Etiqueta: ambient

  • casi humanos

    Intentando di­ver­si­fi­car el con­te­ni­do del blog pen­sé que po­dría apor­tar y me di cuen­ta que no me gus­ta en ab­so­lu­to co­mo se ha­cen en­tre­vis­tas ac­tual­men­te y, aun me­nos, co­mo se en­tre­vis­ta a los mú­si­cos. Debido a ello in­ten­to apor­tar mi gra­ni­to de are­na con una se­rie irre­gu­lar de en­tre­vis­tas. La pri­me­ra en­tre­vis­ta, di­vi­di­da en tres par­tes, irá de­di­ca­da a tres de los tra­ba­jos de elec­tró­ni­ca del mú­si­co Marlon Dean Clift don­de nos irá des­ve­lan­do los se­cre­tos y ve­ri­cue­tos de su mú­si­ca y su al­ma. Aunque nos hu­bie­ra gus­ta­do abor­dar tam­bién su fa­ce­ta más roc­ke­ra, ten­drá que ser en otra oca­sión. En es­ta pri­me­ra par­te nos alla­na­rá el te­rreno pa­ra en­ten­der su obra más bá­si­ca, Almost Ghosts, la cual pue­den des­car­gar des­de aquí. Y es que a tra­vés de es­ta abor­da­re­mos su pa­sión por el dro­ne, sus pri­me­ros usos de la elec­tró­ni­ca y el amor co­mo cons­truc­ción des­de el otro; hu­mano o musical.

    A. Una cons­tan­te en tu tra­ba­jo es la bús­que­da de un amor que se mues­tra siem­pre es­qui­vo. En Almost Ghosts pa­re­ces que­rer mos­trar el amor, al otro, co­mo al­go ne­ce­sa­rio pa­ra con­for­mar la iden­ti­dad per­so­nal, ¿es al­go intencionado?

    M. Totalmente in­ten­cio­na­do. Creo que es bas­tan­te evi­den­te. Pero no se tra­ta só­lo de amor es­qui­vo; la cul­pa de mu­cho de ello la tie­ne Hal Hartley, ya sea co­mo mú­si­co o ci­neas­ta. Viene a tra­tar­se de di­vi­ni­zar lo vul­gar. Tengo la sen­sa­ción de que hoy en día lo ro­mán­ti­co es una po­se, y co­mo po­se fun­cio­na. Pero el ver­da­de­ro ro­man­ti­cis­mo crea re­cha­zo. De ahí qui­zás que se dé esa cons­tan­te a es­ca­par ha­cia el es­pa­cio, o fa­bri­car es­pa­cios ima­gi­na­rios. Vengo a trans­cri­bir mi per­cep­ción del amor, sí. Pero tam­bién fa­bri­car es­pa­cios don­de és­te po­dría cre­cer sin interferencias.

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  • como LSD para chocolate

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    La re­pre­sen­ta­ción del amor co­mo una dro­ga na­tu­ral es una cons­tan­te bas­tan­te ex­ten­di­da en la fic­ción de to­da cla­se. Aunque cla­ro, vien­do los des­equi­li­brios hor­mo­na­les que nos pro­du­ce el ena­mo­rar­nos no es­tá, ni mu­chí­si­mo me­nos, le­jos de la ver­dad esa ana­lo­gía. Pero el amor, co­mo el LSD, se en­cuen­tra en Sky And Sand de Paul & Fritz Kalkbrenner.

    Con una me­lo­día sen­ci­lla, ca­si in­exis­ten­te, se des­plie­ga en con­jun­to con un jue­go de ba­te­ría que de­li­mi­tan y dan for­ma a la can­ción. Las ac­ti­tu­des vo­ca­les de los her­ma­nos Kalkbrenner tam­po­co des­ta­can en una can­ción que, a prio­ri, no nos ten­dría que de­cir na­da. Pero en el mi­ni­mal se jue­ga con otras re­glas y aquí me­nos es más ex­po­nen­cial­men­te. Así el so­ni­do es li­ge­ro, sen­ci­llo, con un cier­to re­gus­to am­bient en su ba­se que ayu­da a di­ge­rir una can­ción que, aun­que mí­ni­ma, es­tá cons­trui­da por y pa­ra des­per­tar en no­so­tros una cier­ta me­lan­co­lía. Justo de lo que nos ha­bla su le­tra, una his­to­ria de amor don­de el ena­mo­ra­do es in­ca­paz de te­ner los pies en la tie­rra cuan­do tie­ne den­tro de sí su de­seo. Ese cons­truir cas­ti­llos en la are­na y en el ai­re nos trans­por­ta al mun­do de los ena­mo­ra­dos y de los ra­ve­ros, el mun­do don­de el LSD y el amor tie­nen las mis­mas con­se­cuen­cias. Rayando el cie­lo mien­tras du­ra nos da­mos un tre­men­do gol­pe con­tra la reali­dad cuan­do se aca­ba, bus­can­do nues­tra si­guien­te do­sis. ¿Pero a quién le im­por­ta si se va a aca­bar? Lo más im­por­tan­te es dis­fru­tar de es­ta dro­ga mien­tras du­re, ya sea to­da una vi­da o ya sean los cua­tro bre­ví­si­mos mi­nu­tos de Sky and Sand.

    Ya des­de ha­ce unos años el mi­ni­mal nos sor­pren­de con pie­zas im­pres­cin­di­bles que no de­be­ría­mos de­jar pa­sar y siem­pre lo ha­ce co­mo evo­ca­dor úl­ti­mo de sen­ti­mien­tos. Quizás sea ver­dad aque­llo de que las me­jo­res co­sas de la vi­da son aque­llas más sen­ci­llas. Nosotros, por nues­tra par­te, se­gui­re­mos ha­cien­do cas­ti­llos de are­na en el aire.