Cincuenta y dos relatos #26 — Escuchad a su majestad

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Álvaro Arbonés

Apreciad la ma­jes­tuo­si­dad de su al­te­za, el prín­ci­pe Xi Long. No ha­gáis na­da que no sea ob­ser­var el ve­llo aca­na­la­mien­to de su na­riz, el ra­dian­te co­lor de sus me­ji­llas, la be­lle­za su­til de su bar­bi­lla. ¡No ha­gáis rui­do! Observad en si­len­cio, pues su al­te­za duer­me, y des­per­tar­le se­ría una fal­ta de res­pe­to que se cas­ti­ga con la muer­te. Pero no de­jéis de ob­ser­var, en­tre su­su­rros, aho­gan­do los rui­dos ma­yo­res, de­jan­do es­ca­par las son­ri­sas y los sus­pi­ros, un pe­que­ño clo­queo es­tá bien, un ges­to de fe­li­ci­dad ín­fi­mo, por ver­le mo­ver­se li­ge­ra­men­te, ha­cer un pe­que­ño y re­chon­cho as­pa­vien­to, una pa­ta­di­ta oron­da y tos­ca.

Aprended a amar su efi­gie pu­ra, de mar­ca­dos mo­fle­tes, co­mo si fue­ra la lla­ma que os ca­lien­ta en el in­vierno; la ra­ra vis­ta del sol po­nién­do­se en la no­che, aún no des­pier­to, co­mo si nun­ca se hu­bie­ra acos­ta­do al otro la­do del mun­do.

¡No os mo­váis! Permaneced quie­tos mien­tras el prín­ci­pe da vuel­tas, pues sig­ni­fi­ca que tie­ne el sue­ño li­ge­ro, e in­clu­so la más mí­ni­ma pre­sen­cia, in­clu­so el vue­lo de una mos­ca, la pi­ca­du­ra de un mos­qui­to, el su­su­rro de un pa­ñue­lo, po­dría ha­cer­le des­per­tar, cual­quier co­sa, di­go, me­nos mi voz, plá­ci­da y me­lo­dio­sa co­mo de­be ser, por­que cuan­do in­ten­to des­per­tar­lo por las ma­ña­nas se re­tuer­ce y llo­ra y gri­ta y me ha­ce plan­tear­me la po­si­bi­li­dad del mag­ni­ci­dio, ¡pe­ro só­lo en mi pen­sa­mien­to!, pues nin­gún ac­to con­tra el prín­ci­pe de­be lle­gar a la ver­dad pú­bli­ca. Recordadlo siem­pre. No lo ol­vi­déis nun­ca.

Dejad que vues­tra guía mo­ral os di­ga co­mo ac­tuar. Irritaros por sus rui­dos mo­les­tos, sus cu­ca­mo­nas es­tú­pi­das, sus olo­ro­sos e in­di­si­mu­la­dos pe­dos, pe­ro acep­tán­do­lo co­mo un re­ga­lo, o al me­nos co­mo al­go inevi­ta­ble, co­mo vues­tra obli­ga­ción pa­ra con su al­te­za, quien al­gún día ya no es­ta­rá en­tre no­so­tros y llo­ra­réis.

¡Haced pla­nes de en­ve­ne­nar­le, arran­car­le la ca­be­za, sa­car­le las tri­pas, arran­car­le la piel a ti­ras y co­mé­ros­lo en un fes­tín mul­ti­tu­di­na­rio en que to­da vues­tra fa­mi­lia acu­da pa­ra re­go­ci­jar­se en el pla­cer de ver mo­rir al que os es­tá qui­tan­do la sa­lud y la cor­du­ra! Hacedlo, sí, pe­ro en si­len­cio.

Recordad que es­ta­mos en los apo­sen­tos reales. No me per­mi­táis gri­tar co­mo aca­bo de ha­cer­lo, pe­ro tam­po­co ha­bléis, in­ten­tad no mo­ve­ros, el sue­lo es­tá vie­jo y cru­je y aún no he­mos lla­ma­do a los car­pin­te­ros pa­ra que lo arre­glen, pues ha ha­bi­do va­rios pro­ble­mas de co­mu­ni­ca­ción in­ter­na, así que te­ne­mos que in­ten­tar ajus­tar agen­das pri­me­ro. Recordadme to­do es­to ma­ña­na, que es cuan­do po­dré ha­cer­me car­go.

Olvidad en­ton­ces las mo­les­tias, el do­lor y el odio. Aceptad vues­tra la­bor co­mo cor­te­sa­nos, res­pi­rad los ai­res de vues­tro prín­ci­pe co­mo si fue­ran los vues­tros, in­clu­so si en el fon­do só­lo que­réis ver­le muer­to y dar­lo de co­mer a las aves de ca­rro­ña.

Pensad en él co­mo en un gi­gan­tes­co be­bé de 140 ki­los, más vie­jo que la ma­yo­ría de vo­so­tros, pe­ro co­mo los be­bés, per­fec­ta­men­te re­don­do, de po­co pe­lo en la ca­be­za, aun­que le si­ga que­dan­do mu­cho en los hue­vos. Saludadme si me veis por pa­la­cio, in­vi­tad­me a un té, con­tad­me có­mo os va la vi­da, por­que yo hoy me re­ti­ro de cui­dar al hom­bre del cual te­néis que ha­ce­ros car­go.

Sed fe­li­ces, in­clu­so si eso su­po­ne en­con­trar la vir­tud de una pús­tu­la en el rec­to.

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