Subcultura y cultura underground a go-gó

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El lugar que más nos determina en el tiempo es allá donde crecemos. En tanto es durante la infancia cuando nuestra personalidad está en formación, ya que nuestra sensibilidad aún está infinitamente abierta a los estímulos mundanos, es durante ese tiempo cuando las experiencias y los modos de vida que conozcamos determinarán, con mayor peso a priori, nuestra posterior visión del mundo. Nuestros hábitos, nuestra perspectiva vital, siempre se verá determinada por el horizonte mundano al cual hayamos podido acceder durante nuestra etapa de formación; no es lo mismo haber nacido en un barrio obrero que en un barrio de clase media, haber nacido en medio de la escasez o de la abundancia. Los espacios nos determinan porque están vivos, sienten, respiran, porque nadie es una isla en sí mismo y nuestra visión está siempre determinada por aquello que conocemos. incluso cuando puede adquirirse cierta perspectiva con el tiempo.

Lograr perspectiva no significa necesariamente renunciar al mundo que hemos conocido, al imaginario construido a través de la experiencia personal. En el caso de Mentiré si es necesario esto resulta evidente. A través de textos breves, articulados bajo una lógica biográfica que es puesta en duda desde la primera página, Daniel Ausente plasma los ecos fantasmales de una Barcelona inundada por la droga, una joie de vivre juvenil indistinguible de la angustia existencial más profunda y un ambiente postapocalíptico que inunda el ambiente de decadencia absoluta de la España en los eternos estertores del franquismo. En ese sentido, la obra se nos presenta como una representación histórica rayana lo mitológico. Todo lo que presenciamos es extraño, con un aroma de otro tiempo, pero al tiempo por ellos nos resulta de algún modo cercano, como si al salir a la calle no pudiéramos evitar encontrar los restos fosilizados de ese pasado que viene a nuestro encuentro en los barrios más deprimidos de nuestras ciudades. No sólo de Barcelona, sino de toda España.

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Hideout
Masasumi Kakizaki
2014

Toda obra está cargada de simbolismo. Cuando un autor afirma que su obra no lo está, cuando se pretende estrictamente literal, entonces sabemos que las impresiones arrojadas sobre la obra serán exclusivamente inconscientes; es imposible crear sin símbolos, ya que es imposible hablar de lo real como un relato objetivo. Todo acontecimiento pasa por el juicio, por la interpretación. La diferencia radica en si el autor conoce lo que está contando o, dejándose llevar por un simbolismo heredado culturalmente, impregna su obra de detalles cuyo significado desconoce. Ningún artista lo es desconociendo el simbolismo de su obra, porque sólo desde el conocimiento puede re-interpretarlo. Incluso si el conocimiento sólo lo es subconsciente.

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Es difícil navegar entre la turbulenta producción del presente. Cada día se generan nuevos proyectos, nuevas obras, nuevas posibilidades, haciendo que estar al tanto de todo lo que se produce en el mundo sea una quimera equivalente al pretender poder tener conocimiento sobre todas las cosas que ocurren en la existencia. El problema es que eso nos ha llevado al etnocentrismo. En nuestro tiempo, la supremacía cultural de occidente en general y de Norte América en en particular resulta evidente: vemos sus series, leemos sus libros, incluso Nueva York nos resulta más familiar que Albacete; es más fácil enfangarse en la desmedida información promocional que nos llega sobre los productos norteamericanos —a los cuales, en último término, centra la atención la mayor parte del público— que intentar descubrir qué se está haciendo en otras latitudes. Bien sea por comodidad o por prejuicios asumidos, cualquier acercamiento hacia otra cultura es siempre visto desde la excepción, no desde la naturalidad, y siempre filtrado previamente por el interés generado por la agenda oficiosa norteamericana. Es hora de hacer otras hojas de rutas, mostrar otros caminos posibles.

Cuando la dominación cultural nos ciega, es necesario ejercer la labor de prescriptores. Si bien contra los prejuicios luchamos todos los días, ¿qué hacer contra la comodidad? Hacer cómodo el acceso a la diferencia. Es por eso que, para hablar de las series estrenadas en 2015 —sólo temporada de invierno de anime, que es la que ahora nos atañe—, nos hemos encargado de hacer una selección de series basándonos en dos criterios: que sean las más significativas por sí mismas, que el criterio de elección no sea el fanatismo otaku (cosa que ni somos ni tenemos), y que sea la primera temporada de la serie, prescindiendo así de la necesidad de «ponerse al día». Eso deja fuera estrenos importantes, como Durarara!!×2 Shō, pero aún nos permite hablar de otras cinco series. Series de las que hablamos sin más dilación, que podemos empezar a ver ya mismo.

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Nos gusta creer que nuestras circunstancias son únicas cuando, en su fondo esencial, responden a lo que otras muchas personas ya han vivido antes. Toda narrativa es universal, lo que cambian son los detalles que la definen. Nuestro amor no se parece al de ningún otro, porque nuestras circunstancias vienen mediadas por una infinidad de acontecimientos determinados a priori —desde convenciones culturales hasta experiencias personales, pasando por la inevitable pura casualidad de los acontecimientos inesperados—, pero todos los amores se parecen entre sí porque todos compartimos la misma base: somos seres humanos. Todos estamos cableados igual, o al menos lo suficientemente parecido como para no diferir demasiado los unos de los otros. La narrativa básica de nuestras circunstancias, aquello que somos nosotros, no difiere en nada de un ser humano a otro, lo que difiere son las particularidades que la configuran. Aunque perdamos matices cuando presenciamos las circunstancias de otro por aquellos detalles en que nos son ajenas, sea en la ficción o en la realidad, sea de otro tiempo o lugar, siempre podemos comprender la realidad profunda, aquello que hay de esencialmente humano, en lo que nos narra.

Desde occidente es fácil apreciar esta problemática en Ong Bak por lo que tiene de choque de dos mundos tan fascinantes como ajenos a nuestra lógica: la forma japonesa y el contenido tailandés. En la forma fusila la estética japonesa de los 70's, cierto regusto kitsch heredado de una tradición fílmica cuyos orígenes son teatrales —fijando su mirada de forma particular en el cine de Seijun Suzuki, aunque las escenas de acción parezcan impregnadas del sobrio espíritu de Sonny Chiba—; en el fondo todo se mueve bajo las sólidas coordenadas del budismo, un budismo sui generis entendido a través de las particularidades regionales explicitadas a través del muay thai. ¿Cómo consiguió una película tan alejada del canon occidental ser un éxito mundial? Por el carisma de Tony Jaa, por una narrativa muy bien cuidado; en resumen, por un universalismo bien entendido.

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Nada es más difícil que aprender a vivir. Necesitamos una vida entera para descubrirnos, para conocer nuestros deseos más íntimos, e incluso así la mayoría no llegaran nunca a conocerse, saber aquello que son de forma más profunda que la máscara que exhiben orgullosos ante los demás; aquello que somos está sepultado bajo las consecutivas capas de la experiencia, capas que necesitamos remover para ver en qué ha sedimentado nuestra existencia si queremos poder conocer aquello que somos, aquello en lo que nos hemos convertido. En tanto habitamos aquello que vivimos, nosotros mismos nos somos en todo ajenos. Conocernos es un trabajo a tiempo completo, el proceso de la autoconsciencia liberándose de forma constante del prejuicio —o lo que es lo mismo, corrigiendo los juicios erróneos al descubrir en la experiencia un nuevo matiz sobre aquello que somos—, que nunca se acaba. O, para ser exactos, que acaba sólo cuando estamos muertos.

Tony Pagoda es una excepción, una rareza, un tótem viviente, uno de esos pocos individuos que con el tiempo ha aprendido a vivir. Ha necesitado setenta años, llegar hasta ese punto donde se supone que ya no se vive, sino que se recrea la vida, para comprender todo aquello a través de lo cual ha podido aprender; un divorcio, innumerables amigos, convertirse en un mito —con la fama, el prestigio, las críticas y la soberbia que ello conlleva—, enfrentarse a los mitos que florecen en su mente: experiencias que llegan al orden del infinito, algunas aterradoras y otras graciosas, la mayor parte de ellas con tendencia hacia la melancolía. Ahí radica la vida. Tony Pagoda, de profesión canalla, lengua afilada, observador infinitamente inteligente de mundo y del siglo XX, actúa como si el siglo XIX nunca hubiera existido y como si el siglo XX hubiera sido un chiste donde la seriedad radica sólo en la disciplina, en la voluntad férrea de los hombres capaces de ver en perspectiva su vida desde el minuto uno. Los futbolistas, un mago, un entrevistador; ellos son los héroes de Pagoda, los hombres que han sacrificado su vida para ser excepcionales en una sola cosa que ellos llaman «vida» y cuya explicación es imposible. Viven para el fútbol, la magia, las personas.

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Ayer murieron doce personas y cuatro más fueron heridas de gravedad. No hubo motivo para ello. Algunos afirman que el motivo era la religión o los límites del humor u otra quimera cualquiera, pero es un error de concepción: no existen límites inviolables, transgresiones intolerables, pensamientos demasiado peligrosos. Por cada uno que maten surgirán otros dos que retomen su trabajo, como expresa el dibujo que Mike Remacha ha dibujado para la ocasión. No cabe decir nada más, porque ahora tenemos tres obligaciones: nunca olvidar lo ocurrido, retomar nuestro trabajo crítico y no dejarnos llevar por el odio recordando que no todos los religiosos son fanáticos; en suma, hacer honor a la memoria de los caídos. Ellos así lo hubieran querido.

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Ninguna palabra es inocente por sí misma. Cada vez que elegimos utilizar una palabra en detrimento de otra estamos ejerciendo un acto de poder, un acto que tiene consecuencias políticas: no es lo mismo decir que los jóvenes se van del país buscando «experiencias» que «porvenir». Cuando decimos que buscan «experiencia» decimos que están insatisfechos con la situación actual del país, pero que están abiertos a explorar nuevas posibilidades como un acto placentero y propio de la juventud; cuando decimos que buscan «porvenir» decimos que están insatisfechos con la situación actual del país, pero que su única opción es emigrar o no poder tener una vida en absoluto. Al elegir las palabras no sólo estamos diciendo lo que esa palabra significa en primer grado, sino que también estamos comunicando una serie de significados secundarios configurados a partir de nuestra particular visión del mundo. Nada de lo que decimos es inocente, apolítico, carente de consecuencias, porque toda palabra significa algo más que una mera transmisión de información vacía. Todo acto de comunicación está cargado de ideología.

Imaginemos una historia. Un joven de familia humilde, estudiante de una importante universidad privada de un reino europeo, es arrestado un día acusado de un presunto delito de falsedad, estafa y usurpación de identidad. Él, por su parte, afirma haber colaborado con el CNI, con la Casa Real, con la Vicepresidencia del gobierno. Aunque no existe prueba alguna de que eso sea verdad, salvo algunas fotos donde aparece con algunos mandatarios o personas próximas de ellos —en contextos, por lo demás, ajenos a lo privado: podría haberlos abordado sin guardar relación personal o profesional alguna, podrían ser selfies improvisados, ya que no son seres supraterrenales inaccesibles para el común de los mortales—, acaba siendo utilizado como material político, tanto en el ámbito periodístico como en el parlamentario, para abordar los evidentes problemas de corrupción que tiene el reino. Y, a pesar de que la ausencia de pruebas es clamorosa y las contradicciones del joven son bochornosas, se le sigue utilizando como arma arrojadiza en el juego de poderes.

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Hoy acaba un año funesto. Podemos recordar lo que dejamos atrás como el año donde nos pisotearon y humillaron, el 2014 que se resume con la palabra «mezquindad», pero no existe sombra que no esconda un rayo de luz, por eso también es el año que descubrimos nuevas formas de dignidad, en ese caso el 2014 se resume en la palabra «comunidad». En ambos casos, lo político cobra un peso especial en la lista de listas de The Sky Was Pink, como ya ocurrió el año pasado. En esta ocasión los nombres propios son la norma, no así las abstracciones, del mismo modo que esos nombres se repiten de forma constante. «Podemos» —grita el pueblo, no sabemos si hablando de sí mismos o de la revelación política de la temporada. No es fácil disociar ambos conceptos. Todo tiempo convulso es siempre interesante, posibilitado al cambio, pero todo cambio es un salto al vacío donde no sabemos dónde acabaremos. Y el 2014 es un año de transición, ¿hacia qué lugar? Mira, justo debajo de nosotros: ahí está el vacío, pero nosotros seguimos volando hacia el progreso. Si el impulso durará o caeremos, seguramente lo empezaremos a vislumbrar dentro de un año exacto.

El año ha sido feminista, trans, obrero. Ha sido todo lo que debía ser, aunque no lo suficiente; ha sido todo lo que no debía ser, siempre demasiado. Es momento de entonar el mea culpa —incluso aquellos quienes no optamos por ello,, no ahora, que nos guardamos las ganas de agitar el puño con Walter Benjamin de la mano para el resto del año—, pero también para celebrar lo que ha ocurrido durante el año. Que lo político nace de lo cultural, no al revés. Tenemos singularidades, instantes, momentos cristalizados en su propia lógica interna. No separamos entre alta y baja cultura, entre el gesto político y artístico, porque ahí radica la virtud de lo que intentamos esgrimir: un pensamiento que lo permite todo, que aglutina todo acontecimiento, que sólo pone como condición la racionalidad de sus presupuestos. Incluso su propia crítica interna. Porque lo que venimos a hacer aquí no es el resumen de los más listos de la clase, sino un intento de diseccionar el zeitgeist de nuestro tiempo. Crítica —subjetiva, falible, atravesada de intereses, ¿qué duda cabe?—, no opinión.

Las últimas palabras del año. Lo que nos depara el 2015 es un misterio, pero que el tiempo se lleve ya al infierno al año funesto en el que descubrimos que éramos más fuertes de lo que nunca creíamos que podríamos llegar a ser; que el tiempo arrase con sus cimientos, que devore toda su presencia horrible, que cuando se levante el viento de la historia se lleve consigo el polvo y no sólo a nosotros. Cuando lo que queden sean ruinas, entonces podremos saber si sólo fue un mal año en lo personal o fue el principio de algo más grande. Lo intuimos, pero no lo sabemos. Porque, como dijo Paul Valéry y nos recordó recientemente Hayao Miyazaki, «el viento se levanta... ¡hay que intentar vivir!».

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I. Todo que se afirma sin pensar es verdad

Todo es fabuloso. Se nos vende de forma constante que todo va mejor, que la crisis ya ha pasado, que pagar sobreprecio por productos básicos es algo normal; el capitalismo tardío ha encontrado en la retórica el arma última: a través de una buena narración, cualquier cosa parece ser verdad. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere creer que las cosas ocurren por alguna razón superior bien ordenada que se puede predecir? Esa es la base de la religión, también del gesto religioso del capitalismo. Se nos vende un finalismo de lo inmediato, que el mundo ha llegado al cenit de su desarrollo y debemos adoptarnos al destino que éste marca, que nos convierte en productos de consumo, objetos juzgados por lo bien que se adecuan al metarrelato imperante. En consonancia, actuamos al respecto: sonreímos para vendernos como alegres, dinámicos, optimistas cara a los demás; compramos para mostrarnos en la onda, sabiendo sobre qué hablan todos, integrados dentro del sistema; cambiamos para resultar más adaptables, más adecuados, más necesarios para las necesidades del mercado. Se busca encajar en lo que los demás esperan que seamos, ajustando nuestra existencia a los elementos que mejor se venden en cada momento.

Nadie debe ser único, excepcional, porque cualquier gesto personal podría cambiar el mundo, demostrar que el orden no es absoluto. Que el mundo no está construido sobre bases inamovibles. El problema es que somos reducidos hasta ser convertidos en objetos, olvidamos aquello que supone juzgarse sólo desde uno mismo —o lo que es lo mismo, olvidamos qué es ejercer la autocrítica ignorando la opinión de aquellos que repiten la agenda oficial antipersonalista de forma repetitiva—, produciendo que sea imposible tener personalidad alguna. Incluso cuando queremos salirnos de los márgenes, somos reconducidos a través de la destrucción; se nos bombardea con el mensaje, se silencia nuestra presencia, la gente nos da de lado. ¿Por qué? Porque es más cómodo vivir sin pensar, creyendo que la vida debe ser una fiesta constante.

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I. Stupid in the Dark, de Xiu Xiu (en Angel Guts: Red Classroom)

Llevamos mucho tiempo viviendo entre tinieblas. Entregados al exceso, descansando en medio de la noche, nuestros actos no se corresponden con la lógica del presente; el consumo cultural cae, ante el pánico huimos hacia adelante y nadie parece tener claro que hacer, salvo aferrarse o bien al pesimismo o bien al «que cambie algo, lo que sea, pero que cambie». Jamie Stewart, el poeta del lado oscuro del corazón, ya lo dijo claro con el primer single de Angel Guts: Red Classroom: «tú me enseñaste una lección, la gente es estúpida en la oscuridad». No hay bailarines en la oscuridad, sólo estúpidos. La gente no sabe reaccionar en momentos de tensión, dejándose llevar por sus instintos primarios. Mata o sal corriendo. Cualquier otra opción, cualquier opción que se sostenga sobre aquello que nos hace humanos, es abortada al instante por el terror que nos produce habitar en medio de la noche, en el reino de la posibilidad y la oscuridad; de eso trata la obra de Xiu Xiu, por eso es relevante: habla de aquello que no nos gusta ver, todas las estupideces que negamos en nosotros mismos. Aquello que debemos apreciar antes de averiguar cómo arreglar.

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