Año: 2009

  • a la deriva en 8‑bits

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    Cuando to­do un co­le­gio des­apa­re­ce del mun­do de re­pen­te y apa­re­ce en un lu­gar yer­mo don­de no hay na­da pa­re­ce un buen mo­men­to pa­ra en­to­nar una can­ción de es­pe­ran­za o de de­ses­pe­ra­ción. Esto nos ofre­ce el dis­co con­cep­tual de Moldilox so­bre Aula a la Deriva.

    En es­ta ban­da so­no­ra en tono de 8‑bits se nos pre­sen­ta una vi­sión que bien po­dría ser sa­li­da di­rec­ta­men­te de una NES de es­te par­ti­cu­lar man­ga de Kazuo Umezu, una oda de bips a un vi­deo­jue­go que ja­mas exis­tió. Desde la can­ción de la Intro has­ta del ti­tu­lo de The End en­con­tra­mos 14 pe­que­ñas com­po­si­cio­nes con to­do el sa­bor de un ver­da­de­ro vi­deo­jue­go de NES, lo cual se con­si­gue ya no so­lo a tra­vés de unas com­po­si­cio­nes per­fec­ta­men­te eje­cu­ta­das sino tam­bién por de­ta­lles co­mo las bre­vi­si­mas, ape­nas 10 se­gun­dos, can­cio­nes de Game Over y Press Start. Todo es­to ade­re­za­do de una mis­ma es­truc­tu­ra co­mún ha­ce que que­de com­pac­ta­do de prin­ci­pio a fin y sue­ne co­mo un to­do bien ejecutado.

    A tra­vés de las can­cio­nes y sus nom­bres nos ve­mos evo­ca­dos ha­cia un mun­do post-apocalíptico don­de unos ni­ños lu­chan por so­bre­vi­vir, re­tra­tan­do a la per­fec­ción des­de una nue­va pers­pec­ti­va la obra de Umezu. Yendo a la de­ri­va con una to­na­di­lla de 8‑bits en el corazón.

  • morir por el fin del terror

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    Nos cree­mos in­vul­ne­ra­bles, le­jos de la muer­te y sus po­si­bles con­se­cuen­cias cree­mos que no nos lle­ga­ra hoy por­que no­so­tros so­mos es­pe­cia­les. ¿Pero y si hoy es el día que aca­be to­do por­que al­guien cree que el fin de tu vi­da sin tu con­sen­ti­mien­to es un ba­jo pre­cio a pa­gar por el sta­tus quo?

    La mas po­lé­mi­ca de las fa­ses de Call of Duty: Modern Warfare 2 nos po­ne en la piel de Joseph Allen quien tie­ne que in­fil­trar­se en la or­ga­ni­za­ción de un pe­li­gro­so ac­ti­vis­ta ru­so, Vladimir Makarov, y des­pués de de ga­nar­se su con­fian­za en una ope­ra­ción te­rro­ris­ta, de­te­ner­le. El ge­ne­ral Shepherd nos da alien­to afir­man­do que es una mi­sión des­agra­da­ble pe­ro que las vi­das que se pier­dan en es­te ata­que se ve­rán re­com­pen­sa­das al evi­tar­se una hi­po­té­ti­ca gue­rra del te­rror soviético-americana.

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  • las inyecciones, si dolorosas, dos veces excitantes

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    Te le­van­tas y por al­gu­na ra­zón en al­gún mo­men­to te en­cuen­tras mal, es una mo­les­tia fí­si­ca que te im­pi­de se­guir con nor­ma­li­dad tu día a día y vas al hos­pi­tal. Tu me­di­co no sa­be que te ocu­rre y de­ri­va a un psi­quia­tra, vas al só­tano y des­pués de pa­sar una sa­la de es­pe­ra psi­co­dé­li­ca te en­cuen­tras con un psi­quia­tra con ca­be­za de ani­mal ver­de. Bienvenido a Kūchū Buranko.

    Kūchū Buranko (空中ブランコ) es un ani­me ins­pi­ra­do en la no­ve­la de re­la­tos cor­tos de nom­bre ho­mó­ni­mo de Hideo Okuda y nos cuen­tan los ca­sos del psi­quia­tra Ichiro Irabu. Este psi­quia­tra tie­ne to­da una ca­ter­va de par­ti­cu­la­ri­da­des, des­de la fi­lia por ver co­mo po­nen in­yec­cio­nes a per­so­nas has­ta el he­cho de ser tres per­so­nas a la vez has­ta el te­ner una en­fer­me­ra sá­di­ca, Mayumi, que so­lo sir­ve pa­ra po­ner in­yec­cio­nes y mal. Así to­do aca­ba por gi­rar en torno a los con­flic­tos de los pa­cien­tes y co­mo, po­co a po­co, con­si­guen su­pe­rar­los gra­cias, aun­que en oca­sio­nes a pe­sar de, la ayu­da de Ichiro Irabu.

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  • es una carrera, una carrera de ratas

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    Lo que ayer era par­te del mer­ca­do ne­gro hoy se en­cuen­tra en el su­per­mer­ca­do edul­co­ra­do y lleno de mier­da no­ci­va que te des­tro­za po­co a po­co, ¿don­de que­do to­do lo bueno de eso que tan­to nos gus­ta­ba?. Esto es lo que uno se pre­gun­ta al es­cu­char Black Market Music de Placebo, pa­ra un ser­vi­dor, su me­jor trabajo.

    Moviéndose en­tre la vi­le­za y la cruel­dad se en­cuen­tran Placebo en es­te dis­co, la voz de Molko, con su ca­rac­te­rís­ti­ca na­sa­li­dad, se ajus­ta per­fec­ta­men­te tan­to a los re­gis­tros mas os­cu­ros co­mo a las can­cio­nes hi­per­tro­fia­das por su ce­le­ri­dad dán­do­le un re­gus­to ca­si punk. Pese a es­to, abo­gan por su for­mu­la, le­tras com­ple­jas e ins­tru­men­ta­ción sen­ci­lla, que no sim­ple. La gran­de­za de su mú­si­ca no re­si­de en com­pli­ca­da ins­tru­men­ta­ción o la in­clu­sión de co­ros u or­ques­ta­ción, sino en una per­fec­ta me­dia­ción en­tre mú­si­ca y lírica.

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  • la épica del noir

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    En la vi­da es muy co­mún vi­vir a la som­bra de otro, del em­po­llón de la cla­se, de tu je­fe, de un ami­go, de un com­pa­ñe­ro o de tu pa­re­ja y en los vi­deo­jue­gos es­to no es di­fe­ren­te, así de­be ser du­ro ser un ODST exis­tien­do el Jefe Maestro.

    Halo 3 ODST nos po­ne en la piel de El Novato, un nue­vo miem­bro del equi­po de fuer­zas es­pe­cia­les de los ODST que des­cien­den a Nueva Mombasa pa­ra des­cu­brir a que se de­be el re­pen­tino ata­que del Covenant y res­ca­tar to­da la in­for­ma­ción po­si­ble. Así lo pri­me­ro que nos per­ca­ta­mos es de nues­tra pro­pia fra­gi­li­dad hu­ma­na, no so­mos un ague­rri­do super-soldado ge­ne­ti­ca­men­te mo­di­fi­ca­do con una ar­ma­du­ra de ul­ti­ma ge­ne­ra­ción, so­lo so­mos sol­da­dos bien en­tre­na­dos con un equi­po pa­sa­ble y el VISR, un dis­po­si­ti­vo que nos per­mi­te de­tec­tar enemi­gos a dis­tan­cia. Y con es­to se jue­ga, con el con­ti­nuo uso del VISR y en pro­cu­rar ma­tar a nues­tros enemi­gos an­tes de que se­pan de no­so­tros, de huir, de or­ga­ni­zar­se bien y apro­ve­char los re­cur­sos al má­xi­mo. Todo com­ba­te, por fá­cil que pa­rez­ca, pue­de ser el ultimo.

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