La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Sin entropía no existe la posibilidad de que se configuren nuevos elementos: igual que en la naturaleza no puede surgir nueva vida sin que primero exista una fase de descomposición, existe la idea de que en la sociedad, la política y el arte no puede surgir nada nuevo si no es en oposición o a costa de algo anterior. Por eso es un tema común en la filosofía del siglo XIX, por cliché que pueda parecer, la necesidad de la destrucción como acto creativo: había algo en el ambiente entonces y no podemos negar que lo hemos heredado hoy.
Virtue and a Sledgehammer es un buen ejemplo de ello. Un juego sobre una chica, Pratelle, que vuelve a su pueblo con una maza para destruirlo todo porque sus vecinos han sido sustituidos por robots a los que han implementado su conciencia por parte de una científica tan inteligente como sin control. Su hermana, Nina.
Sobre el papel no es nada fuera de lo que podríamos esperar de Deconstructeam y Selkie Harbour. Un tremendo mazazo emocional tras otro en una aventura relativamente breve, con un 3D absolutamente brillante que sabe adaptar a la perfección la identidad visual y artística del 2D de sus anteriores juegos y una de las mejores, si es que no la mejor, banda sonora del año. Pero eso sería quedarse corto. Porque el juego sorprende a cada paso. Es 3D, pero no el que esperamos. Es una aventura, pero no exactamente. Sus ambiciones están ahí, pero van más allá de lo que hemos visto hasta ahora de la extraordinaria unión de fuerzas de estos dos estudios: es la destrucción creativa de nuestras expectativas.
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