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Not A Hero. O cómo «I Am A Hero» en realidad es un drama (con zombies)

4 diciembre 2016
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Toda nuestra vida tiene un único sentido: aquel que nosotros le demos. Morir satisfechos ante la idea de que hemos vivido de tal manera que no tenemos nada de qué arrepentirnos. Incluso si eso ha implicado el sufrimiento de ir contra la sociedad o contra aquello que nos han inculcado —ya que, muchas veces, la culpa no viene del fracaso, sino del no encajar con los cánones que otros han pensado para nosotros—, hacer aquello que nos hace felices es la única prerrogativa obligatoria mientras estamos vivos. Y si eso molesta a la sociedad, mejor sería que todos nos fuéramos al infierno.

Eso es lo que ocurre en I Am A Hero. Que todo se va al infierno.

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De la infancia eterna. O cómo Walter Benjamin nos enseña que no sabemos «madurar»

27 noviembre 2016
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Es innegable que la sociedad tiene un problema con la infancia. No hace falta más que leer los periódicos. Cualquier adulto con intereses culturales o cuya vida no orbite alrededor de la idea de la familia tradicional y el trabajo fijo es considerado inmaduro. Cualquier niño que se precie debe tener, además de las clases obligatorias, no menos de dos o tres actividades extracurriculares. Aprender inglés. Aprender chino. Hacer cualquier cosa menos jugar. Descubrir el mundo. Ser un niño.

Todo gira alrededor del trabajo. De la productividad. Y eso hace que, lo peor que pueda ser una persona, es ser un niño. Un ente improductivo.

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Del mito oral al actioner. «John Wick» como heredera de la narrativa Shōnen Jump

20 noviembre 2016
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in Cine
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Existe cierta creencia generalizada de que el público es idiota. Que las verdaderas obras maestras nunca son entendidas en su tiempo. Y si bien puede haber algo de cierto en ello, no deja de ser injusto. Existen tantos nichos, tantos grupos cerrados de gustos y criterios dispares, que es imposible que ninguna obra maestra sea elevada a los altares. O que todo lo que se reconozca como genial por la mayoría sea nada más que basura. A fin de cuentas, la narrativa tiene la peculiaridad de ser aquello capaz de resonar no sólo en nuestras cabezas, sino también en nuestros corazones.

Eso no quiere decir que haya algo irracional en la apreciación estética. Eso implicaría que nuestros gustos son aleatorios. Pero como demuestra la experiencia, la cuestión es que nuestros juicios se sustentan en toda una serie de aparatos críticos inconscientes de los que no solemos percatarnos.

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Estar/No estar. Del ego y la gran escritura en «Aquí estoy» de Jonathan Safran Foer

12 noviembre 2016
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A veces no es suficiente con estar aquí. Con estar presente. El mero hecho de existir no nos convierte en nada especial, porque sólo nuestras acciones, el hecho de existir con alguna clase de propósito, es lo que dota de sentido a ese estar aquí. Estar en el mundo. Con los otros. Porque, en ocasiones, quienes más proclaman su presencia son, precisamente, quienes menos están.

Jonathan Safran Foer está muy presente en Aquí estoy. Eso es indiscutible. Está tan presente que, a lo largo de sus más de setecientas páginas, es imposible no notar que su presencia acaba fagocitándolo todo. No sólo porque su autobiografismo, su necesidad de señalar hasta la última pelusa que encuentra en su ombligo, acabe resultando asfixiante —y, contra todo pronóstico, muy interesante; igual que puede hacerse tedioso y excesivo, es imposible no disfrutar de su prosa, brillante y ágil—, sino también porque eso acaba redundando en su imposibilidad de observar nada de cuanto ocurre en el mundo que le rodea. Todo cuanto existe en la novela es Jonathan Safran Foer y cómo se ve el mundo mediado por la visión y necesidades personales de Jonathan Safran Foer.

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De la muerte conocemos sus hábitos. Resumen del especial de Halloween

31 octubre 2016
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El ser humano es una rara avis en la naturaleza. Incapaz de sobrevivir por sí mismo hasta pasados un buen puñado de años, ni siquiera madura lo suficiente como para ser considerado adulto hasta alcanzar cerca de los veinte años. Eso es una absoluta anomalía en la naturaleza. Y también explica nuestro ritmo vital. Que un proyecto sobreviva seis años seguidos, creciendo cada vez, sin declinar en ningún momento, es una rareza. Para nuestra desgracia, en nuestro séptimo año hemos tenido que rebajar el ritmo: esta vez el especial ha sido más modesto. Con todo, estamos contentos. Estamos contentos porque continúa, aunque sea con otro ritmo, y porque volveremos el año que viene, quién sabe con qué hábitos. Porque la vida sigue y la muerte no existe, porque incluso la muerte morirá cuando ya no quede nadie para verlo.

Sumario:

Especial de Halloween en The Sky Was Pink

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An open door. Tres recomendaciones (rápidas) para la noche de Halloween

31 octubre 2016
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Siempre hay cierto grado de relatividad en nuestros actos. Aquello que está bien o mal depende del criterio y la comprensión del que juzga, haciendo que sea difícil discernir algo así como una regla universal. Y Halloween no es una excepción. Si deberíamos celebrarlo o no queda para la reflexión interna de cada uno, porque en esta santa casa ignoramos ese debate estéril: aquí celebramos Halloween. Al menos, hasta donde nos dan las fuerzas.

Eso implica también que estamos limitados por las circunstancias. Halloween es tanto el alcoholismo desenfrenado y los disfraces (pretendidamente) terroríficos como el recogimiento y el placer encontrado en la intimidad de un libro o una película de terror. Ninguna opción es mejor que la otra. Pero dada la naturaleza del blog —y de los blogs, que existen sólo en Internet—, nuestro único modo de poder celebrar la festividad es del segundo modo. Y así está bien. Por eso hemos elegido tres artefactos culturales para que podáis pasar una noche tranquila, a la par que terrorífica, o, si el alcohol y la tragedia se interponen, para que lo hagáis cualquier otro día. Al fin y al cabo this is Halloween y cada uno lo celebra como quiere. O como puede.

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Black Mirror en su propio reflejo (VI). «Hated in the Nation», sodomizados por los binarismos

30 octubre 2016
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Internet es la tierra libre de pecado. El paraíso. El mundo más allá del mundo donde nada ni nadie ha cometido jamás un desliz, juzgando de forma contundente e incruenta cualquier mínimo error que pueda cometer el prójimo. Si como dijo aquel «el que esté libre de pecado, que tiré la primera piedra», entonces las redes sociales deben estar llenas de santos llamados a ejercer milagros por toda la tierra incluso más allá de la muerte de sus identidades digitales.

Pero eso no tiene nada de nuevo. En toda época ha existido la figura de la turba, la agrupación de personas que, bajo un lema común, se aúnan para dilapidar al prójimo. ¿Y hacia donde se dirige la turba? Hacia el objetivo. Hacia el débil. Hacia quien sienten que pueden derribar, por la fuerza misma de la multitud, sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. A fin de cuentas, quien se suma a la turba, es porque cree que la inteligencia de la mayoría no puede errar; si todos piensan de la misma manera, ¿cómo podría ser que estén equivocados? O peor aún, si todos piensan de la misma manera, ¿no seré yo el próximo objetivo si me niego a sumarme al entusiasmo generalizado? Internet no ha creado la miseria moral, sólo ha amplificado la vieja costumbre del linchamiento.

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Black Mirror en su propio reflejo (V). «Men Against Fire», TRUMPeando lo hiperreal

29 octubre 2016
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No existe ser humano que no tenga por cara una máscara. Incluso quienes pretenden lo contrario. A fin de cuentas, vivir exponiendo nuestros miedos, deseos y sentimientos es el método más rápido y eficaz para acabar siendo dañado, si es que no explotado. De ahí la necesidad de una máscara. De ocultar aquello que somos a través de alguna clase de filtro.

Pero no acaba ahí la función de la máscara. Al igual que oculta aquello que somos, también oculta aquello que son los otros; no porque los otros vayan enmascarados, que también, sino porque, en la elección de nuestra máscara, estamos creando un modo de ver el mundo. Porque, del mismo modo que ni los símbolos ni las ideas son inocentes, el rostro con el que nos presentamos también dice algo al respecto de nuestros prejuicios y necesidades. De aquello con lo que queremos interactuar, con lo que no y cómo queremos hacerlo. Porque, en última instancia, la máscara no sirve sólo para ocultarse, sino también para mostrarse.

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Black Mirror en su propio reflejo (IV). «San Junípero», Cupido en los tiempos de Hume

28 octubre 2016
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En la magia a veces el truco es la ausencia de truco. Que no haya ninguna ilusión de por medio. En ocasiones, aquello que vemos, es todo lo que hay: las cosas son tal y como son a pesar de que nos cueste admitirlo. Otras veces las cosas son un poco menos sencillas. En ocasiones hay truco pero, al ser conscientes de que lo hay, el truco pasa a nuestras manos; el truco es obviar el truco, hacer como que no sabemos que lo hay. Eso sonará justo a oídos de algunos. A fin de cuentas, si deseamos ser entretenidos con las falsedades del prestidigitador, qué menos que aceptarlas sin cuestionarlas.

Todo eso también se aplica a la ficción. El problema es que donde en la magia tenemos un resultado evidente, sea bueno o malo, en la narrativa es más difícil dilucidar si algo está bien o mal hecho. Si más allá de nuestro gusto, algo funciona. No todo el mundo reacciona de la misma forma a los mismos estímulos. Y, lo que es peor, al tener muchos más condicionantes que un único truco, al tener toda una estructura lógica detrás —o siguiendo la analogía mágica, siendo una serie interrelacionadas de trucos que nos deben hacer olvidar que lo que estamos viendo no es real—, un final desafortunado o fracasar en un solo detalle puede arruinar una ejecución, por lo demás, perfecta.

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