Categoría: The Sky Was Pink

  • prejuicioplastia

    Uno no na­ce sino que se ha­ce, los im­pe­ra­ti­vos bio­ló­gi­cos son una guía de co­mo so­mos pe­ro no ne­ce­sa­ria­men­te de co­mo de­sea­ría­mos ser o co­mo nos sen­ti­mos. Dentro o fue­ra son di­fe­ren­cias abis­ma­les co­mo en pri­mer ca­pí­tu­lo de la no­ve­na tem­po­ra­da de South Park.

    El se­ñor Garrison se ha­ce una ope­ra­ción pa­ra con­ver­tir­se en mu­jer, que es co­mo real­men­te se sien­te en su in­te­rior. Esto aca­ba con su re­la­ción con el se­ñor Leather «un ma­ri­cón» mien­tras se com­por­ta con to­dos los ras­gos de­fi­ni­to­rios es­te­reo­ti­pa­dos de lo que un hom­bre cree que es una mu­jer. Además Kyle se ha­ce una ne­gro­plas­tia y su pa­dre una del­fi­no­plas­tia pa­ra, al fi­nal, dar­se cuen­ta que el cam­biar lo ex­te­rior de una per­so­na no de­fi­ne lo in­te­rior. El men­sa­je nor­ma­ti­vo nos di­ce que aun­que nos sin­ta­mos mu­jer, ne­gro o del­fín si no he­mos na­ci­do así ja­más po­dre­mos lle­gar a ser­lo por­que, a fin de cuen­tas, eso no es na­tu­ral. Pero la na­tu­ra­le­za ha muerto.

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  • el sueño del hype produce monstruos

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    Como cor­de­ri­tos que van a ser sa­cri­fi­ca­dos se mue­ve gran par­te de la so­cie­dad, es gra­cio­so co­mo a su vez los pe­rros pas­to­res son, aho­ra, tam­bién cor­de­ros so­lo que cre­ci­dos en sus ín­fu­las. El hy­pe y su pre­ten­sión es­pec­ta­cu­lar arra­sa con el cri­te­rio mu­si­cal mien­tras, a su vez, sos­tie­ne el di­fun­dir la pa­la­bra en­tre las pro­pias vic­ti­mas de su juego.

    ¿Qué es el hy­pe? Se pre­gun­ta us­ted, mi ato­lon­dra­do ami­go que no de­bió en­ten­der la mi­tad de es­te blog. El hy­pe es, por de­fi­ni­ción, el me­ter­nos por la gar­gan­ta cual­quier mo­da­li­dad de pro­duc­to, cul­tu­ral o no, has­ta que nos lo tra­ga­mos. El hy­pe es la h(y)perbolación de las ca­rac­te­rís­ti­cas po­si­ti­vas de un pro­duc­to pa­ra así ven­der­lo de un mo­do más efi­cien­te. Los pro­duc­tos que ca­bal­gan la ola del hy­pe son los más gua­pos, lo más mo­der­nos, los más ori­gi­na­les y los me­jo­res de to­dos los pro­duc­tos po­si­bles. Y no so­lo lo son, que no tie­nen por­que ser­lo, tie­nen que pa­re­cer­lo. Tú, jo­ven con­fun­di­do, de­bes pen­sar que lo que es­tás con­su­mien­do es al­go úni­co, asom­bro­so y es­pe­cial que la mano de Dios, alias *in­ser­te aquí el nom­bre de su em­pre­sa fe­ti­che*, tu­vo a bien en­tre­gar­te a ti, oh, me­ro mor­tal. ¿Y co­mo lle­ga has­ta ti, un, oh, me­ro mor­tal, el men­sa­je di­vino? A tra­vés de los men­sa­je­ros del hy­pe, la pren­sa es­pe­cia­li­za­da. Y hoy, va­mos a ha­blar es­pe­cí­fi­ca­men­te de la mu­si­cal, ca­so ex­tra­po­la­ble a (ca­si) to­das las demás.

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  • clasicismo y vanguardia en tokyo

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    Adentrarnos en los clá­si­cos con­tem­po­rá­neos de la mú­si­ca de re­gio­nes tan her­mé­ti­cas co­mo Japón es una ta­rea fran­ca­men­te di­fí­cil. Pero pa­ra eso nos fa­ci­li­ta la ta­rea Metropolis, la re­vis­ta más im­por­tan­te de ten­den­cias ja­po­ne­sas en in­glés, con su lis­ta de las 16 me­jo­res can­cio­nes ja­po­ne­sas.

    El eclec­ti­cis­mo con el que ha si­do abor­da­da la lis­ta nos da un am­plio pa­no­ra­ma pe­ro siem­pre cir­cuns­cri­to en las tres mis­mas coor­de­na­das: res­pe­to a la tra­di­ción, oc­ci­den­ta­lis­mo y rup­tu­ra de van­guar­dia. Aunque es una lis­ta que nos da sor­pre­sas cons­tan­tes siem­pre si­gue una lí­nea bien de­fi­ni­da de los so­ni­dos que abor­da, te­nien­do la ma­yo­ría mu­cho más en co­mún de lo que pa­re­ce en pri­me­ra ins­tan­cia. Por es­to mis­mo, no nos ven­drá mal te­ner al­gu­nas re­fe­ren­cias más so­bre que nos en­con­tra­mos en es­ta muy in­tere­san­te, a la par que ecléc­ti­ca, lista.

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  • revolcándose entre mierda de gigantes

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    Los di­le­mas en la vi­da son al­go cons­tan­te, ya sean di­le­mas sen­ci­llos co­mo que ro­pa po­ner­te, di­le­mas éti­cos so­bre que es­tá bien y que es­tá mal o di­le­mas de co­mo ma­tar a se­res con re­ge­ne­ra­ción ce­lu­lar. Éstas y otras pre­gun­tas de pro­fun­do ca­la­do in­te­lec­tual son las que se cues­tio­na Damon Lindelof en Wolverine vs. Hulk.

    El om­ni­pre­sen­te Nick Furia en­car­ga a Lobezno en­con­trar y ase­si­nar a Hulk en una ex­cu­sa ar­gu­men­tal ab­so­lu­ta­men­te in­ne­ce­sa­rio. Un ex­ploit bru­tal de hos­tias de ada­man­tium y ra­dio­ac­ti­vas bien ador­na­do con mi­si­les nu­clea­res y mu­chos des­mem­bra­mien­tos. Ésto y na­da más es lo que nos ofre­ce es­ta bou­ta­de en for­ma de có­mic. Hostias de un la­do al otro del mun­do en­se­ñan­do cuan­tas te­tas (y más vo­lu­mi­no­sas) sean po­si­bles en un tour de for­ce de hi­la­ri­dad. Todo bien bar­ni­za­do de mís­ti­ca new age de ba­ra­ti­llo pa­ra te­ner al­gu­na ex­cu­sa ar­gu­men­tal pa­ra po­ner osos pan­da y Hulk’s sin una sub­nor­ma­li­dad ga­lo­pan­te. Y to­do fun­cio­na a la per­fec­ción in­clu­so cuan­do se so­se­ga y, en mi­tad de un di­le­ma éti­co, se re­con­ci­lian las dos bes­tias mar­ve­li­tas per­di­dos en el de­sier­to. Un fi­nal anti-climático e im­bé­cil que aca­ba co­mo un chas­ca­rri­llo inapro­pia­do en una ce­na de gala.

    Si al­go es Wolverine vs. Hulk es un có­mic en su es­ta­do más pu­ro y hon­ro­so. Un de­sen­freno bru­tal de vio­len­cia dia­rrei­ca que sal­pi­ca con vi­ru­len­cia la ca­ra de los de­fen­so­res de «el có­mic es un ar­te». La hi­la­ri­dad pop ma­tó a la es­tre­lla del cómic.

  • nacido bajo una mala estrella

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    Crear un dis­co de break­co­re si­guien­do un es­ti­lo de mú­si­ca neo-clásica co­gien­do sam­plers y es­truc­tu­ras de sui­tes fa­mo­sas no es al­go nue­vo. Aunque si que es una com­ple­ta lo­cu­ra cuan­do se tra­ta de un dis­co con­cep­tual so­bre la vi­da de una pa­lo­ma en Budapest.

    Inspirado por un via­je a Hungría el mú­si­co Aaron Funk, el hom­bre de­trás de Venetian Snares, dio for­ma a es­te dis­co, un pun­to de in­fle­xión en su ca­rre­ra. Saqueando a Bartók, Stravinsky y Paganini en­tre otros va hi­lan­do una se­rie de can­cio­nes, a ca­da cual de con­tras­tes más bes­tia­les, en­tre los so­ni­dos clá­si­cos y sus breaks ca­rac­te­rís­ti­cos. Aun en­ci­ma se atre­ve a ha­cer una ver­sión sar­dó­ni­ca, aun­que no de­ma­sia­do ins­pi­ra­da, de Gloomy Sunday que lla­ma­rá Öngyilkos Vasárnap, do­min­go sui­ci­da. Pero su ma­yor lo­gro es en can­cio­nes co­mo en Szerencsétlen o Hajnal, que real­men­te nos ha­ce sen­tir co­mo si real­men­te es­tu­vié­ra­mos si­guien­do los pa­sos de una pa­lo­ma. Los fuer­tes con­tras­tes y un uso muy re­fi­na­do de la ba­te­ría y los efec­tos si­mu­lan el vue­lo, el pi­co­teo y los pa­sos de una pa­lo­ma con gra­ves pro­ble­mas de hiperactividad.

    Sus bru­ta­les cam­bios de rit­mo, los vio­li­nes y las trom­pe­tas, las cua­les apren­dió a to­car de pro­pio, y esa com­bi­na­ción con so­ni­dos clá­si­cos nos dan la ma­yor obra maes­tra de es­te per­tur­ba­do (y no me­nos per­tur­ba­dor) ca­na­dien­se. Sobrevolando Budapest con alas he­chas con vio­li­nes y breaks es­ta­lla­mos en sam­plers imposibles.