Etiqueta: El gourmet solitario

  • Guía de iniciación al manga (VII) — La comida y el manga: una relación de amor

    Guía de iniciación al manga (VII) — La comida y el manga: una relación de amor

    Este es un tex­to que se iba a pu­bli­car en un me­dio de cu­yo nom­bre no quie­ro acor­dar­me, pe­ro que nun­ca lle­ga­ron a pu­bli­car. Lo res­ca­to aquí por­que ca­sa bien con la guía, co­mo una bue­na bo­la ex­tra (con al­gu­nas adap­ta­cio­nes), y por­que, ¿qué gus­ta más que un buen iné­di­to de un au­tor?

    (Y por su­pues­to, ha si­do re­edi­ta­do pa­ra la ocasión)

    En Japón es­tán ob­se­sio­na­dos con la co­ci­na. Algo que no co­ge­rá por sor­pre­sa a na­die que ten­ga un mí­ni­mo in­te­rés por el país. Ya sea co­mo pio­ne­ros del pri­mer y me­jor pro­gra­ma de te­le­vi­sión de co­ci­na com­pe­ti­ti­va, Iron Chef, o por­que tie­nen uno de los ca­tá­lo­gos de res­tau­ra­ción más am­plios del mun­do, sien­do la me­ca de cual­quier gour­met o chef que se pre­cie, Japón siem­pre ha es­ta­do muy in­tere­sa­da en la co­mi­da, la co­ci­na y có­mo és­ta sir­ve pa­ra re­la­cio­nar­nos con los otros en cual­quier ám­bi­to de la vida.

    También es cier­to que eso no es al­go ex­clu­si­vo de Japón. Si abun­dan los pro­gra­mas, los li­bros, los ví­deos y los ar­tícu­los so­bre co­ci­na es por­que es un te­ma que nos in­tere­sa co­mo es­pe­cie. A fin de cuen­tas, to­dos te­ne­mos que en­fren­tar­nos de dia­rio sino con la co­ci­na, sí con el ac­to de co­mer. Pero en Japón esa ob­se­sión la han lle­va­do un pa­so más allá. Y pa­ra de­mos­trar­lo, na­da me­jor que el manga.

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  • Comer es el acto que nos arroja en la memoria de la vida misma

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    El gour­met so­li­ta­rio, de Jiro Taniguchi

    Aunque hay una ten­den­cia na­tu­ral por par­te del hom­bre ha­cia el des­pre­cio de la co­mi­da, co­mo si es­ta fue­ra al­gu­na cla­se de pa­sión que se mos­tra­ra co­mo im­pro­pia al alu­dir a al­go que de­bie­ra ser só­lo si­tua­do ba­jo el pris­ma de la ne­ce­si­dad, la reali­dad es que el con­cep­to mis­mo de co­mer es al­go de­ter­mi­nan­te pa­ra la vi­da mis­ma. A es­te res­pec­to po­dría­mos alu­dir a Anthony Burguess cuan­do nos afir­ma­rá que una co­mi­da bien equi­li­bra­da es co­mo una es­pe­cie de poe­ma al de­sa­rro­llo de la vi­da; no exis­te na­da en el mun­do que sea más pro­pio de la vi­da, del pro­ce­so de vi­vir y de man­te­ner en fun­cio­na­mien­to la vi­da, que el co­mer mis­mo: pa­ra vi­vir se ne­ce­si­ta co­mer, en és­te se en­cuen­tra cier­to pla­cer im­plí­ci­to y se rea­li­za tan só­lo en la ac­ción mis­ma que se pro­du­ce en tan­to vi­vi­mos. La co­mi­da es aque­llo que me­jor re­pre­sen­ta la con­se­cu­ción de qué en­ten­de­mos por vi­da en to­dos sus ám­bi­tos y, por ello, des­pre­ciar el ar­te de la co­ci­na y la ca­tar­sis del co­mer es el error al cual só­lo pue­de ver­se in­du­ci­do aquel que no es ca­paz de ver cua­les son los au­tén­ti­cos pi­la­res de la vi­da en sí misma. 

    Sólo con es­to en men­te po­dría­mos en­ten­der lo que in­ten­ta trans­mi­tir­nos Jiro Taniguchi con su obra que no es tan­to una con­ca­te­na­ción de re­ce­tas clá­si­cas de di­fe­ren­tes par­tes de Japón, que tam­bién, sino que es más bien un via­je an­tro­po­ló­gi­co al cen­tro mis­mo de la vi­da de un hom­bre so­li­ta­rio. A tra­vés de lo que co­me és­te hom­bre eter­na­men­te ham­brien­to se nos va abrien­do len­ta­men­te, sin nin­gu­na pri­sa por mos­trar­se en su to­ta­li­dad en el pri­mer gi­ro po­si­ble, en­se­ñán­do­nos len­ta­men­te to­do aque­llo que ha con­fi­gu­ra­do su vi­da en tan­to tal. El in­te­rés ra­di­cal en ca­da co­mi­da no se si­túa en qué co­me, lo cual ya se­ría de­li­cio­so en sí mis­mo, ya que con­ti­nua­men­te esas co­mi­das nos re­mi­ten a he­chos del pa­sa­do del hom­bre que nos per­mi­ten no sa­ber pe­ro si in­tuir co­mo fue la vi­da an­te­rior de és­te hom­bre so­li­ta­rio; el in­te­rés ra­di­cal de la co­mi­da aquí es pre­sen­tar­se co­mo un hi­lo con­duc­tor de la vi­da mis­ma de los hom­bres, pe­ro tam­bién un ar­ti­cu­la­dor de mi­ra­das di­ver­gen­tes, en oca­sio­nes in­clu­so en con­tra­dic­ción, al res­pec­to de las pro­pias ne­ce­si­da­des que van im­po­nién­do­se en la vi­da por sí mis­mas, sin me­dia­ción del hombre. 

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