ha vis­to la te­le­vi­sión, ha ha­bla­do con el ca­ma­re­ro y, al fi­nal, ha de­bi­do sa­car al­go en cla­ro. El me­nú del día, qué han pe­di­do de be­ber en el re­ser­va­do, se­gu­ra­men­te na­da más. Pero da­do que se ha ter­mi­na­do la cer­ve­za y se ha pues­to a es­cri­bir en la pla­za de en­fren­te, don­de el wi­fi es gra­tui­to y la la­ta de Monster sa­le a un eu­ro en los chi­nos, di­ría que ha de­bi­do ser su­fi­cien­te.

Su ac­ti­tud me sor­pren­dió. Sus ade­ma­nes ner­vio­sos. Esa for­ma de abor­dar la ad­ver­si­dad. Cuando ha­ya te­ni­do tiem­po pa­ra es­cri­bir su no­ta y sus edi­to­res le ha­yan da­do el vis­to bueno, en­tra­ré en la web pa­ra leer lo que ha es­cri­to.

Espero no ol­vi­dar­me.


El par­la­men­to si­gue en la te­le­vi­sión. Y que aquí es­té la te­le­vi­sión en­cen­di­da, a un vo­lu­men ba­jo, co­mo trans­mi­tien­do la in­for­ma­ción con dis­cre­ción, pa­re­ce de mal gus­to. Incluso si el re­ser­va­do es­tá al fon­do, le­jos de don­de el so­ni­do po­dría lle­gar, si­gue ha­bien­do una dis­tan­cia tan pe­que­ña que re­sul­ta in­có­mo­do es­tar aquí. Aun si no se pue­de oír, ha­bi­tan el mis­mo es­pa­cio. El des­pre­cio y el des­pre­cia­do ocu­rren en un mis­mo lu­gar, in­clu­so si no lle­gan a co­mu­ni­car­se.

Además, los pe­rio­dis­tas no nos per­mi­ten ol­vi­dar nues­tra si­tua­ción de rehe­nes po­lí­ti­cos. Sólo se in­te­rrum­pe la trans­mi­sión en di­rec­to del pleno pa­ra re­cor­dar­nos que el pre­si­den­te si­gue aquí, co­mien­do, en el re­ser­va­do.

Algo que no es del to­do cier­to. Hace ya mu­cho ra­to que nin­gún ca­ma­re­ro ha en­tra­do en el re­ser­va­do.

Pero aun así, en la te­le­vi­sión se su­ce­den las imá­ge­nes del res­tau­ran­te. Desde fue­ra. Todos los án­gu­los inima­gi­na­bles de la fa­cha­da. Algunas son imá­ge­nes de ar­chi­vo, otras en di­rec­to, siem­pre in­ten­tan­do es­qui­var que se vean las otras cá­ma­ras, los otros re­por­te­ros, con­si­guién­do­lo más bien nun­ca. Inconscientemente, me bus­co en esas imá­ge­nes, que sea mi som­bra a tra­vés de los cris­ta­les tin­ta­dos, pe­ro nun­ca se ve na­da. No po­dré sa­lu­dar a mi ma­dre, que de to­dos mo­dos no es­ta­rá vién­do­lo, ocu­pa­da co­mo es­ta­rá aten­dien­do. Por eso no sien­to la ten­ta­ción de sa­lir pa­ra to­mar el ai­re, pa­ra te­ner esos se­gun­dos de glo­ria. Nadie me ve­rá. Soy na­die. Incluso si es­tu­vie­ra ahí, se­ría co­mo el vien­to que so­pla: al­go que pa­sa, pe­ro no de­ja hue­lla.


El pre­si­den­te lle­va más de seis ho­ras en el re­ser­va­do. He vis­to pa­sar mi­nis­tros, em­pre­sa­rios, gen­te no­ta­ble. Verlos no me ha su­pues­to na­da, sal­vo la cons­cien­cia de que es­to no aca­ba­rá pron­to. Lo cual es un pro­ble­ma. El pro­ble­ma de que mi ma­dre de­be­ría sa­lir pron­to de la tien­da y, si no es­toy yo allí, ¿quién se ha­rá car­go de ella?

Ya. Mi her­mano. Que no po­drá ir a su par­ti­do. O ella, que no po­drá ir con mi pa­dre a la ce­na con ami­gos de la que lle­van ha­blan­do dos se­ma­nas.

Pero el pre­si­den­te si­gue allí den­tro. Él no sa­be los pro­ble­mas de mi fa­mi­lia. Y aun­que de al­gún mo­do lo­gra­ra en­trar y ex­pli­cár­se­lo, que me es­cu­cha­ra y que unos go­ri­las de más de dos me­tros va­ga­men­te hu­ma­nos no me arras­tra­ran has­ta el ex­te­rior y me de­ja­ron la ca­ra echa un cro­mo ti­rán­do­me des­pués a unos cu­bos de ba­su­ra es­tra­té­gi­ca­men­te co­lo­ca­dos pa­ra con­se­guir un per­fec­to re­sul­ta­do de ci­ne, su res­pues­ta se­ría igual­men­te «¿y a mí qué?». Además, con ra­zón. Mis pro­ble­mas son míos. Los del pre­si­den­te son otros. Son los mis­mos, pe­ro son otros. Especialmente los de uno a los que van a echar por una mo­ción de cen­su­ra.

Por eso de­bo que­dar­me. Porque si me voy per­de­ré la be­ca. Esa be­ca por la que he te­ni­do que tra­ba­jar du­ro, ha­cer fa­vo­res y prác­ti­ca­men­te su­pli­car, sa­cri­fi­can­do mu­chas ho­ras de sue­ño, ha­cien­do co­sas de las que no me sien­to or­gu­llo­so.


Ya van sie­te ho­ras. Y, ¿qué ven mis ojos?, ¡si es el pre­si­den­te!

Sale triun­fal. Con as­pec­to ju­ve­nil, fres­co, de­ci­di­do. El as­pec­to que da no ha­ber su­fri­do de an­sie­dad ni un só­lo día de tu vi­da. ¿Será es­te el pri­me­ro? Lo du­do. No hay tics. No hay ten­sión. Sus hom­bros es­tán re­la­ja­dos, sus ma­nos caen re­la­ja­das so­bre sus cos­ta­dos sin si­quie­ra in­si­nuar un ápi­ce de cris­pa­ción y sus ojos ni apun­tan a un lu­gar fi­jo es­pe­cí­fi­co ni re­sul­tan errá­ti­cos. Además, es­te hom­bre no es tan buen ac­tor. No sé si es que le su­da los co­jo­nes lo que ocu­rre o que sim­ple­men­te da­ba por he­cho el re­sul­ta­do, pe­ro ahí va un hom­bre sin preo­cu­pa­cio­nes. Saliendo del res­tau­ran­te pa­ra la fo­to co­mo quien ha pa­sa­do una bue­na no­che.

Espero unos se­gun­dos. Mi je­fe pa­sa, pe­ro no me pres­ta aten­ción. Soy in­vi­si­ble pa­ra él. Pero cuan­do pa­re­ce que se mar­cha, se gi­ra y me es­cu­pe un «ya te pue­des ir, es­to se ha aca­ba­do».

Le mi­ro con un ges­to bo­vino. Asiento con un ges­to de ca­be­za.

Allí, en un res­tau­ran­te cual­quie­ra, in­ter­cam­bia­ble por cual­quier otro va­ga­men­te lim­pio, du­do­sa­men­te bueno, me que­do pe­tri­fi­ca­do con esos ojos va­cíos ob­ser­van­do a la na­da.


Las fa­ro­las lan­zan una luz ce­tri­na y dis­tan­te so­bre el as­fal­to. La ca­lle pa­re­ce muer­ta, in­clu­so cuan­do pa­so al la­do de per­so­nas ca­si ca­da tres se­gun­dos. Sus ges­tos can­sa­dos, sus hom­bros caí­dos. Sin du­da, ya he vuel­to al ba­rrio.

Cuando lle­go a la tien­da, mi ma­dre me da dos be­sos. Me lo agra­de­ce, me lo agra­de­ce mu­chí­si­mo, pe­ro me di­ce que si es­toy se­gu­ro, que si no pre­fie­ro ir­me con mis ami­gos, que no ha­ce fal­ta que me que­de. Yo le di­go que no pa­sa na­da. Entonces ella se va, son­rien­te, fe­liz. No vie­ne mu­cha gen­te, pe­ro la su­fi­cien­te co­mo pa­ra no po­der ce­rrar tem­prano. Sólo en­tran, ma­rean la per­diz y se van. Como si qui­sie­ran te­ner al­gu­na cla­se de con­tac­to hu­mano pe­ro, an­te la po­si­bi­li­dad de con­se­guir­lo, se die­ran cuen­ta que eso po­dría de­jar­les ci­ca­tri­ces de las cua­les no ten­drían fuer­za pa­ra so­bre­po­ner­se.

Al aca­bar el día echo la per­sia­na. Ya es de ma­dru­ga­da. Sin na­die en­tur­bián­do­la, la ca­lle pa­re­ce en paz. Tengo va­rios men­sa­jes de mis ami­gos, pe­ro ni me mo­les­to en leer­los. Estoy de­ma­sia­do can­sa­do co­mo pa­ra acu­dir.


Las fa­ro­las lan­zan una luz fría y re­don­da so­bre el par­que ma­rí­ti­mo. La ca­lle re­bo­sa vi­da, con gen­te arri­ba y aba­jo, to­dos con un as­pec­to ju­ve­nil que bro­ta del am­bien­te. Todo son­ri­sas, ges­tos tor­pes. Nada co­mo di­ri­gir­se a la pla­ya.

Cuando lle­go has­ta don­de es­tán mis ami­gos ya han em­pe­za­do, pe­ro eso no im­pi­de que ce­le­bren mi lle­ga­da co­mo la de un hé­roe. Me sir­ven una co­pa, ha­bla­mos, reí­mos, pa­re­ce que la no­che pu­die­ra du­rar siem­pre. Un men­sa­je: mi her­mano ha ga­na­do el par­ti­do. Lo ce­le­bra­mos, son se­mi­fi­na­les, se lo me­re­ce. Han tra­ba­ja­do du­rí­si­mo. Otro men­sa­je: mi ma­dre cie­rra aho­ra la tien­da. A par­tir de ahí la de­ba­cle. La gen­te si­gue be­bien­do, rien­do, ha­blan­do, y yo tam­bién, pe­ro de al­gún mo­do to­do se ha te­ñi­do de un co­lor fu­nes­to. Como si la luz que pro­vie­ne des­de el pa­seo ma­rí­ti­mo de re­pen­te fue­ra de­pri­men­te y ce­tri­na. Oscura de un mo­do so­lem­ne.

Entonces, cuan­do los de­más se di­ri­gen ha­cia al­gún bar pa­ra se­guir ce­le­bran­do, yo de­ci­do ir­me a ca­sa. No me sien­to con fuer­zas pa­ra se­guir de fies­ta.


Estoy quie­to en el cru­ce. La úni­ca luz es la del se­má­fo­ro, en ro­jo, te­nien­do que ele­gir en­tre dos ca­mi­nos: a la iz­quier­da, la tien­da; a la de­re­cha, la pla­ya. El se­má­fo­ro se po­ne en ver­de. Mi pie to­ca el as­fal­to con la mis­ma con­sis­ten­cia que los pri­me­ros pa­sos de un ni­ño ol­vi­da­do.

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