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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXIX)

22 abril 2015
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Seis tumbas en Munich
Mario Puzo
1967

El problema de la identidad es especialmente acuciante cuando es elegida. Si decidimos vestir una máscara, usar un pseudónimo para que no nos asocien con determinados actos o situaciones, exponer al público la continuidad de nuestra identidad a través de otro nombres es injusto; si nosotros hemos querido desdoblarnos de algún modo, nadie debería tener por qué asociar esas dos identidades diferentes como si fueran una sola. No sólo por respeto, sino también por admitir que podemos ser más de una persona. Es posible que el Yo con el que fui nombrado en el registro civil y el Yo de mi(s) pseudónimo(s) no sólo seamos dos personas distintas, sino también entidades completamente irreconciliables como una única identidad coherente.

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Llega la primavera. O qué anime de estreno ver en 2015 (II)

18 abril 2015
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Hacer cribas no es fácil. De entre todo lo que se estrena en televisión —especialmente en el caso de la televisión animada japonesa, dependiente en exceso del mercado de nicho más que del público general, la crítica o los intereses artísticos—, apenas sí destacan un pequeño puñado de producciones al año; el grueso de lo que se produce es poco interesante, cuando no directamente deleznable. Aunque de la pasada temporada destacamos cinco animes, sólo uno de ellos logró hacerse imprescindible con el tiempo: Yuri Kuma Arashi. La obra de Kunihiko Ikuhara, abrazando la repetición estructural y temática tan fuerte como el yuri, ha acabado erigiéndose como un clásico dentro de la obra del autor gracias a una narrativa tan compleja como interesante. Por otra parte, Assassination Classroom se perfila como un entretenimiento sólido con una cuidada narrativa mientras que Death Parade acabó desinflándose a partir del quinto episodio por su excesiva dependencia del método procedimental. Corramos un tupido velo al respecto de los animes restantes.

Sacar de una cosecha una obra de culto y dos obras interesantes no es poco, ¿qué podemos esperar entonces de la temporada de primavera de anime? Aún es pronto para decirlo, aunque no se pueda afirmar que la cosa haya empezado fuerte. Existe al menos una serie que habría que seguir sus pasos de forma atenta y otro par que podrían crecer hasta hacerse imprescindibles; no cabe adelantarse a los acontecimientos, al menos no todavía. No merece la pena hacerlo. Por eso hemos elegido cinco estrenos, aquellos que han superado un mínimo nivel, los más prometedores y sólidos, aceptando que pueden quedarse en el tintero cosas interesantes o no acertar en nuestra selección. Al fin y al cabo, esto no es más que una primera criba.

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El mundo es una tela de araña. Sobre «El gato que venía del cielo» de Takashi Hiraide

16 abril 2015
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Si el mundo es todo lo que acaece, según palabras de Ludwig Wittgenstein, entonces estamos enmarañados en las relaciones que los otros desarrollan con sus vidas. Aunque intentemos vivir de forma autónoma, controlando nuestro entorno e impidiendo injerencias externas —lo cual es imposible, ya que incluso convirtiéndonos en eremitas estaríamos a merced de los caprichos de la naturaleza; incluso entes sin voluntad pueden imponer cambios en el estado de mundo, lo cual impide que podamos salir de su red de relaciones—, toda acción conlleva efectos que nunca podríamos haber planeado; no es que en tanto humanos seamos gregarios, es que en tanto seres vivos nuestras acciones repercuten en el mundo. Nacemos introducido en una red de relaciones que seguirá hay incluso después de que dejemos el mundo, o de que el mundo decida marcharse sin nosotros.

Esa inconmensurabilidad del mundo, esa telaraña eterna a la cual contribuimos incluso sin pretenderlo, es lo que retrata con maestría Takashi Hiraide. Seguimos los pasos de una pareja joven, sin hijos ni mascotas, en su mudanza a una pequeña casa parte de un complejo más grande que incluye un oneroso jardín; es una casa japonesa antigua y ellos viven en el equivalente a la casa de invitados, dejando clara cual es su situación existencial: invitados, no protagonistas, de las relaciones que se dan en ese mundo en particular. Será Chibi, un pequeño gato que vive con los vecinos, el auténtico protagonista de la historia desde el punto de vista de la acción, ya que será el único que parecerá libre de cualquier carga impositiva en cualquiera de sus actos. Duerme, juega y se alimenta en casa de unos y otros, aunque nunca se queda de forma permanente ni deja tocarse, porque él es el único dueño de sus días; entreteje su maraña entre las de los otros, considerándolos nada más que juguetes o elementos accidentales dispuestos para su propia existencia. Es libre, con todo lo que ello conlleva.

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Futuro, hoy y siempre. Sobre «Earthling» de David Bowie

9 abril 2015
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Aunque estamos sumergidos en el tiempo, no siempre sabemos seguirlo en la traición que nos exige para poder adaptarnos a su evolución constante. Aquel que quiera considerarse artista debería moverse no tanto por el presente, por aquellas formas que ya han demostrado funcionar en el pasado —ni siquiera cuando sean las suyas propias, aquellas que él mismo creó—, como por las posibilidades futuras de la creación artística; cuando algo deviene norma, presente, está automáticamente muerto porque todo presente es ya una forma del pasado. Es necesario estar un paso por delante del presente para estar en el tiempo, si es que no también en uno mismo. Amoldarse a los tiempos sólo demuestra incapacidad creativa, porque la creación se da en su extremo contrario, en amoldar los tiempos al carácter propio. Saber (re)conducir la corriente, no dejarse arrastrar por modas o la comodidad de logros pasados, es la habilidad de todo aquel que se pretenda auténtico perpetrador de la revolución diaria del arte.

Afirmar que David Bowie siempre ha forzado la introducción del futuro en el presente con su mera presencia no es una boutade. O no sólo. El camaleón siempre ha estado dos pasos por delante del tiempo, avanzando lo que poco tiempo después estaría de moda, fagocitando todo aquello que flotaba en el ambiente pero que aún nadie había podido sintetizar como un todo coherente. Si ya en el estimable 1. Outside había comenzado su deriva místico-cyberpunk, en Earthling la abrazaría sin complejos a través de las formas más puras del industrial. El trabajo es rabioso, oscuro, decadente, pero vibrante y triunfalista, como si el óxido fuera lo más común en el futuro, pero aún fuera posible encontrar héroes entre las ruinas: incluso transmitiéndonos un mensaje de horror y caos lo hace desde la consciencia de estar por encima de ello. No hay nada que temer, sigue siendo David Bowie, sigue mostrándonos el camino imposible de recorrer para ningún otro. La catástrofe no va con él, porque para eso debería estar atado a un presente que todavía no ha logrado darle caza.

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Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXVIII)

8 abril 2015
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Deus Ex: Mankind Divided (Trailer)
Eidos Montreal
2015

Todo buen trailer debería funcionar como obra independiente. Aunque su labor sea promocional, ya que busca generar expectación en lo que será después la obra completa, para resultar atractivo debe ser una pieza que tenga interés ver por sí misma; las obras que no tienen valor de forma independiente de lo que representan son inútiles, incluso en términos promocionales, porque son dependientes de un contexto del que carecen per sé. En el caso de los trailers porque sirven como adelanto sin poder depender de conocer la obra, en el caso de las obras completas porque el mundo al que aluden tarde o temprano desaparecerá o caerá en el olvido. Toda obra debe ser autosuficiente, debe contener todos los códigos estético-narrativos necesarios para su interpretación, si no quiere caer en el peor de los defectos posibles del diseño artístico: la irrelevancia.

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Vivos, pero perforados. Sobre «Piercing» de Ryu Murakami

1 abril 2015
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Una pequeña criatura viviente durmiendo en su cuna.
Como un animal de laboratorio en una jaula,
pensó Kawashima Masayuki.

Ryu Murakami

Sólo el constante roce con el mundo acaba dejándonos cicatrices. Aquellos cuyo roce es excesivo, que la vida los ha maltratado hasta el punto de no-retorno en el cual ya nunca podrán tener un comportamiento considerado saludable, acaban convirtiéndose en tarados; personas dañadas tan profundo en su seno, de forma tan salvaje, que necesitan descubrir sus propios rituales de supervivencia cuando su existencia se les hace asfixiante. Necesitan o bien desconectarse de sí mismos o bien conectarse de forma íntima con los otros. Eso hace que sean personas conscientes de la hostilidad del mundo, aunque rara vez de la empatía o la bondad que este contiene, que acaban perpetuándose a través de una reproducción asexuada: hieren, sin pretenderlo, a todos aquellos que aman hasta poder hacerlos suyos. Encierran en su propia oscuridad al que todavía no vivía en ella. Son tarados no por inútiles o por locos, sino porque arrastran un pasado demasiado pesado para sus espaldas.

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Oda a mi waifu. Sobre «Katawa Shoujo» de Four Leaf Studios

29 marzo 2015
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Sobrevivir a la adolescencia no es poca cosa. Recuerdo el instituto como una concatenación de clases sin demasiada importancia, de horas en los pasillos, de complejas estructuras sociales que nada tienen que envidiar a las que después se han arrojado todos mis compañeros; arrojados, al menos, en la ficción, ya que la mayoría no tenían madera o contactos para introducirse ellos mismos en política. Entonces había una chica. Supongo que siempre hay una chica. Su pelo se antojaba cascada caoba, sus ojos brillaban de ingenio y, cuando me escrutaba, sentía que me estaba mirando alguien no del todo humano: no un ángel, no caeré en ese lugar común, sino alguien observando algo que consideraba fuera de lugar. Fuera del orden de aquel particular microcosmos. Un día cualquiera alguien dejó una carta sobre mi mesa, un reclamo para que acudiera a la parte de atrás de la escuela; no le di mayor importancia hasta que mis compañeros la vieron, con las consiguientes risas y comentarios que inflamaron algo dentro de mí. En particular, tras de mis mejillas. Dudé durante unos minutos sobre qué hacer, al fin y al cabo era eso o atender a las explicaciones durante la clase de inglés y, sólo entonces, tomé la única decisión posible.

Allí estaba ella. Su cascada, su brillo, su escrutar; se mordía el labio, jugaba con su pelo, su mirada se fugaba hacia todas partes: aquello que la inquietaba era algo que no podía entender en aquella época, mucho menos digerirlo. Cuando se acercó y me dijo que si quería quedar alguna vez con ella, ya sabes, fuera de clase, tomar algo, conocernos mejor, mi corazón comenzó a acelerarse. No podía pensar con claridad. Me subía un extraño dolor por el brazo y, entonces, me desplomé. Lo siguiente que recuerdo es estar en la cama de un hospital.

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De Tingzhou a Changsha. Pensando la política de Mao desde la poética de Mao

28 marzo 2015
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¿Es posible hacer algo así como una poética de la política? La pregunta no es baladí, porque eso podría ayudarnos a comprender cómo se expresa la ideología. Las contradicciones propias de determinados actos discursivos, aquellas que se atienen a principios básicos cuya aplicación práctica se da siempre en una interpretación abstracta, son difíciles de detectar; la diferencia existente entre palabra y acto, su distancia inviolable, puede dificultad la comprensión de las posibles contradicciones, o ausencia de ellas, en una ideología dada. Es más eficiente juzgar los textos desde los textos. O lo que es lo mismo, carece de sentido interpretar ninguna presunción política en su sentido literal o en sus consecuencias fácticas; todo texto oculta siempre un subtexto, lo que en realidad quiere decir en el fondo. No debe extrañarnos pues que conocer el pensamiento de un político pase necesariamente por diseccionar sus textos como si fueran literarios, no teóricos. Incluso cuando no siempre nos encontramos con exactamente lo que ellos o sus exegetas han pretendido vendernos como su pensamiento.

La poesía de Mao tiene estructura clásica, sin detalles de vanguardia o la introducción de un marcado estilo propio —lo cual no sólo demuestra querencia por la cultura clásica, sino también desprecio por las formas modernas—, que permite seguir sin demasiadas dificultades lo que intenta transmitirnos. La temática no podría ser más clara: el proletariado como entidad absoluta contra la tiranía histórica de la burguesía. A partir de ahí puede llevar a cabo su programa. Según él la belleza artística del discurso debe sublimarse a su adecuación política, por eso elegimos un poema bélico de carácter triunfal, De Tingzhou a Changsha, para diseccionar su pensamiento.

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2046. Wong Kar-wai y los ecos del amor

26 marzo 2015
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in Cine
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Sin tiempo no puede germinar amor alguno. Necesitamos su transcurrir, arrojarnos al futuro para permitir la posibilidad de que algo surja, como condición esencial para poder descubrirnos en los sutiles enredos del amor; en tanto todos cargamos un pasado que debemos entender en el otro, sólo viviendo el tiempo a través del presente nos es posible conocer los sentimientos ajenos. O incluso los nuestros propios. No existen certezas, sólo dudas, porque todo depende del momento exacto en que ocurren los acontecimientos: la adecuación o no de un sentimiento depende de esa extraña alquimia la adecuación o no de un sentimiento depende del momento exacto en que acontece. Aunque es innegable que físicamente vivimos en el espacio, nuestro interior siempre se define a través del tiempo.

La obra de Wong Kar-wai está atravesada por el amor, el tiempo y las consecuencias que tienen ambos sobre las personas y el espacio que ellos ocupan. Ese es el punto radical cero de su obra. Su trilogía informal —que constituye una continuidad narrativa, pero no se considera una trilogía de forma explícita, compuesta por Days of Being Wild, In the Mood for Love y 2046, sirve como ejemplo perfecto para rastrear las constantes estilísticas de la cinematografía del hongkones; no sólo en los aspectos temáticos, sino también en los formales. Aunque resulta evidente la importancia que tiene el amor romántico para él, sería absurdo quedarse en ese punto exacto, como si el amor no pudiera tener múltiples formas de manifestarse. Su mirada erotiza, acaricia y saborea diferentes amores, haciendo de la cámara y el montaje otra forma romántica en sí misma: el amor por la narrativa y las posibilidades cinematográficas.

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El pensamiento débil nos matará. Sobre «El atlas de las nubes» de David Mitchell

20 marzo 2015
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Nuestras acciones son fútiles, pero importantes. Como individuos nuestro poder está siempre delimitado por el contexto, por el círculo interior sobre el cual tenemos alguna clase de autoridad —si es que lo tenemos, en último término—, pero eso no significa que nuestro poder sea limitado: en tanto podemos afectar a nuestro entorno inmediato, en tanto podemos contagiar patrones e ideas en otros, podemos hacer que aquellos que nos son más próximos contagien esas mismas pautas en otros que les son cercanos a ellos. A través de redes relacionales, con el tiempo suficiente, podemos cambiar el mundo a través de nuestros actos. Puede que no seamos nada más que una gota en la inmensidad del océano, pero el océano no es nada más que una cantidad inmensa de gotas.

De gotas, o de historias, está conformado El atlas de las nubes. Siguiendo una estructura piramidal, donde cinco historias nos son narradas sólo hasta la mitad y una central en su totalidad para luego narrarnos lo que queda de las restantes en orden inverso, el único nexo común entre cada uno de los relatos es que cada protagonista posterior puede leer al menos la mitad de la historia de su predecesor; dónde se sitúa el terreno de lo real y lo ficticio, sin adentrarse jamás en el campo de la metaficción, es la pregunta que hace y no le importa en absoluta a El atlas de las nubes: salvo en la última historia, la consecuencia del conocimiento de los personajes anteriores no tiene consecuencia alguna sobre la historia. Son guiños para el lector, para que se sienta participe de una historia que no avanza hacia ninguna parte. Su metatrama es endeble, apenas sí una excusa para articular relatos en diferentes épocas con un subtexto común, pero aquello que nos quiere contar nos lo repite hasta la náusea.

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