Subcultura y cultura underground a go-gó

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In einen Teppich aus Wasser
sticke ich meine Tage,
meine Götter und meine Krankheiten.
In einen Teppich aus Grün
Sticke ich meine roten Leiden,
meine blauen Morgen,
meine gelben Dörfer und Honigbrote.
In einen Teppich aus Erde
sticke ich meine Vergängnis.
Ich sticke meine Nacht hinein
und meinen Hunger,
meine Trauer
und das Kriegsschiff meiner Verzweiflungen,
das hinübergleitet in tausend Gewässer,
in die Gewässer der Unruhe,
in die Gewässer der Unsterblichkeit

In einen Teppich aus Wasser, aus Thomas Bernhard

En una alfombra de agua
bordo mis días,
mis dioses y mis males.
En una alfombra de hierba
bordo mis penas de rojo,
mis mañanas de azul,
mis aldeas de amarillo y mis panes de miel.
En una alfombra de tierra
bordo mi fugacidad.
Allí bordo mi noche,
mi hambre,
mi duelo
y el barco bélico de mis desesperaciones
que surca un millar de aguas,
las aguas de la inquietud,
las aguas de la inmortalidad

En una alfombra de agua, de Thomas Bernhard

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Todo va bien, de Socrates Adams

Un tubo es aquello que une dos puntos distantes entre sí transportando algo. El uso más común de los tubos se circunscribe en el transportar líquidos de todo tipo —los más sustanciosos son el aceite, el petroleo y sus derivados, y el agua; el agua se dividiría tanto en el agua potable o de consumo como en el agua no-potable, en los cuales estarían las aguas fecales y las aguas residuales: tan versátiles son los tubos—, pero también sirven para transportar cualquier objeto sólido si se producen efectos de vacío en ellos o, también, sirven para proteger cables que podrían ser dañados o ser potencialmente peligrosos si se dejaran al descubierto. La versatilidad de los tubos es casi infinita pero, en cualquier caso, su utilidad está delimitada a un hecho específico: encajar con otros tubos, formar una procelosa alineación de individuos sustituibles uno por otro con la efectividad de saberlos hechos por y para su condición de «ser-tubo». El tubo basa toda su existencia propia, si es que nos atrevemos a afirmar algo tan dudoso como que un tubo tenga una existencia autónoma, en estar sostenido en relación con réplicas cuasi-perfectas de sí mismo que ejercen un trabajo mecánico. Nada más.

La condición de «ser-tubo» podría definir la escritura de Socrates Adams hasta los niveles más íntimos, más profundos, reptando tenebrosa por toda la condición esencial que se ejerce como motor de su particular mundo en el cual ha configurado, con un acierto desconcertante, la posibilidad de entender el sentimiento esencial de ser un tubo. Nos muestra como es vivir para el trabajo. Porque en última instancia, nos hace sentir un tubo: Adams nos lanza su memoria en licuefacción a través de una escritura que conecta con nosotros y que luego emana más allá de nosotros mismos, hacia alguna otra parte —por ejemplo, en el tubo-escritura de esta misma crítica—. Lo interesante es como esta condición la va desarrollando, desplegando, perfilando, en todas sus aspectualizaciones particulares; Todo va bien es tanto una sátira del capitalismo y la alienación del hombre como la única posible escritura de esa misma alienación.

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We Were Exploding Anyway, de 65daysofstatic

La violencia y la música, siendo la primera un hecho indisoluble de vivir en un universo físico y la segunda de además habitar un mundo humano, comparten una peculiar facilidad para articularse a partir del estallido espontaneo: representan la aparición súbita del mundo a partir de su explosión matérica. Es por eso que en un mundo como el nuestro, en el cual nos hemos convertidos en habitantes sumisos de su devenir, somos individuos sujetos a la posibilidad de ser inundados de una forma obscena por cualquiera de estas dos conformaciones; la música, como la violencia, es algo que no se busca sino que se encuentra como parte de una cadena de acciones: nuestro inmovilismo sólo puede ir más allá de sí mismo cuando una reacción violenta, musical, nos hace movernos. Somos hermosas sinfonías de un universo bastardizado en cultura.

Partiendo de la premisa anterior, podríamos entender We Were Exploding Anyway como una representación metafórica de esta colisión ontológica que acontece de forma constante en nuestras vidas. Entre unos pianos preciosistas, ligeros toques de glitch, matemáticas guitarras y sobre-acelerados ambientes nos presentan una colorida representación, totalmente alejada de la suciedad de la realidad, de los encuentros vitales acontecidos en el mundo. Lo interesante de este choque ballardiano se encuentra en que es un movimiento físico, no necesariamente espacial pero sí einsteniano: va y viene, deviene sobre sí mismo, en unos flujos constantes que se componen como bellas explosiones en la noche. En ese conformarse violento, nuestro interés radical por ello radicaría en como lo newtoniano, la explosión como inicio del universo, la violencia como principio de vida, se va encarnando de forma sistemática en las formas propias que desarrollan de un modo magistral 65daysofstatic; la explosión vital radica como principio paralelo tanto para el universo como para el mundo.

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Así­ como el animal en cautividad recorre a diario la jaula
para desentumecer sus patas o mide la longitud de su cadena,
así mido yo la longitud de la mía, remontándome hasta la muerte,
para desentumecer mis miembros, y hacer más llevadera la vida.

Imaginemos a un pajarillo: por ejemplo, una golondrina enamorada de una jovencita. La golondrina podría, por lo tanto, conocer a la muchacha (por ser diferente a todas las demás), pero la joven no podría distinguir a la golondrina entre cien mil. Imaginad su tormento cuando, a su retorno en primavera, ella dijera: Soy yo, y la joven le respondiera: No puedo reconocerte. En efecto, la golondrina carece de individualidad. De ahí se deduce que la individualidad es el presupuesto básico para amar, la diferencia de la distinción. De ahí se deduce también que la mayoría no puede amar de veras, porque la diferencia de sus propias individualidades es demasiado insignificante. Cuanto mayor es la diferencia, mayor es la individualidad, mayores son los caracteres distintivos y mayores los rasgos reconocibles. En este profundo sentido se comprende el significado del hebreo: conocer a su mujer, refiriéndose a la unión matrimonial; pero cobra un sentido más profundo en lo que se refiere al alma, al carácter distintivo de la individualidad

Diario Íntimo, de Søren Kierkegaard

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El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, de Charles Bukowski

El problema de la mitificación es que, si se hace mal —y si llega hasta las masas, será maleado—, se corre el riesgo de acabar convirtiendo algo singular y único, una obra geométrica repleta de aristas con forma de existencia autónoma, en un pálido reflejo de una mala idea generalizada. Un héroe debería estar más allá del liso plano de la mitificación corriente. Cualquiera que haya alcanzado un cierto nivel de conocimiento del mundo, que haya sabido retratar éste de un modo tal que puede hacerlo ver también a otros, debería ser tratado como aquello que es en lo profundo de sí: un complejo mosaico de pliegues, en ocasiones contradictorios. Todo mito debe enraizar con algo profundo, algo que es de facto y algo que sólo insinúa, para ser parte inherente del mundo; un mito que sólo retrata la realidad inmediata, lo superficial del conocimiento, no es más que la nauseante representación de lo incomprendido. Es por eso que en lo kafkiano no se agota Kafka y, en el mismo orden del sentido, en el realismo sucio no se agota Bukowski.

El realismo sucio es el vómito provocado por la tóxica incomprensión del minimalismo. El relato reducido a lo más básico, no a su quintaesencia. El relato arrancado de toda glorificación, de todo sentido, de todo sajar la carne viva de los dioses escondidos en el papel: retratar la calle con la camisa rota de fábrica, imitar los tonos del (sub)mundo evitando mancharse de él. El problema es que en Bukowski no encontramos ésto. En él sin embargo sí encontramos el oficio de sesenta años pelándose los dedos mientras se quemaba las cejas de sol a sol bebiendo, sólo parando para poder subsistir a través de trabajos de mierda que nadie quiere, pero alguien debe hacer. Ni una pizca de impostura, todo en él es la triste ausencia del mundo. Él querría poder encerrarse con Mahler y escribir, escribir nada más, porque la humanidad le pesa. No se vanagloria de su crapulencia, como todos sus émulos: la vive como el único modo de poder ser coherente con aquello que un día decidió conseguir: vivir de la literatura. O vive de ella, o muere de ella.

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Antiviral, de Brandon Cronenberg

La enfermedad está en nuestro tiempo fetichizada, ocultada y obliterada del discurso público, como si de hecho en el aséptico mundo público que se erige a nuestro alrededor la posibilidad de la enfermedad siempre le sucediera al otro. Al enfermo ya no se le rehuye, aun cuando se le sigue temiendo, y por ello se le condena a la invisibilidad. En la edad media la enfermedad era aquello que había que llevar con vergüenza en público porque era un castigo divino, en la modernidad llegó la clínica para decirnos que la enfermedad es lo que debe quedar vigilado entre cuatro paredes: la enfermedad es ahora privada, vivida como algo ante lo cual uno debe ejercer ejercicios de vigilancia (para impedir su aparición) y castigo (para eliminar su presencia) pero también su prevención (para obliterar toda posibilidad de aparición); la enfermedad es el fugitivo, el que sale fuera de la norma, el extraño. Las bacterias son fermentos naturales, el cáncer se torna una larga enfermedad, la enfermedad un proceso —lo cual se aúna con la anterior en un redoble casi chistoso: el cáncer es un largo proceso— y el cuerpo muerto no se sitúa en un depósito de cadáveres, ya no digamos en un pudridero, sino en un tanatorio. La cientifización del mundo ha llegado hasta tal punto que incluso el lenguaje interviene en el ocultamiento de lo incómodo.

Visibilizar la enfermedad, hacerla patente, erigirla en su lugar sacro establecido en la cima del pudridero que se eufemiza, es una de las formas de transgresión que no han cambiando desde hace casi un siglo. Allí donde David Cronenberg se encontró con Michel Foucault, donde ambos combatieron ese ocultamiento que nace del entendimiento positivista del mundo —o lo que es lo mismo, todo aquello que reconoce la enfermedad como algo con lo que se combate y no con lo que se vive; que reconoce un distanciamiento clínico y no un acercamiento relacional—, el resto del mundo se sigue empecinando en no transitar. Derruir el muro de la clínica, reconocer la necesidad de mirar la enfermedad como lo que es en su inmediatez fenoménica, es lo que hicieron estos dos fugitivos del pensamiento; pero incluso una vez derribados los muros, eso no significa que la gente sea capaz de mirar a través de ese vacío.

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And the blood drains down like devil's rain
We'll bathe tonight

Misfits

El terror no es algo que permanezca constante en la historia pues, aun cuando nos gustaría pensar que algo como el terror permanece inalterable y permanente desde el principio de los tiempos como una herencia sufrida por todo hombre, las condiciones fenoménicas del mismo varían: no tememos igual nosotros que nuestros padres, ya no digamos que la gente de otros siglos. Aun con todo es evidente que existen ciertas condiciones comunes en el terror —el miedo como angustia es siempre el mismo, no varía: el miedo que se funda en el terror a la muerte está siempre presente—, hay ciertas condiciones que se replican en el tiempo. Aunque los fenómenos que nos provocan el terror cambian de forma flagrante a lo largo de la historia, hay algo en éstos que conecta con algo profundo en nuestro interior que provoca que algunas de las cosas que atemorizaban a nuestros antepasados sigan produciéndonos terror a nosotros; las condiciones específicas del fenómeno (del terror) cambian, pero los fenómenos en sí siguen siendo más o menos los mismos. Tememos a la misma cosa, pero con otras formas y por otras razones.

No hay nada en el terror que no sea puramente temporal. Partiendo de esta idea podría entenderse porque hay un cambio radical desde Evil Dead de Sam Raimi y el remake que de ésta ha realizado Fede Alvarez: donde el primero abre un nuevo camino, el segundo (de)construye una nueva posibilidad del camino a través del cual emprender la marcha que inició remotamente su antecesor.

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Aunque toda obra se supone emancipada de su autor, que en tanto es arrojada al mundo ésta tiene una existencia que se circunscribe de forma ajena al respecto de la propia vivencia de aquel que la creo, si hablamos aun hoy de autor es porque en toda obra hay algo que pertenece a aquel que la ha arrojado en el mundo: aun cuando admitamos que toda obra puede ser interpretada de forma ajena al autor en sí, tampoco es equívoca la posibilidad de encontrar influencias mutuas entre obra y autor. No existe nadie absolutamente hermético al exterior, menos aun hacia aquello en lo cual se ha visto involucrado en su creación. Es por eso que, aun partiendo de la idea de que toda novela está necesaria y radicalmente emancipada, existe siempre entre su ADN artístico pequeños rasgos, más o menos fuerte, que le llevan a darnos una visión del mundo necesariamente mediada por aquella que tuviera su autor en el momento de su engendramiento; no existe obra totalmente desligada de su autor. El caso de David Foster Wallace con La escoba del sistema, no es una excepción:

¿Se le ha ocurrido que “El Correcaminos” es lo que bien podría denominarse un programa existencial? ¿Por qué el coyote no coge el dinero que se gasta en disfraces de pájaro y catapultas y migas radioactivas para correcaminos y misiles explosivos y simplemente se va a comer a un chino?

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Todo acto de venganza se sitúa en el proceso de un viaje: en tanto se busca activamente un cambio de estados, pasar del agravio a la restitución de la justicia, hay un cierto tránsito espacio-temporal, pero también emocional, que acontece desde el deseo de venganza hasta su consumación; no se es el mismo cuando se comienza algo que cuando ya se ha acabado. Es por ello que la obra de Kazuo Koike es particularmente paradigmática en este sentido, pues ya parte de la presunción de que hay una distancia entre el deseo de venganza y su ejecución — una mujer gesta el deseo de venganza, pero sólo su hija es capaz de llevarlo a término. Y como no somos los mismos cuando empezamos que cuando terminamos, todo acto implica siempre una parte de nuestro propio devenir. Aunque yo elija emprender una acción determinada, una venganza en éste caso, por una serie de causas y motivos el por qué la llevo a término y como siempre acontecerá de un modo diferente, con unos enrizamientos creados en el proceso, al cual estaban planteados en inicio. Lo importante del viaje no es quien acabo siendo, sino quien voy siendo por y en el viaje.

Negros abismos,
la ensangrentada nieve
llega a tu puerta.

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Hotline Miami, de Dennaton Games

El problema de la percepción es uno de los más reiterativos aspectos discutidos por el discurso filosófico a lo largo de toda su historia; en tanto no tenemos un conocimiento inmediato de las cosas, tenemos que percibirlos primero como fenómeno en el entendimiento y después interpretarlo para generar así un saber de él, la percepción es, seguramente, el problema más acuciante para el ser humano. Es por ello legítimo dudar de que realmente haya un mundo externo fuera de nuestra modo, pues sin una teoría adecuada al respecto de la percepción nada nos garantiza que de hecho los demás estén ahí. Hasta que no podemos racionalizar que de facto lo que es es percibido y lo que no es no es percibido, cualquier intento de relacionarnos con el mundo estará basada en la falsedad más absurda que puede sostener razón alguna: el mundo externo existe porque a mi me conviene creer que existe. El problema es que, aunque consideremos conveniente creer que el mundo existe, ¿qué me garantiza que yo existo si realmente yo no puedo percibirme a mi mismo más que por mis sentidos en tanto todo ejercicio de introspección no se practica desde la razón, sino desde un entendimiento que luego ha de ser interpretado? Si no demostramos la existencia externa, incluso nuestra existencia está en duda.

A partir de este razonamiento se puede entender por qué Hotline Miami, esa demencial oda a la ultra-violencia carente de significado —aceptando que de hecho su demencialidad podría ser literal por el ejercicio de cambio de identidad: una explicación razonable para el juego es que el protagonista sufre de trastorno de identidad disociativo—, se sostiene bajo una ardua problemática filosófica: no podemos conocer si la realidad externa existe porque, de hecho, ni siquiera cumple la condición mínima de causalidad mínima: no hay un orden lógico de los eventos que pueda ser racionalizado de forma efectiva por el sujeto. Sin orden, sin continuidad lógica de los acontecimientos, sin un mundo en correlación constante con la percepción, es imposible disponer del conocimiento de la existencia. Vivimos en una memoria apátrida.

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