
Creo que estamos en un camino irreversible hacia más libertad y democracia. Pero las cosas pueden cambiar
George W. Bush

Creo que estamos en un camino irreversible hacia más libertad y democracia. Pero las cosas pueden cambiar
George W. Bush

El problema del ajedrez como motivo literario es que vale para hablar de todo, salvo de lo más importante: de la existencia. Se parece a todo, al amor o a la guerra, a la política o a las familias, pero si hablamos de la vida nunca se parece en nada al ajedrez. Nunca saldremos vivos de esta vida y, en el ajedrez, siempre cabe la posibilidad de ganar por remota que esta sea. O quizás por eso, el ajedrez sólo puede ser metáfora de la muerte, de la aceptación: en tanto perder es una opción tan probable como ganar, sólo nos queda aceptar que cuando entramos al juego debemos plegarnos a sus reglas. Incluso cuando no sabemos estar jugando.
¿Qué es un gambito de caballo? Para quienes no estén familiarizados con el ajedrez, consiste en sacrificar una caballo para obtener una ventaja táctica en el tablero. Si hablamos de Gambito de caballo, parece evidente por donde puede ir la metáfora: no sólo el sacrificio del caballo, o el caballo como sacrificio —asumiendo en el proceso que para ser un jinete excepcional, o llegar a ser excepcional en cualquier ámbito, es necesario el sacrificio, incluso, cuando no se percibe como tal — , sino también el carácter ajedrecístico, filosófico, deductivo en suma, de la novela de detectives. Toda investigación es confrontación de ingenio. Allá donde el criminal dispone todo para no ser capturado, el detective debe leer sus errores para derrotarle; quien empieza el primer movimiento tiene ventaja porque, hasta que se cometa un primer error, es él quien controla el tablero: cometer un crimen constata que se está jugando, pero nada se puede hacer hasta que no comete algún fallo.

Lo familiar nos es lo más lejano. Para conocernos a nosotros mismos debemos proyectarlo en los otros, en las historias, para poder verlo; esa es la función del arte, en último término: actuar como espejo, servirnos al mostrar aquello que somos ante nuestra ceguera, quizás uniéndonos hacia otros que también se descubren similares, abriéndonos, en cualquier caso, a nuestras propias vidas. Nuestro interior nace del exterior. O, al menos, sólo allí podemos apreciarlo en tanto es donde se nos muestra sin mediar, o no mediado por nuestros intereses, si estamos abiertos a la interpretación; quien se sumerge en el arte como en la vida, esperando todo, no negándose a ninguna posibilidad a priori. Esa es la grandilocuencia sino de la interpretación, sí al menos del arte como vida.
Hablar de El gran hotel Budapest es hablar de una reliquia de otro tiempo, de finales del XIX, embebido del espíritu de la aventura de salón que reinaba en el corazón del Stefan Zweig que impregna cada pasillo, cada habitación, de este hotel en decadencia. Hotel de los hombres y mujeres más nobles, por miserables que fueran, fueran gente adinerada o dispuesta a servir —porque, si algo saben las almas nobles es que nada hay más elevado que servir no al superior, sino al igual, a la humanidad — , donde podían vivir a la altura de aquello que tenían de esplendoroso, de mágico, obviando todo sufrimiento o rencor que se desatara en el mundo; las guerras siempre eran lejos, lo placeres siempre eran cerca. Situado en la república de Zubrowka, versión ficticia de la literaria Austria, el hotel radica en su capacidad de ser para los amigos. Amigos que son, por definición, aquello que es el hotel: deslumbrante, bello, fascinante; cierto momento de familiaridad combinado con la constante sensación de encontrarse con algo nuevo, indómito, imposible a la par que familiar. Extrañeza hecha proximidad, o lo próximo como lo más lejano.

All-New Ghost Rider #001
Felipe Smith y Tradd Moore
2014
Armonía, palabra de belleza. No belleza entendida como la representación de lo hermoso, sino como cualquier concepción estética que cause algún sentimiento hondo, profundo, en el interior de aquello que conocemos por humano; algo hermoso y algo repulsivo pueden ser ambos bellos, que causen profunda impresión en nosotros, y siempre lo serán por armónicos, por poner en comunión fondo y forma. Nada que merezca la pena nace de la disarmonía.

Los usos literarios del amor son infinitos, como infinitos son los usos existenciales del amor. Todo y nada cabe en su seno. La belleza, la pureza y la empatía se confunden con el amor sólo en la misma medida que la amistad, el sexo y la fraternidad; ninguna religión renuncia a explicar las cosas desde el amor, como ninguna política se atreve jamás a acercarse al mismo: tan volátil e inaprensible es, que hace temer incluso a aquellos que no temen nada, que profanan todo. Amor, instrumento inútil. Inútil no porque no sirva para nada, sino porque es inútil como herramienta, ya que es imposible controlarlo. Se es para, o en, el amor porque siempre estamos dentro de su radio de influencia; quien permanece fuera no puede entenderlo ni dominarlo, quien permanece dentro tampoco. Como fuerza es tan misteriosa como peligrosa, como sentimiento es tan inmenso como trágico. Quizás, por eso, literario.
Acercarse hacia la obra de Yukio Mishima sin partir de que es una extensa bibliografía sobre los usos y límites del amor, desde lo más alto hasta lo más bajo, es limitar nuestra visión al respecto de lo que pretende contarnos. Sus historias son íntimas, ocurren en el corazón de las personas, pero también en el corazón de la sociedad; no sólo hay pensamiento o sentimientos, sino actos que repercuten sobre sus vidas y en las de cuantos les rodean. Es lógico. El amor como fuerza motriz del mundo, de lo humano, resulta evidente desde el momento que es la pasión por la cual se nace y se muere; en la mayoría de ocasiones se engendra, como se mata —aunque la mayoría de asesinatos ocurren por motivos económicos, en este caso deberíamos afinar para comprender que el amor por el dinero es el motivo — , por amor. Nada escapa del amor. No desde luego el protagonista de El pabellón de oro, que en tanto el amor le rehuye es él quien abraza la enamoradiza pasión de darse al encuentro con el objeto de su pasión. El objeto de su amor, el Kinkaku-ji, Templo del pabellón de oro, cuyo nombre formal, Rokuon-ji, Tempo del jardín de los ciervos, nos resulta desconocido; el por qué del nombre, se contiene ya desde el título: su belleza es fastuosa, imposible, dorada. Belleza que no puede repudiar el corazón del hombre. Aceptemos entonces que, aun siendo templo budista y por extensión reflejo del zen —lo cual sería el centro mismo de la novela, ya que «si encuentras al Buda en el camino, mátalo» — , es también representación del amor: su pureza es la de aquello que puede ser amado, aquello bello por sí mismo, que por su condición no puede corresponder de modo alguno.