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A painter in my mind. Diseccionando «Touch» (el anime) de Mitsuru Adachi (I)

14 julio 2016
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A veces la nostalgia tiene razón de ser. No siempre nos dejamos llevar por los cantos de sirena, por la mediocridad o el signo de los tiempos, sino que, muy de vez en cuando, cosas realmente prodigiosas consiguen conquistar el corazón de toda una generación sin que ello signifique un demérito para su propia calidad. Y si bien eso es una excepción, si normalmente gana el marketing o la extraña alquimia que es la suerte o la casualidad, cuando ocurre hay que quitarle el polvo de la nostalgia a aquellas obras que consiguen superar la prueba del tiempo demostrando que siempre fueron brillantes.

Algo así podríamos decir de Touch. Adaptación del manga de Mitsuru Adachi, todavía hoy considerado uno de los animes más importantes de la historia, se emitió en España bajo el nombre de Bateadores y volver a ella está teñido de una fina capa de nostalgia que nos hace pensar en la serie como en un producto menor, infantil; un reflejo de lo que fuimos que nada tiene que ver con la seriedad y profundidad que ha alcanzado la televisión, anime incluido, hoy en día.

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Ni uno ni lo mismo. Sobre el dualismo y «El fogonero» de Franz Kafka

11 julio 2016
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Existe cierta noción espuria de que todo está perfectamente compartimentado en dicotomías indisolubles. Al hombre le corresponde la mujer, a la noche el día y del mismo modo encontramos el fuego junto al agua, la tierra con el cielo y la verdad con la mentira. Salvo porque ese pensamiento puramente occidental, de raigambre hegeliana, nos mantiene atados a la convención de entender siempre como dominantes o dominados con respecto del otro, como si el intersticio, la extrañeza o el punto medio no existieran. Como si de hecho antes del día o la noche no existieran infinidad de gradaciones —tarde, noche, mañana, mediodía, atardecer, media mañana: escoja su orden temporal favorito y nombre categorías—, como si el mundo no fuera algo más complejo que el eterno reverso de lo mismo.

Eso se nos presenta de un modo particularmente trágico en la literatura. Cuando un escritor alcanza cierto éxito rompiendo con el discurso dominante de su tiempo, circunscribiéndose en alguna forma de vanguardia, siempre se le supone rompiendo de algún modo con la tradición. Lo cual es una gilipollez. En la narrativa no existe la posibilidad de romper los cánones clásicos en tanto existen cosas que deben ser así y no de otro modo, sin posible anverso de su reverso, pues para que una historia lo sea necesita tener algunos elementos esenciales: conflicto, personajes, resolución. Que esos elementos sean simbólicos, estén en su ausencia o sean utilizados de forma irónica es lo de menos; incluso cuando es su parodia o nada más que su negación, todo lo que parece literatura, todo lo que se puede leer y es inteligible para al menos una persona aparte de quien lo ha escrito, es, en última instancia, narrativa. Y por extensión no rompe, sino que empuja, las fronteras de lo posible en su campo.

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13 horas con Michael Bay. O la (post)narrativa del bayhem

6 julio 2016
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in Cine
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A veces el único modo de llegar hasta alguna parte es perderse. Al introducirnos en el bosque sin ninguna referencia exterior, despreciando las sendas ya producidas de antemano por la naturaleza o el hombre, podemos alcanzar cierta sabiduría, cierta sapiencia de cuanto nos rodea, al guiarnos exclusivamente por aquello que nos dice nuestro instinto. Sólo en el perderse, en el darse a la posibilidad de lo desconocido, es posible acabar orillando en algún lugar que todavía no haya sido explorado. Y si bien también es posible no llegar hasta ningún lugar o incluso acabar muriendo en el proceso, en la ausencia de riesgos que supone seguir los caminos conocidos también se encuentra la imposibilidad de descubrir nada nuevo.

Michael Bay es especialista en perderse entre los claros del bosque. Yendo siempre a más, haciendo de su cine algo cada vez más barroco, extremo y extraño, hay que concederle su férrea coherencia artística: sólo anda los caminos que ha abierto él mismo. Y si empezó abriéndolos con machete, ahora ya lo hace directamente con napalm. De ahí que no resulte extraño que haya influido en lo formal en algunos otros autores —ya sea por herederos directos, Zack Snyder, o por una inquietud experimental similar, Ben Stiller— a través de un modo cinematográfico propio perfectamente definido como bayhem. Toda una matanza de planos espectaculares de explosiones, slow motion y cámaras haciendo giros de 360º sobre objetos desplazándose a velocidades absurdas. Tal vez durante el amanecer o el anochecer del día quedando lentamente atrás, pero ahí ya entraríamos en la especialidad, igualmente fecunda, pero menos satánica, de Michael Mann. Porque para Bay lo más importante son las set pieces más grande que la vida, no lo que ocurre entre ellas.

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Envejecer es pertenecer a la (nueva) carne. Sobre «Consumidos» de David Cronenberg

22 junio 2016
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A veces no sabemos racionalizar lo que implica ser autor. No por el hecho de escribir alguien tiene esa condición, porque para ello ha de ser capaz de transmitir cierta forma de mirar el mundo que sea exclusivamente propia. Todo autor lo es por el hecho de ser capaz de comunicarse de un modo personal. En otras palabras, dado que nunca han existido dos personas diferentes que hayan vivido la misma vida ni tan siquiera las mismas experiencias exactas, la labor de todo artista es mostrar a los otros su particular forma de mirar al mundo. Esa es la diferencia entre el escritor mediocre y el autor: no ya la visión única —que se les presupone a ambos por el hecho de ser humanos—, sino la capacidad de articularla de forma efectiva.

David Cronenberg, en tanto autor, no necesita demostrar nada. Con casi cincuenta años de carrera en el cine, todo cuanto ha hecho, sea estrictamente realista o derivando hacia intersticios entre las desdichas de la tecnología y el terror destilado de forma más o menos explícita a través de los horrores de la carne, su coherencia interna está fuera de toda duda. También su personalidad. Pero, ¿qué ocurre con su debut (tardío) en la literatura? Que Consumidos se nos presenta, en primera instancia, como puro Cronenberg.

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Algunas impresiones (culturales) sobre la actual campaña electoral

13 junio 2016
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A nadie se le escapa que, cuando se hace necesario repetir las elecciones, estamos ante una enorme brecha entre la representación política y el sentir social. No existe ningún partido que represente los intereses de la mayoría. Aquello que se aceptó en su día por consenso para evitar que la transición desde una dictadura pudiera acabar teñida de sangre y que, tiempo después, se afianzaría a través de una gestión política basada en el crecimiento vía ladrillazo y tentetieso —y, al Zapatero sus zapatos, ciertas reformas sociales que iban con el espíritu de los tiempos—, se ha desmoronado cuando, en palabras llanas, el tinglado se ha ido a tomar por culo. Si bien mucha gente puede defender todavía lo modélico de la transición, se considera algo válido sólo desde la perspectiva de algo ya pasado.

Cuando la realidad entra por la puerta, la hegemonía cultural salta por la ventana.

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Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

6 junio 2016
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in Cine
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Incluso si las cosas permanecen sin necesidad de que nadie las perciba, resulta difícil creer que la realidad existe cuando no hay nadie para atestiguarlo. De ahí la obsesión filosófica con los modos de la existencia. En tanto no tenemos acceso directo a lo real, pues nuestros conocimiento está mediado por los límites impuestos por nuestros sentidos y nuestro entendimiento, siempre hay cierto grado de condicionamiento —ideológico, ético o estético— en la forma en que asimilamos el acontecimiento del mundo. Existe cierto grado de ficción en aquello que llamamos realidad. Pues si bien podemos convenir que existe algo así como la verdad, está siempre depende de los ojos de aquel que mira.

En ese conflicto realidad/ficción el caso de la bruja resulta paradigmático. Si bien sabemos que existieron, que hubo mujeres reconocidas (por otros o por sí mismas) como tal, el significado histórico o social de la bruja nos es, en el mejor de los casos, esquivo. Si ejercía de sierva del mal o de curandera bienintencionada, si era una enferma mental o alguien alejada de la sociedad por intermediación de ideologías tóxicas hacia las mujeres, es algo que, más allá de nuestra interpretación, se escapa a nuestro conocimiento. No podemos conocer con seguridad la verdadera identidad social de las brujas más allá del orden simbólico que se les ha conferido con el tiempo. De ahí que, ante la ausencia de fuentes fiables o información más o menos fundada, todo lo que podemos saber de ellas no sólo está mediado por nuestro conocimiento al respecto de las mismas, sino también de qué tesis nos parecen más plausible según nuestras ideas estéticas, políticas o historiográficas.

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Trenes hacia el existencialismo. Un vistazo hacia la obra de Kenji Miyazawa

5 junio 2016
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Se suele decir que los clásicos lo son por algo. Y suele ser cierto. Incluso si personalmente alguno de ellos no nos gusta o nos parece anacrónico, es innegable que tienen una capacidad evocativa, de inspirar en la mente del lector adecuado ciertas formas de pensar o digerir la realidad, que muy pocas obras de artes logran sintetizar. De ahí el respeto hacia el canon literario, incluso cuando, ideológicamente, se le pueden poner pegas; se le puede criticar aquello que elige no introducir, llevándolo a la invisibilización, pero resulta francamente difícil criticar aquello que decide incluir. Porque, nos gusten o no, los clásicos lo son por algo.

Kenji Miyazawa no es sólo parte del canon literario japonés, sino también una auténtica institución en el país. Habiendo influido en varias generaciones de japoneses con sus cuentos, resulta difícil no encontrar referencias hacia Gioganni y Campanella, sino es que hacia su viaje, en buena parte de las obras japonesas del último medio siglo. Que además resulte prácticamente desconocido en Occidente resulta dramático en tanto su escritura posee una cualidad que, si bien ha sido propia de todos los grandes escritores para niños, actualmente ha sido olvidada en favor de cierto cariz ñoño en la forma de dirigirse hacia los más pequeños: su ambigüedad.

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Ideologías que devoran estéticas. Sobre «La estación del sol» de Shintaro Ishihara

31 mayo 2016
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A la hora de escribir es necesario hacerse algunas preguntas incómodas. ¿Qué quiero comunicar? ¿Qué dice sobre el mundo lo que escribo? ¿Está mi ideología condicionando mi estética? No son preguntas capciosas, Preguntarse por los límites de las ideas o la representación es algo necesario en tanto pensamos no a través de la contemplación, sino de la acción: no sabemos lo que pensamos realmente hasta que nos ponemos a prueba. De ahí la necesidad de la deconstrucción. Si queremos ya no sólo transmitir algo que sea verdad, sino que pueda ser compartido por los otros, deberemos revisar nuestras propias actitudes ideológicas que se traslucen, más allá de nuestras intenciones, en nuestros propios textos.

No es baladí la elección de La estación del sol para hablar de ideología en la escritura. Su autor, Shintaro Ishihara, es más conocido hoy en día por haber sido amigo de Yukio Mishima y ex-gobernador de Tokio que por cualquiera de sus méritos literarios. No sin razón. La novela nunca termina de encontrar su ritmo, confiando todo en su capacidad de evocación, la cual se va perdiendo en un flujo torpe, precipitado, que nos impide sentir como propio aquello que se escurre de entre sus páginas. Su tempo no se formaliza de forma adecuada en ningún momento. Algo doloroso si pensamos que posee un ojo excepcional para retratar cierto tipo de personajes, retratos perfectos del propio Ishihara, incluso si fracasa estrepitosamente en el intento de figurar cualquier otra clase de personalidad. Seres humanos que no sean jóvenes adinerados de clase media/media-alta de un Japón donde todavía resuenan los ecos de la guerra en los corazones de sus mayores.

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Pasteles. O cómo Maria Antonieta nos enseña a pensar el pasado

28 mayo 2016
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in Cine
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Nada hay más difuso que el pasado. Aun teniendo registros orales u escritos, ruinas y referencias, todo cuanto nos llega de cualquier otro tiempo siempre está filtrado en parte por la casualidad y en parte por lo que aquellos que lograron hacer oír su voz con mayor claridad, generalmente los poderosos, han querido transmitir sobre sus vidas. De ahí que cualquier visión del pasado esté mediada por cierto sesgo imposible de evitar. Y si bien no podemos conocer de forma objetiva el pasado —algo que no debería suponer ningún problema, ni metodológica ni ontológicamente, pues tampoco conocemos objetivamente nuestro presente—, sí podemos hacer una reconstrucción aproximada del mismo. Aunque rara vez el pasado en sí sea lo que nos interesa a la hora de echar la vista atrás.

Resulta sencillo entender porqué es tan difícil hacer una buena película de época. La posibilidad de caer en todos los lugares comunes inimaginables es más que probable y, de hacer una selección más sutil de elementos a representar, el extrañamiento que puede provocarnos dada la tremenda diferencia entre nuestras expectativas creadas por la imagen que teníamos de esa época y lo representado puede, sin ningún probable, dejarnos fuera de la película. ¿Cómo puede abordarse entonces una historia que no transcurra en nuestra época? Haciéndola venir al presente, desarrollando su forma a través de los rasgos que comparte en común con nuestra tiempo.

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Toda literatura es juego. Sobre «Un cuarto propio» de Virginia Woolf

14 mayo 2016
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Nuestras condiciones materiales condicionan nuestras formas de vida. Aunque pueda pecar de obvio, no lo es tanto. No es lo mismo tener una renta anual suficiente como para no ser necesario trabajar, para mantenernos con vida, que tener que trabajar en condiciones miserables para conseguir esa misma cantidad, que servirá para mantenernos con vida sólo para seguir trabajando. Sólo eso ya determinará lo que podamos hacer con nuestra existencia. Si alguien quiere escribir, investigar o hacer cualquier otra actividad que no genere un beneficio tangible inmediato, ya sea en recursos monetarios o humanos —ya que el cuidado de la casa o la crianza de los hijos también es una forma de trabajo—, necesita unas condiciones de vida mínimas para poder hacerlo. Y si bien es obvio, es algo que se nos ha escapado durante siglos.

Cuando invitaron a Virginia Woolf a hablar sobre la relación entre la novela y la mujer no intentó desentrañar la mística femenina o si existe una poética de la mujer en contraposición de la del hombre, sino por qué había tan pocas mujeres en la historia que habían sido artísticamente relevantes. Y se encontró con que la razón, lejos de los motivos biológicos que aducían los hombres, tenía que ver con las condiciones materiales en las cuales han vivido las mujeres a lo largo de la historia. A fin de cuentas, ¿cuántas pudieron permitirse dedicarse a la contemplación cuando se les prohibieron los estudios, controlar su propio dinero y, aún peor, se las confinó entre las cuatro paredes de una casa que tuvieron que mantener funcionando mientras los hombres hacían la política o la guerra, sólo un puñado ese arte al cuál sólo ellos podían aspirar? Pocas. Sólo aquellas que lograron tener un cuarto propio, un espacio donde nadie las molestara después de acabar sus tareas. Y aun con todo, tuvieron que hacerlo en la clandestinidad que es sólo propia de las mujeres: no aquella de la prohibición, común a ambos sexos, sino del paternalismo que ve injusto para ellas hacer algo «para lo que no están capacitadas».

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