Etiqueta: Wata

  • topografía del ser a través de la música

    Para co­no­cer al­go en pro­fun­di­dad de­be­mos ha­cer un es­tu­dio to­po­grá­fi­co de ese ele­men­to; es ne­ce­sa­rio es­tu­diar­lo en to­das sus di­fe­ren­tes ca­pas de se­di­men­ta­ción pa­ra po­der de­ter­mi­nar la for­ma au­tén­ti­ca que sus­ten­ta en su in­te­rior. He ahí que en un dis­cur­so, co­mo en una per­so­na, se de­ba prac­ti­car una ex­ca­va­ción pro­fun­da, de prin­ci­pio a fin, co­mo mo­do de di­lu­ci­dar el com­ple­jo de­ve­nir del ser a tra­vés de los di­fe­ren­tes es­tra­tos que se van so­la­pan­do en­tre sí. Esta prac­ti­ca co­men­za­re­mos aquí con Heavy Metal Me de Boris a tra­vés de los di­fe­ren­tes vi­deos que se aglu­ti­nan en su seno.

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    El co­mien­zo es­pec­ta­cu­lar a tra­vés de A Bao A Qu nos en­se­ña un trán­si­to erran­te que co­mien­za en el es­ta­tis­mo se­reno de to­dos los ele­men­tos de sus es­ce­nas, en los cua­les, hay una ab­so­lu­ta au­sen­cia de evo­lu­ción a tra­vés de su ve­lo­ci­dad iner­cial nu­la; no hay cam­bio ni de­ve­nir. Como en la le­yen­da del A Bao A Qu, don­de la for­ma­ción del mis­mo só­lo se da en la len­ta es­ca­la­da de la to­rre de aque­llos que son de co­ra­zón pu­ro, len­ta­men­te se va con­for­man­do la can­ción a tra­vés de una ve­lo­ci­dad as­cen­den­te ma­ni­fes­tán­do­se co­mo tal só­lo ha­cia la mi­tad del tra­yec­to. Este via­je en pa­ra­le­lo con la en­ti­dad bor­gia­na se re­ma­ta ha­cia el fi­nal cuan­do to­do se de­rra­ma con una fu­ria des­truc­ti­va, con el A Bao A Qu con­for­ma­do en iden­ti­dad com­ple­ta, ca­yen­do por las es­ca­le­ras de for­ma es­tre­pi­to­sa; el fi­nal es el de­ve­nir com­ple­to que lo es só­lo en su regresión.

    La es­pec­ta­cu­la­ri­dad de to­das las ca­pas que se van su­per­po­nien­do en la can­ción, que van crean­do al A Bao A Qu en su evo­lu­ción, se da en la con­jun­ción de la mú­si­ca y la ima­gen pues, en am­bos ca­sos, lo que de­fi­ne su iden­ti­dad es la di­fe­ren­cia de rit­mos. Las ra­mas de ár­bol flo­tan­do a di­fe­ren­tes ve­lo­ci­da­des, co­mo los ins­tru­men­tos vo­lan­do so­bre las no­tas con ve­lo­ci­dad dis­par, nos de­fi­nen esa iden­ti­dad múl­ti­ple de la iden­ti­dad has­ta es­ta­llar. Cuando so­bre­pa­sa la puer­ta y só­lo que­da el rui­do blan­co en con­jun­to con la pan­ta­lla en ne­gro, aun­que el ser se ha­ya cons­ti­tui­do y ha­ya de­ja­do de ser ya, ha de­ja­do su con­di­ción mis­ma im­pre­sa en el mundo.

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  • breve dietario sobre la situación musical

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    El ar­tis­ta tie­ne una con­di­ción úni­ca que se­guir a la ho­ra de abor­dar su obra, ha­cer lo que le de la real ga­na ig­no­ran­do lo que sus fans se su­po­ne es­pe­ren de él. Cuando uno es­tá crean­do de­be de­jar­se guiar por lo que cree que de­be ser su obra y no lo que ter­ce­ros di­gan que de­be­ría ser; la muer­te del al­ma ar­tís­ti­ca se en­cuen­tra en la com­pla­cen­cia del otro. Y si un gru­po es­tá dis­pues­to a rom­per­nos las ex­pec­ta­ti­vas una y otra vez es­te es Boris, co­mo nos de­mues­tran en úl­ti­mo sin­gle PartyBoy.

    Ante no­so­tros se abre un pop sen­ti­do, cá­li­do in­clu­so, de­co­ra­do con la dul­ce voz de Wata en un mar­ca­do rit­mo elec­tró­ni­co en­tre los cua­les mu­chos ve­rán la per­di­da de va­lo­res del gru­po. Nada más le­jos de la reali­dad, la can­ción man­tie­ne el es­ti­lo per­so­nal del gru­po; to­das y ca­da una de las no­tas de es­ta can­ción tie­ne la ge­nui­na im­pron­ta de Boris. El pe­sa­do ba­jo de ai­res sto­ner co­que­tea sin com­ple­jos con los dul­ces dis­pa­ros elec­tró­ni­cos mien­tras la afi­la­dí­si­ma gui­ta­rra cor­ta nues­tros oí­dos al bies pa­ra de­lei­te de la agre­si­va­men­te ama­ble ba­te­ría. Toda esa ter­nu­ra, esa di­ver­sión y lu­mi­no­si­dad en­mas­ca­ran unos ins­tru­men­tos du­ros; (ultra-)violentos, que no du­dan ni un só­lo mo­men­to en ras­gar la te­la de las con­ven­cio­nes de lo que de­be­ría ser. En es­te sin­gle Boris se en­ga­la­nan en pu­ra apa­rien­cia pa­ra ha­cer un pi­que­te en los ojos a los fal­sos fans; a los oyen­tes del to­do a cien, pa­ra ha­cer­se no­tar co­mo lo que son: un ge­nuino gru­po de y pa­ra ab­so­lu­tos aman­tes de la mú­si­ca. Todos los que no se in­clu­yan en és­te úl­ti­mo gru­po no en­ten­de­rán lo más mí­ni­mo y só­lo ten­drán una úni­ca po­si­bi­li­dad con dos ca­ras, que les gus­te o no por las ra­zo­nes equivocadas.

    El true o snob, tam­bién co­no­ci­do co­mo au­tén­ti­co aman­te de las ar­tes, só­lo tie­ne una con­di­ción a la ho­ra de abor­dar la obra de un ar­tis­ta, exi­gir­le un es­ti­lo úni­co y per­so­nal que arre­ba­te el cri­te­rio. Negar que Boris en to­dos y ca­da uno de sus tra­ba­jos han con­se­gui­do es­to, lle­ván­do­lo has­ta el ex­tre­mo in­clu­so en és­te úl­ti­mo ca­so, me­re­ce só­lo un pe­que­ño chas­qui­do de des­apro­ba­ción. ¡Oyentes de la ciu­dad, tris­te opro­bio, vien­tres tan sólo!