Etiqueta: Segunda Guerra Mundial

  • La muerte suena como un corazón desvelado. Sobre «Tokio Año Cero» de David Peace

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    Nadie re­gre­sa tras su pa­so por la tie­rra de los muer­tos, por­que des­pués de ese úl­ti­mo pa­seo la vi­da ca­re­ce por siem­pre del vi­vo co­lor de la es­pe­ran­za. No que­da na­da, si­quie­ra la po­si­bi­li­dad de la na­da. Todo te­mor es en úl­ti­mo tér­mino el mie­do a la muer­te, a des­apa­re­cer del mun­do —por­que el mun­do lo es to­do, na­da exis­te más allá de él ni si­quie­ra si exis­tie­ra; si exis­te un afue­ra del mun­do, es un afue­ra de la exis­ten­cia — , in­clu­so en aque­llos ca­sos que pa­re­cen aje­nos a sus do­mi­nios: el mie­do a la so­le­dad es el mie­do a la muer­te so­cial, a no te­ner con quién com­par­tir la vi­da; el mie­do a la en­fer­me­dad es el mie­do a la muer­te de la sa­lud, a no te­ner po­si­bi­li­dad al­gu­na de vi­vir; y el mie­do al fu­tu­ro es el mie­do a la muer­te del pre­sen­te, a no com­pren­der la vi­da en sí mis­ma. Cuando se vi­si­ta la tie­rra de los muer­tos es im­po­si­ble vol­ver sin una pro­fun­da he­ri­da en el co­ra­zón que nos re­cuer­de, al me­nos en se­cre­to, que es­ta­mos mar­ca­dos pa­ra vol­ver con ellos al­gún día.

    El ins­pec­tor Minami só­lo co­no­ce del mar­ti­llar de su pen­sa­mien­to. とくとく. La cul­pa le atra­vie­sa de for­ma cons­tan­te; in­ten­ta huir del pa­sa­do, pe­ro es­te le per­si­gue de for­ma cons­tan­te. とくとく. Siempre to­ma ma­las de­ci­sio­nes, siem­pre es­tá don­de no de­be: con su aman­te cuan­do de­be­ría es­tar con su fa­mi­lia, con su fa­mi­lia cuan­do de­be­ría es­tar en su tra­ba­jo, en su tra­ba­jo cuan­do de­be­ría es­tar con su aman­te. とくとく. Quiere ol­vi­dar, pe­ro no pue­de; quie­re dor­mir, pe­ro no pue­de. とくとく. Tiene que re­sol­ver el ca­so de un ase­sino en se­rie de mu­cha­chas jó­ve­nes, pe­ro sus com­pa­ñe­ros ha­cen más avan­ces de los que él con­si­gue. とくとく. Asuntos in­ter­nos le per­si­gue, la ma­fia le per­si­gue, la vi­da le per­si­gue. とくとく. Sabe que ya es­tá muer­to, lo que no sa­be es cuan­do se ma­te­ria­li­za­rá la muer­te とくとく. Sólo de­sea no te­ner que car­gar con su vi­da. とくとく.

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  • una generación perdida

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    Por amor el hom­bre es ca­paz de ha­cer cual­quier co­sa, es­cu­dán­do­se tras la ex­cu­sa del amor, tam­bién. Con el amor por la ban­de­ra los hom­bres bue­nos se eri­gen co­mo los nue­vos em­pe­ra­do­res del do­lor y la de­ses­pe­ra­ción pa­ra con­se­guir sus, su­pues­ta­men­te, ele­va­dos pro­pó­si­tos. De es­to tra­ta Seis Tumbas en Munich de Mario Puzo.

    El pro­di­gio­so Mike Rogan per­te­ne­cía al gru­po de in­te­li­gen­cia de América en tie­rras ocu­pa­das du­ran­te la 2ªGM has­ta que un fa­tí­di­co día los cap­tu­ra­ron jun­to a su mu­jer, Christine. Tras una lar­ga tor­tu­ra, con­se­guir las cla­ves que ne­ce­si­ta­ban y eje­cu­tar a Rogan sus sie­te tor­tu­ra­do­res, con los años, reha­rán sus vi­das. Pero él so­bre­vi­vió y fi­nal­men­te, ira tras ellos en una me­tó­di­ca y bri­llan­te, aun­que tor­pe en oca­sio­nes, per­se­cu­ción don­de el úni­co fin es la muer­te mis­ma. Y es que, pa­ra él no exis­te la re­den­ción o el per­dón, to­dos son cul­pa­bles de de­li­tos no so­lo con­tra él o su mu­jer, sino con­tra la hu­ma­ni­dad y el amor mis­mo. Aun con to­do, Rogan es un cí­ni­co hi­jo de pu­ta. No le im­por­ta su mu­jer, no le im­por­ta los muer­tos y, ni mu­cho me­nos, le im­por­ta Rosalie, la jo­ven so­bre la que cae ac­tuan­do de un (in­ten­to de) mu­tuo sal­va­vi­das. Su úni­co pen­sa­mien­to es la ven­gan­za y to­do se ar­ti­cu­la en una ven­gan­za im­po­si­ble que, en reali­dad, es más un ac­to re­den­tor de la hu­ma­ni­dad ne­ga­da a los tor­tu­ra­do­res por los na­zis. Al fi­nal, sin ma­los ni bue­nos, to­dos son cri­mi­na­les ata­dos y arro­ja­dos por sus cir­cuns­tan­cias en una reali­dad hos­til. Y es así, sin tem­blar­le el pul­so, co­mo Mario Puzo ar­ti­cu­la un dra­ma de sa­bor noir que, en reali­dad, no es más que una tris­te y li­ge­ra his­to­ria pulp de una ven­gan­za frustrada.

    La muer­te y la ven­gan­za se ce­ban en una ope­ra cruel don­de sus ac­to­res se con­gra­cian en in­ten­to de exo­ne­rar­se de un mal que to­dos han co­me­ti­do o co­me­te­rán. Ninguno es ino­cen­te de na­da, nin­guno es hu­mano, to­dos tie­nen la mis­ma al­tu­ra, o ba­je­za, mo­ral. El fru­to de la ven­gan­za es so­lo la muer­te del alma.