existencia

Traduciendo la vida. Sexo, bolas de arroz y «Bae Bae» de BigBang

10 mayo 2015
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No existe traición posible en la traducción, ya que toda traducción es siempre una reescritura de lo mismo. No se trata de volcar las palabras exactas en sentido literal en otro idioma diferente del original —entendiendo por «idioma» no «lenguaje natural», sino «idioma»; traducir palabras en imágenes o sentimientos en palabras es tan difícil o más que traducir entre dos lenguajes naturales cualquiera—, ni siquiera buscar referentes equivalentes intentando respetar los matices culturales que podrían perderse en el trasvase, sino algo mucho más complejo: transformar las ideas de fondo. Traducir es pasar a través de la forma, descubrir las ideas que articulan el discurso y darles nueva vida puliendo lo innecesario y realzando aquello que resulta más significativo. Toda traducción es, en suma, una labor creativa, ingrata y compleja por definición, en tanto hace necesario saber sintetizar lo esencial y desprenderse de lo inútil. El buen traductor no es sólo traductor, es un artista.

En el caso de la traducción audiovisual, específicamente en la creación de videoclips, lo importante es descubrir como traducir lo que se nos da con sonidos en forma de imágenes sin depender de la música. El buen videoclip es el que, incluso sin sonido o en un idioma que no conocemos, tiene una narrativa coherente. Ese es el caso de Bae Bae de BIGBANG. Incluso sin saber ni una sola palabra de coreano es posible desentrañar el significado de la canción, ya no por el ritmo o las diferentes inflexiones musicales, que también, sino por la excelente traducción en imágenes que hacen de la idea central de la misma: la evolución de la sexualidad a lo largo de una vida. Personal o de pareja.

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Poesía del caminar. Sobre «Sendas de Oku» de Matsúo Basho

9 mayo 2015
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A las personas se las conoce caminando. En la quietud, en el estado en que todo nos resulta familiar por no existir razón alguna para moverse —ya que, cuando estamos cómodos, no existen motivos para romper el inmovilismo—, lo único que podemos hacer es escrutar aquello que tenemos a la mano, aquello que nos es más cercano; es necesario caminar para alcanzar nuevos lugares, objetos o personas. Quien no anda es porque no piensa nada nuevo, ya que se siente en su situación y en sus creencias. Caminar supone darse al descubrimiento, desarrollarse en el mismo, para llegar hasta algún que, en cierta medida, nos es desconocido; no importa que sea un lugar o una creencia, ya que todo descubrimiento es siempre otra cosa. Lo que creíamos fijo e inmutable, experiencia esencial del mundo, se muestra como una polifonía de voces cuando nos levantamos y echamos a andar. Porque caminar no es sólo conocer la vastedad del mundo, sino también la vastedad de uno mismo.

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La obra de Matsúo Basho es inseparable del acto de caminar. Como viajero, monje zen y poeta, todo en él le llevaba hacia los caminos, hacia la ausencia de toda posible certeza; era un vagabundo de sí mismo y del mundo porque no aceptaba ninguna realidad a priori como verdadera, porque consideraba que todo camino se iba haciendo según capricho de las circunstancias. Toda posibilidad del descubrimiento se da mediada por el azar. Lo interesante de Sendas de Oku no es sólo cómo va construyendo su dietario de viaje a través de haikus y descripciones, de poesía y narrativa, sin hacer distinción alguna de clase, sino también cómo va variando según los intereses del propio caminar: una enfermedad, un mal cálculo del tiempo o un clima diferente del esperado pueden cambiar la ruta, haciendo que transiten otros caminos completamente diferentes a los que habían planeado en primera instancia.

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Alma, existencia, información. Sobre «Ghost in the Shell» de Mamoru Oshii

29 abril 2015
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Nos creemos especiales, únicos, una anomalía absoluta que, en una inmensidad infinita, existe por un accidente físico-biológico sin mayor motivo para estar vivos que el hecho mismo de haber nacido; por irónico que sea, actualmente el materialismo ha derivado en una cuestión de ego: no ser nada más que «un grano de arena en la inmensidad del cosmos» nos hace sentir diferentes. Estar atados al capricho aleatorio de la nada nos hace sentir privilegiados. Es lógico que nuestro nihilismo se haya exacerbado con el tiempo, que hayamos cimentado nuestras vidas sobre sus espaldas, caracterizando nuestra existencia como un constante apocalipsis; no es sólo que sea más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, es que nos resulta más fácil y deseable concebir el fin del mundo que el fin de nuestra existencia tal y como la hemos conocido. Antes muertos que aceptar la diferencia. Abrazar el nihilismo, que en algún tiempo pasado fue un gesto revolucionario, se ha convertido en un acto profundamente conservador: lo que despreciamos es el cambio, la posibilidad de que otro mundo es posible.

Que seamos un accidente cósmico envuelto en una singularidad evolutiva no significa nada a priori: en tanto estamos en el mundo podemos dotarle de significado, pero de no haber nadie para percibirlo el universo no sería nada más que un espacio estéril. Somos especiales porque existimos, porque podemos percibir nuestro lugar en el gran orden de las cosas. Aunque la complejidad del tema resulta evidente cuando hablamos de las consecuencias políticas y ontológicas que ello conlleva —porque aquello que es percibido puede cambiar de estado, lo que existe puede dejar de existir o pasar a existir de otra manera—, en lo biológico es menos evidente y, por ello, más acuciante. La evolución no acaba en nosotros. Aunque podríamos afirmar que nuestros avances tecnológicos impiden la selección natural, es ese impassé el que nos permite trascender la naturaleza adoptando su papel. Convirtiéndonos en algo más que humanos, corrigiendo los defectos genéticos o los accidentes mundanos a través de prótesis de tipo biológico (medicina) o tecnológico (ingeniería), hemos evolucionado para devenir en algo más, en algo diferente: ya no somos animales, sino cyborgs.

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Vivos, pero perforados. Sobre «Piercing» de Ryu Murakami

1 abril 2015
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Una pequeña criatura viviente durmiendo en su cuna.
Como un animal de laboratorio en una jaula,
pensó Kawashima Masayuki.

Ryu Murakami

Sólo el constante roce con el mundo acaba dejándonos cicatrices. Aquellos cuyo roce es excesivo, que la vida los ha maltratado hasta el punto de no-retorno en el cual ya nunca podrán tener un comportamiento considerado saludable, acaban convirtiéndose en tarados; personas dañadas tan profundo en su seno, de forma tan salvaje, que necesitan descubrir sus propios rituales de supervivencia cuando su existencia se les hace asfixiante. Necesitan o bien desconectarse de sí mismos o bien conectarse de forma íntima con los otros. Eso hace que sean personas conscientes de la hostilidad del mundo, aunque rara vez de la empatía o la bondad que este contiene, que acaban perpetuándose a través de una reproducción asexuada: hieren, sin pretenderlo, a todos aquellos que aman hasta poder hacerlos suyos. Encierran en su propia oscuridad al que todavía no vivía en ella. Son tarados no por inútiles o por locos, sino porque arrastran un pasado demasiado pesado para sus espaldas.

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El pensamiento débil nos matará. Sobre «El atlas de las nubes» de David Mitchell

20 marzo 2015
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Nuestras acciones son fútiles, pero importantes. Como individuos nuestro poder está siempre delimitado por el contexto, por el círculo interior sobre el cual tenemos alguna clase de autoridad —si es que lo tenemos, en último término—, pero eso no significa que nuestro poder sea limitado: en tanto podemos afectar a nuestro entorno inmediato, en tanto podemos contagiar patrones e ideas en otros, podemos hacer que aquellos que nos son más próximos contagien esas mismas pautas en otros que les son cercanos a ellos. A través de redes relacionales, con el tiempo suficiente, podemos cambiar el mundo a través de nuestros actos. Puede que no seamos nada más que una gota en la inmensidad del océano, pero el océano no es nada más que una cantidad inmensa de gotas.

De gotas, o de historias, está conformado El atlas de las nubes. Siguiendo una estructura piramidal, donde cinco historias nos son narradas sólo hasta la mitad y una central en su totalidad para luego narrarnos lo que queda de las restantes en orden inverso, el único nexo común entre cada uno de los relatos es que cada protagonista posterior puede leer al menos la mitad de la historia de su predecesor; dónde se sitúa el terreno de lo real y lo ficticio, sin adentrarse jamás en el campo de la metaficción, es la pregunta que hace y no le importa en absoluta a El atlas de las nubes: salvo en la última historia, la consecuencia del conocimiento de los personajes anteriores no tiene consecuencia alguna sobre la historia. Son guiños para el lector, para que se sienta participe de una historia que no avanza hacia ninguna parte. Su metatrama es endeble, apenas sí una excusa para articular relatos en diferentes épocas con un subtexto común, pero aquello que nos quiere contar nos lo repite hasta la náusea.

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Se tarda una vida entera en aprender a vivir. Sobre «Tony Pagoda y sus amigos» de Paolo Sorrentino

10 enero 2015
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Nada es más difícil que aprender a vivir. Necesitamos una vida entera para descubrirnos, para conocer nuestros deseos más íntimos, e incluso así la mayoría no llegaran nunca a conocerse, saber aquello que son de forma más profunda que la máscara que exhiben orgullosos ante los demás; aquello que somos está sepultado bajo las consecutivas capas de la experiencia, capas que necesitamos remover para ver en qué ha sedimentado nuestra existencia si queremos poder conocer aquello que somos, aquello en lo que nos hemos convertido. En tanto habitamos aquello que vivimos, nosotros mismos nos somos en todo ajenos. Conocernos es un trabajo a tiempo completo, el proceso de la autoconsciencia liberándose de forma constante del prejuicio —o lo que es lo mismo, corrigiendo los juicios erróneos al descubrir en la experiencia un nuevo matiz sobre aquello que somos—, que nunca se acaba. O, para ser exactos, que acaba sólo cuando estamos muertos.

Tony Pagoda es una excepción, una rareza, un tótem viviente, uno de esos pocos individuos que con el tiempo ha aprendido a vivir. Ha necesitado setenta años, llegar hasta ese punto donde se supone que ya no se vive, sino que se recrea la vida, para comprender todo aquello a través de lo cual ha podido aprender; un divorcio, innumerables amigos, convertirse en un mito —con la fama, el prestigio, las críticas y la soberbia que ello conlleva—, enfrentarse a los mitos que florecen en su mente: experiencias que llegan al orden del infinito, algunas aterradoras y otras graciosas, la mayor parte de ellas con tendencia hacia la melancolía. Ahí radica la vida. Tony Pagoda, de profesión canalla, lengua afilada, observador infinitamente inteligente de mundo y del siglo XX, actúa como si el siglo XIX nunca hubiera existido y como si el siglo XX hubiera sido un chiste donde la seriedad radica sólo en la disciplina, en la voluntad férrea de los hombres capaces de ver en perspectiva su vida desde el minuto uno. Los futbolistas, un mago, un entrevistador; ellos son los héroes de Pagoda, los hombres que han sacrificado su vida para ser excepcionales en una sola cosa que ellos llaman «vida» y cuya explicación es imposible. Viven para el fútbol, la magia, las personas.

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Ping Pong Pop. Tres momentos (animados) sobre la existencia

27 diciembre 2014
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I. Todo que se afirma sin pensar es verdad

Todo es fabuloso. Se nos vende de forma constante que todo va mejor, que la crisis ya ha pasado, que pagar sobreprecio por productos básicos es algo normal; el capitalismo tardío ha encontrado en la retórica el arma última: a través de una buena narración, cualquier cosa parece ser verdad. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere creer que las cosas ocurren por alguna razón superior bien ordenada que se puede predecir? Esa es la base de la religión, también del gesto religioso del capitalismo. Se nos vende un finalismo de lo inmediato, que el mundo ha llegado al cenit de su desarrollo y debemos adoptarnos al destino que éste marca, que nos convierte en productos de consumo, objetos juzgados por lo bien que se adecuan al metarrelato imperante. En consonancia, actuamos al respecto: sonreímos para vendernos como alegres, dinámicos, optimistas cara a los demás; compramos para mostrarnos en la onda, sabiendo sobre qué hablan todos, integrados dentro del sistema; cambiamos para resultar más adaptables, más adecuados, más necesarios para las necesidades del mercado. Se busca encajar en lo que los demás esperan que seamos, ajustando nuestra existencia a los elementos que mejor se venden en cada momento.

Nadie debe ser único, excepcional, porque cualquier gesto personal podría cambiar el mundo, demostrar que el orden no es absoluto. Que el mundo no está construido sobre bases inamovibles. El problema es que somos reducidos hasta ser convertidos en objetos, olvidamos aquello que supone juzgarse sólo desde uno mismo —o lo que es lo mismo, olvidamos qué es ejercer la autocrítica ignorando la opinión de aquellos que repiten la agenda oficial antipersonalista de forma repetitiva—, produciendo que sea imposible tener personalidad alguna. Incluso cuando queremos salirnos de los márgenes, somos reconducidos a través de la destrucción; se nos bombardea con el mensaje, se silencia nuestra presencia, la gente nos da de lado. ¿Por qué? Porque es más cómodo vivir sin pensar, creyendo que la vida debe ser una fiesta constante.

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Razón, sentimiento, naturaleza. Sobre «Interstellar» de Christopher Nolan

27 noviembre 2014
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in Cine
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Nada es esencial al hombre, salvo aquello que nace de sí mismo. Aunque los científicos podrían argüir que estamos atados a las leyes de la física, que nadie puede violar la relatividad o desafiar los principios de la gravedad, la existencia misma de la ciencia nos demuestra hasta que punto esa afirmación debería ser matizada; el ser humano es el único animal capaz no sólo de modificar su entorno —entre los cuales hay otros muchos, desde el pájaro carpintero hasta muchas clases diferentes de simios—, sino de dar origen al mundo en el cual después habitará. Cuando hablamos de «mundo», sin embargo, no estamos hablando de «planeta». El mundo es la base cultural, desde un avión hasta el concepto de amor romántico pasando por las obras completas de William Shakespeare, a través de las cuales nos relacionamos de un modo óptimo con los demás seres humanos. O lo que es lo mismo, el mundo son las reglas sociales y el conocimiento (puro o aplicado) al respecto de nuestro entorno físico.

La naturaleza no nos es esencial porque convertimos el entorno, lo natural, en mundo, en cultura. Si podemos hacer que grandes masas de metal surquen los cielos o viajen al espacio, ya que sabemos cómo es posible desafiar la gravedad haciendo improbable que ocurra un accidente, ¿por qué nos mostramos incapaces de elegir a quienes amar? Porque no conocemos las leyes que rigen los dictados del corazón. No somos seres naturales, que no pueden modificar los materiales de su entorno, sino seres culturales, que no pueden modificar los materiales de su mundo.

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La vida es como la pizza. Sobre «Magus» de Mikel Álvarez

14 noviembre 2014
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La vida, como la pizza, es un batiburrillo de ingredientes que se nos antojan antagónicos entre sí, que no pueden funcionar bien juntos o no tienen ninguna relación entre sí, a pesar de conseguir, en último término, conformar un todo armónico. Si la contradicción no es la esencia de la vida, al menos sí lo es la lógica que se nos muestra contraintuitiva. Intentar buscar el sentido de la vida a través de patrones lógicos, como si la vida no se ocultara en los rincones más insospechados, es atentar contra todo aquello que tenemos de humanos; como seres nacidos del absurdo, atrapados por la imposibilidad de racionalizar el sentido de nuestra existencia, abrazar lo insospechado como método para cartografiar el porqué de nuestro ser en el mundo es lo único que podemos hacer. Si la vida es como la pizza, entonces debemos aceptar que los ingredientes que la conforman no siempre son aquellos que nosotros habíamos imaginado como más lógicos para un plato que, de entrada, ni siquiera habíamos elegido.

Magus habla sobre magos para hablar sobre pizza para hablar sobre aquello que nos hace humanos. Intentar disociar cualquiera de los elementos de la ecuación, pretender que los magos o la pizza son superfluos en tanto lo importante es el factor humano —cuando por supeditados a lo humano carece de sentido hacer esa disociación; que hablen sobre otra cosa no implica que no hablen también sobre sí mismo: lo interesante es la lectura cruzada que ocurre sólo en tanto se tienen en cuenta todos sus elementos, la lectura a múltiples niveles que se puede hacer del cómic—, imposibilitaría cualquier posibilidad de interpretar el cómic en su totalidad. En tanto lo humano se basa en la interpretación del mundo, poner orden allá donde antes sólo había caos, no podemos obviar los elementos que lo constituyen.

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Fantasía sin realidad. Sobre «El quimérico inquilino» de Roland Topor

13 noviembre 2014
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Los límites de lo real son inescrutables. Vivimos entre lo imaginario, la posibilidad de lo real que aún no se ha materializado como un acontecimiento fáctico, y la fantasía, aquello que se ha manifestado como real sólo en un mundo posible que no es el nuestro, lo cual produce en nosotros una constante disociación con respecto de lo real; nuestras expectativas y deseos no se determinan sólo por lo que sabemos, por lo que nos cabe esperar, sino también por lo que sabemos que sería posible tener, por lo que nos cabría esperar si nuestro mundo fuera otro. Ahí nace el terror. Cuando nuestras expectativas chocan contra la realidad, cuando ni siquiera lo real se sostiene como la posibilidad prometida —porque ha devenido otra cosa distinta por intervención ajena a nuestro deseo, porque resulta ser otro mundo posible del que creíamos habitar en un principio—, dejemos de ser capaces de percibir lo que nos rodea como real en tanto carece de base conocida, en tanto todo lo que creíamos sólido no era más que una ficción. Ahí nace el terror en tanto es el momento en que la muerte cobra un sentido mucho mayor que la vida.

Resulta conveniente acudir a un surrealista para explicar el porqué de las disonancias entre las expectativas (lo imaginario), los acontecimientos (lo real) y lo imposible en nuestro mundo aunque posible en algún otro (la fantasía) en tanto el único compromiso del movimiento no fue con lo real, sino con todo lo posible en el interior del hombre. O lo que es lo mismo, con la fantasía. Sólo en la mente humana se da la posibilidad de la existencia del mundo, sea el nuestro o cualquier otro mundo posible dado a través del arte o la cultura. Si además hablamos de Roland Topor, satirista cruel antes que surrealista, las premisas de lo real se diluyen al llevar hasta el límite la convicción de que el mundo es el lugar creado a partir de la canibalización de los deseos y expectativas de aquellos otros, seguramente nosotros, que no se ajustan al orden establecido de ese mismo mundo.

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