Subcultura y cultura underground a go-gó

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Planet 51, de Jorge Blanco

Una de las preguntas que más inquietan al imaginario colectivo más cercano al conspiracionismo es la posibilidad de la existencia de vida inteligente en otros planetas dado que la bastedad del universo permite en teoría esa posibilidad a la vez tan común como de hecho imposible; aunque hubiera otra raza inteligente en el universo, ¿seríamos capaces de contactar con ellos alguna vez? Ahora bien, por mucha insistencia que tenga Terence McKenna por la importancia de estos alumbramientos del encuentro desconocido, la realidad es que el contacto con criaturas de mas allá de la realidad acontecen sino de diario si al menos con una regularidad pasmosa: nuestro encuentro con el otro, el otro racial o nacional, es tan común en el cosmopolitismo contemporáneo que se torna en absurdo el deseo de conocer a un completamente otro por ser de otro planeta. Los otros ya son completamente otros, no hace falta que venga un marciano para que no podamos comprenderlo en absoluto porque, de hecho, ya no podemos comprender en absoluto a un tailandés o un esquimal en ningún sentido estricto del término de la comprensión profunda de su cultura.

Es por ello que el único encuentro posible con un otro radicalmente opuesto sólo puede acontecer, precisamente, en la singularidad exclusiva del enfrentamiento contra el completo vaciamiento de la lógica o, lo que es lo mismo, la problemática del alien, del absolutamente otro en sí mismo, es irrepresentable. Incluso tendiendo al clásico ejemplo de Alien, donde el ser es tan singular que es incomprensible en sentido alguno, podemos encontrar la mínima semilla conceptual de su creación conceptual a través de la idea de la génesis a través del parto -lo que significa que ya hay una aspectualización de algo que nos resulta familiar, una metáfora simple a través de lo cual lo que nos resulta completamente ajeno adquiere alguna forma de sentido a través de algo que ya conocemos en sí. Esto nos lleva al invariante camino de que cualquier representación del alien pasa, necesariamente, por el acontecimiento de metaforizarlo para que irónicamente se parezca lo suficiente a alguna concepción humana de alguna clase que pueda ser comprendido fuera de su singularidad propia; para entender aquello que es completamente ajeno de lo humano, necesitamos encontrar aquello que se parece lo suficiente a lo humano como para explotarlo. Cualquier intento de comprender lo absolutamente externo en sí, está abocado al fracaso.

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The Magic Touch, de Paul Robertson

Aunque para algunos aun cueste aceptarlo hay que admitir que existe actualmente un revival de los 80's que, a buena parte de la población, le parece simplemente inconcebible. Jóvenes que no han (o no hemos) vivido los 80's apasionados por música y cine que imita la estética propia de esos años, sólo que actualizada, es una de las constantes culturales presentes; hay un retorno hacia una cultura desconocida de primera mano, pero rescatada a través de la mediación contemporánea. Y es que sí la generación actual de veinte y treintañeros no han podido conocer de verdad los 80's, como toda generación, se prestan interesados por la cultura que vivieron sus padres con la salvedad de que, ahora, con Internet en general y Youtube en particular es fácil rescatar los discursos más contemporanizantes de la época inmediatamente anterior generacionalmente, la de nuestros padres.

Pero creer que el rescate de los 80's ahora es una mera cuestión generacional es un error, y eso ha sabido verlo muy bien Paul Robertson. A través, y alrededor, del ghetto blaster, auténtico motivo central de la animación que nos ocupa, la música se llevó literalmente a la calle, con todo lo que ello conlleva: toda una generación paso del club (algo propio de los 70's) hacia la calle (algo propio de los 80's) con un alegre vitalismo; y descubrieron que el Sol seguía brillando ahí fuera. La bonanza económica y el surgimiento de la cara más amable de la electrónica permitió que surgiera todo aquello que vemos retratado con pulcritud en este The Magic Touch. Una sexualidad liberada, el auge del descapotable como identidad de la época, la vuelta al juego y a la calle y, además, el surgimiento del dj, de aquel capaz de (re)mezclar los discursos dispares para generar otros nuevos; los 80's son, en muchos sentidos, el toque de queda para comprender nuestro tiempo hoy.

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