Etiqueta: análisis

  • Traduciendo la vida. Sexo, bolas de arroz y «Bae Bae» de BigBang

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    No exis­te trai­ción po­si­ble en la tra­duc­ción, ya que to­da tra­duc­ción es siem­pre una re­es­cri­tu­ra de lo mis­mo. No se tra­ta de vol­car las pa­la­bras exac­tas en sen­ti­do li­te­ral en otro idio­ma di­fe­ren­te del ori­gi­nal —en­ten­dien­do por «idio­ma» no «len­gua­je na­tu­ral», sino «idio­ma»; tra­du­cir pa­la­bras en imá­ge­nes o sen­ti­mien­tos en pa­la­bras es tan di­fí­cil o más que tra­du­cir en­tre dos len­gua­jes na­tu­ra­les cual­quie­ra — , ni si­quie­ra bus­car re­fe­ren­tes equi­va­len­tes in­ten­tan­do res­pe­tar los ma­ti­ces cul­tu­ra­les que po­drían per­der­se en el tras­va­se, sino al­go mu­cho más com­ple­jo: trans­for­mar las ideas de fon­do. Traducir es pa­sar a tra­vés de la for­ma, des­cu­brir las ideas que ar­ti­cu­lan el dis­cur­so y dar­les nue­va vi­da pu­lien­do lo in­ne­ce­sa­rio y real­zan­do aque­llo que re­sul­ta más sig­ni­fi­ca­ti­vo. Toda tra­duc­ción es, en su­ma, una la­bor crea­ti­va, in­gra­ta y com­ple­ja por de­fi­ni­ción, en tan­to ha­ce ne­ce­sa­rio sa­ber sin­te­ti­zar lo esen­cial y des­pren­der­se de lo inú­til. El buen tra­duc­tor no es só­lo tra­duc­tor, es un artista.

    En el ca­so de la tra­duc­ción au­dio­vi­sual, es­pe­cí­fi­ca­men­te en la crea­ción de vi­deo­clips, lo im­por­tan­te es des­cu­brir co­mo tra­du­cir lo que se nos da con so­ni­dos en for­ma de imá­ge­nes sin de­pen­der de la mú­si­ca. El buen vi­deo­clip es el que, in­clu­so sin so­ni­do o en un idio­ma que no co­no­ce­mos, tie­ne una na­rra­ti­va cohe­ren­te. Ese es el ca­so de Bae Bae de BIGBANG. Incluso sin sa­ber ni una so­la pa­la­bra de co­reano es po­si­ble des­en­tra­ñar el sig­ni­fi­ca­do de la can­ción, ya no por el rit­mo o las di­fe­ren­tes in­fle­xio­nes mu­si­ca­les, que tam­bién, sino por la ex­ce­len­te tra­duc­ción en imá­ge­nes que ha­cen de la idea cen­tral de la mis­ma: la evo­lu­ción de la se­xua­li­dad a lo lar­go de una vi­da. Personal o de pareja.

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  • El amor, o un balazo en la nuca. Sobre «Shot in the Back of the Head» de Moby y David Lynch

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    Ciervo de sangre,
    pro­fun­do en­tre los árboles
    tu al­ma escondes.

    Aunque se ha na­tu­ra­li­za­do el tér­mino «lyn­chiano» pa­ra re­fe­rir­se a al­go ex­tra­ño, ca­ren­te a prio­ri de sen­ti­do, por su oni­ris­mo ra­yano lo alea­to­rio, eso no sig­ni­fi­ca que la obra de David Lynch ca­rez­ca en su seno de to­da po­si­bi­li­dad de in­ter­pre­ta­ción. Ninguna obra de ar­te es in­in­te­li­gi­ble si es­tá bien cons­trui­da. Si ade­más ha­bla­mos del ca­so de un vi­deo­clip, co­mo el que hi­zo pa­ra Moby en Shot in the Back of the Head, la hi­po­té­ti­ca im­po­si­bi­li­dad se tor­na aún me­nos plau­si­ble: la cua­li­dad úni­ca de los vi­deo­clips es vehi­cu­lar dos len­gua­jes di­fe­ren­tes, el mu­si­cal y el vi­sual, sin subodir­nar la esen­cia de uno por en­ci­ma de la del otro; por esa ra­zón, po­de­mos ha­cer un aná­li­sis a múl­ti­ples ni­ve­les ca­paz de ha­cer­nos des­ci­frar, sin de­ma­sia­dos pro­ble­mas, el qué ha po­di­do que­rer de­cir son sus imá­ge­nes, por más críp­ti­cas que sean. Actuemos con metodismo.

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  • La ficción, como lo real, sólo es falsa cuando nada ni nadie impide su olvido

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    The Impostor, de Bart Layton

    Un do­cu­men­tal par­te de fac­to de ser una con­di­ción in­ter­pre­ta­ti­va, y por tan­to sub­je­ti­va, de un te­ma da­do: es im­po­si­ble ser ob­je­ti­vo, mos­trar los da­tos de for­ma ecuá­ni­me y con una dis­tan­cia ab­so­lu­ta, des­de el mis­mo mo­men­to que hay elec­ción en aque­llo que se plas­ma. Un do­cu­men­tal es una crí­ti­ca de un as­pec­to de la reali­dad, no su plas­ma­ción fác­ti­ca —aun­que el do­cu­men­ta­lis­ta me­dio se­gu­ra­men­te sí pre­ten­de­ría su ob­je­ti­vi­dad — . Es por ello que nues­tro acer­ca­mien­to ha­cia un do­cu­men­tal no pue­de ser nun­ca aquel en el que se pre­ten­de re­ve­lar la ver­dad de un even­to da­do, co­mo si de he­cho en él se con­tu­vie­ra una reali­dad po­si­ti­va, sino que de­be dar­se en un ám­bi­to pu­ra­men­te her­me­néu­ti­co; el do­cu­men­tal in­ter­pre­ta una reali­dad que, a su vez, no­so­tros de­be­mos re-interpretar a par­tir de nues­tras pro­pias con­di­cio­nes de aná­li­sis. No hay ver­dad mas allá que los ac­tos en sí, to­do lo que ha­ga­mos más allá de ellos se­rá siem­pre in­ter­pre­ta­ción. ¿Significa es­to que no exis­te ver­dad al­gu­na? No, sino más bien al con­tra­rio: exis­ten múl­ti­ples ver­da­des, sien­do ver­da­de­ras aque­llas que sean cohe­ren­tes con el re­la­to con­for­ma­do a par­tir de las pie­zas que nos han si­do da­dos; só­lo es ver­dad aque­llo que pue­do de­mos­trar co­mo ver­dad a par­tir de la de­mos­tra­ción de su fac­ti­ci­dad den­tro de la cons­truc­ción de la cual pre­ten­do afir­mar esa ver­dad da­da. Que al re­la­to no le fal­ten pie­zas o no es­tén ma­ni­pu­la­das, es res­pon­sa­bi­li­dad del que interpreta.

    A par­tir de es­ta pre­mi­sa po­dría­mos afir­mar que la obra de Bart Layton jue­ga en ese cam­po am­bi­guo don­de la in­ter­pre­ta­ción se quie­bra en tan­to no hay una te­sis, sino un arro­jar al en­ten­di­mien­to del es­pec­ta­dor una se­rie de da­tos a tra­vés de los cua­les ge­ne­rar su pro­pia in­ter­pre­ta­ción. Una que se­rá ne­ce­sa­ria­men­te ses­ga­da, pues na­da hay en el do­cu­men­tal que no sea la elec­ción in­tere­sa­da de mo­men­tos, ges­tos, pa­la­bras, que con­for­man una na­rra­ción que se si­túa siem­pre más allá del co­no­ci­mien­to inmediato. 

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  • Memorias de un mundo nunca olvidado. Un análisis del poema «Un país» de Zbigniew Herbert

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    En la mis­ma es­qui­na de es­te vie­jo ma­pa hay un país que añoro. 

    Un hom­bre no per­te­ne­ce al lu­gar don­de na­ció, sino al mun­do en el cual ha si­do con­for­ma­do; don­de se na­ce es una pu­ra con­tin­gen­cia que na­da de­ter­mi­na, pe­ro la cul­tu­ra y el len­gua­je en el que uno ha cre­ci­do se en­cuen­tra el ho­ri­zon­te de sen­ti­do a tra­vés del cual se es­ta­ble­ce el jue­go de po­der en la gue­rra con uno mis­mo. En ese sen­ti­do se de­be en­ten­der que el pa­trio­tis­mo de Zbigniew Herbert no na­ce de un ab­sur­do sen­ti­mien­to de per­te­nen­cia a un to­do ma­yor por en­ci­ma de los hom­bres, sino que su cul­tu­ra se cir­cuns­cri­be den­tro de la ló­gi­ca de una Polonia que le vio na­cer y adop­tó aun cuan­do su cul­tu­ra era, siem­pre en teo­ría, la in­gle­sa; era pa­trio­ta por­que Polonia era par­te esen­cial de sí mis­mo en tan­to apren­dió a leer el mun­do a tra­vés de és­ta, no por­que na­cie­ra en ella: ne­ce­si­ta de esa pa­tria arre­ba­ta­da (hay un país que año­ro) por su con­di­ción de ser el lu­gar más ín­ti­mo que co­no­ce pa­ra sí (la mis­ma es­qui­na de es­te vie­jo ma­pa, o la me­mo­ria de su pro­pia existencia).

    Es la pa­tria de las man­za­nas, las co­li­nas, los ríos pe­re­zo­sos, del vino agrio y el amor.

    Los mo­ti­vos me­mo­rís­ti­cos de esa pa­tria es­tán cir­cuns­cri­tos den­tro de un ima­gi­na­rio co­mún al de la in­fan­cia, bien sea por el de una vi­da en la na­tu­ra­le­za (las man­za­nas, las co­li­nas, los ríos pe­re­zo­sos) o por una se­rie de con­di­cio­nes exis­ten­cia­les que acom­pa­ñan un cier­to sen­ti­do de vi­da adul­ta, de apren­di­za­je de trán­si­to en­tre la in­fan­cia y la ma­du­rez (el vino agrio y el amor); esa pa­tria es aque­lla don­de el poe­ta ha cre­ci­do, don­de se ha for­ma­do co­mo lo que aho­ra es y don­de re­mi­te ese pe­da­zo de me­mo­ria que con­si­de­ra co­mo ex­clu­si­va­men­te su­yo. No hay nin­gún ne­xo en­tre las co­sas pa­ra que sean pa­tria de to­das ellas, sal­vo el he­cho de que en su con­cien­cia es­tas se cir­cuns­cri­ben co­mo un to­do co­mún que le vie­ne da­do des­de su pro­pia exis­ten­cia, de que to­dos sus re­cuer­dos de in­fan­cia le vie­nen da­dos de su re­la­ción con las man­za­nas, las co­li­nas, los ríos pe­re­zo­sos, el vino agrio y el amor. Todo cuan­to Herbert com­po­ne en es­te poe­ma es un can­to no tan­to a la pa­tria co­mo reali­dad ma­te­rial o de va­lo­res ab­so­lu­tos, sino la idea de pa­tria co­mo lu­gar pro­pio: el país al que can­ta Herbert es el de su ex­pe­rien­cia in­te­rior, el de su vi­ven­cia per­so­nal; el mun­do que dio sen­ti­do su mo­do de en­ten­der la existencia.

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