Transformaciones. «Tokyo Ghoul» a la luz de Franz Kafka

Adentrándonos en un mundo extraño

Sobre la pregunta del ser (humano)

¿Qué significa «ser humano»? Podríamos dar una miríada de respuestas y ni siquiera acercarnos a la esencia de la verdadera pregunta. Podríamos decir que es estar en la cima de la cadena trófica, tener sentimientos, vivir en sociedad. También que implica ser un ente racional, filosofar, sentir empatía por tus iguales. Pero, incluso si todas esas respuestas definen lo que consideramos «ser humano», no dejan de ser parciales. Si es que no directamente inútiles.

Si hay algo inherente a la experiencia humana, ese algo se nos escapa entre las manos. Es algo inaprensible. Y sin embargo, podemos reconocerlo cuando lo vemos.

Cuando alguien actúa de un modo inadecuado, decimos que lo está haciendo es inhumano; cuando alguien hace algo loable, hablamos de su notoria humanidad. En cierto modo, sabemos qué rasgos asociamos al hecho de ser humano. Aquellos que no asociamos a los animales. Ya sea la empatía, para quienes consideramos muy humano, o la maldad, para quienes consideramos poco humanos, todo cuanto hay de humano es, precisamente, aquello que no tenemos de animales.

La posibilidad de hacer juicios ético-morales.

Ahora bien, si decimos juicios, es porque sólo en el juicio se da algo inherentemente humano. Todo lo demás lo compartimos con otros entes. Existen varias clases de mamíferos capaces de demostrar empatía. También entre estos existen quienes van a la guerra, torturan o asesinan sin motivo. Ni la empatía ni la crueldad son rasgos inherentes humanos. Sólo el hecho de ser capaces de hacer juicios, ético-morales o estéticos, parece, de uno u otro modo, lo único que podemos hacer que no pueden hacer otros animales.

Eso nos da cierta idea de lo que nos hace humanos. Pero también abre otras preguntas. Por ejemplo, ¿nos sería posible distinguir a un «ser humano» de «algo con aspecto humano?».

¿Es posible ser humano cuando tienes que alimentarte de personas?

De eso trata Tokyo Ghoul. Sobre las implicaciones de ser humano. De dónde colocamos la barrera de qué es humano y qué es otra cosa: un animal, un objeto, un monstruo. Porque no es un debate estéril o absurdo. De cómo categorizamos a los otros entes, de como juzgamos sus cualidades, depende cómo nos comportamos ante ellos. Los humanos tienen derechos y obligaciones, los animales sólo derechos y los objetos sólo obligaciones. En el caso de los monstruos, ni eso. No tienen derechos ni obligaciones. De ahí que puedan ser exterminados: son entes inútiles cuya mera existencia hace daño a la idea del juicio. No pueden ser juzgados porque no aportan nada. Sólo existen para no existir. Para poner en compromiso el juicio en sí.

Entonces, ¿qué diferencia al humano del animal, el objeto o el monstruo? El hecho de ser visibilizado como humano. Que nuestro juicio nos diga «ese algo es un ser humano». No que ese algo demuestre su conexión con la especie humana. Sólo el hecho de que lo aceptemos como tal según una serie de valores, biológicos o ideológicos, establecidos de antemano.

No por nada, en la historia de la humanidad hay muchos momentos donde no se consideraban humanos a grupos enteros de personas. Aunque el caso más clamoroso sea el de los nazis, considerando no-humanos a los judíos, es una constante histórica. Los países coloniales europeos, y América después, no consideraba personas, seres humanos, a los negros. De ahí la esclavitud. Lo cual nos lleva en general al concepto de ciudadanía en la Roma y la Grecia clásicas: ciudadano es aquel que se gana su condición de ser humano. Sea por nacer de un humano, sea por comprar su libertad habiendo sido esclavo (por tanto, objeto, propiedad: no humano) en forma de reconocimiento de su condición humana.

En otras palabras, no existe algo así como naturaleza humana. Eso es un constructo. Algo que depende del juicio del que mira. Y la sociedad siempre mira. Porque, incluso hoy, no consideramos igualmente humanos a todos aquellos que se consideran humanos.

De cómo afecta la transformación

Conexión Kafka

Para entender esto, Sui Ishida, autor de Tokyo Ghoul, se vale del mismo mecanismo que un autor reconocido del canon occidental. Franz Kafka. Si aquel hacía que Gregorio Samsa se despertará un día convertido en un monstruoso insecto, este hace que Ken Kaneki se despierte un día convertido en un monstruoso ghoul.

Por supuesto, su desarrollo no es el mismo. A Kaneki lo conocemos mientras todavía es humano. Durante el primer capítulo, donde se nos da el contexto —existen ghouls, criaturas de aspecto desconocido que se alimentan de seres humanos—, todavía es humano. Tiene una vida normal. Va a clase, queda con su mejor amigo, se enamora a primera vista de una chica preciosa. Salvo porque esta chica, Kamishiro Rize, acaba siendo la que desencadena, en palabras del propio Kaneki, la tragedia que es su vida.

Esa es la principal diferencia con respecto de la historia de Kafka, a la cual cita explícitamente en este primer capítulo. Aquí sabemos cómo ocurre la transformación. Rize es un ghoul, intenta devorar a Kaneki, pero éste, debido a un afortunado accidente, sobrevive. Pero para salvar su vida, deben transplantarle un órgano de Rize lo cual lo convierte a él, en el proceso, en un ghoul.

Del descubrimiento de un nuevo ser

Es aquí donde se origina la magia de la obra. Al igual que Kafka se recrea en cómo Samsa se siente horrorizado ante su nueva condición sin poder evitar seguir sus impulsos, Ishida hace lo mismo con Kaneki. Pero donde el checo se permite un humor negro socarrón, el japonés prefiere mantenerse en el drama.

De ese modo, el primer tomo de Tokyo Ghoul tiene un enfoque bien definido: no importa cuanto desee volver a ser humano, Kaneki ahora es un ghoul. Y debe comportarse en consonancia. O come carne humana o morirá de hambre. Será a partir de esa premisa que se irá desvelando la verdadera naturaleza de los ghouls. Porque sus particularidades no acaban en el hecho de que los ghouls sean idénticos a aquellos de quienes se alimentan.

Eso lo iremos descubriendo de la mano de Kaneki. Pudiendo alimentarse sólo de café y carne humana, pronto descubrirá que la abstinencia tiene un límite. El límite del ansia. Cuando pasa mucho tiempo sin alimentarse, un ghoul empieza a perder su aspecto humano, entrando en frenesí y buscando, desesperádamente, alimentarse. Cueste lo que cueste. Incluso si eso significa devorar a familiares, amigos o desconocidos. De ese modo se irán encadenando los problemas de Kaneki.

Descubriendo la sociedad ghoul

Todos esos problemas se mitigarán cuando descubra que existen otros ghouls. No sólo la fallecida Rize, también otros. Y algunos más cerca de lo que imaginó nunca.

Con unos inicios abruptos, encontrándose al borde de la muerte a causa de entrar en el territorio de otro ghoul, pronto descubrirá que en el mundo hay más cosas de las que jamás pudo imaginar. Por ejemplo, que su cafetería favorita, el Anteiku, está regentada por ghouls. Y será precisamente esa cafetería, y quienes son parte de ella, quienes le ayudarán a integrarse en esa antigua sociedad que hasta entonces le era desconocida.

De ese modo es como se desarrolla el segundo tomo del manga. Kaneki va aprendiendo los modos de alimentación de los ghoul, las labores humanitarias del Anteiku rescatando cadáveres de suicidas para alimentar a aquellos que no pueden o no quieren cazar humanos, cómo todos los ghouls tienen un órgano predatorio conocido como kagune —una especie de miembro retráctil más fuerte que el acero y que cambia de persona a persona— y cómo hacen los de su especie para pasar desapercibidos entre los humanos. Trucos que van desde cómo ingerir comida humana, que para ellos tiene un sabor horripilante —con «sabor a mierda de caballo», según dice Nishio Nishiki—, o siempre llevar máscaras confeccionadas específicamente para cada ghoul en particular al salir de caza. Un modo de, al mismo tiempo, ocultar su identidad e identificarse cara a los humanos y otros ghouls.

Porque los humanos saben que existen los ghouls. Y entre quienes lo saben, hay un grupo en particular que tienen una guerra abierta contra ellos: las «palomas». Los inspectores de la agencia gubernamental contra los ghouls conocida como la CCG.

La ambiguedad de ser un ghoul

Eso no implica que la relación de los ghouls con el mundo humano se sostenga, exclusivamente, bajo la dicotomía «cazar o ser cazados». Ni mucho menos. Aquí también hay sitio para la comprensión, la empatía y un intento radical de acercamiento al otro.

Esto se puede apreciar, en primera instancia, en las relaciones de Kaneki.

Siendo un nexo entre ambos mundos, nacido humano, pero convertido en ghoul —algo inusual y que no había ocurrido nunca antes—, no tarda en descubrir que no está capacitado para vivir en ninguno de los dos mundos. Quiere estar con su mejor amigo, Hide, pero eso pone en peligro a ambos. A uno porque se descubra su nueva condición, al otro por la posibilidad de ser devorado. Y ahí entra a coalición la brújula moral de la serie. El personaje que sirve para conectar a Ken Kaneki con la sociedad de los ghouls: Touka Kirishima.

En principio tímida e indiferente, después violenta y decidida, es la que afirma que Kaneki puede morirse si depende de ella, pero también es la que hace un esfuerzo activo para salvarle y que se adapte a su nueva condición. Es su nexo con el mundo de los ghoul, pero también una hebra necesaria para seguir conectado con el mundo humano. No por nada, cuando Kaneki pierde toda su racionalidad a causa del hambre convirtiéndose en una bestia salvaje, ella es la única capaz de pararle. Y lo hace no porque gane algo con ello, sino porque es lo correcto. Porque, en el fondo de su ser, sabe que ambos se arrepentirán a posteriori sino hacía nada para que Kaneki, en un momento de debilidad, acabara devorando, precisamente, a su mejor amigo. A Hide. A la única persona que tenía en el mundo cuando todavía era humano.

Ni monstruos ni humanos: personas

Ahí radica otra diferencia con respecto de Kafka. Donde aquel no veía salida alguna en la transformación —a fin de cuentas, era una continuidad de la vida de Gregorio Samsa: ser un oficinista gris y despersonalizado, algo menos que humano: un recurso humano, un objeto con forma humana—, Ishida sí cree que puede haber algo positivo. Kaneki en el mundo humano no era nadie. Huérfano, abandonado por su familia y con sólo un amigo y el recuerdo de su padre en forma del hábito de la lectura, en el mundo ghoul encuentra algo. Amigos. Familia. Algo que defender. También un ideal: la reconciliación de los humanos y los ghouls.

Porque ahí radica la cuestión de la obra. Cómo existen ghouls de todas las clases: asesinos crueles, gente que sólo quiere vivir en paz, personas que desearían no tener que alimentarse de humanos. No son un grupo uniforme. Cada ghoul es un mundo. Pero todos tienen algo en común: son perseguidos. Y lo son por su condición de minoría, de ser diferentes. De ser considerados no-humanos.

Esto no hace sino reforzar la idea de que no existen ni buenos ni malos. No entre las especies. Que todo depende del individuo y sus circunstancias. Esto se hace especialmente patente en la primera parte a través de una de las palomas, el inspector Kureo Mado. Este no sólo asesina ghouls por el aparente placer de hacerlo, sino que además abusa de sus objetivos tanto física como verbalmente. Algo que contrasta de forma brutal con los habituales del Anteiku que, por lo general, ni matan ni se recrean en ello cuando necesitan hacerlo.

O, como en el caso de Renji Yomo, incluso rezan ante los cadáveres de los suicidas, pidiendo que puedan descansar en paz, antes de darles un uso que no sea que se lo coman los gusanos.

Con todo, ni todos los ghouls son buenos samaritanos ni todos los humanos son seres inhumanos. Como ya señalamos, eso varía de individuo en individuo. Y en el caso de muchos de ellos, de lo que sepamos de su pasado. Personajes como Suzuya Juuzou, humano, o Tsukiyama Shuu, ghoul, pueden parecer monstruosos y carne de villanía de la peor calaña, hasta que descubrimos que, como todos los otros personajes, ocultan un pasado triste y traumático que les ha arrojado hacia un comportamiento no siempre del todo noble.

Ese es el problema. Que si los ghouls son perseguidos por el hecho de haber nacidos ghouls, es natural que haya muchos casos de identificación con lo monstruoso, pero si hay humanos que lo han perdido todo por culpa de los ghouls, es lógico que los vean como una amenaza.

Consecuencias del desarraigo

El problema de la venganza

De ese modo llegamos al problema central del mundo de Tokyo Ghoul. Humanos y ghouls están condenados a no entenderse. Siendo los primeros el alimento de los segundos, es difícil que ambos grupos puedan encontrar razones para sentarse en la mesa a negociar. Ambos tienen muchas bajas en sus bandos. Ambos tienen que lamentar la pérdida de seres queridos por los actos del otro.

Algo que Ishida retrata de forma activa en todo momento.

Lejos del body count que practican los escritores mediocres para mantener la tensión de su obra cuando sus capacidades narrativas no se lo permiten, Ishida sólo mata cuando es necesario. Y mata proporcionalmente poco. Pero ese matar poco lleva a consecuencias más devastadoras, porque cada muerte se siente más pesada y problemática. Hace que los efectos de cada humano o cada ghoul muerto tengan consecuencias devastadoras, y potencialmente desconocidas, entre todos aquellos que les rodean. Consecuencias, algunas de ellas, a muy largo plazo.

Esto lo personifican, en la primera parte de la historia, un par de parejas: las ghoul Hinami y Touka y los investigadores de la CCG Koutarou Amon y Kureo Mado. El segundo de ellos mata a la madre de Hinami, estando esta presente. Y dado que ella es todavía muy joven, Touka decide vengarse en su nombre matando a varios miembros de la CCG. Algo que desemboca en un baño de sangre que acaba con las dos chicas enfrentándose a Mado en un duelo donde, tras descubrirse que Hinami también puede usar su kagune, lo dejan contra las cuerdas.

Pero lo sorprendente es cómo resuelven lo ocurrido. Hinami, pudiendo vengarse, prefiere perdonarle la vida al inspector. Algo que, de todos modos, no evitará su muerte.

En cualquier caso, el mensaje aquí está claro. La venganza no sirve para nada. La violencia sólo sirve para engendrar más violencia. Al menos cuando está dirigida sólo hacia reparar nuestra situación. Porque el clima de violencia, sin control, sin dirección, sin objetivo, sólo sirve para perpetuar el status quo. Algo lógico si consideramos la situación de los ghouls en la historia. Necesitan pelear para sobrevivir, para alimentarse, pero asesinar miembros de la CCG por venganza sólo dificulta toda posibilidad de entendimiento entre las partes.

Y de la lucha armada al mesianismo intelectual

Eso nos lleva, invariablemente, al otro lado de la barricada. No a la lucha individual de personajes contra la CCG, sino a la lucha organizada contra la misma. En otras palabras, al grupo terrorista compuesto exclusivamente por ghouls que buscan subyugar a la humanidad llamado Árbol de Aogiri.

Comandados por una ghoul vendada de pies a cabeza conocida como Eto, la organización rinde pleitesía a un ghoul en las sombras conocido como El rey cíclope. O en una traducción que no se cargue miserablemente las resonancias oníricas del título original, El rey de un sólo ojo. Diferenciación importante, por lo que tiene de simbólico. Ya que este rey de un sólo ojo, como Odín, acabara siendo un personaje que hará una búsqueda existencial donde tendrá que perder sus ojos para lograr la sabiduría y hacer un viaje donde tendrá que ponerlo en juego todo, incluso su propia identidad, para llegar a ser aquello que debe ser. No ya un rey, sino un guía. Alguien capaz de guiar a los ghouls hacia su liberación.

En otras palabras, alguien capaz de demostrar al mundo que los ghouls también son personas. Que, en cierto modo, también son seres humanos.

En la singularidad está la belleza

Es la guerra contra el prejuicio, no contra los humanos

Tokyo Ghoul no trata sobre la guerra entre humanos y ghouls. Trata sobre la guerra contra los prejuicios. Contra nuestro pasado. Contra todo aquello que nos atenaza y nos convierte no sólo en una amenaza para los demás, sino también para nosotros mismos.

¿Quién tiene razón en el conflicto? No lo sabemos. No podemos saberlo. Cada cual tiene su parte de razón, motivos de sobra para reaccionar como lo hacen. El problema es que parte de ser humano es alinearse. Y cuanto más sabemos, más difícil es no alinearse por la mera razón del descarte. De ahí las alianzas imposibles, las extrañas parejas. Que nunca sepamos exactamente qué ocurrirá, con quién luchará cada personaje tras cada cambio. Todos tienen motivos, todos están equivocados, y ni siquiera existen ideas uniformes sobre qué hacer en ninguno de los dos bandos.

En ese sentido, Kaneki es el elemento catalizador de toda la obra. Ni humano ni ghoul. Algo entre medio. Alguien capaz de entender ambas posturas: conoce el horror de ser cazado como si fuera un animal, el deseo de un individuo canalizándose a través de tu multilación o muerte; pero también conoce el horror del hambre, querer satisfacer esa necesidad, pero no poder hacerlo prácticamente de ningún modo, salvo que sea hiriendo a un humano o alguien de su propia especie.

Es un equilibrio delicado. De ahí la constante depresión que atraviesa el personaje. Que abandone a las personas a las que quiere, que actúe en las sombras, que sea ciego al amor. Se elige a sí mismo para hacer una labor imposible: encontrar un modo de que humanos y ghouls puedan convivir.

Kaneki ejerce de voz de la razón. Literaliza lo que pensamos —que la guerra entre ghouls y humanos no tiene sentido—, pero descubriendo que no es suficiente con tener razón: cuando la bestia ataca, cuando el hambre o el dolor se vuelven protagonistas, la razón, el juicio, queda en segundo plano.

Ejerce, por extensión, de ejemplo singular al encontrarse, como al principio, entre ambos mundos: no es del todo humano, no es del todo ghoul. Y de ese modo, puede caracterizar la culpa, la razón y la imposibilidad de seguir la razón misma que ninguno de los otros podrían expresar plenamente por sí mismos.

La esencia es el nombre del prejuicio

Porque la existencia precede a la esencia

Tokyo Ghoul es la exploración sutil, narrativamente excelente, de lo que implica ser humano. Cómo todo lo que nos hace humanos no desaparece al transformarnos en otra cosa, al saltarnos alguna de nuestras normas inviolables; al ser insectos o ghouls, podemos, por primera vez, ver los verdaderos colores de nuestra humanidad. Porque ahí es donde radica el germen de lo que significa ser humano.

Porque de eso trata Tokyo Ghoul. Y también La transformación. Al menos, en cierta medida. Ambos tratan de cómo la tragedia nos golpea, nos hiere y nos revelan aquella parte de nosotros mismos que siempre hemos intentando acallar fingiendo que no existe. De ahí que, en Tokyo Ghoul, las figuras paternas desaparezcan o sean asesinadas tan a menudo, y en La transformación, que la familia abandone e intente matar al protagonista, porque es un modo de poner en acción a los personajes, haciendo patente una herida indeleble que siempre estuvo ahí: están solos en el mundo. Incluso si fingían no estarlo. Su transformación sólo visibiliza de forma grotesca el hecho de que nunca, nadie, les considero seres humanos de pleno derecho.

Pero Ishida, a diferencia de Kafka, no cree que ese sea el destino esencial de todo ser humano. Existe la posibilidad de cambio. Incluso si ese cambio, lejos de la ética, es puramente estético. Poético.

Tokyo Ghoul acaba con una muerte trágica. Con Kaneki ciego, con los dos ojos literalmente destruidos sobre lo que el imagina como un lecho de lirios. Tras eso, elipsis. Ahora estamos en un cementerio, donde hay una inspectora de la CCG, Akira Mado, hija de Kureo Mado. Y junto a ella, Haise Sasaki, inspector de la CCG y protagonista de la serie que continúa la historia de Tokyo Ghoul, todavía en publicación, Tokyo Ghoul:re.

Pero hay algo curioso. El inspector Heise Sasaki tiene exactamente el mismo aspecto que Ken Kaneki. Su única diferencia es el color del pelo.

Eso nos hace pensar que en lo poético existe un impasse. La posibilidad de una ética futura. Porque si bien la historia de Tokyo Ghoul acaba aquí, ya que está todo perfectamente cerrado, su mundo continúa. Pero lo hace no con el Anteiku, sino con el :Re; no con Ken Kaneki, sino con Heise Sasaki. Porque quizás ahí radica la cuestión. Tal vez la respuesta sea renacer, olvidar todo lo ocurrido, encontrar las respuestas regresando, forzosamente, al estado previo a la transformación.

A seguir obviando que no somos humanos. Que la sociedad no nos considera humanos. Que somos recursos, objetos, menos que animales: algo prescindible y sustituible.

Algo que Ken Kaneki, como Gregorio Samsa,no comprende hasta que se levanta un día convertido ya no sólo en algo no-humano, sino en algo en lo que la sociedad tuvo a bien juzgar como un monstruo.

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