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Inextricable belleza infinita. Sobre «Las ciudades invisibles» de Italo Calvino

3 septiembre 2015
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Nuestra curiosidad es infinita. Deseamos conocer aquello que nos es vedado, lo que sólo es posible en la imaginación, los sueños o la vida de algún otro; deseamos conocer aquello que está oculto, el mundo que se esconde entre los pliegues de nuestros párpados; ya sea la vida de nuestros vecinos o la existencia de un reino perdido, una playa secreta o un ser de otra galaxia, escapamos con asiduidad de nuestra vida para cartografiar aquellos huecos oscuros de nuestra experiencia que, por familiares, no son realmente desconocidos. No podría interesarnos algo que no esté anclado en nuestra experiencia del mundo. Sólo cuando algo logra llamar nuestra atención más allá de nuestras ideas preconcebidas, cuando algo conocido se hace extraño, podemos sentir genuina curiosidad por ello. En ese sentido, lo nuevo es imposible. Nuestra curiosidad orbita alrededor de lo próximo, de lo conocido, convirtiéndonos en expansión pura: nuestra curiosidad siempre crece, porque cuando lo que era extraño se vuelve familiar deja paso a nuevas formas de extrañeza.

Huir de la curiosidad no es una opción, ya que eso implica la muerte del alma. Aquel que se conforma con ver lentamente decaer todo aquello que conoce, aferrándose a la idea de que ya sabe todo lo que necesita para vivir —obviando, pues, la premisa esencial que rige toda existencia: nada permanece ni desaparece, todo está en constante transformación—, acepta su propia imposibilidad de adaptarse al mundo. Está fuera de la vida. Kublai Khan, escuchando las historias imposibles de Marco Polo, ni cree ni deja de creer en lo que le está contando su embajador, sólo se deja llevar intentando descubrir cuán vasto es su imperio. Explora los límites de sus posesiones, de aquello que le es familiar incluso si le es desconocido. Puede lo que diga el veneciano sea ficción, pero tiene un germen de realidad en él: su imperio es tan extenso que perfectamente podría contener las ciudades invisibles que le nombra.

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(Amor) bestia dulciamarga. Sobre «Eros. Poética del deseo» de Anne Carson

27 agosto 2015
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En la mitología griega Eros no sólo era dios del amor y la atracción sexual, sino también de la fertilidad. No es difícil intuir por qué. El dios encargado de inflamar los corazones (y los genitales) de los humanos no podía desentenderse de las consecuencias de aquello que origina: la sexualidad, la atracción romántica, el deseo capaz de sobreponerse por encima del ego. Sin deseo es imposible engendrar, pero sin amor difícilmente asumiríamos nuestras responsabilidades. Incluso si el amor no resulta necesario para engendrar un ser humano, si resulta de ayuda para no abandonarlo o matarlo cuando nos hagamos conscientes de las consecuencias que implica haberlo engendrado. Su posición es monstruosa, completamente ajeno de lo que consideramos como propiamente humano; la intervención del dios hace que las personas se sitúen fuera de sí, ignorando la prudencia o sus intereses, en tanto sólo tienen ojos para la persona amada. Eros, dios del amor, la sexualidad y la fertilidad, fruto y origen de la irracionalidad, es la base de toda vida humana.

Según Safo, poetisa griega, el amor es gliktprikon (γλυκύπικρον agridulce), dulce y amargo al mismo tiempo. Sin embargo, a lo largo de la historia se ha considerado que primero es dulce para después volverse amargo. Estrictamente en ese orden. Primero llegan las mieles de lo desconocido, del deseo, de aquello que abotarga nuestros sentidos con sensaciones; después llega la decepción, el descubrimiento de que no puede satisfacer aquello que necesitamos, que es también un ser humano. Esa concepción del deseo pasa por considerar que amamos aquello que falta en nosotros, que no amamos a la persona sino lo que representa para nuestro ego. El amor se nos presenta en ese caso como una continuidad lógica, una imposibilidad, en la cual siempre buscamos, de forma infructuosa, aquello que nos falta para ser nosotros. Esa es una herencia platónica. Esa concepción del amor es como la de Aristófanes, el cual creía que hubo un tiempo en que los humanos eran seres esféricos que desafiaron a los dioses, los cuales para castigarlos los separaron en dos mitades obligadas a encontrar su otra mitad para estar completos.

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Todo trata de sexo, excepto el sexo. Sobre «Leer como un profesor» de Thomas C. Foster

16 agosto 2015
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No vale cualquiera para enseñar. Asimilar conocimientos y ser capaz de transmitirlos son dos capacidades completamente diferentes: la primera supone retentiva, curiosidad, capacidad de sacrificio; La segunda requiere claridad de pensamiento, carisma, amor por la disciplina. Podemos aprender cualquier cosa, incluso aquellas que nos horrorizan o aburren brutalmente, pero sólo somos capaces de transmitir de forma efectiva aquello que nos apasiona con profundo fervor. Porque tampoco es lo mismo asimilar que aprender. El buen profesor es el que no sólo conoce esta distinción, sino que también pretende llevarla a sus clases: no vale con que sus alumnos entiendan lo que dice, que sepan regurgitar una miríada de datos o teorías dadas de antemano, sino que sean capaces de sacar sus propias conclusiones con las herramientas conceptuales que éste les ha transmitido. Buen profesor no es aquel que tiene vastísimos conocimientos, sino aquel que sabe lograr que sus alumnos encuentren las respuestas por sí mismos.

Es probable que la literatura no tenga los mejores profesores posibles entre quienes la defienden. Conseguir transmitir la delicadeza tras un buen libro, la infinita complejidad que atesora dentro de sí —porque, en tanto texto, su significación es siempre poliédrica y potencialmente infinita: su significado no es unívoco, sino que existe toda una cosmogonía de interpretaciones que, en tanto fundadas sobre la obra en sí, son potencialmente válidas—, es algo difícil de comunicar sin dar a entender que la literatura es algo farragoso, un trabajo desagradecido. Asociamos la literatura con beneficios intelectuales, cognitivos e incluso sociales, pero rara vez le reconocemos algo que le es inherente: sirve para estimular nuestra imaginación, para hacernos pensar de otra manera. A veces parece que intentamos transmitir que leer es una obligación, que los libros están ahí por la utilidad que son capaces de brindarnos. Nada más lejos de la realidad. Leer debería ser, en primera instancia, el placer en sí mismo de hacerlo.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXII)

13 agosto 2015
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The Addiction
Abel Ferrara
1995

Toda adicción encuentra su nacimiento en la angustia, en el conflicto interno, en la incapacidad de relacionarse con uno mismo. Aquel que regresa sobre el objeto de su adicción no lo hace porque encuentre placer alguno en ello —ya que el placer es derivado del deseo mientras que la adicción es, en último término, la negación de todo deseo: la búsqueda de un sentido último, definitivo, cerrado por y para sí mismo, que sólo se encuentra en la adicción en sí—, sino porque siente que sólo a través de la adicción puede seguir existiendo: desprovisto de su único interés, a solas consigo mismo, no es nada más que un ego herido a causa del trauma de haber nacido.

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El viaje en la mirada ausente. Sobre «Long Flight» de Future Islands

8 agosto 2015
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Existe cierta condición traumática inherente al viaje. Sea por necesidad o placer, por obligación o decisión propia, el viaje implica, necesariamente, confrontar nuestra experiencia del mundo con lo que es realmente el mundo más allá de nuestros prejuicios: al salir de la comodidad de nuestro hogar ponemos en tela de juicio aquello que dábamos por supuesto, incluso la posibilidad misma del hogar, del yo, del nosotros. Eso no significa que nuestro juicio sea acertado, que el viaje implique necesariamente alguna clase de revelación verdadera: el trauma tiene una condición bipoiética, ya que nace tanto de la decepción como de la revelación. En ocasiones, viajar sólo sirve para confirmar prejuicios o establecer juicios erróneos. Acercarse hacia otros lugares, alejarse del hogar, también implica la posibilidad de perderse por el camino; huir de uno mismo, del hogar edificado, es bastante común cuando uno hace turismo: ante la falta de implicación real, el jardín del vecino siempre parece más verde.

Metafóricamente, volar tiene implicaciones similares a salir de viaje. Descubrimiento, peligro, huida; el que vuela está viajando hacia alguna parte, incluso si es su forma natural de transporte: los pájaros emigran como los aviones siguen una ruta comercial, pero igualmente todos ellos acaban volviendo al hogar. Al nido, al hangar. Cuando Future Islands hablan de un «largo vuelo» en Long Flight también hablan de un «largo viaje». De hecho, antes de cantar nada ya nos da esa sensación. La introducción Desde la introducción se va moviendo desde una cierta señal de alarma, los sintetizadores en un bucle de sonidos agudos, hasta conducirse en un aumento rápido de la tensión, la entrada de la batería y el bajo, que se asienta cuando empieza a cantar Gerrit Welmers los dos primeros versos: «I got back from a long flight, You said you'd meet me there,». La vuelta al hogar, la alarma, la sospecha de lo que haya podido ir mal en nuestra ausencia —que, en cualquier caso, está confirmada a priori: se nos narra en pasado perfecto, ya ha ocurrido.

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Café, ¡qué bello eres! Sobre «Crónicas de la Era K-Pop» de Fernando San Basilio

30 julio 2015
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nullUn café no sabe igual en Corea que en España. No es sólo la presión atmosférica, la composición del agua o el grano usado, sino también la situación vital y geográfica en la que lo tomamos; no es lo mismo tomar un café recogido en casa leyendo una novela que en alguna franquicia exótica que se hace pasar por francesa en el corazón del estiloso barrio de Gangnam. El espacio determina la experiencia. En nuestro hogar estamos tranquilos, sosegados, abandonados en nosotros mismos pudiendo divagar perdiéndonos entre las páginas de un libro; en una franquicia exótica que se hace pasar por francesa asaltan a nuestros sentidos de forma constante gente, olores, visiones estrambóticas, compartiendo una experiencia común con todos aquellos que nos rodean: en tanto habitamos el mundo, estamos mediados por el mismo. Un café nunca es sólo un café, porque es, también, una expresión del mundo circundante.

El café es un estupendo catalizador de la experiencia. Siendo una droga legal que seduce a las personas independientemente de su estrato social, que puede convertirse tanto en una moda trendy como en una necesidad laboral o una muestra de buen gusto, el café como símbolo sirve para hacer un corte transversal de cualquier sociedad; el café, en tanto universal, tiene siempre una condición local que nos permite vislumbrar aquellas rarezas que, expuestas por sí mismas, nos parecerían inteligibles. El café sirve como aproximación hacia lo extraño, lo ignoto, desde aquello que nos es común, próximo. No importa de que país hablemos, incluso si ahora mismo nos ocupamos de la visión de Corea desde los ojos de un español, porque el café es café en todas partes; ¿qué es lo que cambia entonces? Como ya hemos dicho, el mundo circundante. En Crónicas de la Era K-Pop el café es el barco a través del cual podemos explorar las aguas desconocidas de una sociedad que, en lo demás, nos puede resultar en todo ajena. O al menos, en la mayor parte de sus tradiciones.

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En el conflicto crecemos como individuos. Sobre «Gigantomakhia» de Kentaro Miura

27 julio 2015
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Entre la guerra y la venganza existe una distancia infinita, incluso si consideramos que ambas suelen recurrir a lo sentimental para justificar sus actos. En la guerra existen reglas, condiciones consideradas inviolables a través de las cuales se gana o se pierde; además, no supone necesariamente el exterminio del otro, sino el llevar todo el aparataje de una nación —bélico, político y económico; en resumen, todos sus recursos materiales y humanos— al contexto de un escenario lúdico absoluto. La guerra es convertir la vida cotidiana en un juego extremo. La venganza es otra cosa. En la venganza existe una condición emocional, la necesidad de curar una herida infringida al ego a través del sufrimiento ajeno, que nos aleja necesariamente del juego: herir al otro, matarlo, destruirlo incluso a nuestra propia costa, es la única condición necesaria de la venganza. Y aunque si bien en ocasiones la guerra puede convertirse en venganza, ninguna nación en su totalidad se puede sentir herida en su ego como para desear la completa exterminación de algún otro.

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Historia(s) privada del mundo. Sobre «La perla» de Yukio Mishima

18 julio 2015
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Aunque pueda parecer lo contrario, el mundo no es un lugar inhóspito carente de cualquier sentido a posteriori. El problema viene dado en que, aun aceptando que existe un cierto orden cósmico que no podemos negar —ya que el mundo no es una construcción caótica, sino que guarda una lógica interna que sólo es comprensible como la suma de todos los elementos que lo configuran a cada instante—, también tenemos que aceptar nuestra incapacidad física para conocerlo todo; incluso si la realidad es inteligible, ordenada y, en cierta medida, racional, nuestras capacidades son insuficientes como para poder conocer la totalidad de las cosas que nos permitirían poder formarnos un juicio si no objetivo, al menos sí completo. Estamos atados por los límites de nuestro conocimiento. Actuamos teniendo una cantidad limitada de información, pretendiendo saber qué estamos haciendo cuando ni siquiera podemos estar seguros de lo que piensa la persona que tenemos enfrente. O, en la mayoría de casos, siquiera lo que pensamos nosotros realmente.

A veces hay que fijar la mirada en los cambios más nimios para ser capaces de apreciar sus efectos sobre el cuadro completo. Lo que no pasaría de ser una anécdota en las manos de cualquier otro, apenas sí un incidente carente de cualquier clase de interés —la pérdida de una perla en una fiesta de cumpleaños, con las acusaciones cruzadas posteriores—, con Yukio Mishima se convierte en un ejercicio de literatura pura. Los antecedentes del acontecimiento no resultan importantes. La anfitriona de una fiesta pierde una perla y las otras cuatro invitadas, separadas en dos grupos de dos personas cada uno (Azuma y Kasuga por un lado, que tienen «una vieja y sólida amistad»; Yamamoto y Matsumara por otro, que tienen «tirantes relaciones»), juzgan que alguna de ellas ha debido o bien robarla o bien habérsela comido por accidente confundiéndola con una bolita de anís. Eso tendrá consecuencias inesperadas. Todas querrán reparar el daño provocado, no ser juzgadas por las otras y, en el caso de que ya haya ocurrido, al menos reparar su honor por las ofensas recibidas. Todo ello sin que ninguna sepa lo que ninguna de las otras ha hecho o está pensando al respecto.

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Llega el verano. O qué anime de estreno ver en 2015 (III)

11 julio 2015
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Toda predicción condiciona el efecto de la misma. Cuando suponemos que un determinado objeto nos interesará de forma particular estamos condicionando nuestra visión al respecto; nunca podemos estar seguros de si nuestro criterio no está contaminado por nuestras expectativas, lo cual hace que toda predicción sea siempre provisional, inexacta y condicionante. Partiendo de esa base, predecir desde la tibieza es una manera tanto de no condicionarse como de no equivocarse, de sabotear la visión propia. Aunque siempre aptos para el autosaboteo, nuestro caballo de batalla para la temporada de primavera fue Ore Monogatari!! cuando la serie que se ha llevado el gato al agua como la mejor ha sido Kekkai Sensen. También es cierto que de las cinco series destacadas al menos cuatro —ya que Ninja Slayer, por desgracia, ha optado por mantener un perfil bajo— han demostrado sobradas capacidades para interesarnos, aunque sólo una de ellas tiene algo por lo que ha destacado de forma notable por encima de lo que debería ser la producción media.

Cuatro obras interesantes, ninguna potencial obra de culto. No es mala cosecha. La temporada de verano de anime, sin embargo, viene con promesas mucho más contundentes: con cinco series a destacar y con al menos dos de ellas habiendo demostrado ya un potencial asombroso, las otras tres elegidas tienen grandes nombres detrás que prometen la posibilidad de una escalada más que interesante. Necesitaremos algo más de tiempo para averiguarlo, ya que nunca se sabe cuánto puede dar de sí una obra hasta que ha concluído. De momento conformémonos con presentar a las candidatas, porque el verano, además de caluroso, se antoja animado.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXI)

5 julio 2015
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Wrestling Isn’t Wrestling
Max Landis
2015

La narrativa es aquello que nos conecta con el mundo. Aprendemos a través de ficciones, crecemos junto con personas que nunca han existido, nos sentimos más próximos a las personas con las cuales compartimos gustos en tanto tenemos en común una serie de historias que sólo hemos podido vivir de forma indirecta; sin ficción, sin narrativa, la vida carecería de la posibilidad de tener sentido. Conectar con los otros resultaría mucho más difícil. En tanto la existencia es solipsista por definición, ya que no podemos conocer el pensamiento del otro sin mediación alguna que la contamine, compartir las experiencias vitales de un tercero es una forma útil de comunicarse con los otros. Esa es la función del arte. Ni entretenernos ni producir alguna clase de beneficio primario, sino conectarnos con los otros al desvelarnos realidades complejas que nos permitan comprender aquello que compartimos con todos los demás seres humanos.

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