Etiqueta: Padre de Familia

  • el negro, el oso y el bebé

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    Entre las se­ries es co­mún la crea­ción de spin-off pa­ra con­ti­nuar el ti­rón de una se­rie de gran po­pu­la­ri­dad con al­guno de sus per­so­na­jes mas ca­ris­má­ti­cos. Y aquí en­con­tra­mos ya el pri­mer pro­ble­ma de ba­se de The Cleveland Show, han uti­li­za­do co­mo ba­se el per­so­na­je me­nos ca­ris­má­ti­co de to­da la serie.

    Después de su di­vor­cio Cleveland ha de ir­se de ca­sa con su hi­jo de 14 años y aca­ba ca­si por ca­sua­li­dad en la ciu­dad don­de na­ció, lu­gar don­de aca­ba ins­ta­lán­do­se con el amor de to­da su vi­da, Donna, des­pués de su­pe­rar su pa­ga­fan­tis­mo. Con es­to y con una re­tai­la de in­sul­sos se­cun­da­rios, chis­tes sin gra­cia y las peo­res re­fe­ren­cias pop ja­mas vis­ta en Padre de Familia se re­su­me el pi­lo­to de la se­rie. Así en­con­tra­mos en el hi­jo pe­que­ño de Donna un aná­lo­go de Stewie, en el oso Tim a Brian, en Cleveland Jr. una suer­te de Cris mo­reno o Holt un Joe no-paralitico. Aun peor son los per­so­na­jes sin ana­lo­gía cla­ra a nin­gún per­so­na­je que no pa­san de ser re­mien­do clá­si­cos de sit-com fa­mi­liar, co­mo la ado­les­cen­te rebelde.

    Los gags no van mu­cho mas allá ba­sán­do­se en chis­tes alar­ga­dos has­ta el abu­rri­mien­to si­guien­do co­mo guía lo peor de Los Simpson y Padre de Familia de sus ul­ti­mas tem­po­ra­das. Así los úni­cos mo­men­tos con cier­ta gra­cia se dan cuan­do aun es­tán en Quahog en un con­ti­nuo ejer­ci­cio de auto-referencialidad al re­pe­tir gags de la se­rie re­no­va­dos don­de es­tu­vie­ra in­vo­lu­cra­do Cleveland.

    Mucho de­be­ría me­jo­rar The Cleveland Show pa­ra lle­gar si­quie­ra al ni­vel de Padre de Familia, ha­ce mu­cho su­pe­ra­do por otras se­ries de ani­ma­ción muy su­pe­rio­res y que no se cum­pla el va­ti­ci­nio de la ma­yo­ría, olía a muer­to an­tes de nacer.

  • Siempre hay canciones en los dibujos animados

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    En una so­cie­dad don­de el mu­si­cal es­ta vis­to co­mo una pa­to­cha­da y un ar­te me­nor, es cu­rio­so co­mo ha con­se­gui­do ha­cer­se un hue­co en­tre las pe­lí­cu­las de ani­ma­ción por cul­pa del efec­to Disney —sien­do és­te el inane pe­ro efec­ti­vo acon­te­ci­mien­to que se da en la ne­ce­si­dad por par­te de to­dos los per­so­na­jes de di­bu­jos ani­ma­dos de po­ner­se a can­tar, in­clu­so cuan­do no res­pon­de de for­ma cohe­ren­te con la na­rra­ción — . Siempre se han bur­la­do de ello en Las Macabras Aventuras de Billy y Mandy, por lo cual es ló­gi­co que lo lle­va­ran has­ta el ex­tre­moen el nu­me­ro mu­si­cal de su pri­me­ra pe­lí­cu­la, La Gran Aventura de Billy y Mandy con el Coco.

    Scary‑o es un can­to a no te­ner mie­do des­de la ab­so­lu­ta sub­nor­ma­li­dad, Billy nos ani­ma a no te­ner mie­do por que na­da es tan gra­ve y por­que, a fin de cuen­tas, te­ne­mos de­ma­sia­da ham­bre pa­ra te­mer na­da. Sin exal­ta­cio­nes de la amis­tad, el va­lor, el ho­nor o el amor, so­lo de la es­tu­pi­dez en su for­ma más pu­ra. Todo re­ma­ta­do con un gui­ta­rris­ta Tío Cosa con ves­tua­rio de Slash can­tan­do con un Billy Stardust en un jue­go de re­fe­ren­cias que ya que­rría pa­ra si Padre de Familia.

    He aquí la de­fi­ni­ti­va ope­ra rock de los di­bu­jos ani­ma­dos sos­te­ni­da des­de el mu­si­cal bien en­ten­di­do y la acep­ta­ción de los in­gre­dien­tes de­fi­ni­ti­vos: el ab­sur­do y la estupidez.