Mes: septiembre 2009

  • el terror es la cotidianeidad

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    Katsuhiro Otomo sien­te una cier­ta in­quie­tud ha­cia don­de se di­ri­ge hu­ma­ni­dad, te­nien­do su mues­tra más co­no­ci­da en Akira. Pero no de­be­ría­mos ob­viar que en una obra an­te­rior ya apun­ta­ría en es­ta di­rec­ción en la cual no coin­ci­de con el es­ti­lo pe­ro sí coin­ci­de pro­fun­da­men­te con la sus­tan­cia. Esta obra no po­dría ser otra que Domu.

    Domu nos ha­bla del caos en­gen­dra­do por la hu­ma­ni­dad, una hu­ma­ni­dad en­ce­rra­da en un du­do­so por­ve­nir en el cual los avan­ces tec­no­ló­gi­cos y so­cia­les so­lo pa­re­cen en­claus­trar­los más en for­ta­le­zas de cris­tal y fan­ta­sías de un ma­ña­na me­jor. Así una ur­ba­ni­za­ción fa­mi­liar se tor­na en una pe­sa­di­lla ho­rri­ble cuan­do ex­tra­ños sui­ci­dios y ase­si­na­tos em­pie­zan a su­ce­der­se den­tro de es­ta, no so­lo te­men ya a la ru­ti­na, te­men tam­bién el no vi­vir un día más. De es­te mo­do nos si­tua­mos en un lu­gar apa­ren­te­men­te apa­ci­ble, una re­pre­sen­ta­ción de la se­gu­ri­dad y el con­fort de la ciu­dad con­tem­po­rá­nea co­mo es la ur­ba­ni­za­ción mo­der­na. Pero don­de el es­ti­lo cy­ber­punk de Akira nos lle­va­ría ha­cia una nue­va car­ne bru­tal y des­car­na­da el es­ti­lo bru­ta­lis­ta ‑co­mo el de la ur­ba­ni­za­ción en el cual trans­cu­rre la trama- de Domu nos lle­va por un cam­po igual de sal­va­je pe­ro mu­cho más mís­ti­co. La des­car­na­da exis­ten­cia gris, os­cu­ra, que se su­ce­de en un com­ple­jo de edi­fi­cios bru­ta­lis­ta aca­ba pro­du­cien­do una bru­tal lu­cha en­tre los que es­tán más cer­ca de la muer­te y, a la vez, de la vi­da. Así se con­for­ma, co­mo ya es cons­tan­te en su obra, una opo­si­ción en­tre un cier­to plano fí­si­co, ma­te­rial si se pre­fie­re, con­tra un cam­po más men­tal, mís­ti­co incluso. 

    En una ur­ba­ni­za­ción de cla­ses aco­mo­da­das los ni­ños jue­gan ig­no­ran­tes del pa­pel de su ino­cen­cia y los adul­tos anhe­lan y te­men las fan­ta­sías na­ci­das muer­tas de los fu­tu­ros pa­dres asa­la­ria­dos. Entre las pa­re­des de hor­mi­gón ar­ma­do, lan­gui­de­ce cual­quier pa­sión po­si­ble; la ar­qui­tec­tu­ra es una re­pre­sen­ta­ción fí­si­ca de los con­fi­gu­ra­dos ma­pas men­ta­les de sus ha­bi­tan­tes. El te­rror adul­to en for­ma de la ur­ba­ni­za­ción co­mo cár­cel de los deseos.

  • un domingo triste

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    Gloomy Sunday
    with sha­dows I spend it all
    my heart and I
    ha­ve de­ci­ded to end it all

    Tsukimono no in­ven­ta pe­ro re­mo­za una me­lo­día tris­te y me­lan­có­li­ca, una voz que se oye des­de una ra­dio y cru­ji­dos de la ma­de­ra com­bán­do­se. Gloomy Sunday es la can­ción de los aman­tes sui­ci­das, una can­ción som­bría so­bre la de­ses­pe­ra­ción de la per­di­da del ser ama­do y de la in­ca­pa­ci­dad de se­guir ade­lan­te sin esta.

    Lo mas cu­rio­so es co­mo es­ta mo­der­ni­za­ción de la can­ción la lle­va al li­mi­te la ex­pre­si­vi­dad de esa de­ses­pe­ra­ción, no des­de lo som­brío, sino des­de la evo­ca­ción. Si el aman­te sui­ci­da es som­brío por sus pa­la­bras y sus ac­tos, Gloomy Sunday so­lo lo es por sus pa­la­bras. Una oda al sui­ci­dio por amor des­de una ra­dio vie­ja y destrozada.

  • enter the porcast

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    Les trai­go una sor­pre­sa, una en­tra­da no ha­bi­tual en es­te blog, si ba­jan has­ta aba­jo po­drán oír mi pri­me­ra in­ter­ven­ción (y es­pe­ro que no ul­ti­ma) en el Porcast del nun­ca su­fi­cien­te­men­te lau­rea­do Mario Virico. Espero que les gus­te y so­bre­to­do re­cuer­den pa­sar por el blog del an­fi­trión y co­men­tar­le a el tam­bién y por fa­vor, aní­men­se a par­ti­ci­par en fu­tu­ros por­cast, tan­to Mario co­mo un ser­vi­dor se lo agradeceremos.

  • el complejo de audrey hepburn es provocado por los ascensores

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    La cor­po­ra­ción Muzak es la cul­pa­ble de los hi­los mu­si­ca­les de los as­cen­so­res, quien co­noz­ca esas li­ge­ras to­na­di­llas loun­gue sa­brá lo agra­da­ble a la par que in­si­dio­sas que lle­gan a ser, a na­die le gus­tan pe­ro to­do el mun­do las ta­ra­rea. Pizzicato Five par­te de los orí­ge­nes de esa mú­si­ca de as­cen­sor pa­ra crear su pro­pio estilo.

    Pizzicato Five es un gru­po que, co­mo di­rían en su pri­mer sin­gle, tie­nen el com­ple­jo Audrey Hepburn, es­tán ena­mo­ra­dos de los 60. Desde sus orí­ge­nes se pue­de ras­trear des­de ese so­ni­do loun­gue de as­cen­sor has­ta la bos­sa no­va y, es­pe­cial­men­te, el ye-yé. Tanto es así que sus can­cio­nes siem­pre os­ci­lan en­tre la ma­gia, ele­gan­cia e ilu­sión del ci­ne de la épo­ca con su pu­ra in­sus­tan­cia­li­dad y cier­ta preo­cu­pa­ción por crear un so­ni­do nue­vo, un so­ni­do que aca­ba­rían por lla­mar shibuya-kei. Así los 13 cds en­tre 1986 y 1995, su eta­pa ja­po­ne­sa, se cen­tra­rían en ex­plo­tar es­te nue­vo so­ni­do, en dar­le for­ma des­de el ye-yé co­mo prin­ci­pal ins­pi­ra­ción. Una me­lo­día sim­ple, una le­tra apa­ren­te­men­te ton­ta y una voz dul­ce pa­ra so­ñar so­bre cham­pan y dia­man­tes en­tre sa­ba­nas de satén.

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  • el poeta de la violencia

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    Suele de­cir­se que de la ge­nia­li­dad a la lo­cu­ra hay un pa­so pe­ro creo fir­me­men­te que es­to no es cier­to, el pro­ble­ma no es de los ge­nios, el pro­ble­ma es del res­to de la hu­ma­ni­dad in­ca­paz de com­pren­der lo ex­cel­so de al­gu­nas de sus ex­cen­tri­ci­da­des. De es­te mo­do, qui­zás nues­tro pro­ble­ma a la ho­ra de ver a Charlie Bronson sea que no po­de­mos en­ten­der su genio.

    Bronson es un bio­pic del cri­mi­nal Charles «Charlie» Bronson, un hom­bre que bus­ca su vo­ca­ción, aun­que su pri­me­ra y ab­so­lu­ta vo­ca­ción sea el es­pec­tácu­lo, ser un ac­tor de la vio­len­cia. Un hom­bre que en li­ber­tad se ha­ce lu­cha­dor clan­des­tino, que en la cár­cel se de­di­ca a agre­dir bru­tal­men­te en la mis­ma me­di­da que ac­túa de mo­do cor­tes y ser­vi­cial o que en el psi­quiá­tri­co des­pués de (ca­si) ma­tar a uno de los re­si­den­tes con­si­gue un di­plo­ma que ates­ti­gua es­tar per­fec­ta­men­te cuer­do, un hom­bre pa­ra el que la cár­cel es una ha­bi­ta­ción de ho­tel. La vio­len­cia es par­te de la exis­ten­cia mis­ma de Charlie, no por de­men­te, no por una vi­da trá­gi­ca y tris­te, sim­ple­men­te, es una ex­ten­sión de si mis­mo, su ar­te. El ac­túa, ac­túa agre­dien­do a sus com­pa­ñe­ros y car­ce­le­ros, rea­li­zan­do se­cues­tros y bur­lán­do­se en el jui­cio de­cla­rán­do­se tan ino­cen­te co­mo Hitler o pin­ta pa­ra aca­bar pin­tan­do el cua­dro ul­ti­mo, un hom­bre ves­ti­do y pin­ta­do pa­ra crear su vi­sión de un cer­do. Y ac­tual­men­te, aun en­ce­rra­do dis­fru­tan­do de su glo­ria, con­si­guió man­dar un men­sa­je con su voz a la ga­la del es­treno de su pe­lí­cu­la sin au­to­ri­za­ción es­tan­do en una cel­da de má­xi­ma seguridad.

    Y fi­nal­men­te, se en­cuen­tra esa aso­cia­ción con­ti­nua en­tre Charlie Bronson y Arthur Cravan, dos bo­xea­do­res, dos poe­tas, dos ac­to­res de per­for­man­ces vio­len­tas y no acep­ta­das. El ar­te co­mo vio­len­cia si­gue vi­vo en for­ma del pre­so más vio­len­to de Inglaterra.