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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXX)

22 mayo 2015
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Pac-Man
Toru Iwatani
1980

Si existe algo así como una cultura del agotamiento, de la superación material de lo humano, esa sólo podría ser la cultura rave. Encerrados en lugares oscuros, desprovistos de lo considerado esencial para vivir, con música atronadora las veinticuatro horas al día y con más drogas sintéticas que personas, los ravers profesionales —más monjes que oficinistas, «profesionales» sólo en el sentido de la dedicación dada al objeto de su adoración— son capaces de pasarse días sin descansar, cuando no semanas, hasta hacer de la fiesta su propia forma de existencia; el concepto de agotamiento o identidad o existencia se diluye en el techno en tanto democratiza el tiempo, las personas y la música, haciéndoles devenir en común en un mismo espacio compartido. En ese lugar, no existe nada fuera de sí. La rave es el único espacio autónomo absoluto, por más que sea temporal, en tanto no existe ni amo ni esclavo; incluso el dj, maestro de ceremonias y portaestandartes, es otro agente de la fiesta que se está produciendo. La auctoritas se diluye, haciendo todo un espacio en común.

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Un cierto realismo posible. Sobre «El hombre en el castillo» de Philip K. Dick

19 mayo 2015
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Definir la realidad es una tarea desagradecida, ya que su condición resbaladiza hace imposible aprehenderla de forma absoluta. Pongamos por caso la historia. Por más que se pretenda imparcial o con capacidad para discriminar el grano de la paja, la historia está llena de agujeros, lugares comunes, testimonios dudosos; nunca conocemos la polifonía de voces que caracteriza a cualquier época, sólo una burda aproximación basada en generalizaciones con respecto de los usos y costumbres que se suponían más comunes. Lo particular queda condenado en favor de lo general, de la construcción social que ni siquiera tuvo porqué ser la norma de su tiempo. Toda realidad tiene algo de ficción, de generalización interesada, porque está mediada por el recuerdo, cuando no directamente por el prejuicio. No existe algo así como la realidad objetiva, porque para ello haría falta también un mediador objetivo que la juzgara a partir del testimonio de todos sus agentes involucrados.

En El hombre en el castillo nos presenta la historia de Estados Unidos quince años después de que las fuerzas alemanas ganaran la segunda guerra mundial y, con la inestimable colaboración japonesa, ocuparan la práctica totalidad del territorio norteamericano. Aunque Alemania se ha apoderado de la costa este del mismo modo que Japón ha hecho lo mismo con la oeste, aun existen una serie de estados autónomos en la franja central que separan ambos territorios; allí, en ese interregno de libertad, de posibilidades que nacieron muertas, habita Hawthorne Abdensen, escritor del libro prohibido La langosta se ha posado, una ucronía que explica lo que ocurrió en una realidad alternativa en la cual los Aliados ganaron la guerra. No nuestra realidad —ya que algunos elementos clave cambian en sendas historias, haciéndolas diferentes—, sino otra realidad. Es un mundo posible dentro de otro mundo posible, haciendo que La langosta se ha posado sea a la realidad de El hombre en el castillo lo que El hombre en el castillo a la nuestra.

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Traduciendo la vida. Sexo, bolas de arroz y «Bae Bae» de BigBang

10 mayo 2015
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No existe traición posible en la traducción, ya que toda traducción es siempre una reescritura de lo mismo. No se trata de volcar las palabras exactas en sentido literal en otro idioma diferente del original —entendiendo por «idioma» no «lenguaje natural», sino «idioma»; traducir palabras en imágenes o sentimientos en palabras es tan difícil o más que traducir entre dos lenguajes naturales cualquiera—, ni siquiera buscar referentes equivalentes intentando respetar los matices culturales que podrían perderse en el trasvase, sino algo mucho más complejo: transformar las ideas de fondo. Traducir es pasar a través de la forma, descubrir las ideas que articulan el discurso y darles nueva vida puliendo lo innecesario y realzando aquello que resulta más significativo. Toda traducción es, en suma, una labor creativa, ingrata y compleja por definición, en tanto hace necesario saber sintetizar lo esencial y desprenderse de lo inútil. El buen traductor no es sólo traductor, es un artista.

En el caso de la traducción audiovisual, específicamente en la creación de videoclips, lo importante es descubrir como traducir lo que se nos da con sonidos en forma de imágenes sin depender de la música. El buen videoclip es el que, incluso sin sonido o en un idioma que no conocemos, tiene una narrativa coherente. Ese es el caso de Bae Bae de BIGBANG. Incluso sin saber ni una sola palabra de coreano es posible desentrañar el significado de la canción, ya no por el ritmo o las diferentes inflexiones musicales, que también, sino por la excelente traducción en imágenes que hacen de la idea central de la misma: la evolución de la sexualidad a lo largo de una vida. Personal o de pareja.

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Poesía del caminar. Sobre «Sendas de Oku» de Matsúo Basho

9 mayo 2015
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A las personas se las conoce caminando. En la quietud, en el estado en que todo nos resulta familiar por no existir razón alguna para moverse —ya que, cuando estamos cómodos, no existen motivos para romper el inmovilismo—, lo único que podemos hacer es escrutar aquello que tenemos a la mano, aquello que nos es más cercano; es necesario caminar para alcanzar nuevos lugares, objetos o personas. Quien no anda es porque no piensa nada nuevo, ya que se siente en su situación y en sus creencias. Caminar supone darse al descubrimiento, desarrollarse en el mismo, para llegar hasta algún que, en cierta medida, nos es desconocido; no importa que sea un lugar o una creencia, ya que todo descubrimiento es siempre otra cosa. Lo que creíamos fijo e inmutable, experiencia esencial del mundo, se muestra como una polifonía de voces cuando nos levantamos y echamos a andar. Porque caminar no es sólo conocer la vastedad del mundo, sino también la vastedad de uno mismo.

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La obra de Matsúo Basho es inseparable del acto de caminar. Como viajero, monje zen y poeta, todo en él le llevaba hacia los caminos, hacia la ausencia de toda posible certeza; era un vagabundo de sí mismo y del mundo porque no aceptaba ninguna realidad a priori como verdadera, porque consideraba que todo camino se iba haciendo según capricho de las circunstancias. Toda posibilidad del descubrimiento se da mediada por el azar. Lo interesante de Sendas de Oku no es sólo cómo va construyendo su dietario de viaje a través de haikus y descripciones, de poesía y narrativa, sin hacer distinción alguna de clase, sino también cómo va variando según los intereses del propio caminar: una enfermedad, un mal cálculo del tiempo o un clima diferente del esperado pueden cambiar la ruta, haciendo que transiten otros caminos completamente diferentes a los que habían planeado en primera instancia.

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El deseo muere en el mal de archivo. Sobre «The Guest» de Adam Wingard

4 mayo 2015
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in Cine
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Entre el deseo y su cumplimiento existe una distancia mayor que la mera acción. Aunque en el ámbito de la satisfacción personal resulta evidente, ya que desear algo y llevarlo acabo implica ser capaces de discernir incluso qué es exactamente lo que deseamos, es particularmente problemático en lo creativo; tener ideas, saber lo que se debe hacer para llevarlas a buen puerto, no nos hace automáticamente capacitados para lograrlas. Es diferente ser racional que saber hacer uso de esa racionalidad. Buenos teóricos pueden ser creadores nefastos, del mismo modo que existen buenos creadores sin dotes de crítico, porque en toda realización está implícita la necesidad de concretar algo que nace como abstracción pura. El deseo es abstracto, inconcreto, por eso llevarlo hasta lo figurado, lo concreto, tiene más que ver con la práctica y el ensayo y error que con la teoría: un mismo pensamiento son tantos como personas lo piensan.

En la era de Internet, del archivo infinito, del océano de botellas con mensaje sin playas donde arribar, hemos perdido la perspectiva histórica. En tanto lo underground y lo mainstream tienen el mismo tratamiento, el mismo espacio espacio disponible, recrear el pasado implica, necesariamente, distorsionarlo: creamos visiones totalizadoras, inconcebibles en tanto en la época jamás pudieron cruzarse de ese modo las diferentes corrientes culturales, pretendiendo que son un todo más lógico, más coherente, de lo que nunca fue. Ni los involucrados hubieran querido que lo fuera. El ejemplo más radical de esta situación se da con nuestra perspectiva de los 80's, en boga a través de su reciente revival. Tenemos como ejemplos paradigmáticos Drive, Hotline Miami o Random Memory Access —por poner sólo tres ejemplos ya clásicos que, a pesar de abrazar la retromania, tienen una calidad indiscutible— para recrear 80's ficticios, 80's imposibles, que sin embargo celebramos como genuinos. Incluso cuando lo más cerca que hemos podido estar de aquel entonces fue pasando el tiempo en el colegio o en la cuna. Si es que siquiera habíamos nacido.

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Alma, existencia, información. Sobre «Ghost in the Shell» de Mamoru Oshii

29 abril 2015
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Nos creemos especiales, únicos, una anomalía absoluta que, en una inmensidad infinita, existe por un accidente físico-biológico sin mayor motivo para estar vivos que el hecho mismo de haber nacido; por irónico que sea, actualmente el materialismo ha derivado en una cuestión de ego: no ser nada más que «un grano de arena en la inmensidad del cosmos» nos hace sentir diferentes. Estar atados al capricho aleatorio de la nada nos hace sentir privilegiados. Es lógico que nuestro nihilismo se haya exacerbado con el tiempo, que hayamos cimentado nuestras vidas sobre sus espaldas, caracterizando nuestra existencia como un constante apocalipsis; no es sólo que sea más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, es que nos resulta más fácil y deseable concebir el fin del mundo que el fin de nuestra existencia tal y como la hemos conocido. Antes muertos que aceptar la diferencia. Abrazar el nihilismo, que en algún tiempo pasado fue un gesto revolucionario, se ha convertido en un acto profundamente conservador: lo que despreciamos es el cambio, la posibilidad de que otro mundo es posible.

Que seamos un accidente cósmico envuelto en una singularidad evolutiva no significa nada a priori: en tanto estamos en el mundo podemos dotarle de significado, pero de no haber nadie para percibirlo el universo no sería nada más que un espacio estéril. Somos especiales porque existimos, porque podemos percibir nuestro lugar en el gran orden de las cosas. Aunque la complejidad del tema resulta evidente cuando hablamos de las consecuencias políticas y ontológicas que ello conlleva —porque aquello que es percibido puede cambiar de estado, lo que existe puede dejar de existir o pasar a existir de otra manera—, en lo biológico es menos evidente y, por ello, más acuciante. La evolución no acaba en nosotros. Aunque podríamos afirmar que nuestros avances tecnológicos impiden la selección natural, es ese impassé el que nos permite trascender la naturaleza adoptando su papel. Convirtiéndonos en algo más que humanos, corrigiendo los defectos genéticos o los accidentes mundanos a través de prótesis de tipo biológico (medicina) o tecnológico (ingeniería), hemos evolucionado para devenir en algo más, en algo diferente: ya no somos animales, sino cyborgs.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXIX)

22 abril 2015
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Seis tumbas en Munich
Mario Puzo
1967

El problema de la identidad es especialmente acuciante cuando es elegida. Si decidimos vestir una máscara, usar un pseudónimo para que no nos asocien con determinados actos o situaciones, exponer al público la continuidad de nuestra identidad a través de otro nombres es injusto; si nosotros hemos querido desdoblarnos de algún modo, nadie debería tener por qué asociar esas dos identidades diferentes como si fueran una sola. No sólo por respeto, sino también por admitir que podemos ser más de una persona. Es posible que el Yo con el que fui nombrado en el registro civil y el Yo de mi(s) pseudónimo(s) no sólo seamos dos personas distintas, sino también entidades completamente irreconciliables como una única identidad coherente.

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Llega la primavera. O qué anime de estreno ver en 2015 (II)

18 abril 2015
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Hacer cribas no es fácil. De entre todo lo que se estrena en televisión —especialmente en el caso de la televisión animada japonesa, dependiente en exceso del mercado de nicho más que del público general, la crítica o los intereses artísticos—, apenas sí destacan un pequeño puñado de producciones al año; el grueso de lo que se produce es poco interesante, cuando no directamente deleznable. Aunque de la pasada temporada destacamos cinco animes, sólo uno de ellos logró hacerse imprescindible con el tiempo: Yuri Kuma Arashi. La obra de Kunihiko Ikuhara, abrazando la repetición estructural y temática tan fuerte como el yuri, ha acabado erigiéndose como un clásico dentro de la obra del autor gracias a una narrativa tan compleja como interesante. Por otra parte, Assassination Classroom se perfila como un entretenimiento sólido con una cuidada narrativa mientras que Death Parade acabó desinflándose a partir del quinto episodio por su excesiva dependencia del método procedimental. Corramos un tupido velo al respecto de los animes restantes.

Sacar de una cosecha una obra de culto y dos obras interesantes no es poco, ¿qué podemos esperar entonces de la temporada de primavera de anime? Aún es pronto para decirlo, aunque no se pueda afirmar que la cosa haya empezado fuerte. Existe al menos una serie que habría que seguir sus pasos de forma atenta y otro par que podrían crecer hasta hacerse imprescindibles; no cabe adelantarse a los acontecimientos, al menos no todavía. No merece la pena hacerlo. Por eso hemos elegido cinco estrenos, aquellos que han superado un mínimo nivel, los más prometedores y sólidos, aceptando que pueden quedarse en el tintero cosas interesantes o no acertar en nuestra selección. Al fin y al cabo, esto no es más que una primera criba.

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El mundo es una tela de araña. Sobre «El gato que venía del cielo» de Takashi Hiraide

16 abril 2015
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Si el mundo es todo lo que acaece, según palabras de Ludwig Wittgenstein, entonces estamos enmarañados en las relaciones que los otros desarrollan con sus vidas. Aunque intentemos vivir de forma autónoma, controlando nuestro entorno e impidiendo injerencias externas —lo cual es imposible, ya que incluso convirtiéndonos en eremitas estaríamos a merced de los caprichos de la naturaleza; incluso entes sin voluntad pueden imponer cambios en el estado de mundo, lo cual impide que podamos salir de su red de relaciones—, toda acción conlleva efectos que nunca podríamos haber planeado; no es que en tanto humanos seamos gregarios, es que en tanto seres vivos nuestras acciones repercuten en el mundo. Nacemos introducido en una red de relaciones que seguirá hay incluso después de que dejemos el mundo, o de que el mundo decida marcharse sin nosotros.

Esa inconmensurabilidad del mundo, esa telaraña eterna a la cual contribuimos incluso sin pretenderlo, es lo que retrata con maestría Takashi Hiraide. Seguimos los pasos de una pareja joven, sin hijos ni mascotas, en su mudanza a una pequeña casa parte de un complejo más grande que incluye un oneroso jardín; es una casa japonesa antigua y ellos viven en el equivalente a la casa de invitados, dejando clara cual es su situación existencial: invitados, no protagonistas, de las relaciones que se dan en ese mundo en particular. Será Chibi, un pequeño gato que vive con los vecinos, el auténtico protagonista de la historia desde el punto de vista de la acción, ya que será el único que parecerá libre de cualquier carga impositiva en cualquiera de sus actos. Duerme, juega y se alimenta en casa de unos y otros, aunque nunca se queda de forma permanente ni deja tocarse, porque él es el único dueño de sus días; entreteje su maraña entre las de los otros, considerándolos nada más que juguetes o elementos accidentales dispuestos para su propia existencia. Es libre, con todo lo que ello conlleva.

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Futuro, hoy y siempre. Sobre «Earthling» de David Bowie

9 abril 2015
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Aunque estamos sumergidos en el tiempo, no siempre sabemos seguirlo en la traición que nos exige para poder adaptarnos a su evolución constante. Aquel que quiera considerarse artista debería moverse no tanto por el presente, por aquellas formas que ya han demostrado funcionar en el pasado —ni siquiera cuando sean las suyas propias, aquellas que él mismo creó—, como por las posibilidades futuras de la creación artística; cuando algo deviene norma, presente, está automáticamente muerto porque todo presente es ya una forma del pasado. Es necesario estar un paso por delante del presente para estar en el tiempo, si es que no también en uno mismo. Amoldarse a los tiempos sólo demuestra incapacidad creativa, porque la creación se da en su extremo contrario, en amoldar los tiempos al carácter propio. Saber (re)conducir la corriente, no dejarse arrastrar por modas o la comodidad de logros pasados, es la habilidad de todo aquel que se pretenda auténtico perpetrador de la revolución diaria del arte.

Afirmar que David Bowie siempre ha forzado la introducción del futuro en el presente con su mera presencia no es una boutade. O no sólo. El camaleón siempre ha estado dos pasos por delante del tiempo, avanzando lo que poco tiempo después estaría de moda, fagocitando todo aquello que flotaba en el ambiente pero que aún nadie había podido sintetizar como un todo coherente. Si ya en el estimable 1. Outside había comenzado su deriva místico-cyberpunk, en Earthling la abrazaría sin complejos a través de las formas más puras del industrial. El trabajo es rabioso, oscuro, decadente, pero vibrante y triunfalista, como si el óxido fuera lo más común en el futuro, pero aún fuera posible encontrar héroes entre las ruinas: incluso transmitiéndonos un mensaje de horror y caos lo hace desde la consciencia de estar por encima de ello. No hay nada que temer, sigue siendo David Bowie, sigue mostrándonos el camino imposible de recorrer para ningún otro. La catástrofe no va con él, porque para eso debería estar atado a un presente que todavía no ha logrado darle caza.

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