En el arte comercial han de hacerse ciertas concesiones. Al no poder permitirse ser nada más que la idea de un autor —debe ceñirse a las necesidades del mercado, las imposiciones de señores con corbata, los delirios de un público que no acepta nada que se salga de lo que ya conoce — , en ocasiones las obras culturales no pueden explotar todo su potencial. Todo lo que podrían ser de no tener que contentar a criterios que van contra la propia perspectiva artística.
Eso no quita para que, en ocasiones, tener que ceñirse a decisiones particulares puede generar propuestas interesantes incluso si la ejecución nunca puede llegar a estar a la altura de la misma. Que es exactamente lo que ocurre con Onimusha: Warlords. Un juego que, por nacer de la necesidad de ser un Resident Evil de la era sengoku, es tan fabuloso por lo que hace de su premisa como limitado en su capacidad para pulir todo lo que no encaja en el molde al que debe ajustarse.
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