Categoría: The Sky Was Pink

  • la mujer de rojo

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    El fu­tu­ro de las le­tras tie­ne nom­bre fe­me­nino y es Yume de Sen Jin, que me ce­de es­te pe­que­ño pe­ro ge­nial re­la­to pa­ra dis­fru­te de to­dos los lec­to­res del blog. A su vez, Mikelodigas se des­mar­ca ha­cien­do una ilus­tra­ción per­fec­ta pa­ra en­mar­car es­te re­la­to. Podrán en­con­trar el tra­ba­jo de Yume en Divagaciones de una «fi­ló­lo­ga» zom­bie y el de Mikel en Buscando mi Lugar

    La mu­jer de ro­jo me vi­si­ta des­de ha­ce unos me­ses. Siempre lle­ga el mis­mo día, si­len­cio­sa. Mamá me avi­só tiem­po atrás de su lle­ga­da, pe­ro yo man­te­nía la es­pe­ran­za de que nun­ca apa­re­cie­se. Mis pri­mas me ha­bían con­ta­do co­sas ho­rri­bles so­bre ella. Cuando le di­je a ma­má que no que­ría re­ci­bir­la me dio una bo­fe­ta­da y ase­gu­ró que de­bía com­por­tar­me co­mo una mu­jer, por­que es lo que su­ce­de: cuan­do ella te vi­si­ta, en­ton­ces eres una mujer.

    Recuerdo su lle­ga­da. Era in­vierno, com­ple­ta­men­te de no­che. La no­té. Sentí un es­ca­lo­frío y me die­ron re­tor­ti­jo­nes en la tri­pa. Recé pa­ra que se fue­ra pe­ro no sir­vió. Ella lle­gó y tal co­mo lo hi­zo vol­vió a mar­char­se días des­pués, mu­da co­mo una estatua.

    A par­tir de esa no­che con­ti­nua­ron sus vi­si­tas, tan ho­rri­bles, tan do­lo­ro­sas. La mu­jer de ro­jo me pro­vo­ca mu­cho do­lor. A ve­ces creo in­clu­so que no po­dré so­por­tar­lo y mo­ri­ré. Daría lo que fue­se pa­ra que vi­si­ta­ra a mi her­mano, en lu­gar de a mí. Ésta es una con­de­na que só­lo su­fri­mos las mu­je­res de la fa­mi­lia. Mamá di­ce que te­ne­mos que man­te­ner la tra­di­ción, y que ne­gán­do­me a ello, lo úni­co que ha­go es deshonrarla.

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  • en las quemaduras de cigarro está el fin de la existencia

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    Según Paul Virilio la fo­to­gra­fía no es un ar­te ya que re­pre­sen­ta imá­ge­nes ab­so­lu­ta­men­te ob­je­ti­vas, ca­ren­tes de cual­quier sub­je­ti­vi­dad pro­pia del au­tor que las ha­gan ar­te. Esto es así por­que la cá­ma­ra jue­ga a una ve­lo­ci­dad ma­yor que la per­cep­ción hu­ma­na y con­ge­la tan­to el tiem­po ab­so­lu­to co­mo el tiem­po del hom­bre. Pero si la fo­to­gra­fía des­tru­ye el tiem­po del hom­bre, ¿qué no ha­rá en­ton­ces el ci­ne con nosotros?

    En es­te ca­so se­ría po­si­ble una pe­lí­cu­la tan obs­ce­na­men­te bru­tal, tan ab­so­lu­ta­men­te ob­je­ti­va que su au­tén­ti­co ho­rror lle­va­ría a la más te­rri­ble de las lo­cu­ras psi­có­ti­cas a to­do aquel que la pre­sen­cie. Al me­nos así lo cree el Sr. Ballinger, un co­lec­cio­nis­ta de pe­lí­cu­las os­cu­ras y ex­tre­mas ha­cién­do­le el en­car­go de la bús­que­da de tal pe­lí­cu­la al ge­ren­te de una rui­no­sa sa­la de ci­ne cu­yo nom­bre es Kirby Sweetman, que es su yerno. La bús­que­da de Sweetman de la de­men­cial La fin ab­so­lue du mon­de le lle­va­rá por los más pú­tri­dos y bru­ta­les ren­glo­nes de la in­dus­tria del ci­ne. Así co­no­ce­rá el ho­rror que fue ca­paz de pro­du­cir una pe­lí­cu­la que no de­jo vi­vo más que a un crí­ti­co en un tor­men­to­so via­je fi­nal. Incluso cuan­do cho­que de fren­te con la reali­dad de la exis­ten­cia del ci­ne snuff no se echa­rá atrás y se­gui­rá con su in­can­sa­ble bús­que­da de la pe­lí­cu­la que, ade­más, le per­mi­ti­rá se­guir man­te­nien­do en pie su ci­ne. Así John Carpenter nos pre­sen­ta y de­sa­rro­lla su ex­ce­len­te Cigarette Burns, un me­dio­me­tra­je con­ce­bi­do pa­ra la se­rie de te­rror Masters of Horror.

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  • los vampiros, aun con dientes de sierra, vampiros se quedan

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    Seguimos con el es­pe­cial tra­yen­do es­ta vez al ca­ba­lle­ro Dani Lain que nos ha­bla­rá de Soul Reaver co­mo buen co­no­ce­dor de los vi­deo­jue­gos de PC que es.

    Vampiros, los hay clá­si­cos co­mo Drácula, feos co­mo Nosferatu, bue­na­zos ca­pa­ces de con­ver­tir­se en feos con pro­ble­mas sen­ti­men­ta­les co­mo Angel y aho­ra unos que bri­llan al sol. Hay de­ce­nas de vam­pi­ros que nos gus­te o no han con­se­gui­do fa­ma mun­dial y pe­se a ello mi fa­vo­ri­to si­gue sien­do ca­si un des­co­no­ci­do en su pro­pio mun­di­llo san­grien­to, me re­fie­ro a Raziel pro­ta­go­nis­ta de Soul Reaver.

    Raziel es la mano de­re­cha de Kain, lí­der de los cla­nes vam­pí­ri­cos, con la pe­cu­lia­ri­dad de que es­tos vam­pi­ros evo­lu­cio­nan con el tiem­po ob­te­nien­do nue­vas ha­bi­li­da­des. El jue­go nos si­túa en el mo­men­to en que Raziel se ade­lan­ta a su iras­ci­ble lí­der de­sa­rro­llan­do alas. La reac­ción de Kain es in­me­dia­ta: mu­ti­la­ción de los nue­vos miem­bros y pos­te­rior sa­cri­fi­cio en el abismo.

    Comenzamos en el des­per­tar si­glos des­pués y prác­ti­ca­men­te des­com­pues­to de nues­tro hé­roe. Reanimado por Nosgoth, una dei­dad más que enig­má­ti­ca em­pe­ña­da en que Kain y sus hi­jos, her­ma­nos de Raziel, pa­guen por sus ac­cio­nes. El ma­yor pro­ble­ma al que se en­fren­ta y a la vez su me­jor ven­ta­ja es que ya no es ni una som­bra de lo que fue. No pue­de per­ma­ne­cer en el plano real du­ran­te mu­cho tiem­po y pa­ra man­te­ner­se ya no ne­ce­si­ta be­ber san­gre, sino con­su­mir al­mas ab­sor­bien­do de ellas las ha­bi­li­da­des de su vic­ti­ma. La ven­ta­ja: aho­ra es ca­paz de via­jar al­ter­na­ti­va­men­te por el plano real y el as­tral. Aunque es­te úl­ti­mo es re­tor­ci­do y muy dis­tin­to del real, por no ha­blar de que es­tá pla­ga­do de al­mas hos­ti­les lo cual ha­ce que su vi­si­ta no sea un ca­mino de rosas.

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  • el origen del horror se esconde en nuestras entretelas

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    La re-interpretación de los clá­si­cos mo­der­nos del te­rror es al­go que es­tá de mo­da y ate­rro­ri­za a los fans más que las pro­pias pe­lí­cu­las en sí de lo in­crei­ble­men­te ma­los que tien­den a ser. Por su­pues­to no siem­pre es así y en oca­sio­nes se con­si­guen gran­des nue­vas ver­sio­nes de an­ti­guos clá­si­cos. Y ese es el ca­so de Zombie Zombie re-interpretando los gran­des clá­si­cos de las BSO’s de John Carpenter.

    En es­te Zombie Zombie Plays John Carpenter nos en­con­tra­mos al dúo con­te­ni­do, cal­ma­do, sin gran­des as­pa­vien­tos y con una in­ter­pre­ta­ción que no co­rre los ries­gos de su dis­co de­but. Con un es­ti­lo con­ti­nuis­ta tan­to de su pro­pio krau­trock co­mo el de John Carpenter es más una ac­tua­li­za­ción de los te­mas más que una ver­da­de­ra nue­va in­ter­pre­ta­ción. Pero no nos lle­ve­mos a en­ga­ño, apues­tan por un so­ni­do más am­bien­tal, cós­mi­co in­clu­so, que nos abre la puer­ta a nue­vas in­ter­pre­ta­cio­nes de las can­cio­nes ele­gi­das. Con la nue­va ver­sión del main the­me de Assault on Precinct 13 la pe­lí­cu­la po­dría ha­blar­nos de una in­va­sión ex­tra­te­rres­tre de la cual ape­nas si pue­den con­te­ner ser afec­ta­dos, li­te­ral o me­ta­fó­ri­ca­men­te, los de­fen­so­res de la co­mi­sa­ria del dis­tri­to 13. No im­por­ta que nos con­ta­ra la his­to­ria ori­gi­nal, con es­tas can­cio­nes pa­re­cen ha­blar­nos de pla­nes mi­le­na­rios de se­res más allá de la com­pren­sión que vie­nen a por nues­tro mun­do. Ahora bien, si es­te ai­re lo­ve­craft­niano le sien­ta de fa­bu­la a las más mun­da­nas en­cuen­tra la hor­ma de su za­pa­to en la can­ción de The Ting que que­da des­lu­ci­da y de­ma­sia­do ge­né­ri­ca. Pero sea co­mo fue­re el re­sul­ta­do fi­nal es ex­ce­len­te, apa­bu­llan­te y muy ri­co en su re-interpretación en cla­ve de ho­rror cósmico.

    Mientras John Carpenter nos ha­cía mi­rar den­tro de no­so­tros pa­ra en­con­trar que nues­tros te­rro­res in­ter­nos se han he­cho ver­bo los Zombie Zombie nos pro­po­nen mi­rar ha­cia el es­pa­cio pa­ra en­con­trar que nues­tros te­rro­res se han he­cho dio­ses. Dos vi­sio­nes de mie­dos si­mi­la­res, pro­ba­ble­men­te equi­va­len­tes, que en am­bos ca­sos nos ha­blan del cam­bio inefa­ble. La in­evi­ta­bi­li­dad del mal nos al­can­za­rá des­de den­tro (o des­de fue­ra) de nues­tro mundo.

  • ¿es que nadie va a pensar en los niños?

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    Aunque sea una ab­so­lu­ta ob­vie­dad de­cir que la cen­su­ra es al­go ma­lo per se en cual­quie­ra de sus for­mas nun­ca es­tá de más. La in­com­pren­sión del es­ta­men­to do­mi­nan­te ya ani­qui­ló la EC Comics de­bi­do a que no con­si­de­ra­ban apro­pia­do su con­te­ni­do pa­ra un me­dio, teó­ri­ca­men­te, di­ri­gi­do a los ni­ños. Pero aquí es­tán los Animaniacs pa­ra ofre­cer­nos un es­pe­cial ho­me­na­je a Tales from the Crypt.

    Aquí nues­tros an­fi­trio­nes se­rán los alo­ca­dos Yakko, Wakko y Dot que, dis­fra­za­dos de guar­dia­nes de la Cripta, nos pro­pon­drán se­guir unas cuan­tas his­to­rias de te­rror pa­ra pa­sar «mie­do». Si co­mo obras de te­rror son un fran­co fra­ca­so, tam­po­co es que co­mo obras de hu­mor sean bri­llan­tes, sien­do uno de los nú­me­ros más flo­jos de una co­lec­ción ya de por si re­gu­lar. No obs­tan­te en­tre sus pa­gi­nas es­con­de al­gu­nos mo­men­tos bri­llan­tes del trío ca­la­ve­ra lu­chan­do con­tra Pinhead en un res­tau­ran­te sien­do ata­ca­dos por es­te con co­mi­da. La apa­ri­ción con­ti­nua­da de Jack Torrance le aña­de una piz­ca de hu­mor, sien­do la úni­ca cons­tan­te que ar­ti­cu­la to­dos los frag­men­tos de ca­da una de es­tas his­to­rias. Pero no ha­bla­ría de es­te có­mic sino tu­vie­ra al­go des­ta­ca­ble en él y eso son las Historias de Terror de Randy Beaman (Contadas por su Amigo Colin) Y es que to­da la gra­cia de la cual ca­re­ce el res­to del vo­lu­men se con­cen­tra aquí. Un hu­mor naïf, ran­cio e in­fan­til se des­ata en la fi­gu­ra de un ni­ño re­pe­len­te e im­bé­cil que nos cuen­ta a tro­zos y mal una his­to­ria de te­rror que no ve­mos. Lo idio­ta de la pro­pia pro­pues­ta con­si­gue arran­car­nos al­gu­nas ri­sas ya no por el in­ge­nio co­mo por lo ado­ra­ble­men­te in­fan­til que es. Y es que aquí ra­di­ca el en­can­to de to­do el con­jun­to, es una in­fan­ti­la­da de una en­tre­te­ni­da sosería.

    Quizás no sea el có­mic de­fi­ni­ti­vo y des­de lue­go, no es uno por el cual dar­le una es­pe­cial prio­ri­dad an­te otros pe­ro es per­fec­to pa­ra que lo lean los más pe­que­ños de la ca­sa. No en­con­tra­rán aquí na­da más que do­sis de un hu­mor ton­to­rrón que se va­le de pie­zas del te­rror mo­derno. Toda una guia de su­per­vi­ven­cia pop pa­ra el ni­ño contemporáneo.