Cincuenta y dos relatos #24 — De nobles y tradiciones

Enlarge

52-24

Álvaro Arbonés

No hay na­da más be­llo que ob­ser­var des­de de­trás de una de­li­ca­da cor­ti­na. Ver som­bras, oír vo­ces; que to­dos fin­jan que no ha­ya na­da al otro la­do, co­mo si la in­vi­si­bi­li­dad fue­ra un he­cho re­que­ri­do cuan­do no eres exac­ta­men­te una per­so­na, cuan­do quien se ocul­ta a ple­na vis­ta po­dría ser de he­cho cual­quie­ra. Incluso al­guien por en­ci­ma de tu ran­go. Es poé­ti­co. Es cruel. Es la cons­cien­cia de que, de­trás de esa fi­na te­la, ocul­ta en som­bras, ba­ña­da en las lu­ces de ve­las ti­ti­lan­tes co­mo es­tre­llas ador­me­ci­das, no to­dos los hom­bres fue­ron crea­dos igua­les.

Al otro la­do es­tá pa­dre. Enfrente su­yo, los pre­ten­dien­tes. Alrededor, al­gu­nos de­trás de cor­ti­nas, otros sin ne­ce­si­dad de ocul­tar­se, to­da cla­se de cria­dos y tes­ti­gos. No de­be­ría es­tar aquí, pe­ro se­ría im­pru­den­te no que­rer sa­ber so­bre mi pro­pia bo­da.

La au­sen­cia de la no­via es­tá le­jos de ser al­go inusual. Nuestro reino se ha mo­vi­do por esa ló­gi­ca du­ran­te mu­chas ge­ne­ra­cio­nes. Ya no que la opi­nión de las mu­je­res no sea re­le­van­te, sino que sea co­lo­ca­da en un gra­do par­ti­cu­lar­men­te ele­va­do de irre­le­van­cia.

Por de­lan­te de las mu­je­res es­tán los hom­bres, quie­nes pue­den ver y es­cu­char a tra­vés de las pa­re­des fi­nas; por de­lan­te de los hom­bres es­tán los no­bles y los tes­ti­gos me­no­res co­mo los cria­dos, quie­nes pue­den ver y es­cu­char a tra­vés de las cor­ti­nas; y por de­lan­te de los hom­bres es­tán los re­yes, los prín­ci­pes y los tes­ti­gos ma­yo­res co­mo al­gu­nos cria­dos es­pe­cia­les y al­tos fun­cio­na­rios, quie­nes pue­den ver­se ca­ra a ca­ra. Eso re­le­ga a las mu­je­res a la po­si­ción de los ni­ños. Quienes só­lo pue­den ver y es­cu­char a tra­vés de las pa­re­des grue­sas. Es de­cir, ni si­quie­ra acer­car­se al pa­la­cio. A ex­cep­ción de la prin­ce­sa, quien por prin­ce­sa, se ve só­lo re­le­ga­da a la po­si­ción de las pa­re­des fi­nas.

Esconderse en­tre te­las. Vestir más­ca­ras. Intentar pa­sar des­aper­ci­bi­do. Hay mu­chos mo­dos de sal­tar­se las nor­mas. Y la pro­pia tra­di­ción con­mi­na a ha­cer­lo.

Ceramistas es­pec­ta­cu­la­res, gran­des cul­ti­va­do­res de se­da y una ob­se­sión en­fer­mi­za por ha­cer que to­das las ce­le­bra­cio­nes pú­bli­cas se ha­gan en­tre pe­num­bras, usan­do tan­ta ce­ra que, en un año, se­gu­ra­men­te se po­dría ha­ber cons­trui­do una to­rre que lle­ga­ra has­ta el sol só­lo con lo que so­bra­ra de ca­da ce­re­mo­nia, es el re­sul­ta­do de es­ta lar­ga su­ce­sión de tra­di­cio­nes.

Oír al­go o no es lo de me­nos. La pre­sen­cia es lo im­por­tan­te. Ser ca­paz de sa­ber quién es­tu­vo, qué ideas ge­ne­ra­les se pro­nun­cia­ron, es lo que con­ce­de un es­tá­tus es­pe­cial. Aunque só­lo sea ca­ra a uno mis­mo. Por eso se sal­tan las nor­mas y por eso se per­mi­te que ocu­rra: mien­tras se man­ten­ga la fa­cha­da de res­pe­tar la tra­di­ción, no im­por­ta que la gen­te ha­ga el in­ten­to de ir más allá de su po­si­ción so­cial. Especialmente en un reino don­de los dis­tur­bios son tan ra­ros co­mo la nie­ve.

Ese fe­nó­meno me­te­reo­ló­gi­co que só­lo se ha vis­to en los li­bros.

Estar aquí no sig­ni­fi­ca na­da. Que me abra pa­so es de he­cho lo que se es­pe­ra de mí. Ninguna no­via de la reale­za ha lle­ga­do a su bo­da ig­no­ran­te de quien era su pro­me­ti­do. Y no po­cas pu­die­ron jac­tar­se de ha­ber­lo co­no­ci­do de for­ma tan ín­ti­ma co­mo las olas del mar co­no­cen la are­na de la pla­ya. Porque eso es lo que fin­gen no sa­ber los de­más. Que igual que los re­yes, los no­bles y los hom­bres tie­nen el ca­ra a ca­ra, las ce­lo­sías y las pa­re­des fi­nas, las mu­je­res tie­nen las pa­re­des grue­sas, don­de se pue­den gra­bar co­sas, guar­dar men­sa­jes y de­jar pa­ra el fu­tu­ro tes­ti­mo­nios de aque­llo que en teo­ría nun­ca se ha pre­sen­cia­do.

Como la nie­ve.

Y si bien co­mo mu­je­res se nos pi­de ser co­mo la nie­ve, pu­ras, le­jos de los tes­ti­mo­nios, de la vi­da te­rre­nal, es le­gí­ti­mo que­rer sa­ber con quién pre­ten­de­rán ca­sar­te. Incluso si el he­cho de es­tar aquí só­lo tie­ne que ver con la be­lle­za de las pa­la­bras su­su­rra­das; de las cor­ti­nas que con­vier­ten la reali­dad en una su­ce­sión de som­bras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *