Cincuenta y dos relatos #29 — Un pequeño salto de fe

Enlarge

52-29

Álvaro Arbonés

Dalía y Dafne ob­ser­va­ron con ges­to fas­ci­na­do, co­mo si es­tu­vie­ran vien­do un mi­la­gro. En el ai­re, Verónica, una com­pa­ñe­ra de cla­se, pa­re­cía es­tar flo­tan­do sin que su pe­so o la gra­ve­dad coar­ta­ra su vue­lo. Pasando de una co­lum­na a la si­guien­te, al­go más de me­tro y me­dio en­tre ellas, co­mo si al­go la hu­bie­ra mo­vi­do en­tre am­bos ex­tre­mos.


Dafne, sin de­jar de an­dar, bos­te­za­ba abrien­do la bo­ca co­mo si in­ten­ta­ra in­tro­du­cir al­go más gran­de que ella mis­ma en su in­te­rior. A su la­do, Dalía te­nía la mi­ra­da cla­va­da en el fren­te, ig­no­ran­do a su ami­ga. Iban ca­mino del ins­ti­tu­to, con el uni­for­me de es­ti­lo ma­ri­ne­ro re­gla­men­ta­rio, fal­da tres cen­tí­me­tros por en­ci­ma de las ro­di­llas, cal­ce­ti­nes dos por en­ci­ma del to­bi­llo, la­zo so­bre­sa­lien­do en sus pun­tas no más de quin­ce.

Sus pa­sos eran tran­qui­los. Dilatados. No te­nían pri­sa en lle­gar. Dalía an­da­ba rec­to, des­pa­cio, co­mo si mi­die­ra ca­da pa­so; Dafne iba dan­do tum­bos, ace­le­ran­do y de­ce­le­ran­do, co­mo si es­tu­vie­ra per­pe­tua­men­te ca­yen­do ha­cia ade­lan­te.

Juntas, pa­re­cían ne­ce­si­tar to­da la ace­ra só­lo pa­ra cu­brir la di­so­nan­cia que las unía.

Tras un ra­to, Dalía pa­re­cía in­tran­qui­la. Sus hom­bros se vol­vie­ron ten­sos. Sus pa­sos li­ge­ra­men­te más lar­gos. Y mien­tras Dafne in­ten­ta­ba co­ger­le el pa­so, ace­le­ran­do el rit­mo, sin de­jar de mi­rar ha­cia el fren­te le di­jo:

— Qué mo­vi­da lo de Verónica ayer, ¿no?

Dafne se gi­ró ha­cia ella, con ros­tro som­no­lien­to.

— Supongo. Claro. No es al­go que veas to­dos los días —di­jo Dafne — . No to­dos los días, no.

— Eso es­ta­ba pen­san­do —di­jo Dalía aga­rran­do su car­te­ra con ma­nos tem­blo­ro­sas.

— ¿Y has desa­yu­na­do?

— ¿Cómo? —di­jo Dalía, asus­ta­da, co­mo sa­lien­do de un pro­fun­do tran­ce.

— Que no he desa­yu­na­do. Que si tú sí. Podríamos pa­rar en al­gu­na par­te.

— Ya lle­ga­mos tar­de, Dafne. Llegamos tar­de por tu cul­pa.

— Perdón por­que me gus­te dor­mir.

— ¿Y por qué no lo ha­ces por la no­che? Según Telegram, es­tu­vis­te co­nec­ta­da has­ta las 5.

— Es que ha­bía al­go in­tere­san­te en la te­le.

— En Netflix.

— Lo mis­mo es.

Dalía re­so­pló, ace­le­ran­do el pa­so, de­jan­do atrás a su ami­ga, que iba aga­rran­do su mo­chi­la con fuer­za, cos­tán­do­le un par de se­gun­dos en ver aque­lla es­ca­pa­da y sa­lir co­rrien­do de­trás de ella. Alcanzándola po­co des­pués, yen­do al tro­te, só­lo pa­ra de­ce­le­rar al po­ner­se a su al­tu­ra.

Continuaron así unos se­gun­dos. Pero Dalía, cla­ra­men­te al­te­ra­da, in­ten­tan­do ocul­tar­lo al mun­do aun­que no pa­ra­ra de mo­ver la ca­be­za de uno a otro la­do, aca­bó di­cién­do­le a su ami­ga:

— ¿Qué pien­sas de lo de ayer?

— De qué de to­do.

— ¡Lo de Verónica! —di­jo Dalía al­te­ra­da.

— Ah, sí. Algo que no se ve to­dos los días.

— ¿Verdad? —di­jo Dalía, fe­liz — . ¡No to­dos los días se ve a al­guien vo­lan­do!

En ese mo­men­to, mien­tras ella se­guía an­dan­do, Dafne se pa­ró en se­co. Dalía si­guió an­dan­do, sin dar­se cuen­ta. Pasados unos ins­tan­tes, com­pro­ban­do la au­sen­cia de su ami­ga, se pa­ró en se­co y se gi­ró, es­pe­ran­do en­con­trar­la atán­do­se los cor­do­nes. Pero da­das sus ex­pec­ta­ti­vas, lo úni­co que pu­do es es­bo­zar un ges­to de in­com­pren­sión.

Dafne la mi­ra­ba con la mis­ma ca­ra que si le hu­bie­ra di­cho que la no­che an­te­rior ha­bía si­do ab­du­ci­da por un pla­ti­llo vo­lan­te co­man­da­do por ca­bras mon­te­sas.


Con am­bas en­ca­rán­do­se en me­dio de una ca­lle va­cía don­de la úni­ca pre­sen­cia de vi­da eran los ár­bo­les de fon­do y las ho­jas so­bre el sue­lo, na­da pa­re­cía per­tur­bar la ten­sa dis­tan­cia que se ha­bía for­ma­do en­tre ellas. Nada más que unos po­cos pa­sos re­ple­tos de ho­jas se­cas. Pero así y con to­do, sus ros­tros con­ta­ban otra his­to­ria. El de Dafne el de un mis­te­rio. El de Dalía la de una su­po­si­ción.

De re­pen­te, Dafne son­rió co­mo si to­do su sue­ño se hu­bie­ra ido a cual­quier otra par­te. Entonces se acer­có ha­cia su ami­ga y, ha­cien­do un mo­vi­mien­to de mano co­mo di­lu­yen­do la ten­sión, se ade­lan­tó.

— Pues sí que iba dor­mi­da, ¿no? ¡Que creía que ha­bías di­cho que Verónica ayer echó a vo­lar!

Mientras Dafne con­ti­nua­ba an­dan­do, rién­do­se, Dalía se que­do quie­ta, ca­biz­ba­ja, dán­do­le la es­pal­da. Cuando se dio cuen­ta, Dafne se gi­ró. Mirándola con ges­to de in­com­pren­sión.

— Porque era bro­ma.

— Sé lo que ven mis ojos —di­jo Dalía le­van­tan­do el ros­tro, en­ca­rán­do­la — . No me to­mes a bro­ma, Dafne.

El ros­tro de Dalía era la ima­gen mis­ma de la con­vic­ción. Algo que hi­zo que Dafne la ob­ser­va­ra con una bea­tí­fi­ca in­cre­du­li­dad que se aca­bó trans­for­man­do en una so­no­ra car­ca­ja­da.

— ¡No pue­des es­tar ha­blan­do en se­rio!

— ¿Y có­mo ex­pli­cas lo que ocu­rrió ayer? ¡Magia! ¡Tú la vis­te co­mo yo, flo­tan­do en el ai­re!

— No, qué va —di­jo Dafne, lim­pián­do­se las lá­gri­mas con la man­ga de la cha­que­ta, que de­bían de­jar ver me­dio cen­tí­me­tro del pu­ño de la ca­mi­sa — . Yo la vi sal­tan­do. Fue el án­gu­lo o la luz o al­go así. Nadie pue­de flo­tar en el ai­re, Dalía.

— Pero yo sé lo que vi.

— ¿Y tam­bién lo que vi yo?

— Sí, no, osea, jo… pe tía. ¿Me es­tás di­cien­do en se­rio que me vas a ve­nir con una ton­ta­da en plan que bla­bli­bla, no sé qué, bla­ble­bla, CIENCIA?

— No, me­jor ha­blar de ma­gia, ¿sa­bes? —di­jo acu­cli­llán­do­se, mi­ran­do ha­cia un la­do, con ges­to de in­cre­du­li­dad — . Mucho más ló­gi­co.

— Me ha­bla de ló­gi­ca al­guien que se que­da vien­do se­ries de mier­da has­ta las tan­tas —di­jo Dalía con la bo­ca pe­que­ña.

— ¡Tendrá que ver las chu­rras con las me­ri­nas!

— ¡Pues que am­bas son ove­jas!

— ¡No pien­so vol­ver a dis­cu­tir so­bre ga­na­do ovino!

— ¡Lógicamente! Sabes que yo te­nía ra­zón so­bre la me­jor fe­cha del tras­qui­la­do de la la­na.

— Eso fue in­con­clu­yen­te.

— Pero me die­ron la ra­zón.

— ¡Tu tío! Además, ¡no ha­bla­mos de ga­na­do ovino! —di­jo Dafne, his­té­ri­ca — . Hablamos de ma­gia. Eso no tie­ne sen­ti­do. ¡La gen­te no flo­ta!

— Pues yo sé lo que vi y tú de­be­rías sa­ber­lo tam­bién.

— Por es­tar con­ti­go.

— Porque sé lo que mis ojos ven.

Dalía mi­ró fi­ja­men­te a Dafne, co­mo si in­ten­ta­ra de­mos­trar­le có­mo ven sus ojos. Finalmente, dán­do­se por ven­ci­da, Dafne sus­pi­ró, de­jan­do caer los hom­bros, di­cien­do, con ges­to de­rro­ta­do.

— Vale. Tú ga­nas. Vamos a com­pro­bar­lo aho­ra mis­mo.


Sus pier­nas des­nu­das so­bre la co­lum­na, con Dalía ob­ser­van­do des­de el sue­lo dos me­tros más aba­jo, no da­ban a en­ten­der la fir­me­za que ca­bría es­pe­rar de al­guien cu­ya in­ten­ción era dar un sal­to. Tampoco su ros­tro, des­com­pues­to por la du­da, ayu­da­ba en na­da. Dafne mi­ra­ba al fren­te ob­ser­van­do el es­pa­cio que se­pa­ra­ba a las dos co­lum­nas. Un hue­co que des­de su pun­to de vis­ta pa­re­cía prác­ti­ca­men­te au­sen­te. Pero eso no ha­cía que su ros­tro cam­bia­ra a me­jor. No cuan­do mi­ra­ba de re­ojo ha­cia un la­do. Dalía, aba­jo, pa­re­cía es­tar le­jos, no muy le­jos, só­lo lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que, de caer­se, se hi­cie­ra da­ño de ver­dad.

De re­pen­te pa­sa­ron mu­chas co­sas por su ca­be­za. Por qué lo ha­ría Verónica. Por qué no po­día dar­le la ra­zón a Dalía y pa­sar. Por qué era tan bo­ca­zas. Pero con aquel vér­ti­go adue­ñán­do­se de sus pier­nas en for­ma de un tem­blor an­te un es­pa­cio que de­bía sor­tear sin pa­re­cer que es­tu­vie­ra allí, hi­zo al­go. Se pal­meó con fuer­za la ca­ra. Y en­ton­ces, dan­do tres pa­sos atrás, de re­pen­te, to­mó ca­rre­ri­lla.

Dio lar­gas zan­ca­das, rá­pi­das, en una su­ce­sión per­fec­ta.

Poniendo to­do el pe­so de su cuer­po en su pier­na de­re­cha en el úl­ti­mo pa­so.

Lanzándose al ai­re con to­da su fuer­za, no aten­dien­do a na­da, sal­vo al he­cho de sa­lir dis­pa­ra ha­cia nin­gu­na par­te.


Durante un se­gun­do no su­po lo que pa­sa­ba. Tras ace­le­rar rá­pi­da­men­te, de re­pen­te no­tó co­mo si el vien­to la ro­dea­ra. Pequeños cé­fi­ros la co­gie­ron de los bra­zos y las pier­nas, ha­cien­do que ca­ye­ra de for­ma ar­mo­nio­sa, len­ta y tran­qui­la, has­ta de­po­si­tar­la al otro la­do, con tan­to mi­mo y de­li­ca­de­za, que se sin­tió co­mo un be­bé sien­do de­po­si­ta­do en su cu­na.

Al po­ner el pie en la co­lum­na al otro la­do, to­da­vía po­día sen­tir el li­ge­ro tac­to que la ha­bía man­te­ni­do en el vien­to. Pero al gi­rar­se, no vio na­da allí. Ni cé­fi­ros ni vien­to ni pel­da­ños. Sólo se que­dó allí, mi­ran­do al ho­ri­zon­te, con un so­se­ga­do des­con­cier­to.


Al ba­jar­se de la co­lum­na, de­ján­do­se caer co­mo pu­do, Dalía ya es­ta­ba es­pe­rán­do­la. Con los ojos bien abier­tos, alu­ci­na­da, an­sio­sa de co­men­tar lo ocu­rri­do.

— Tía, ¡has vo­la­do!

Diana no­tó có­mo de re­pen­te ha­cía mu­cho ca­lor allí. Aflojándose la ca­mi­sa, des­abro­chán­do­se el úl­ti­mo de los bo­to­nes, mi­ro ha­cia el sue­lo, bus­can­do las pa­la­bras que que­ría de­cir.

— Ha si­do más co­mo flo­tar. No cuen­ta co­mo vue­lo.

— ¡Y qué te ha­bía di­cho! Flotar, vo­lar, ¡la mis­ma co­sa!

— Bueno —di­jo co­gien­do ai­re, mi­rán­do­la de nue­vo a la ca­ra — , ¡no se­rá lo mis­mo flo­tar que vo­lar! Además, es­to no im­pli­ca na­da. ¡Que yo ha­ya po­di­do flo­tar no sig­ni­fi­ca que tam­bién pu­die­ra Verónica! ¡Eso es una in­fe­ren­cia in­vá­li­da!

— ¡Tú sí que eres in­vá­li­da! —di­jo Dalía, irri­ta­da, dan­do un pal­me­ta­zo al ai­re en di­rec­ción ha­cia su ami­ga.

De ese mo­do, si­guie­ron an­dan­do de ca­mino ha­cia el ins­ti­tu­to, dis­cu­tien­do rui­do­sa­men­te, mien­tras en­tre las dos co­lum­nas el va­cío son­reía atra­ve­sa­do por la luz de la ma­ña­na, co­mo si en­ten­die­ra lo que ha­bía ocu­rri­do allí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *