Cincuenta y dos relatos #28 — Caza mayor

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52-28

Álvaro Arbonés

El oso me mi­ra­ba con unos oji­tos bri­llan­tes y se­duc­to­res. No es que es­tu­vie­ra ahí plan­ta­do, en me­dio del bos­que, con un oso mi­rán­do­me di­rec­ta­men­te a los ojos y, en un arre­ba­to de ale­gre pa­sión pe­lu­da, me enamo­ra­ra del ges­to de aquel bi­cha­rra­co par­do. Es que, jo­der, ha­bía al­go en su mi­ra­da. Algo hu­mano. Esa sen­sua­li­dad que di­ce «fó­lla­me co­mo si no hu­bie­ra un ma­ña­na» del mis­mo mo­do que se di­ce «dé­ja­me co­mer­te vi­vo… li­te­ral­men­te».

A lo mis­mo só­lo es­ta­ba ham­brien­to. A ver, en­tién­da­me. Yo fui de acam­pa­da con mis ami­gos y nues­tras pa­re­jas. Era un pe­que­ño cla­ro en el bos­que, un lu­gar apar­ta­do, tran­qui­lo. El guar­da­bos­ques, un tío de ojos hin­cha­dos que pa­re­cía sa­li­do de una se­rie de di­bu­jos ani­ma­dos, nos di­jo que no ha­bía na­da que te­mer: los ani­ma­les eran muy pa­cí­fi­cos en aquel lu­gar. Pero cla­ro, cuan­do te di­cen que los ani­ma­les son muy pa­cí­fi­cos no te ima­gi­nas que quie­ren de­cir que se te van a in­ten­tar fo­llar.

Volviendo al te­ma. Yo es­ta­ba allí, po­nien­do las pi­que­tas de mi tien­da de cam­pa­ña y mi pa­re­ja, bueno, ella, ya sabs: mi­ra­ba al bos­que. Tenía ese ges­to en­greí­do, un po­co chu­les­co, que me ha­cía dis­traer­me un po­co de más. Pero, bueno, es­ta­ba allí, yo co­lo­can­do pi­que­tas, ella mi­ran­do al bos­que y los otros no sé, de­bían es­tar des­car­gan­do co­sas o dan­do un pa­seo, y ella de re­pen­te se me­tió en el bos­que. Sola. Dejándome atrás, co­lo­can­do pi­que­tas, sin de­cir na­da.

Cuando hu­be ter­mi­na­do de co­lo­car­las lle­gó uno de mis ami­gos, Johnny, y me hi­zo no­tar «¿eh, tío, y tu se­ño­ra?» y yo en plan «eh, si es­tá ahí, co­mo au­sen­te, ¿no la ves?» y po­ne esa ca­ra. Entonces me di­go «prff, tú, me­nu­da mo­vi­da te­ner un ami­go con se­me­jan­te ca­ra bo­vi­na, ¿qué no?» y en­ton­ces se­guí un po­co a lo mío.

Luego la co­sa es que, pues, pa­san las ho­ras, to­do se va os­cu­re­cien­do y aun­que lle­va­mos lin­ter­nas y ha­ce­mos un fue­go, es de­cir, po­ne­mos una ta­blet en un atril con una APP que es una ho­gue­ra y po­ne al má­xi­mo en bri­llo sin apa­gar la pan­ta­lla, pues mi se­ño­ra no apa­re­ce. Entonces las chi­cas preo­cu­pa­das, que si don­de es­tá, que si no sé qué y bueno, pim pam, va­mos a bus­car­la.

El res­to se lo ima­gi­na. Nos mo­ve­mos por el bos­que, lin­ter­nas, el fli­pao de Juan con una go pro, ha­cien­do el pu­to mono, nos se­pa­ra­mos pa­ra abar­car más te­rreno y, flush, PAM. Carlos Bermúdez vs. El Puto Osaco.

Primero no me mi­ró. El oso es­ta­ba de pie, pu­to enor­me, mi­ran­do al va­cío. Rollo tres me­tros de bi­cho mi­ran­do al ho­ri­zon­te con unos pre­cio­sos ojos acuo­sos. Entonces, cuan­do me ve, se po­ne a cua­tro pa­tas, se me acer­ca, hue­le en mi di­rec­ción y me ti­ra La Mirada. Yo en plan «pa­vo, pa­vo, pa­vo, esos oji­tos… esa chu­le­ría… quie­re ha­cer­me un hom­bre» y cla­ro, yo, aco­jo­nao. Todo lo aco­jo­nao que pue­de es­tar el Carlos, cla­ro. Pero cla­ro, es­tás en me­dio del bos­que, sa­bes que si te echas a co­rrer es­tás jo­di­do y, bueno, ¿qué ha­ces? Te ba­jas los pan­ta­lo­nes mien­tras el oso te mi­ra con esos oji­tos cu­rio­so­nes. Y ven­ga. Carlos, al rue­do.

Por eso es­toy aquí hoy, se­ñor doc­tor. Quiero que se ase­gu­re que no ten­go nin­gu­na mier­da de oso chun­ga, ¿sa­be?

No, mi se­ño­ra no apa­re­ció des­pués de eso. Pero, ¿quie­re que le cuen­te lo más ra­ro de to­do? He en­con­tra­do ex­tra­ñas mar­cas en la puer­ta de mi ca­sa. Sí, sí, ¡có­mo de ga­rras! ¿Se ima­gi­na? ¡Igual el oso vie­ne a por una se­gun­da vuel­ta!

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