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Envejecer es pertenecer a la (nueva) carne. Sobre «Consumidos» de David Cronenberg

22 junio 2016
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A veces no sabemos racionalizar lo que implica ser autor. No por el hecho de escribir alguien tiene esa condición, porque para ello ha de ser capaz de transmitir cierta forma de mirar el mundo que sea exclusivamente propia. Todo autor lo es por el hecho de ser capaz de comunicarse de un modo personal. En otras palabras, dado que nunca han existido dos personas diferentes que hayan vivido la misma vida ni tan siquiera las mismas experiencias exactas, la labor de todo artista es mostrar a los otros su particular forma de mirar al mundo. Esa es la diferencia entre el escritor mediocre y el autor: no ya la visión única —que se les presupone a ambos por el hecho de ser humanos—, sino la capacidad de articularla de forma efectiva.

David Cronenberg, en tanto autor, no necesita demostrar nada. Con casi cincuenta años de carrera en el cine, todo cuanto ha hecho, sea estrictamente realista o derivando hacia intersticios entre las desdichas de la tecnología y el terror destilado de forma más o menos explícita a través de los horrores de la carne, su coherencia interna está fuera de toda duda. También su personalidad. Pero, ¿qué ocurre con su debut (tardío) en la literatura? Que Consumidos se nos presenta, en primera instancia, como puro Cronenberg.

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Algunas impresiones (culturales) sobre la actual campaña electoral

13 junio 2016
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A nadie se le escapa que, cuando se hace necesario repetir las elecciones, estamos ante una enorme brecha entre la representación política y el sentir social. No existe ningún partido que represente los intereses de la mayoría. Aquello que se aceptó en su día por consenso para evitar que la transición desde una dictadura pudiera acabar teñida de sangre y que, tiempo después, se afianzaría a través de una gestión política basada en el crecimiento vía ladrillazo y tentetieso —y, al Zapatero sus zapatos, ciertas reformas sociales que iban con el espíritu de los tiempos—, se ha desmoronado cuando, en palabras llanas, el tinglado se ha ido a tomar por culo. Si bien mucha gente puede defender todavía lo modélico de la transición, se considera algo válido sólo desde la perspectiva de algo ya pasado.

Cuando la realidad entra por la puerta, la hegemonía cultural salta por la ventana.

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Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

6 junio 2016
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in Cine
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Incluso si las cosas permanecen sin necesidad de que nadie las perciba, resulta difícil creer que la realidad existe cuando no hay nadie para atestiguarlo. De ahí la obsesión filosófica con los modos de la existencia. En tanto no tenemos acceso directo a lo real, pues nuestros conocimiento está mediado por los límites impuestos por nuestros sentidos y nuestro entendimiento, siempre hay cierto grado de condicionamiento —ideológico, ético o estético— en la forma en que asimilamos el acontecimiento del mundo. Existe cierto grado de ficción en aquello que llamamos realidad. Pues si bien podemos convenir que existe algo así como la verdad, está siempre depende de los ojos de aquel que mira.

En ese conflicto realidad/ficción el caso de la bruja resulta paradigmático. Si bien sabemos que existieron, que hubo mujeres reconocidas (por otros o por sí mismas) como tal, el significado histórico o social de la bruja nos es, en el mejor de los casos, esquivo. Si ejercía de sierva del mal o de curandera bienintencionada, si era una enferma mental o alguien alejada de la sociedad por intermediación de ideologías tóxicas hacia las mujeres, es algo que, más allá de nuestra interpretación, se escapa a nuestro conocimiento. No podemos conocer con seguridad la verdadera identidad social de las brujas más allá del orden simbólico que se les ha conferido con el tiempo. De ahí que, ante la ausencia de fuentes fiables o información más o menos fundada, todo lo que podemos saber de ellas no sólo está mediado por nuestro conocimiento al respecto de las mismas, sino también de qué tesis nos parecen más plausible según nuestras ideas estéticas, políticas o historiográficas.

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Trenes hacia el existencialismo. Un vistazo hacia la obra de Kenji Miyazawa

5 junio 2016
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Se suele decir que los clásicos lo son por algo. Y suele ser cierto. Incluso si personalmente alguno de ellos no nos gusta o nos parece anacrónico, es innegable que tienen una capacidad evocativa, de inspirar en la mente del lector adecuado ciertas formas de pensar o digerir la realidad, que muy pocas obras de artes logran sintetizar. De ahí el respeto hacia el canon literario, incluso cuando, ideológicamente, se le pueden poner pegas; se le puede criticar aquello que elige no introducir, llevándolo a la invisibilización, pero resulta francamente difícil criticar aquello que decide incluir. Porque, nos gusten o no, los clásicos lo son por algo.

Kenji Miyazawa no es sólo parte del canon literario japonés, sino también una auténtica institución en el país. Habiendo influido en varias generaciones de japoneses con sus cuentos, resulta difícil no encontrar referencias hacia Gioganni y Campanella, sino es que hacia su viaje, en buena parte de las obras japonesas del último medio siglo. Que además resulte prácticamente desconocido en Occidente resulta dramático en tanto su escritura posee una cualidad que, si bien ha sido propia de todos los grandes escritores para niños, actualmente ha sido olvidada en favor de cierto cariz ñoño en la forma de dirigirse hacia los más pequeños: su ambigüedad.

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Ideologías que devoran estéticas. Sobre «La estación del sol» de Shintaro Ishihara

31 mayo 2016
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A la hora de escribir es necesario hacerse algunas preguntas incómodas. ¿Qué quiero comunicar? ¿Qué dice sobre el mundo lo que escribo? ¿Está mi ideología condicionando mi estética? No son preguntas capciosas, Preguntarse por los límites de las ideas o la representación es algo necesario en tanto pensamos no a través de la contemplación, sino de la acción: no sabemos lo que pensamos realmente hasta que nos ponemos a prueba. De ahí la necesidad de la deconstrucción. Si queremos ya no sólo transmitir algo que sea verdad, sino que pueda ser compartido por los otros, deberemos revisar nuestras propias actitudes ideológicas que se traslucen, más allá de nuestras intenciones, en nuestros propios textos.

No es baladí la elección de La estación del sol para hablar de ideología en la escritura. Su autor, Shintaro Ishihara, es más conocido hoy en día por haber sido amigo de Yukio Mishima y ex-gobernador de Tokio que por cualquiera de sus méritos literarios. No sin razón. La novela nunca termina de encontrar su ritmo, confiando todo en su capacidad de evocación, la cual se va perdiendo en un flujo torpe, precipitado, que nos impide sentir como propio aquello que se escurre de entre sus páginas. Su tempo no se formaliza de forma adecuada en ningún momento. Algo doloroso si pensamos que posee un ojo excepcional para retratar cierto tipo de personajes, retratos perfectos del propio Ishihara, incluso si fracasa estrepitosamente en el intento de figurar cualquier otra clase de personalidad. Seres humanos que no sean jóvenes adinerados de clase media/media-alta de un Japón donde todavía resuenan los ecos de la guerra en los corazones de sus mayores.

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Pasteles. O cómo Maria Antonieta nos enseña a pensar el pasado

28 mayo 2016
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in Cine
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Nada hay más difuso que el pasado. Aun teniendo registros orales u escritos, ruinas y referencias, todo cuanto nos llega de cualquier otro tiempo siempre está filtrado en parte por la casualidad y en parte por lo que aquellos que lograron hacer oír su voz con mayor claridad, generalmente los poderosos, han querido transmitir sobre sus vidas. De ahí que cualquier visión del pasado esté mediada por cierto sesgo imposible de evitar. Y si bien no podemos conocer de forma objetiva el pasado —algo que no debería suponer ningún problema, ni metodológica ni ontológicamente, pues tampoco conocemos objetivamente nuestro presente—, sí podemos hacer una reconstrucción aproximada del mismo. Aunque rara vez el pasado en sí sea lo que nos interesa a la hora de echar la vista atrás.

Resulta sencillo entender porqué es tan difícil hacer una buena película de época. La posibilidad de caer en todos los lugares comunes inimaginables es más que probable y, de hacer una selección más sutil de elementos a representar, el extrañamiento que puede provocarnos dada la tremenda diferencia entre nuestras expectativas creadas por la imagen que teníamos de esa época y lo representado puede, sin ningún probable, dejarnos fuera de la película. ¿Cómo puede abordarse entonces una historia que no transcurra en nuestra época? Haciéndola venir al presente, desarrollando su forma a través de los rasgos que comparte en común con nuestra tiempo.

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Toda literatura es juego. Sobre «Un cuarto propio» de Virginia Woolf

14 mayo 2016
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Nuestras condiciones materiales condicionan nuestras formas de vida. Aunque pueda pecar de obvio, no lo es tanto. No es lo mismo tener una renta anual suficiente como para no ser necesario trabajar, para mantenernos con vida, que tener que trabajar en condiciones miserables para conseguir esa misma cantidad, que servirá para mantenernos con vida sólo para seguir trabajando. Sólo eso ya determinará lo que podamos hacer con nuestra existencia. Si alguien quiere escribir, investigar o hacer cualquier otra actividad que no genere un beneficio tangible inmediato, ya sea en recursos monetarios o humanos —ya que el cuidado de la casa o la crianza de los hijos también es una forma de trabajo—, necesita unas condiciones de vida mínimas para poder hacerlo. Y si bien es obvio, es algo que se nos ha escapado durante siglos.

Cuando invitaron a Virginia Woolf a hablar sobre la relación entre la novela y la mujer no intentó desentrañar la mística femenina o si existe una poética de la mujer en contraposición de la del hombre, sino por qué había tan pocas mujeres en la historia que habían sido artísticamente relevantes. Y se encontró con que la razón, lejos de los motivos biológicos que aducían los hombres, tenía que ver con las condiciones materiales en las cuales han vivido las mujeres a lo largo de la historia. A fin de cuentas, ¿cuántas pudieron permitirse dedicarse a la contemplación cuando se les prohibieron los estudios, controlar su propio dinero y, aún peor, se las confinó entre las cuatro paredes de una casa que tuvieron que mantener funcionando mientras los hombres hacían la política o la guerra, sólo un puñado ese arte al cuál sólo ellos podían aspirar? Pocas. Sólo aquellas que lograron tener un cuarto propio, un espacio donde nadie las molestara después de acabar sus tareas. Y aun con todo, tuvieron que hacerlo en la clandestinidad que es sólo propia de las mujeres: no aquella de la prohibición, común a ambos sexos, sino del paternalismo que ve injusto para ellas hacer algo «para lo que no están capacitadas».

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Narrativa Nintendo. O cómo un anunció japonés de Pokémon explica el capitalismo

12 mayo 2016
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No existe forma más efectiva de manipular al otro que a través de los sentimientos. Donde los argumentos racionales jamás son incontrovertibles, porque no existe algo así como la verdad absoluta o siquiera la verdad personal incuestionable, toda crítica al respecto de los sentimientos ajenos suele antojarse espuria, pues no tiene sentido decirle a alguien que está sintiendo de un modo equivocado. A fin de cuentas, nadie tiene control sobre sus sentimientos. De ahí que toda forma de narrativa, no sólo la publicidad, acabe sustentándose de forma prominente en hacernos sentir cosas: allá donde los argumentos racionales pueden encontrarse con las trabas del cinismo o la ideología, los sentimientos suelen imponerse en nuestra mente más allá de la razón. Y por extensión, es más fácil manipularnos desde ellos.

Nintendo lo sabe. Si lleva treinta años explotando las mismas franquicias, sólo que depurando sus mecánicas —llevando más allá sus premisas, haciendo algo nuevo en cada ocasión—, es para jugar con el factor sentimental. Hemos crecido con esos personajes, ¿por qué no íbamos a querer seguir viviendo aventuras con ellos? Y cuando tengamos hijos, ¿cómo no querría compartir con ellos la experiencia? Son amigos, miembros de la familia, parte intrínseca de nuestra educación sentimental. Renunciar al mundo de Nintendo ya no es hacerse adulto, es obliterar sin justificación alguna parte de nuestra existencia: renunciar al amor hacia alguien que nos ha acompañado durante gran parte de nuestra vida, olvidar todos los momentos que hemos vivido asociados al hecho mismo de jugar los títulos de la compañía. No hablamos de explotar la nostalgia —no, al menos, en tanto la nostalgia requiere remitir a un tiempo pasado que ya no existe—, sino algo más profundo. El sentimiento de cálida confianza, de familiaridad, que sentimos ante los ecos que nos remite la palabra Nintendo.

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Todo lenguaje pertenece a sus hablantes. Una lectura de la obra primeriza de Haruki Murakami

8 mayo 2016
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Existe cierta obsesión con la fragilidad del lenguaje que no se corresponde con la experiencia empírica. Como sabe cualquiera que trabaje con palabras, el idioma es un ente flexible, en perpetua evolución; su vocabulario, gramática u ortografía es capaz de soportar traducciones, perversiones e, incluso, no poca tortura —como nos demuestra, prácticamente de diario, cualquier acercamiento, culto o popular, hacia el uso que hacen sus hablantes de las palabras—, sin que por ello deje de cumplir su función primaria: permitir la comunicación entre individuos. Todo lenguaje se debe al uso de sus hablantes, por lo cual es lógico que evolucione en paralelo a sus necesidades: aquel lenguaje que no es capaz de adaptarse a su contexto acabará siendo desplazado por otro que sí lo sea.

Afirmar que Haruki Murakami entiende la condición permeable del lenguaje no es ninguna boutade. O no sólo. A fin de cuentas, donde los defensores de la pureza del lenguaje se pretenden censores de los usos de la lengua, Murakami se conforma con escribir sin pontificar sobre cuál debe ser el uso correcto del lenguaje. Y si bien buena parte de la crítica le desprecia por no seguir los cauces canónicos de la alta literatura, lectores y críticos más abiertos a la experimentación celebran la aparición de cada uno de sus libros. Pero, en verdad, ¿qué se le critica? No ser poco literario, sino demasiado anglosajón.

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De visita en la librería. Ito, Kihara y las punzadas de una industria fantasma

3 mayo 2016
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Esto ocurrió hace menos de una semana.

A, siguiendo su rutina semanal, se dirigió hacia su librería de confianza para comprar algunos libros que estaba esperando. Entre aquellos destacaba uno en particular, pues era un libro en formato manga, llamado Punzadas de fantasmas. Si bien siempre había confiado en Junji Ito como mangaka, mostrándose indiferente ante su faceta de ilustrador, confió en él no por la calidad que podría atesorar, sino por su precio: costaba alrededor de 5‎€. Ya que incluso lo que podría ser una cena medio decente ya costaría al menos el doble, consideró absurdo no comprárselo.

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