Etiqueta: Mario Puzo

  • Movimientos (totales) en el arte mínimo (XXIX)

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    Seis tum­bas en Munich
    Mario Puzo
    1967

    El pro­ble­ma de la iden­ti­dad es es­pe­cial­men­te acu­cian­te cuan­do es ele­gi­da. Si de­ci­di­mos ves­tir una más­ca­ra, usar un pseu­dó­ni­mo pa­ra que no nos aso­cien con de­ter­mi­na­dos ac­tos o si­tua­cio­nes, ex­po­ner al pú­bli­co la con­ti­nui­dad de nues­tra iden­ti­dad a tra­vés de otro nom­bres es in­jus­to; si no­so­tros he­mos que­ri­do des­do­blar­nos de al­gún mo­do, na­die de­be­ría te­ner por qué aso­ciar esas dos iden­ti­da­des di­fe­ren­tes co­mo si fue­ran una so­la. No só­lo por res­pe­to, sino tam­bién por ad­mi­tir que po­de­mos ser más de una per­so­na. Es po­si­ble que el Yo con el que fui nom­bra­do en el re­gis­tro ci­vil y el Yo de mi(s) pseudónimo(s) no só­lo sea­mos dos per­so­nas dis­tin­tas, sino tam­bién en­ti­da­des com­ple­ta­men­te irre­con­ci­lia­bles co­mo una úni­ca iden­ti­dad coherente.

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  • una generación perdida

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    Por amor el hom­bre es ca­paz de ha­cer cual­quier co­sa, es­cu­dán­do­se tras la ex­cu­sa del amor, tam­bién. Con el amor por la ban­de­ra los hom­bres bue­nos se eri­gen co­mo los nue­vos em­pe­ra­do­res del do­lor y la de­ses­pe­ra­ción pa­ra con­se­guir sus, su­pues­ta­men­te, ele­va­dos pro­pó­si­tos. De es­to tra­ta Seis Tumbas en Munich de Mario Puzo.

    El pro­di­gio­so Mike Rogan per­te­ne­cía al gru­po de in­te­li­gen­cia de América en tie­rras ocu­pa­das du­ran­te la 2ªGM has­ta que un fa­tí­di­co día los cap­tu­ra­ron jun­to a su mu­jer, Christine. Tras una lar­ga tor­tu­ra, con­se­guir las cla­ves que ne­ce­si­ta­ban y eje­cu­tar a Rogan sus sie­te tor­tu­ra­do­res, con los años, reha­rán sus vi­das. Pero él so­bre­vi­vió y fi­nal­men­te, ira tras ellos en una me­tó­di­ca y bri­llan­te, aun­que tor­pe en oca­sio­nes, per­se­cu­ción don­de el úni­co fin es la muer­te mis­ma. Y es que, pa­ra él no exis­te la re­den­ción o el per­dón, to­dos son cul­pa­bles de de­li­tos no so­lo con­tra él o su mu­jer, sino con­tra la hu­ma­ni­dad y el amor mis­mo. Aun con to­do, Rogan es un cí­ni­co hi­jo de pu­ta. No le im­por­ta su mu­jer, no le im­por­ta los muer­tos y, ni mu­cho me­nos, le im­por­ta Rosalie, la jo­ven so­bre la que cae ac­tuan­do de un (in­ten­to de) mu­tuo sal­va­vi­das. Su úni­co pen­sa­mien­to es la ven­gan­za y to­do se ar­ti­cu­la en una ven­gan­za im­po­si­ble que, en reali­dad, es más un ac­to re­den­tor de la hu­ma­ni­dad ne­ga­da a los tor­tu­ra­do­res por los na­zis. Al fi­nal, sin ma­los ni bue­nos, to­dos son cri­mi­na­les ata­dos y arro­ja­dos por sus cir­cuns­tan­cias en una reali­dad hos­til. Y es así, sin tem­blar­le el pul­so, co­mo Mario Puzo ar­ti­cu­la un dra­ma de sa­bor noir que, en reali­dad, no es más que una tris­te y li­ge­ra his­to­ria pulp de una ven­gan­za frustrada.

    La muer­te y la ven­gan­za se ce­ban en una ope­ra cruel don­de sus ac­to­res se con­gra­cian en in­ten­to de exo­ne­rar­se de un mal que to­dos han co­me­ti­do o co­me­te­rán. Ninguno es ino­cen­te de na­da, nin­guno es hu­mano, to­dos tie­nen la mis­ma al­tu­ra, o ba­je­za, mo­ral. El fru­to de la ven­gan­za es so­lo la muer­te del alma.