Cincuenta y dos relatos #23 — De tonterías y balcones



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Álvaro Arbonés

En su vi­da ha­bía he­cho mu­chas ton­te­rías. Siempre in­fluen­cia­do por la idea de lo que po­dría ser, de lo que po­dría con­se­guir, ha­bía sa­li­do hu­yen­do, sin im­por­tar­le qué o quién de­ja­ba atrás. Arrepintiéndose po­co des­pués, sin sa­ber có­mo dar mar­cha atrás.

Por eso ha­bía en­tra­do en su apar­ta­men­to. Su bal­cón era re­la­ti­va­men­te ba­jo y, gra­cias a las ven­ta­nas de la plan­ta ca­lle, ha­bía su­fi­cien­tes pun­tos de aga­rre co­mo pa­ra al­can­zar­lo. El res­to era con­fiar en que la puer­ta si­guie­ra ro­ta, pu­dien­do abrir­se des­de fue­ra, sin con­si­de­rar el pe­li­gro de in­tru­sio­nes que en­tra­ña­ba. Y así fue. Antes de que pu­die­ra dar­se cuen­ta es­ta­ba den­tro.

El so­fá. La te­le. Las es­tan­te­rías. Todo se­guía igual. Muchos de esos li­bros ju­ra­ría que eran su­yos. Entonces, oyó co­mo se abría la puer­ta.

No tu­vo que pen­sar­lo. Conocía de­ma­sia­do bien esa ca­sa. Entonces, abrió la puer­ta del ar­ma­rio, se me­tió de un sal­to y, tras ce­rrar la puer­ta, se acu­rru­có en una es­qui­na. Poco des­pués oyó fue­ra a dos per­so­nas. Su ex‐novio y su me­jor ami­ga.

Habían cor­ta­do ha­cía dos se­ma­nas y aho­ra ella es­ta­ba atra­pa­da en el ar­ma­rio mien­tras él es­ta­ba con otra chi­ca.


Confusa, in­quie­ta, no po­día pa­rar de re­vol­ver­se. Aunque te­nía mie­do de que la des­cu­brie­ran, lo an­gos­to del ar­ma­rio y el ser in­ca­paz de ver na­da, da­da la ab­so­lu­ta os­cu­ri­dad que rei­na­ba en su in­te­rior, im­pe­día que hi­cie­ra otra co­sa. Al me­nos has­ta que, tras unos mi­nu­tos de si­len­cio, oyó có­mo em­pe­za­ban a ha­blar.

— Te agra­dez­co que me ha­yas obli­ga­do a sa­lir —di­jo él, con ese tono can­ta­rín, me­dio en­tre ri­sas, que usa­ba cuan­do es­ta­ba ner­vio­so — . Últimamente no ten­go fuer­zas pa­ra na­da.

— ¿Acaso po­día ha­cer otra co­sa? No pue­do de­jar en la es­ta­ca­da a un ami­go.

— Bueno. Gracias.

— Pero hom­bre, ¡no te pon­gas ro­jo! ¡Que es­to es lo nor­mal!

Se que­da­ron unos se­gun­dos en si­len­cio.

— ¿Oyes eso?

— ¿El qué? Yo no oi­go na­da.

— Ah, no, na­da. Serán ima­gi­na­cio­nes mías —di­jo él — . Había oí­do un rui­do. Como de ter­mi­tas.

Sus dien­tes es­ta­ban re­chi­nan­do co­mo si le fue­ra la vi­da en ello. Pero cuan­do oyó có­mo de­cía eso, hi­zo un es­fuer­zo por cal­mar­se.

Respiro hon­do. Vacío la men­te. Intentó ig­no­rar lo que ocu­rría fue­ra. Algo que pu­do ha­cer por­que, tras aque­llo, no ha­bla­ron en un buen ra­to. Se oía de vez en cuan­do el so­ni­do de va­sos apo­yán­do­se so­bre la me­sa, pe­que­ños mo­vi­mien­tos en el so­fá, pe­ro na­da más. De ese mo­do pu­do con­cen­trar­se en su res­pi­ra­ción. En in­ten­tar que no la des­cu­brie­ran.

Hasta que un olor em­pe­zó a em­bria­gar­la.

Era su co­lo­nia. La mez­cla de su olor cor­po­ral y la co­lo­nia. Procedía de un abri­go cer­cano, que es­ta­ba ro­zán­do­le la me­ji­lla, lo cual la hi­zo es­bo­zar una son­ri­sa es­tú­pi­da. Siempre le ha­bía gus­ta­do pe­gar­se al hom­bro de él, acer­car­se a su cue­llo, y as­pi­rar fuer­te, co­mo si pu­die­ra ro­bar­le el olor. Como si fue­ra a que­dar­se fi­ja­do en su men­te pa­ra siem­pre só­lo por ha­cer un ges­to más exa­ge­ra­do de lo ne­ce­sa­rio.

Siguió allí, acu­rru­ca­da, en el si­len­cio, abo­tar­ga­da por aquel olor fa­mi­liar. Hasta que no­tó que aquel si­len­cio era ex­tra­ño. Demasiado si­len­cio­so.

¿Qué es­ta­ban ha­cien­do? Había po­cas co­sas que dos per­so­nas adul­tas po­dían ha­cer en si­len­cio a so­las. Al me­nos, en un si­len­cio co­mo aquel, ca­si ab­so­lu­to. Si no es­ta­ban vien­do al­go en la te­le, ¿qué es­ta­ban ha­cien­do? Entonces su men­te se lle­nó de imá­ge­nes del pa­sa­do. De to­das las ve­ces que se ha­bían echa­do la sies­ta en aquel so­fá, acu­rru­ca­dos. También la pri­me­ra vez que se en­ro­lla­ron, allí, en si­len­cio. O las ve­ces que tu­vie­ron se­xo in­ten­tan­do no ha­cer rui­do. Para no mo­les­tar a los ve­ci­nos.

Dejó de res­pi­rar com­ple­ta­men­te. Ni si­quie­ra su olor, prác­ti­ca­men­te lo úni­co que que­da­ba del mun­do ex­te­rior en aquel lu­gar, le hi­zo sa­lir de aquel es­ta­do de sus­pen­sión.


Acurrucada, en po­si­ción fe­tal, se aga­rra­ba la ca­be­za, ta­pán­do­se los oí­dos, in­ten­tan­do no es­cu­char el si­len­cio.

Aquello que po­día oír era na­da. Menos que na­da. Sólo a sí mis­ma. El cru­ji­do de la ma­de­ra en ca­da mo­vi­mien­to que ha­cía, la san­gre cir­cu­lan­do por sus ve­nas, los irre­gu­la­res la­ti­dos de su co­ra­zón. Pero sin em­bar­go, ella ju­ra­ría po­der es­tar oyen­do al­go. Un mur­mu­llo. Un ge­mi­do. Un sos­pe­cho­so so­ni­do de mue­lle. Incluso si el so­fá no te­nía mue­lle al­guno que pu­die­ra le­van­tar sos­pe­chas so­bre los so­ni­dos que pu­die­ra lle­gar a emi­tir. Y por más que era cons­cien­te de la si­tua­ción, lo que im­pli­ca­ba y có­mo es­ta­ba reac­cio­nan­do, el so­ni­do no pa­ra­ba. El si­len­cio re­so­na­ba en sus oí­dos co­mo una es­tri­den­te ca­bal­ga­ta de re­yes.

De acuer­do que él es­ta­ba en su de­re­cho de ha­cer lo que qui­sie­ra. No es­ta­ban jun­tos. De he­cho, lo ha­bía de­ja­do ella. Pero al me­nos po­dría te­ner la de­cen­cia de no ha­cer esas co­sas de­lan­te su­yo.

Pero, ¿qué co­sas? No sa­bía que es­ta­ba ha­cien­do. Y aun­que lo su­pie­ra, ¿aca­so él sa­bía que es­ta­ba allí? Era du­do­so. Pero qui­zás lo ha­bía des­cu­bier­to. Había vis­to la puer­ta de la te­rra­za abier­ta, ha­bía es­cu­cha­do rui­dos ex­tra­ños y se ha­bía da­do cuen­ta de que, co­mo no po­dría ser de otro mo­do, ha­bía ahí al­guien que no de­bía es­tar. Y da­do que un la­drón tam­po­co te­nía na­da que ro­bar allí, ¿quién po­dría ha­ber en­tra­do? Su ex‐novia. ¿Quién si no? ¿Qué otro sen­ti­do ten­dría to­da aque­lla his­to­ria?

Eso es lo que ru­mia­ba ella en su ca­be­za. Volviendo una y otra vez so­bre esas ideas, sin sa­ber qué ha­cer.


Pasaron mi­nu­tos. Horas. Días. Pudieron ha­ber­los pa­sa­do. Ella no hu­bie­ra sa­bi­do de­cir cuán­to tiem­po pa­só, por­que tam­po­co se atre­vía a sa­car el mó­vil. ¿Y si veían la luz des­de el ex­te­rior? Parecía de­ma­sia­do arries­ga­do. Pero in­clu­so así, es­ta­ba em­pe­zan­do a per­der la ca­be­za.

Quería sa­ber. Necesitaba sa­ber. Lo que es­tu­vie­ra ocu­rrien­do fue­ra no po­día ser peor que lo que es­ta­ba ocu­rrien­do den­tro. Por eso de­ci­dió ha­cer al­go.

Se arro­gó a sus re­cuer­dos. A los más dul­ces. Sus ca­ri­cias, sus abra­zos, sus pa­la­bras de ca­ri­ño. Todas las ve­ces que ha­bía si­do com­pren­si­vo con ella. Y ca­da vez que in­ten­ta­ba in­fil­trar­se la idea de la otra po­nién­do­se en me­dio, de él ha­cien­do lo mis­mo con ella, cam­bia­ba ra­di­cal­men­te de pen­sa­mien­to. Pensaba en to­das las ve­ces que se ha­bía ca­brea­do con él, pa­ra aca­bar per­do­nán­do­le, por­que al fin y al ca­bo no era na­da. Siempre se ha­bían lle­va­do bien. Siempre se ha­bían que­ri­do. Hasta el fi­nal.

Entonces se le­van­tó de un sal­to. En el ex­te­rior se oyó un ex­tra­ño rui­do pro­ce­den­te del ar­ma­rio. Entonces, se abrie­ron las puer­tas de par en par. Y de allí, sa­lió ella.


No ha­bía na­die. El sa­lón es­ta­ba va­cío. Entonces, ella sus­pi­ró. En su vi­da ha­bía he­cho mu­chas es­tu­pi­de­ces, pe­ro esa des­de lue­go se lle­va­ba la pal­ma. ¿Quién la man­da­ba co­lar­se en la ca­sa de su ex‐novio? Y en­ci­ma lue­go es­con­der­se en el ar­ma­rio. No te­nía re­me­dio. Así que se di­ri­gió ha­cia el bal­cón y se dis­pu­so a ba­jar.

A me­dio ca­mino, aga­rrán­do­se aún de los ba­rro­tes del bal­cón, oyó al­guien de­ba­jo. A la al­tu­ra del por­tal. Se que­dó quie­ta, ob­ser­van­do. No que­ría pro­ble­mas. Y si la veían así, po­dían pen­sar lo que no era.

Era su ex‐novio. Con su me­jor ami­ga. Besándose aca­ra­me­la­da­men­te en el por­tal.


Ella ha­bía he­cho mu­chas ton­te­rías en su vi­da. Pero, su­man­do to­das, no re­cor­da­ba nin­gu­na ma­yor que, col­ga­da del bal­cón de su ex‐novio al cual ha­bía de­ja­do dos se­ma­nas atrás, gri­tar:

— ¡Pero si to­da­vía te quie­ro!

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