image-slider

Café, ¡qué bello eres! Sobre «Crónicas de la Era K-Pop» de Fernando San Basilio

30 julio 2015
/ / /

nullUn café no sabe igual en Corea que en España. No es sólo la presión atmosférica, la composición del agua o el grano usado, sino también la situación vital y geográfica en la que lo tomamos; no es lo mismo tomar un café recogido en casa leyendo una novela que en alguna franquicia exótica que se hace pasar por francesa en el corazón del estiloso barrio de Gangnam. El espacio determina la experiencia. En nuestro hogar estamos tranquilos, sosegados, abandonados en nosotros mismos pudiendo divagar perdiéndonos entre las páginas de un libro; en una franquicia exótica que se hace pasar por francesa asaltan a nuestros sentidos de forma constante gente, olores, visiones estrambóticas, compartiendo una experiencia común con todos aquellos que nos rodean: en tanto habitamos el mundo, estamos mediados por el mismo. Un café nunca es sólo un café, porque es, también, una expresión del mundo circundante.

El café es un estupendo catalizador de la experiencia. Siendo una droga legal que seduce a las personas independientemente de su estrato social, que puede convertirse tanto en una moda trendy como en una necesidad laboral o una muestra de buen gusto, el café como símbolo sirve para hacer un corte transversal de cualquier sociedad; el café, en tanto universal, tiene siempre una condición local que nos permite vislumbrar aquellas rarezas que, expuestas por sí mismas, nos parecerían inteligibles. El café sirve como aproximación hacia lo extraño, lo ignoto, desde aquello que nos es común, próximo. No importa de que país hablemos, incluso si ahora mismo nos ocupamos de la visión de Corea desde los ojos de un español, porque el café es café en todas partes; ¿qué es lo que cambia entonces? Como ya hemos dicho, el mundo circundante. En Crónicas de la Era K-Pop el café es el barco a través del cual podemos explorar las aguas desconocidas de una sociedad que, en lo demás, nos puede resultar en todo ajena. O al menos, en la mayor parte de sus tradiciones.

Read More

En el conflicto crecemos como individuos. Sobre «Gigantomakhia» de Kentaro Miura

27 julio 2015
/ / /

null

Entre la guerra y la venganza existe una distancia infinita, incluso si consideramos que ambas suelen recurrir a lo sentimental para justificar sus actos. En la guerra existen reglas, condiciones consideradas inviolables a través de las cuales se gana o se pierde; además, no supone necesariamente el exterminio del otro, sino el llevar todo el aparataje de una nación —bélico, político y económico; en resumen, todos sus recursos materiales y humanos— al contexto de un escenario lúdico absoluto. La guerra es convertir la vida cotidiana en un juego extremo. La venganza es otra cosa. En la venganza existe una condición emocional, la necesidad de curar una herida infringida al ego a través del sufrimiento ajeno, que nos aleja necesariamente del juego: herir al otro, matarlo, destruirlo incluso a nuestra propia costa, es la única condición necesaria de la venganza. Y aunque si bien en ocasiones la guerra puede convertirse en venganza, ninguna nación en su totalidad se puede sentir herida en su ego como para desear la completa exterminación de algún otro.

Read More

Historia(s) privada del mundo. Sobre «La perla» de Yukio Mishima

18 julio 2015
/ / /

null

Aunque pueda parecer lo contrario, el mundo no es un lugar inhóspito carente de cualquier sentido a posteriori. El problema viene dado en que, aun aceptando que existe un cierto orden cósmico que no podemos negar —ya que el mundo no es una construcción caótica, sino que guarda una lógica interna que sólo es comprensible como la suma de todos los elementos que lo configuran a cada instante—, también tenemos que aceptar nuestra incapacidad física para conocerlo todo; incluso si la realidad es inteligible, ordenada y, en cierta medida, racional, nuestras capacidades son insuficientes como para poder conocer la totalidad de las cosas que nos permitirían poder formarnos un juicio si no objetivo, al menos sí completo. Estamos atados por los límites de nuestro conocimiento. Actuamos teniendo una cantidad limitada de información, pretendiendo saber qué estamos haciendo cuando ni siquiera podemos estar seguros de lo que piensa la persona que tenemos enfrente. O, en la mayoría de casos, siquiera lo que pensamos nosotros realmente.

A veces hay que fijar la mirada en los cambios más nimios para ser capaces de apreciar sus efectos sobre el cuadro completo. Lo que no pasaría de ser una anécdota en las manos de cualquier otro, apenas sí un incidente carente de cualquier clase de interés —la pérdida de una perla en una fiesta de cumpleaños, con las acusaciones cruzadas posteriores—, con Yukio Mishima se convierte en un ejercicio de literatura pura. Los antecedentes del acontecimiento no resultan importantes. La anfitriona de una fiesta pierde una perla y las otras cuatro invitadas, separadas en dos grupos de dos personas cada uno (Azuma y Kasuga por un lado, que tienen «una vieja y sólida amistad»; Yamamoto y Matsumara por otro, que tienen «tirantes relaciones»), juzgan que alguna de ellas ha debido o bien robarla o bien habérsela comido por accidente confundiéndola con una bolita de anís. Eso tendrá consecuencias inesperadas. Todas querrán reparar el daño provocado, no ser juzgadas por las otras y, en el caso de que ya haya ocurrido, al menos reparar su honor por las ofensas recibidas. Todo ello sin que ninguna sepa lo que ninguna de las otras ha hecho o está pensando al respecto.

Read More

Llega el verano. O qué anime de estreno ver en 2015 (III)

11 julio 2015
/ / /

null

Toda predicción condiciona el efecto de la misma. Cuando suponemos que un determinado objeto nos interesará de forma particular estamos condicionando nuestra visión al respecto; nunca podemos estar seguros de si nuestro criterio no está contaminado por nuestras expectativas, lo cual hace que toda predicción sea siempre provisional, inexacta y condicionante. Partiendo de esa base, predecir desde la tibieza es una manera tanto de no condicionarse como de no equivocarse, de sabotear la visión propia. Aunque siempre aptos para el autosaboteo, nuestro caballo de batalla para la temporada de primavera fue Ore Monogatari!! cuando la serie que se ha llevado el gato al agua como la mejor ha sido Kekkai Sensen. También es cierto que de las cinco series destacadas al menos cuatro —ya que Ninja Slayer, por desgracia, ha optado por mantener un perfil bajo— han demostrado sobradas capacidades para interesarnos, aunque sólo una de ellas tiene algo por lo que ha destacado de forma notable por encima de lo que debería ser la producción media.

Cuatro obras interesantes, ninguna potencial obra de culto. No es mala cosecha. La temporada de verano de anime, sin embargo, viene con promesas mucho más contundentes: con cinco series a destacar y con al menos dos de ellas habiendo demostrado ya un potencial asombroso, las otras tres elegidas tienen grandes nombres detrás que prometen la posibilidad de una escalada más que interesante. Necesitaremos algo más de tiempo para averiguarlo, ya que nunca se sabe cuánto puede dar de sí una obra hasta que ha concluído. De momento conformémonos con presentar a las candidatas, porque el verano, además de caluroso, se antoja animado.

Read More

Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXXI)

5 julio 2015
/ / /

null

Wrestling Isn’t Wrestling
Max Landis
2015

La narrativa es aquello que nos conecta con el mundo. Aprendemos a través de ficciones, crecemos junto con personas que nunca han existido, nos sentimos más próximos a las personas con las cuales compartimos gustos en tanto tenemos en común una serie de historias que sólo hemos podido vivir de forma indirecta; sin ficción, sin narrativa, la vida carecería de la posibilidad de tener sentido. Conectar con los otros resultaría mucho más difícil. En tanto la existencia es solipsista por definición, ya que no podemos conocer el pensamiento del otro sin mediación alguna que la contamine, compartir las experiencias vitales de un tercero es una forma útil de comunicarse con los otros. Esa es la función del arte. Ni entretenernos ni producir alguna clase de beneficio primario, sino conectarnos con los otros al desvelarnos realidades complejas que nos permitan comprender aquello que compartimos con todos los demás seres humanos.

Read More

Ni palabra ni pensamiento. Sobre «Martyrs» de Pascal Laugier

4 julio 2015
/ /
in Cine
/

null

En ocasiones el mejor modo de conectar con uno mismo es a través del dolor. Siendo que estamos definidos por nuestros traumas, por el hecho de nacer sin haber sido consultados —lo cual supone un hecho traumático, ya que somos arrojados en el mundo más allá de nuestro deseo, consciencia o voluntad—, es lógico pensar que el dolor nos puede permitir trascender los límites de nuestra experiencia; liberados de las cargas más esenciales, teniendo que evitar el dolor a cualquier precio, es natural que seamos capaces de asumir distancia para observarnos desde fuera. Observarnos sin mediaciones de ninguna clase. En ese distanciarse del Yo nos acercamos hacia aquello que somos a través de trauma, del dolor, del martirio, porque no somos nada salvo un manojo de conexiones posibles: al vernos desde fuera, como si nosotros no fuéramos nosotros, somos capaces de ahondar todo lo profundo que queramos sin que ninguna instancia inconsciente nos lo impida. El único problema es que podemos errar el camino, creer que hemos visto algo que no estaba ahí, porque en nombre de evitar el dolor nos permitimos todo. Incluso la irracionalidad más absoluta.

Esta no es una premisa desconocida. En Francia ha existido históricamente una reflexión sobre lo religioso como elemento extremo, del dolor como forma de iluminación, que no tiene una réplica tan contundente en ningún otro lugar del mundo. Esta tradición, que va desde el martirio de Juana de Arco hasta las reflexiones de Georges Bataille o Jules Michelet, ha logrado transmitir una visión del acontecimiento del límite como liberación de toda realidad inteligible que, en último término, tiene una relación próxima al concepto del éxtasis: no es posible verbalizarlo, ya que se da en el hecho mismo de su acontecimiento. Su significado radica en lo que es, en el hecho de estar ocurriendo. Es imposible conocer el elemento extático de la experiencia a través de la razón, ya que éste se da sólo en tanto transformación inmediata donde el Yo no es capaz de reconocerse como tal.

Read More

El abismo te devuelve la mirada. Sobre «El rey de amarillo» de Robert W. Chambers

30 junio 2015
/ / /

null

El arte debe suponer siempre el cuestionamiento de uno mismo. Su deber es violar nuestras expectativas, poner en entre dicho todo aquello que suponíamos como cierto para situarnos ante una nueva forma de ver el mundo que nos obligue a reaccionar de algún modo; el arte nunca debería confirmar nuestras expectativas, darnos una palmadita en la espalda confirmando lo inteligentes que somos, sino que debería hacernos cuestionarnos aquellas verdades que atesoramos en lo más profundo de nosotros mismos. Debe ser incomodidad pura, un peligroso acercamiento hacia la realidad, puro terror ante la posibilidad de enfrentarnos contra un abismo más insondable de lo que jamás podríamos soportar.

Los cinco relatos del ciclo de El rey de amarillo son exactamente eso, la personificación de la literatura como la incomodidad de espíritu para todos aquellos que se dejan intoxicar por ella. Lo que busca Robert W. Chambers es representar la crudeza, el horror, que sólo puede emanar desde un cuestionamiento total de las órdenes morales más esenciales del hombre, haciendo que sus relatos giren en torno a tres temas de orden netamente humanos: el arte, la política y la religión. Todo encuentro con El rey de amarillo —una obra de teatro maldita que, según dicen, esconde las más aterradoras de las verdades que nunca hombre alguno pudiera haber imaginado— se ve mediado por la sed de conocimiento, por un contacto íntimo con una realidad que sobrepasa y subyuga a sus personajes. Ellos están atados de forma irremediable al mundo, incluso si preferirían no tener relación alguna con él; están enfermos de ambición, de conocimiento, de amor, siendo arrojados más allá de lo que ningún ser apegado a la naturaleza ha podido saber nunca: el hecho de haber nacido humanos, de tener sed humana, es su condenación última.

Read More

Lo femenino es algún otro. Sobre «El infierno de las chicas» de Kyusaku Yumeno

25 junio 2015
/ / /

nullLa diferencia, la otredad, rara vez busca ser comprendida. Creemos conocer el trasfondo vital de los otros, poder comprender por qué actúan como lo hacen —especialmente cuando no hacen lo que nosotros querríamos; reducimos sus motivaciones a alguna clase de brújula moral absoluta, sea esta política o moral—, como si no fueran entidades que siempre están, al menos en cierta medida, en un plano umbrío a nuestros ojos; no vivimos sus vidas, no son nosotros, por lo cual su experiencia del mundo siempre será más compleja de lo que supongamos a priori. Las personas no son arquetipos, plantillas, comportamientos predefinidos. Si son otredades, algún otro, es porque tienen un Yo que se define a través de la experiencia personal que no podemos delimitar, de forma estricta, a través de patrones preestablecidos. Las personas son algo más que sus ideas o la totalidad de sus experiencias, porque también son dependientes del valor que confieran a cada una de ellas.

Entre las otredades, la femenina es la más sistemáticamente maltratada. Con un sistema creado por hombres y para hombres, las mujeres en nuestra sociedad son siempre ciudadanas de segunda clase; la experiencia de sus cuerpos se invisibiliza, se pretende que esté ahí sólo como complemento de lo masculino. Como si lo femenino emanara de lo masculino. En esa pretensión inconsciente en la cual somos educados, Kyusaku Yumeno encuentra la posibilidad de retratar no sólo la tragedia cotidiana de la mitad del género humano, sino también de la imposibilidad de penetrar en la experiencia vital de otra persona: sus chicas son víctimas, pero no débiles, ya que hacen todo lo que está en su mano para no naufragar en un mundo hecho a imagen y semejanza del infierno. Infierno no porque sea un castigo por haber nacido del género equivocado, sino porque está formulado a través de la subordinación absoluta de su existencia.

Read More

Pietas. Breve nota sobre «Calvary» de John Michael McDonagh

22 junio 2015
/ / /

null

El cristianismo es la religión de la culpa. Aunque hubo una época en la que lo fue del perdón, de la piedad —aceptar el dolor del otro como si fuera nuestro, abrazar al pecador por su sufrimiento incluso si no podemos comprenderlo—, con el tiempo fue escorando peligrosamente hacia la culpa. No importaba el arrepentimiento o la virtud o la reflexión sobre la propia culpa, sino el juicio condenatorio que conllevaba cualquier acto posible; la existencia devenida en calvario, infierno terrenal, imposibilidad fáctica de encontrar un sentido que no sea el dolor sin ninguna clase de redención posible: la vida se convirtió no sólo en un valle de lágrimas, sino también en un espacio carente de cualquier clase de empatía entre personas. La deriva religiosa tenía un componente político. Con ello la iglesia cristiana logró ser una de las mayores fuerzas vivas de la historia, ya que al condenar al sufrimiento constante a miles de millones de personas durante toda la historia de la humanidad muy pocos serían los que cuestionarían su situación.

Incluso si no somos cristianos, culturalmente estamos condicionados por los retazos de un cristianismo heredado. Nuestra vida está mediada por la culpa. Damos por hecho la existencia del bien y del mal, que son fácilmente discernibles, que si los demás (o nosotros mismos) no somos capaces de evitarlo es porque el mal ha anidado siempre en el interior del hombre; se ha renunciado a la mística personal, a la creencia flexible que sólo puede nacer de una reflexión constante. Damos por hecho que el hombre es malvado por naturaleza. No sentimos piedad por el otro porque creemos comprenderlo, creemos que sus actos son malvados porque nosotros mismos nos sentimos malvados; carecemos de perspectiva, porque la culpa nos consume desde dentro.

Read More

El arte como lengua. Reflexiones en torno a «El origen de la obra de arte» de Martin Heidegger

18 junio 2015
/ / /

null

¿Es el arte una forma del lenguaje? Si seguimos la interpretación que hace Derrida de Husserl, podríamos afirmar que «si nos interrogamos acerca del modo en que la evidencia subjetiva del sentido geométrico conquista su objetividad ideal, debemos señalar, ante todo, que la objetividad ideal no es solamente el carácter de las verdades geométricas o científicas. Es el elemento del lenguaje en general»1 y dado que «en tanto se presenta la objetividad ideal de la geometría como carácter común a todas las formas del lenguaje y de la cultura»2 no es absurdo abordar el arte como una forma posible del lenguaje, de la comunicación de conceptos humanos. Del mismo modo que la geometría tiene su propio carácter discursivo, el arte dispone de su propia forma ideal a partir de la cual edifica un lenguaje propio. Heidegger sería explícito al respecto: «el hecho de que frecuentemente no se expresen “en palabras”, no es sino el índice de un modo particular de discurso, ya que el discurso como tal comporta siempre la totalidad de las estructuras mencionadas»3.

El arte puede ser una forma del lenguaje. En particular, siguiendo a Heidegger, la comunicación de las posibilidades existenciales es la finalidad propia de un tipo de discurso en particular, uno próximo al arte: el «poetizante»4. Ahora bien, ¿qué entiende Heidegger por «poetizante»? O es más, ¿cuál entendería que es la esencia del poema que permite comunicar en el lenguaje las posibilidades de la existencia? «El poema está pensando aquí en un sentido tan amplio y, al mismo tiempo, en una unidad esencial tan íntima con el lenguaje y la palabra, que no queda más remedio que dejar abierta la cuestión de si el arte en todos sus modos, desde la arquitectura a la poesía, agota verdaderamente la esencia del poema» 5. Debemos pensar que, lo que aquí entiende por poema, no es estrictamente el poema como una clase de escritura, sino que «todo arte es en su esencia poema en tanto que un dejar acontecer la llegada de la verdad de lo ente como tal»6. La obra de arte erige el propio sentido de verdad del mundo. Pero en tanto el mundo es algo cuyo origen se da en la obra de arte, en el lenguaje, la verdad se da, por extensión, en correlación con el mundo; el mundo es el descubrimiento de la verdad del ser de lo ente en su abrirse a la posibilidad. O, en palabras de Heidegger en El origen de la obra de arte:

  1. DERRIDA, J., Introducción a «El origen de la geometría» de Husserl, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2000, p. 60 []
  2. DERRIDA, J., Introducción a «El origen de la geometría» de Husserl, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 2000, p. 60 []
  3. HEIDEGGER, M., Ser y Tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2003, §34, p. 185 []
  4. HEIDEGGER, M., Ser y Tiempo, Editorial Trotta, Madrid, 2003, §34, p. 186 []
  5. HEIDEGGER, M., «El origen de la obra de arte», Caminos del bosque, Alianza, Madrid, 1996, p. 48, En linea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última revisión: 18/06/15) []
  6. HEIDEGGER, M., «El origen de la obra de arte», Caminos del bosque, Alianza, Madrid, 1996, p. 47, En linea: www.portalentretextos.com.br/livros-online-dw.html?id=117 (Última revisión: 18/06/15) []
Read More