existencia

Not A Hero. O cómo «I Am A Hero» en realidad es un drama (con zombies)

4 diciembre 2016
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Toda nuestra vida tiene un único sentido: aquel que nosotros le demos. Morir satisfechos ante la idea de que hemos vivido de tal manera que no tenemos nada de qué arrepentirnos. Incluso si eso ha implicado el sufrimiento de ir contra la sociedad o contra aquello que nos han inculcado —ya que, muchas veces, la culpa no viene del fracaso, sino del no encajar con los cánones que otros han pensado para nosotros—, hacer aquello que nos hace felices es la única prerrogativa obligatoria mientras estamos vivos. Y si eso molesta a la sociedad, mejor sería que todos nos fuéramos al infierno.

Eso es lo que ocurre en I Am A Hero. Que todo se va al infierno.

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No se nace topo, se llega a serlo. Sobre «Himizu» de Sion Sono

25 octubre 2015
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Aunque ya por el hecho de haber nacido venimos condicionados por nuestra herencia genética, los límites de nuestro ser los definirá de forma más prominente nuestro entorno que cualquier condicionamiento primero que podamos haber arrastrado. No es lo mismo nacer seriamente limitado emocional o mentalmente en una familia pobre que en una familia rica, sin hacer distinciones si su riqueza reside en experiencias, conocimiento o dinero. Nuestra manera de abordar el mundo cambiará según la conjugación de todos los factores posibles, no sólo por nuestro género, religión o clase. A fin de cuentas no existe un relato objetivo de los acontecimientos del mundo, ya que todo lo que percibimos pasa primero por el filtro de nuestra idea de lo que es el exterior; en tanto que ni podemos saber lo que piensan los demás ni la naturaleza tiene intencionalidad alguna, todo aquello que nos sucede tenemos que interpretarlo siguiendo los patrones de aquello que ya conocemos de antemano. Lo que nuestra experiencia nos diga que es lo más probable que signifiquen esos acontecimientos.

No ha existido nunca un sólo día que no fuera el fin del mundo. Todos los días alguien se encuentra desahuciado repentinamente de lo que siempre había dado por hecho, de lo que no cambiaría nunca. No en su caso, al menos. Sólo hace falta un desafortunado giro de acontecimientos para quedarnos sin nuestra familia, nuestros amigos, nuestro empleo, nuestra casa o nuestra pareja, si es que no de varias o todas esas cosas al mismo tiempo; una catástrofe natural, un accidente, un acto criminal, la mera casualidad: todos ellos pueden dejarnos en un estado de desahucio físico, pero también existencial, De eso trata Himizu. De lo que ocurre cuando el fin del mundo ha llegado, pero la vida sigue. Qué ocurre cuando descubrimos que no existe ningún final posible salvo la muerte, que incluso entonces no es el final porque el mundo continuará estando allí —sin nosotros, sin los otros, pero sin borrar el vacío que hemos dejado—, que lo único que puede cambiar en cada ocasión es el orden de las cosas tal y como han sido hasta el momento.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXIII)

19 septiembre 2015
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La nariz
Ryūnosuke Akutagawa
1915

En tanto seres vivos, estamos condicionados por causas ajenas a nuestra voluntad desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Nadie elige su nombre como nadie elige su físico, nos vienen impuestos de antemano, pero resulta evidente que son hechos que nos condicionan personalmente: vivimos a través de ellos, son nuestra máscara, incluso si no hemos tenido voz ni voto a la hora de elegirlos. Pongámonos en una situación hipotética, ¿cómo sería tener una nariz tan exageradamente grande, tan extravagante, que su punta nos tocara la barbilla, que más que aguileña fuera de pelícano, impidiéndonos comer si alguien no nos ayudara para que no acabemos con las narices en el fondo del plato?

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El olor se perpetúa inexorable en el mundo. Sobre «Gyo», de Junji Ito

15 septiembre 2015
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Okinawa, Japón. Takashi es un joven que aprovecha sus vacaciones para hacer un viaje romántico con Kaori, su novia, la cual posee la sorprendente cualidad de un olfato particularmente desarrollado; si bien ésto no parece tener más importancia que el hecho de que el primero se irrite cuando la segunda no le deje besarla salvo que se lave los dientes previamente, las cosas se complicaran rápidamente, las cosas se complicarán de forma notoria cuando ella note alguna clase de olor desagradable que nadie más parece poder apreciar. Que dudemos de sus capacidades olfativas es natural: ni la conocemos ni un olfato tan sensible parece plausible ni su novio es capaz de encontrar olor desagradable alguno, es más sencillo considerar que ella ha sufrido alguna clase de pequeño problema sensitivo. A fin de cuentas, nosotros no podemos oler nada a través de las páginas. Cuando por fin se encuentren en la casa un pez con patas mecánicas, descubren que de él emana un espantoso olor a putrefacción: ella tenía razón. A partir de aquí, el horror.

Si existe un nombre que sobresale entre los demás en el manga de terror contemporáneo ese es el de Junji Ito. Aunque el género siempre ha conocido de grandes representantes en el medio, como Hideshi Hino o Kazuo Umezu —teniendo una clara herencia de éste último, a pesar de que sus estilos acabarían estando en las antípodas del otro—, Ito puede jactarse de haber desarrollado un estilo propio que no remite de forma particular a ningún otro autor del género. Su uso asfixiante del entintado, la linea y la viñeta hacen de sus obras un inquietante ejercicio narrativo capaz de aterrarnos incluso cuando no está ocurriendo nada. Su estilo preciosista, preciso hasta lo quirúrgico, le sirve para plasmar inconcebibles historias de pesadillas que se materializan con naturalidad ante nuestros ojos; su mayor mérito es haber parido un estilo tan denso, tan sencillo, que puede hacer verosímil cualquier clase de horror que sea capaz de concebir. Algo necesario dada la naturaleza excesiva de sus creaciones.

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(Amor) bestia dulciamarga. Sobre «Eros. Poética del deseo» de Anne Carson

27 agosto 2015
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En la mitología griega Eros no sólo era dios del amor y la atracción sexual, sino también de la fertilidad. No es difícil intuir por qué. El dios encargado de inflamar los corazones (y los genitales) de los humanos no podía desentenderse de las consecuencias de aquello que origina: la sexualidad, la atracción romántica, el deseo capaz de sobreponerse por encima del ego. Sin deseo es imposible engendrar, pero sin amor difícilmente asumiríamos nuestras responsabilidades. Incluso si el amor no resulta necesario para engendrar un ser humano, si resulta de ayuda para no abandonarlo o matarlo cuando nos hagamos conscientes de las consecuencias que implica haberlo engendrado. Su posición es monstruosa, completamente ajeno de lo que consideramos como propiamente humano; la intervención del dios hace que las personas se sitúen fuera de sí, ignorando la prudencia o sus intereses, en tanto sólo tienen ojos para la persona amada. Eros, dios del amor, la sexualidad y la fertilidad, fruto y origen de la irracionalidad, es la base de toda vida humana.

Según Safo, poetisa griega, el amor es gliktprikon (γλυκύπικρον agridulce), dulce y amargo al mismo tiempo. Sin embargo, a lo largo de la historia se ha considerado que primero es dulce para después volverse amargo. Estrictamente en ese orden. Primero llegan las mieles de lo desconocido, del deseo, de aquello que abotarga nuestros sentidos con sensaciones; después llega la decepción, el descubrimiento de que no puede satisfacer aquello que necesitamos, que es también un ser humano. Esa concepción del deseo pasa por considerar que amamos aquello que falta en nosotros, que no amamos a la persona sino lo que representa para nuestro ego. El amor se nos presenta en ese caso como una continuidad lógica, una imposibilidad, en la cual siempre buscamos, de forma infructuosa, aquello que nos falta para ser nosotros. Esa es una herencia platónica. Esa concepción del amor es como la de Aristófanes, el cual creía que hubo un tiempo en que los humanos eran seres esféricos que desafiaron a los dioses, los cuales para castigarlos los separaron en dos mitades obligadas a encontrar su otra mitad para estar completos.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXII)

13 agosto 2015
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The Addiction
Abel Ferrara
1995

Toda adicción encuentra su nacimiento en la angustia, en el conflicto interno, en la incapacidad de relacionarse con uno mismo. Aquel que regresa sobre el objeto de su adicción no lo hace porque encuentre placer alguno en ello —ya que el placer es derivado del deseo mientras que la adicción es, en último término, la negación de todo deseo: la búsqueda de un sentido último, definitivo, cerrado por y para sí mismo, que sólo se encuentra en la adicción en sí—, sino porque siente que sólo a través de la adicción puede seguir existiendo: desprovisto de su único interés, a solas consigo mismo, no es nada más que un ego herido a causa del trauma de haber nacido.

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Traduciendo la vida. Sexo, bolas de arroz y «Bae Bae» de BigBang

10 mayo 2015
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No existe traición posible en la traducción, ya que toda traducción es siempre una reescritura de lo mismo. No se trata de volcar las palabras exactas en sentido literal en otro idioma diferente del original —entendiendo por «idioma» no «lenguaje natural», sino «idioma»; traducir palabras en imágenes o sentimientos en palabras es tan difícil o más que traducir entre dos lenguajes naturales cualquiera—, ni siquiera buscar referentes equivalentes intentando respetar los matices culturales que podrían perderse en el trasvase, sino algo mucho más complejo: transformar las ideas de fondo. Traducir es pasar a través de la forma, descubrir las ideas que articulan el discurso y darles nueva vida puliendo lo innecesario y realzando aquello que resulta más significativo. Toda traducción es, en suma, una labor creativa, ingrata y compleja por definición, en tanto hace necesario saber sintetizar lo esencial y desprenderse de lo inútil. El buen traductor no es sólo traductor, es un artista.

En el caso de la traducción audiovisual, específicamente en la creación de videoclips, lo importante es descubrir como traducir lo que se nos da con sonidos en forma de imágenes sin depender de la música. El buen videoclip es el que, incluso sin sonido o en un idioma que no conocemos, tiene una narrativa coherente. Ese es el caso de Bae Bae de BIGBANG. Incluso sin saber ni una sola palabra de coreano es posible desentrañar el significado de la canción, ya no por el ritmo o las diferentes inflexiones musicales, que también, sino por la excelente traducción en imágenes que hacen de la idea central de la misma: la evolución de la sexualidad a lo largo de una vida. Personal o de pareja.

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Poesía del caminar. Sobre «Sendas de Oku» de Matsúo Basho

9 mayo 2015
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A las personas se las conoce caminando. En la quietud, en el estado en que todo nos resulta familiar por no existir razón alguna para moverse —ya que, cuando estamos cómodos, no existen motivos para romper el inmovilismo—, lo único que podemos hacer es escrutar aquello que tenemos a la mano, aquello que nos es más cercano; es necesario caminar para alcanzar nuevos lugares, objetos o personas. Quien no anda es porque no piensa nada nuevo, ya que se siente en su situación y en sus creencias. Caminar supone darse al descubrimiento, desarrollarse en el mismo, para llegar hasta algún que, en cierta medida, nos es desconocido; no importa que sea un lugar o una creencia, ya que todo descubrimiento es siempre otra cosa. Lo que creíamos fijo e inmutable, experiencia esencial del mundo, se muestra como una polifonía de voces cuando nos levantamos y echamos a andar. Porque caminar no es sólo conocer la vastedad del mundo, sino también la vastedad de uno mismo.

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La obra de Matsúo Basho es inseparable del acto de caminar. Como viajero, monje zen y poeta, todo en él le llevaba hacia los caminos, hacia la ausencia de toda posible certeza; era un vagabundo de sí mismo y del mundo porque no aceptaba ninguna realidad a priori como verdadera, porque consideraba que todo camino se iba haciendo según capricho de las circunstancias. Toda posibilidad del descubrimiento se da mediada por el azar. Lo interesante de Sendas de Oku no es sólo cómo va construyendo su dietario de viaje a través de haikus y descripciones, de poesía y narrativa, sin hacer distinción alguna de clase, sino también cómo va variando según los intereses del propio caminar: una enfermedad, un mal cálculo del tiempo o un clima diferente del esperado pueden cambiar la ruta, haciendo que transiten otros caminos completamente diferentes a los que habían planeado en primera instancia.

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Alma, existencia, información. Sobre «Ghost in the Shell» de Mamoru Oshii

29 abril 2015
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Nos creemos especiales, únicos, una anomalía absoluta que, en una inmensidad infinita, existe por un accidente físico-biológico sin mayor motivo para estar vivos que el hecho mismo de haber nacido; por irónico que sea, actualmente el materialismo ha derivado en una cuestión de ego: no ser nada más que «un grano de arena en la inmensidad del cosmos» nos hace sentir diferentes. Estar atados al capricho aleatorio de la nada nos hace sentir privilegiados. Es lógico que nuestro nihilismo se haya exacerbado con el tiempo, que hayamos cimentado nuestras vidas sobre sus espaldas, caracterizando nuestra existencia como un constante apocalipsis; no es sólo que sea más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, es que nos resulta más fácil y deseable concebir el fin del mundo que el fin de nuestra existencia tal y como la hemos conocido. Antes muertos que aceptar la diferencia. Abrazar el nihilismo, que en algún tiempo pasado fue un gesto revolucionario, se ha convertido en un acto profundamente conservador: lo que despreciamos es el cambio, la posibilidad de que otro mundo es posible.

Que seamos un accidente cósmico envuelto en una singularidad evolutiva no significa nada a priori: en tanto estamos en el mundo podemos dotarle de significado, pero de no haber nadie para percibirlo el universo no sería nada más que un espacio estéril. Somos especiales porque existimos, porque podemos percibir nuestro lugar en el gran orden de las cosas. Aunque la complejidad del tema resulta evidente cuando hablamos de las consecuencias políticas y ontológicas que ello conlleva —porque aquello que es percibido puede cambiar de estado, lo que existe puede dejar de existir o pasar a existir de otra manera—, en lo biológico es menos evidente y, por ello, más acuciante. La evolución no acaba en nosotros. Aunque podríamos afirmar que nuestros avances tecnológicos impiden la selección natural, es ese impassé el que nos permite trascender la naturaleza adoptando su papel. Convirtiéndonos en algo más que humanos, corrigiendo los defectos genéticos o los accidentes mundanos a través de prótesis de tipo biológico (medicina) o tecnológico (ingeniería), hemos evolucionado para devenir en algo más, en algo diferente: ya no somos animales, sino cyborgs.

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Vivos, pero perforados. Sobre «Piercing» de Ryu Murakami

1 abril 2015
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Una pequeña criatura viviente durmiendo en su cuna.
Como un animal de laboratorio en una jaula,
pensó Kawashima Masayuki.

Ryu Murakami

Sólo el constante roce con el mundo acaba dejándonos cicatrices. Aquellos cuyo roce es excesivo, que la vida los ha maltratado hasta el punto de no-retorno en el cual ya nunca podrán tener un comportamiento considerado saludable, acaban convirtiéndose en tarados; personas dañadas tan profundo en su seno, de forma tan salvaje, que necesitan descubrir sus propios rituales de supervivencia cuando su existencia se les hace asfixiante. Necesitan o bien desconectarse de sí mismos o bien conectarse de forma íntima con los otros. Eso hace que sean personas conscientes de la hostilidad del mundo, aunque rara vez de la empatía o la bondad que este contiene, que acaban perpetuándose a través de una reproducción asexuada: hieren, sin pretenderlo, a todos aquellos que aman hasta poder hacerlos suyos. Encierran en su propia oscuridad al que todavía no vivía en ella. Son tarados no por inútiles o por locos, sino porque arrastran un pasado demasiado pesado para sus espaldas.

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