Subcultura y cultura underground a go-gó

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No somos animales gregarios. El ser humano necesita de los otros para edificarse, aunque no por ello nuestra tendencia natural sea la existencia en manadas; edificamos comunidades, construimos espacios en común con los otros, pero cuanto más seguros de nosotros mismos estamos menos necesitamos su presencia. Buscamos la aprobación de los otros sólo cuando no la tenemos de nosotros mismos. Sin comunidad no podríamos existir, porque no somos seres autosuficientes, pero la importancia que concedemos al pensamiento ajeno es directamente proporcional a nuestra capacidad para actuar y juzgar nuestros actos sólo desde nuestra propia mirada: cuanto menos seguridad tengamos en nuestros actos, más dependientes seremos de la opinión de los otros. Todo acto de creación es considerado un acto de transgresión, ya que la creación auténtica sólo puede darse cuando son violados los principios básicos comunitarios. No transgredimos por oposición a los otros, sino para crear nuestros propios lazos comunitarios.

Killers sigue los pasos de Macabre, la anterior producción Kimo Stamboel y Timo Tjahjanto, poniendo bajo la lupa todo aquello de donde partía la anterior: si la familia protagonista de su primera película se unía con más fuerza a través de la transgresión (en su caso, el canibalismo), en su segunda película encontramos la búsqueda del gesto comunitario a través de la transgresión (en su caso, el asesinato). La película parte de una pregunta importante, ¿por qué un asesino en serie subiría vídeos de sus torturas y posteriores ejecuciones al equivalente asiático-macabro de Youtube? O bien porque busca lanzar algún tipo de mensaje o bien porque busca estar más próximo de aquellos que sienten los mismos impulsos que él. Si el asesinato no es válido por sí mismo, en cuyo caso no necesitaría grabarlos y difundirlos, entonces es porque son un medio para alcanzar otra cosa. Ahí empieza el juego.

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Leer best sellers tiene algo de curiosidad sociológica y narrativa, aunque nada de placer culpable: rara vez permiten conversaciones consistentes —ya que su público objetivo rumia, no interpreta, y los puristas consideran impropio trabajarlos— y, aunque haya quien lo considere absurdo, permite tomar el pulso de lo que está ocurriendo dentro del ámbito cultural mainstream. No existen libros que se fabriquen como éxitos de ventas desde la primera palabra. Existen libros que bien sea por su accesibilidad —lingüística, narrativa y de ideas— y espectacularidad —de trama, en exclusiva— o por su construcción virtuosa, dejando soterrado su complejidad haciendo una construcción sólo en apariencia sencilla, consiguen apelar al corazón de la mayoría, incluso de aquellos que no leen. Son maestros de la seducción.

¿Qué es un maestro de la seducción (MDLS)? Alguien capaz de hacerse valioso a corto plazo, de conseguir hacernos creer que es necesario para nosotros incluso cuando con el tiempo podemos llegar a descubrir que no poseía ninguna cualidad relevante por la cual deberíamos mantenerlo en nuestra vida. En ese corto plazo de tiempo logra lo que desea, haciéndose innecesario a largo plazo; no crea lazos, no se establece como una piedra en nuestra vida, sino como una constante pasajera basada en rasgos superficiales. Los best sellers son como Style, el pseudónimo como maestro de la seducción del escritor Neil Strauss: formas de seducción basados en seguir patrones simples, evitando una implicación emocional profunda en el proceso —lo cual requiere de una dedicación a largo plazo que no disponen, que se produce, con el tiempo, de forma recíproca—, interpelando a los afectos psicológicos más básicos de las personas. Se trata no de conocer las singularidades del otro, interpelar aquello que tiene de único, sino de comprender sus bases, explotar aquello que tiene de común con cualquier otra persona. O, en unos pocos casos, edificar una proximidad apelando a lo básico para descubrir con el tiempo lo que hay de singular en el otro.

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Special Needs
Placebo
2003

Toda historia de amor es una historia de fantasmas. La presencia de la otra persona, la transgresión de nuestro deseo en tanto percepción, es una constante que acontece como una violación permanente del presente: deseamos no al otro como entidad física, como persona autónoma, sino como sujeto necesario para nuestra experiencia, como constituyente de la existencia. No sabemos vivir sin el objeto de nuestro amor. Es por eso por lo que Special Needs —canción que lleva las costuras al aire, ya que las necesidades amorosas son por fuerza especiales: su origen está siempre sublimado en el deseo en tanto tal—, se puede interpretar, al tiempo, de dos maneras sólo en apariencia antagónicas: como pérdida y como búsqueda del amor.

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Nada es esencial al hombre, salvo aquello que nace de sí mismo. Aunque los científicos podrían argüir que estamos atados a las leyes de la física, que nadie puede violar la relatividad o desafiar los principios de la gravedad, la existencia misma de la ciencia nos demuestra hasta que punto esa afirmación debería ser matizada; el ser humano es el único animal capaz no sólo de modificar su entorno —entre los cuales hay otros muchos, desde el pájaro carpintero hasta muchas clases diferentes de simios—, sino de dar origen al mundo en el cual después habitará. Cuando hablamos de «mundo», sin embargo, no estamos hablando de «planeta». El mundo es la base cultural, desde un avión hasta el concepto de amor romántico pasando por las obras completas de William Shakespeare, a través de las cuales nos relacionamos de un modo óptimo con los demás seres humanos. O lo que es lo mismo, el mundo son las reglas sociales y el conocimiento (puro o aplicado) al respecto de nuestro entorno físico.

La naturaleza no nos es esencial porque convertimos el entorno, lo natural, en mundo, en cultura. Si podemos hacer que grandes masas de metal surquen los cielos o viajen al espacio, ya que sabemos cómo es posible desafiar la gravedad haciendo improbable que ocurra un accidente, ¿por qué nos mostramos incapaces de elegir a quienes amar? Porque no conocemos las leyes que rigen los dictados del corazón. No somos seres naturales, que no pueden modificar los materiales de su entorno, sino seres culturales, que no pueden modificar los materiales de su mundo.

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Todo cuanto hay de infeccioso en las palabras proviene de sus ideas, de aquello que significan. Lo problemático no es el sonido o la forma de aquello que decimos, el soma constituyente de su existencia, sino lo se reproduce a través de esa forma, los memes subyacentes que se transportan a través de las palabras; el término «perro» significa «mamífero doméstico de la familia de los Cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas» no porque la forma de la palabra lo signifique, ya que en otros idiomas es dog o chienne o canis lupus familiaris y significa lo mismo, sino porque contiene la idea, el concepto ideal, de lo que es un perro. Al decir «perro» (o dog o chienne o canis lupus familiaris) cada persona puede pensar en un perro específico o en una abstracción indeterminada de lo que supone —o lo que es lo mismo, su acepción académica que ya hemos nombrado o alguna otra—, pero todos comprendemos a qué clase de animal nos referimos. Toda palabra es un virus por su significado, por aquello de su contenido que es reproductible en la mente de otros sobrepasando las interpretaciones particulares que cada persona haga del mismo, no por su forma.

Pontypool significa porque es un conflicto abierto entre el acto comunicativo puro y el acto poético, entre la expresión de una verdad literal y una verdad metafórica: la productora y los infectados quieren un acto comunicativo puro que es imposible, una utopía de objetividad negada por la visión subjetiva que tiene todo individuo de los acontecimientos; el presente y la supervivencia de la humanidad requieren un acto poético infiltrándose por cada resquicio de información, interpretar el mundo a partir de la información que tenemos para intentar buscar un cambio en el mismo. Grant Mazzy se enfrenta contra la lógica imperante, el «1+1» de «la objetividad periodística» y «es lo que el público quiere» —la gran falsedad platónica: justificar que, en último término, aquel al que siempre se le han mostrado como reales lo que no eran más que sombras chinas no quiere conocer la realidad— a través de la poesía, convirtiendo la noticia en reflexión, no buscando el significado de las palabras (que ya se conoce y repite de forma constante, sin necesidad de mediación), sino su posible interpretación (que es recrear el significado, originar de nuevo su sentido dado el contexto del presente).

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La vida, como la pizza, es un batiburrillo de ingredientes que se nos antojan antagónicos entre sí, que no pueden funcionar bien juntos o no tienen ninguna relación entre sí, a pesar de conseguir, en último término, conformar un todo armónico. Si la contradicción no es la esencia de la vida, al menos sí lo es la lógica que se nos muestra contraintuitiva. Intentar buscar el sentido de la vida a través de patrones lógicos, como si la vida no se ocultara en los rincones más insospechados, es atentar contra todo aquello que tenemos de humanos; como seres nacidos del absurdo, atrapados por la imposibilidad de racionalizar el sentido de nuestra existencia, abrazar lo insospechado como método para cartografiar el porqué de nuestro ser en el mundo es lo único que podemos hacer. Si la vida es como la pizza, entonces debemos aceptar que los ingredientes que la conforman no siempre son aquellos que nosotros habíamos imaginado como más lógicos para un plato que, de entrada, ni siquiera habíamos elegido.

Magus habla sobre magos para hablar sobre pizza para hablar sobre aquello que nos hace humanos. Intentar disociar cualquiera de los elementos de la ecuación, pretender que los magos o la pizza son superfluos en tanto lo importante es el factor humano —cuando por supeditados a lo humano carece de sentido hacer esa disociación; que hablen sobre otra cosa no implica que no hablen también sobre sí mismo: lo interesante es la lectura cruzada que ocurre sólo en tanto se tienen en cuenta todos sus elementos, la lectura a múltiples niveles que se puede hacer del cómic—, imposibilitaría cualquier posibilidad de interpretar el cómic en su totalidad. En tanto lo humano se basa en la interpretación del mundo, poner orden allá donde antes sólo había caos, no podemos obviar los elementos que lo constituyen.

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Los límites de lo real son inescrutables. Vivimos entre lo imaginario, la posibilidad de lo real que aún no se ha materializado como un acontecimiento fáctico, y la fantasía, aquello que se ha manifestado como real sólo en un mundo posible que no es el nuestro, lo cual produce en nosotros una constante disociación con respecto de lo real; nuestras expectativas y deseos no se determinan sólo por lo que sabemos, por lo que nos cabe esperar, sino también por lo que sabemos que sería posible tener, por lo que nos cabría esperar si nuestro mundo fuera otro. Ahí nace el terror. Cuando nuestras expectativas chocan contra la realidad, cuando ni siquiera lo real se sostiene como la posibilidad prometida —porque ha devenido otra cosa distinta por intervención ajena a nuestro deseo, porque resulta ser otro mundo posible del que creíamos habitar en un principio—, dejemos de ser capaces de percibir lo que nos rodea como real en tanto carece de base conocida, en tanto todo lo que creíamos sólido no era más que una ficción. Ahí nace el terror en tanto es el momento en que la muerte cobra un sentido mucho mayor que la vida.

Resulta conveniente acudir a un surrealista para explicar el porqué de las disonancias entre las expectativas (lo imaginario), los acontecimientos (lo real) y lo imposible en nuestro mundo aunque posible en algún otro (la fantasía) en tanto el único compromiso del movimiento no fue con lo real, sino con todo lo posible en el interior del hombre. O lo que es lo mismo, con la fantasía. Sólo en la mente humana se da la posibilidad de la existencia del mundo, sea el nuestro o cualquier otro mundo posible dado a través del arte o la cultura. Si además hablamos de Roland Topor, satirista cruel antes que surrealista, las premisas de lo real se diluyen al llevar hasta el límite la convicción de que el mundo es el lugar creado a partir de la canibalización de los deseos y expectativas de aquellos otros, seguramente nosotros, que no se ajustan al orden establecido de ese mismo mundo.

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No hay nada auténtico en aquel que rehuye sus potencialidades. Nada ni nadie es acto puro, toda posibilidad materializada de aquello que es, sino que toda nuestra vida estamos cruzados por infinitas potencialidades que se van cerrando según las cartas que nos han tocado: cuando somos potencialidad pura nada nos está vedado, porque sólo existimos en la posibilidad de que nuestros padres nos engendren, y cuando somos nula potencialidad todos nos está vedado, porque ya estamos muertos. Entre medio, nuestras potencialidades van disminuyendo con el tiempo hasta ser cero. Al nacer nos vemos determinados por ciertos talentos y faltas inalienables, haciendo a algunos más capacitados que otros para alcanzar ciertos logros —aboliendo así toda posibilidad de igualdad, ya que el techo de hasta donde podemos llegar lo marca nuestro tiempo (de vida y trabajo), pero también nuestro talento innato—, del mismo modo que con el paso del tiempo el decaimiento físico determina el fin de la posibilidad de algunos logros. Desarrollar nuestras potencialidades donde mayor sean nuestros talentos, incluso cuando no quede claro cuales son, es lo que nos lleva a ser en acto. Somos aquello que decidimos hacer con nuestras vidas, ergo somos nuestras potencialidades llevadas en acto.

Have you ever heard about the Higgs Boson blues
I'm goin' down to Geneva baby, gonna teach it to you

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Nada dura eternamente, nada permanece sin acometer cambios. Este año el especial ha sido belicoso, preñado de ficción, con más cómics de los que podríamos haber imaginado; nos debemos hacer adultos de una forma inversa, porque cuando con la edad se dice que se prefiere el ensayo sobre la ficción nosotros hemos preferido la ficción al ensayo. Los que no, abrazan el ensayo desde la experimentación. En todos los casos, se aprecia un movimiento por lo demás contemporáneo: la autoficción, pensar el terror desde sus propias vidas. Símbolo de los tiempos. ¿Qué queda una vez hemos terminado? La sensación de que el terror inunda cada instante de nuestras vidas; que Halloween es hoy, pero que los monstruos nos persiguen todos los días más allá de nuestros sueños.

Sumario:

Especial de Halloween en The Sky Was Pink

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