Subcultura y cultura underground a go-gó

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La escuela es cada día mas un hervidero de violencia de toda clase, en una sociedad ultra-competitiva donde quien es mejor es quien mas lejos llega aun a costa de los demás. Las luchas encarnizadas, normalmente en forma de intentar ser el mejor de uno u otro modo, son el pan de cada día. En Crows Zero de Takashi Miike estas luchas ademas, son siempre a golpes.

Genji Takaya hijo de un jefe yakuza quiere llegar a dominar la escuela de los cuervos para seguir el legado de su padre pero para ello antes tendrá que derrotar al actual mayor líder, el monstruo Tamao Serizawa. Y ya esta, todo lo demás es estilizada violencia, personajes bien construidos y una feroz critica a la sociedad. Los únicos adultos que muestran algún interés por los chicos son yakuzas y son los únicos en darles la clave de todo, no se puede ganar todo peleando. Genji ira aunando a una mayoría a su alrededor siendo un líder y siendo un amigo, escapando de la violencia brutal y despersonalizada de la cual hacia gala al comienzo y re-huyendo lo que los adultos quieren que sean, aborregados simientes de funcionales trabajadores acostumbrados a ser apaleados.

El camino del héroe pasa por aprender a confiar en los que le complementan, si pretende luchar solo le derrotaran. El triunfo a través del compañerismo.

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Abordar una re-interpretación de Bach es en el mejor de los casos una labor dura y mas si es en clave electrónica, la lucha contra los puristas de toda clase sera encarnizada. Así esta es labor para un japones con los suficientes redaños como para en clave de chiptune hacer una re-interpretación de Bach en tono noise.

Scotch Bach de DJ Scotch Egg es una patada en la boca al academicismo. Una vez mas el hombre que lanza huevos cocidos sobre sus espectadores, a golpe de chiptune, crea una pequeña obra de arte quizás mas cerca de la brutalidad de Bong-Ra que del amable sonido de YMCK. Un delirio que parte de una sonata a ritmo de Game Boy hasta una brutal oda ruidista articulada por el terrorista del KFC.

El ruido os devorara entre la magnificencia barroca.

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Es natural imaginar el infierno lleno de maquinas de tortura donde se inflige un dolor inhumano por la eternidad pero mas sensato es pensar que el diablo nos deparara un sufrimiento mas allá de lo físico. Así nos lo plantea Jean-Paul Sartre en A Puerta Cerrada.

Tres muertos recientes en el infierno donde no duermen y no pueden cerrar los ojos nunca, ellos solos serán su eterna compañía en el infierno encerrados en una pequeña habitación con nada mas que tres asientos de lo que parece un hotel. Sin torturadores ni maquinas de tortura, solo ellos y la relación que se establece entre los tres, van poco a poco desnudando sus almas para encontrar la razón de estar allí y eludir las culpas de una vida poco honrosa. La paulatina necesidad de unos por los otros con un consiguiente desprecio por lo deleznable de las actuaciones en vida de los otros harán que contra mas intentan justificarse y acercarse al otro el reflejo que les devuelve sea mas cruel y distorsionado.

Ante una puerta abierta tres trasuntos de personas, reflejos cuasi fantasmales, obliterados de su esencia se niegan a salir de su infierno porque ninguno saldrá sin los otros y los otros no saldrán con los demás. Tenga cuidado el que mire al otro pues el otro le devolverá la mirada.