Etiqueta: arquetipo

  • Lo ficticio es la posibilidad en lo real de la hostia metaficticia

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    JCVD, de Mabrouk El Mechri

    Si hay al­go de lo que gus­ta jac­tar­nos de un mo­do más o me­nos ro­tun­do es del he­cho de te­ner cons­tan­cia de que el ci­ne, la te­le­vi­sión o cual­quier otro me­dio au­dio­vi­sual es, esen­cial­men­te, una fic­ción no-real que no ca­rac­te­ri­za en ab­so­lu­to la reali­dad que nos pre­sen­ta. Ahora bien, aun­que al in­di­vi­duo me­dio gus­te de apli­car esa se­pa­ra­ción realidad/ficción ‑co­mo sí, de he­cho, la fic­ción no fue­ra par­te con­sus­tan­cial de la realidad- no le re­sul­ta na­da di­fi­cil ni anti-natural creer co­mo real, co­mo ale­ja­do de to­da fic­ción, to­do aque­llo que se le pre­sen­te ve­rí­di­ca­men­te en tan­to tal; aun­que el es­pec­ta­dor me­dio co­no­ce las di­fe­ren­cias en­tre fic­ción y me­ta­fic­ción, so­bren­tien­de que és­te se­gun­do es un ám­bi­to de reali­dad ‑que es on­to­ló­gi­ca­men­te su­pe­rior que la fic­ción, que es más real que lo ficticio- a tra­vés del cual iro­ni­zar con la fic­ción: la reali­dad es la con­tra­ria. Si la gen­te es ca­paz de creer­se un es­per­pen­to co­mo Gran Hermano co­mo un he­cho sin­gu­lar­men­te ori­gi­nal, co­mo fác­ti­ca­men­te real, sin cues­tio­nar su con­di­ción de fic­ción en tan­to me­ta­te­le­vi­sión, ¿por qué de­be­rían dis­tin­guir con ma­yor ri­gor en­tre lo fic­ti­cio y lo metaficticio?

    Si el ca­so de JCVD nos re­sul­ta par­ti­cu­lar­men­te sin­gu­lar a és­te res­pec­to es por dos he­chos sus­tan­cia­les: jue­ga cons­tan­te­men­te con la in­di­fe­ren­cia­ción de la fi­gu­ra real/ficticia de Jean-Claude Van Damme ‑el cual, de pa­so, da nom­bre a la película- y la crí­ti­ca al res­pec­to de la pe­lí­cu­la se mos­tró in­sis­ten­te en no di­fe­ren­ciar la di­fe­ren­cia en­tra ficción/texto y metaficción/metatexto con res­pec­to de la fi­gu­ra de Van Damme en sí mis­ma. ¿Por qué? Porque en am­bos ca­sos to­do el mun­do cae ba­jo el mis­mo error equi­vo­ca­do, de que sus con­cep­cio­nes erró­neas so­bre qué de­be ser Jean-Claude Van Damme de­ben cum­plir­se ne­ce­sa­ria­men­te en el mun­do cuan­do no son más que con­clu­sio­nes sa­ca­das al res­pec­to de una fic­ción que se nos pre­sen­ta co­mo real.

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  • Del montaje al montage de la identidad. Robocop como creación autoral universal.

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    I. Introducción. La iden­ti­dad de Robo/Cop

    Donde co­mien­za y don­de aca­ba la iden­ti­dad de un ob­je­to da­do es una de las pro­ble­má­ti­cas más com­ple­jas que ca­be plan­tear­se an­te cual­quier aná­li­sis, que se pre­ten­da más o me­nos ri­gu­ro­so, de la reali­dad. Delimitar que es un hu­mano y que es un ro­bot es in­creí­ble­men­te com­ple­jo, pe­ro en reali­dad no de­ja de ser­lo me­nos que la de­li­mi­ta­ción que in­ten­ta dis­cer­nir en que si­tua­ción se si­túa la re­la­ción autor/seguidor, creador/receptor, obra/derivado o cual­quier otro bi­no­mio, siem­pre ar­ti­fi­cial, que que­ra­mos sos­te­ner en una se­pa­ra­ción ne­ta más o me­nos es­tric­ta a par­tir de los cua­les ser es­tu­dia­dos. Pero es­to es así en la me­di­da que to­da es­ta se­pa­ra­ción de la iden­ti­dad se ba­sa en un no­mi­na­lis­mo frá­gil, uno que nun­ca alu­de stric­to sen­su a las con­for­ma­cio­nes ma­te­ria­les que nom­bran; si en­tre el di­cho y el he­cho hay un tre­cho, co­mo di­ce el cas­ti­zo di­cho po­pu­lar, po­de­mos de­cir que en­tre la de­no­mi­na­ción y la iden­ti­dad, también. 

    Es por ello que aquí, por una vez, no me li­mi­ta­ré a mi­rar la iden­ti­dad úni­ca de un de­ter­mi­na­do fe­nó­meno sino que, al más pu­ro he­ge­liano, in­ten­ta­ré sin­te­ti­zar el es­pí­ri­tu ab­so­lu­to que ani­da den­tro de sí: es­to es el (in­ten­to) de una sín­te­sis de la reali­dad ul­te­rior que se sos­tie­ne más allá de Robocop. Para ello, co­mo en cual­quier buen ejer­ci­cio de sín­te­sis, me de­ja­ré lle­var por lo que en ca­da obra va­ya pro­du­cien­do re­mi­nis­cen­cias pa­ra in­ten­tar ar­ti­cu­lar es­te dis­cur­so to­tal, aun­que no to­ta­li­za­dor ‑pues pa­ra que se die­ra tal to­ta­li­za­ción ne­ce­si­ta­ría­mos dis­cer­nir to­dos y ca­da uno de los sub­pro­duc­tos de Robocop, co­sa que se nos pre­sen­ta, en el me­jor de los ca­sos, co­mo un imposible‑, a tra­vés del cual po­da­mos co­no­cer el es­pí­ri­tu ab­so­lu­to del po­li­cía ro­bot. O, al me­nos, lo más pa­re­ci­do a un hi­po­té­ti­co es­pí­ri­tu ab­so­lu­to que, pro­ba­ble­men­te, só­lo exis­ti­rá en la men­te de los he­ge­lia­nos. Y, pa­ra ello, plas­ma­ré la evo­lu­ción la iden­ti­dad de una obra de fic­ción a tra­vés de los vai­ve­nes que su­fre en su có­pu­la con otras iden­ti­da­des (reales o no) en su trán­si­to su­ma­rial por los abrup­tos ca­mi­nos de la cul­tu­ra humana.

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